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</front><body><![CDATA[   <font face="Verdana" size="4">     <p><b>Doctor: &iexcl;La ni&ntilde;a no come! </b> </p>  </font>     <p><font face="Verdana" size="2">    <br>  </font>  </p>  <font face="Verdana" style="font-size: 9pt">     <p>DR. FERNANDO MA&ntilde;&eacute; GARZ&oacute;N</p>      <p>Extra&iacute;do del libro "Memorabilia", tomo I, p&aacute;g. 37 </p>  </font>     <p></p>  <hr size="1">     <p></p>  <font face="Verdana" size="2">     <p>I </p>  </font>     <p></p>  <hr size="1">     ]]></body>
<body><![CDATA[<p></p>  <font face="Verdana" size="2">     <p>Mis guardias de pediatr&iacute;a como internista de ret&eacute;n del CASMU eran todos los martes del a&ntilde;o (&iexcl;salvo las vacaciones!). As&iacute; pues, en vez de los martes &iexcl;orqu&iacute;deas!, los martes &iexcl;ret&eacute;n! Coincid&iacute;an con uno de mis d&iacute;as de consulta, que se extend&iacute;a toda la tarde, lo que hac&iacute;a que algunas veces, muy contadas, ten&iacute;a que interrumpirla por resolver un caso urgente, cosa no muy inc&oacute;moda pues los sanatorios de la Instituci&oacute;n quedan muy cerca del Sanatorio Larghero, donde ten&iacute;a mi consulta. </p>      <p>Fue un martes de 1974. El telefonista-recepcionista del Sanatorio N&deg; 2 "Constancio Castells", en la actualidad intendente del Sanatorio, don Duncan, me llam&oacute; por tel&eacute;fono a la consulta para decirme: "Doctor, aqu&iacute; hay una se&ntilde;ora desesperada porque su hija no come. Como creo que no es un caso como para que usted venga en seguida y como la madre est&aacute; muy angustiada y dispuesta a que le resuelvan cuanto antes el problema, si quiere la env&iacute;o para all&iacute;", a lo que acced&iacute; gustoso. </p>      <p>Media hora despu&eacute;s estaban la ni&ntilde;a y la madre ante m&iacute;. Empecemos por la madre. Era una espa&ntilde;ola, una gallega, fornida y rubiona, que me dijo: "Doctor, &iexcl;la ni&ntilde;a no come! No es un decir. &iexcl;No come nada! Hace tres d&iacute;as que no prueba bocado", e irrumpi&oacute; en un sordo e incontenible llanto. Reci&eacute;n entonces me detuve a observar a la ni&ntilde;a. </p>      <p>Ten&iacute;a cuatro a&ntilde;os, pero parec&iacute;a de siete por su altura, larga, flaca, bien coloreada, de semblante risue&ntilde;o y dispuesta a hablar. Al mirarnos observ&eacute; en ella algo que me dej&oacute; impresionado, sus pupilas se mov&iacute;an horizontalmente como el disco del p&eacute;ndulo de un peque&ntilde;o reloj: &iexcl;un claro nistagmus! Espont&aacute;nea y risue&ntilde;amente la ni&ntilde;a empez&oacute; a hablar, a hablar en forma incontenible y llamativa para su edad. </p>      <p>Me explicaba que no ten&iacute;a ganas de comer, que cuando tuviera prefer&iacute;a tal o cual alimento, que tal otro no le apetec&iacute;a sino bajo cierta forma. Una locuacidad incontenible y euf&oacute;rica. </p>      <p>El que qued&oacute; contenido y nada euf&oacute;rico fui yo. El diagn&oacute;stico est&aacute; hecho: tumor del quiasma &oacute;ptico dando el patognom&oacute;nico y t&iacute;pico s&iacute;ndrome de Russell: emaciaci&oacute;n, euforia (<i>cocktail party syndrome</i>) y nistagmus. Se agreg&oacute; en este caso el hipercrecimiento. </p>      <p>La madre se calm&oacute; cuando le dije que comprend&iacute;a su angustia pues la ni&ntilde;a ten&iacute;a una enfermedad que le quitaba el apetito y era necesario internarla inmediatamente. Qued&oacute; as&iacute; la pobre madre m&aacute;s tranquila, hab&iacute;a una causa, que me libr&eacute; muy bien de decirle en ese momento cu&aacute;l era, y cuyo tratamiento empezar&iacute;a de inmediato. "&iexcl;Si lograra hacerla comer, doctor!", era su &uacute;nica preocupaci&oacute;n. </p>      <p>Cuando de noche llegu&eacute; al sanatorio ya estaban los primeros ex&aacute;menes realizados: s&iacute;ndrome de hipertensi&oacute;n endocraneana, con disyunci&oacute;n de suturas, edema cr&oacute;nico bilateral de papila. Me dispuse a llamar al neurocirujano, doctor Walter Perillo, quien vino inmediatamente. Qued&oacute; asombrado con la historia cl&iacute;nica, e indic&oacute; una arteriograf&iacute;a que al d&iacute;a siguiente realiz&oacute; el doctor de Tenyi, la que puso en evidencia un enorme tumor de la base proyectado a nivel del quiasma &oacute;ptico e invadiendo zonas vecinas. Quedaban dudas sobre la operabilidad, por lo cual, y dado el tama&ntilde;o y localizaci&oacute;n profunda del tumor, hicimos una consulta con el profesor Rom&aacute;n Arana I&ntilde;&iacute;guez, quien concurri&oacute; al d&iacute;a siguiente. Los tres vimos a la flaca y euf&oacute;rica paciente y su arteriograf&iacute;a, que delimitaba una enorme masa pre y supraselar. </p>      <p>No tengo experiencia con ni&ntilde;os, pero voy a hacer como Ricaldoni, dijo. Era un tumor de dif&iacute;cil abordaje, muy grande, de naturaleza desconocida y cuyo pron&oacute;stico es muy malo. Pero ante la disyuntiva lo mejor era sacarlo, y con Perillo hicieron las consideraciones quir&uacute;rgicas pertinentes. Se oper&oacute;. Era una enorme masa inextirpable en forma completa, que Perillo y Miguel Estable, que lo ayudaba, intentaron reducir con poco &eacute;xito; as&iacute; era de vascularizada y friable su textura. </p>      ]]></body>
<body><![CDATA[<p>El posoperatorio fue tormentoso, hizo crisis de descerebraci&oacute;n, sufrimiento de tronco por un edema cerebral dif&iacute;cil de controlar, pero todo esto fue cediendo aunque qued&oacute; con una descerebraci&oacute;n casi completa. Meses despu&eacute;s muri&oacute;, afortunadamente, pues s&oacute;lo ten&iacute;a vida vegetativa. </p>      <p>Llev&eacute; personalmente los trozos de tumor, junto a un corto resumen de la historia cl&iacute;nica, al neuropat&oacute;logo del Instituto de Neurolog&iacute;a, Pedro M&eacute;doc, quien los recibi&oacute; con particular deferencia. Pocos d&iacute;as despu&eacute;s me llam&oacute; para que fuera a ver los preparados y retirar el informe. No me hice esperar. Al d&iacute;a siguiente estaba en su laboratorio. En cuanto me vio me dijo con su habitual seriedad, serenidad y correcci&oacute;n de expresi&oacute;n, que tan bien le cuadraban: "&iexcl;Ma&ntilde;&eacute;, me trajiste el Para&iacute;so en formol!", y recorriendo con su mirada la mesa tom&oacute; un preparado que r&aacute;pidamente enfoc&oacute; en su microscopio y me hizo mirar: se trataba de un gliohemangioblastoma de una variedad rar&iacute;sima que lo hab&iacute;a trastornado por su singular belleza histol&oacute;gica. </p>      <p>II </p>  </font>     <p></p>  <hr size="1">     <p></p>      <p><font face="Verdana" size="2">He asistido cuatro pacientes con este particular y patognom&oacute;nico s&iacute;ndrome, que f&aacute;cilmente relevado permite hacer el diagn&oacute;stico con total certeza. Fue descrito por Russell en 1951, bas&aacute;ndose en varios casos</font><sup><font face="Verdana" size="2"> (<a name="1-"></a><a href="#1">1</a>)</font></sup><font face="Verdana" size="2">. </font></p>      <p><font face="Verdana" size="2">El primero que vi fue en 1959, siendo jefe de Cl&iacute;nica del profesor Jos&eacute; Mar&iacute;a Portillo, con Atilio Garc&iacute;a G&uuml;elfi, quien realizaba con gran &eacute;xito y competencia la primera neurocirug&iacute;a del ni&ntilde;o en el pa&iacute;s. Hab&iacute;a ingresado la tarde anterior un ni&ntilde;o de nueve a&ntilde;os, largo y flaco. &iexcl;Pesaba nueve quilos! El examen era completamente normal, salvo su indiferencia ingenua y risue&ntilde;a a su estado y el inefable nistagmus. Luego de los ex&aacute;menes habituales para esos casos &ndash;en aquellos tiempos, radiograf&iacute;a, estudio oftalmol&oacute;gico, y una neumoencefalograf&iacute;a que practicamos nosotros mismos-, pudimos ubicar el tumor de la base y pensamos que podr&iacute;a tratarse de un cr&aacute;neo-faringioma aunque no ten&iacute;a calcificaciones supraselares. Fue operado en nuestro Hospital Pedro Visca, haza&ntilde;as que se repitieron durante varios a&ntilde;os, y debemos decir que con el mayor de los &eacute;xitos. Era un enorme glioma de esa regi&oacute;n que invad&iacute;a el quiasma y que afortunadamente pude extirpar casi por completo. El posoperatorio no tuvo accidentes, y a los pocos d&iacute;as empez&oacute; a alimentarse bien, y a aumentar de peso. Se fue de alta en excelentes condiciones generales de buena salud, aunque ciego. El quiasma &oacute;ptico, totalmente atrofiado por la compresi&oacute;n del tumor, hab&iacute;a sufrido una &uacute;ltima aniquilaci&oacute;n con la extirpaci&oacute;n del mismo. A&ntilde;os despu&eacute;s lo vimos, siendo ya adolescente, tocando el acorde&oacute;n en la estaci&oacute;n de ferrocarril Atl&aacute;ntida. </font></p>      <p><font face="Verdana" size="2">No ser&iacute;a extra&ntilde;o que a&uacute;n deambule por esos lares. Se llama Jorge Barreto. </font></p>      <p><font face="Verdana" size="2">El segundo caso lo asistimos en la sala 5, Sala Antonio Carrau, del mismo hospital. Ya estaba sensibilizado a esta enfermedad y hab&iacute;a le&iacute;do todo lo referente a ella. &iexcl;Siempre me han fascinado los s&iacute;ndromes diencef&aacute;licos! Serv&iacute;a tambi&eacute;n en la c&aacute;tedra de mi maestro Portillo, como jefe de Cl&iacute;nica, mi querido colaborador y amigo Leopoldo Peluffo. Una ma&ntilde;ana comenc&eacute; a pasar visita y me enfrent&eacute; a la primera cuna. Y vi, vi s&iacute; pero no pod&iacute;a creer a mis ojos, un infante de ocho meses, casi desnudo, cubierto s&oacute;lo por una camisilla, parado, prendidas sus manos a la baranda, flaco, piel y huesos, que re&iacute;a a m&aacute;s y menos a todos quienes lo miraban. Me acerqu&eacute; y vi sus peque&ntilde;os ojitos negros como azabache con un inconfundible movimiento r&iacute;tmico. Me di vuelta y llam&eacute; a Peluffo: "&iexcl;Leopoldo mir&aacute;!". Asombrado me mir&oacute; como dici&eacute;ndome: "&iquest;Qu&eacute; quiere con este distr&oacute;fico?", y le dije: "&iexcl;Ya! &iexcl;Pasalo al Instituto de Neurolog&iacute;a para operarlo! &iexcl;Tiene un tumor del quiasma &oacute;ptico!". Nadie me crey&oacute;. S&oacute;lo Peluffo acogi&oacute; el mandato y con una breve esquela fue remitido al centro neuroquir&uacute;rgico referido. Lleg&oacute;, fue visto y no falt&oacute; quien dijera: "&iexcl;Este Ma&ntilde;&eacute; est&aacute; loco! Mir&aacute; el desnutrido que nos manda y encima con diagn&oacute;stico de s&iacute;ndrome de Russell", que nadie conoc&iacute;a y menos trat&aacute;ndose de un tumor situado en el quiasma &oacute;ptico. Pero siempre hay alguien dispuesto a la duda, que significa dispuesto a aprender, y por tanto a ense&ntilde;ar, y ese alguien fue la profesora Mar&iacute;a Delia Bottinelli, quien pidi&oacute; una tregua al duro ataque que me cern&iacute;a y que estaba pr&oacute;ximo a triunfar, la que obtuvo no sin cierto esfuerzo. Los que saben, saben o saben d&oacute;nde saberlo. As&iacute; fue que en unos minutos en la biblioteca pudo confirmar mi diagn&oacute;stico. Luego de una neumoencefalograf&iacute;a que precis&oacute; la extensi&oacute;n del proceso tumoral fue operado por el profesor Arana con el mayor &eacute;xito </font><sup><font face="Verdana" size="2">(3)</font></sup><font face="Verdana" size="2">. </font></p>  <font face="Verdana" size="2">     <p>III </p>  </font>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p></p>  <hr size="1">     <p></p>  <font face="Verdana" size="2">     <p>El cuarto caso es de hace pocos a&ntilde;os. La historia es totalmente similar a la anterior, con algunos avatares que le dan a&uacute;n m&aacute;s dramatismo. En las mismas circunstancias, al pasar visita con el jefe de Cl&iacute;nica, internos, residentes y posgraduados, por la sala de lactantes, advert&iacute; un desnutrido que enviaban desde Durazno para ser sometido a una antrotom&iacute;a por su distrofia severa. Ten&iacute;a siete meses, pesaba cuatro quilos. Interrogu&eacute; a la madre, una joven muy l&uacute;cida y prolija: "&iexcl;Doctor, no hay forma de hacerle comer!". Mientras conversaba pude observar el claro nistagmus horizontal y continu&eacute; interrogando: "Se&ntilde;ora &iquest;es muy triste o se r&iacute;e?". A lo que presurosa contest&oacute;: "&iquest;Triste? &iexcl;Vive riendo! &iexcl;No s&eacute; porqu&eacute; no come! A veces oigo carcajadas desde la pieza de al lado". </p>      <p>Otro tumor del quiasma. R&aacute;pido estudio ocular con atrofia bilateral de papilas, disyunci&oacute;n discreta de suturas. Pero &iexcl;oh dificultad!, una tomograf&iacute;a computada fue totalmente normal. Rudo golpe, mas no me apart&eacute; del diagn&oacute;stico, aunque ten&iacute;a pr&aacute;cticamente todas las opiniones en contra. Revisamos la bibliograf&iacute;a. Hay algunos casos de s&iacute;ndrome de emaciaci&oacute;n diencef&aacute;lica sin tumor. Pod&iacute;a ser uno de ellos. Vigilamos al paciente, que era asistido por el doctor Bismarck Mourelle en Durazno, y le rogamos enviarlo tres meses despu&eacute;s. Una nueva tomograf&iacute;a, hecha con un aparato de mayor resoluci&oacute;n, mostr&oacute; un enorme tumor de la base proyect&aacute;ndose sobre el quiasma &oacute;ptico. Fue operado por Atilio Garc&iacute;a G&uuml;elfi a pedido nuestro. No logr&oacute; m&aacute;s que aspirar zonas necr&oacute;ticas y no pudo extirparlo. Tan unido estaba a las estructuras vecinas. </p>      <p>IV </p>  </font>     <p></p>  <hr size="1">     <p></p>  <font face="Verdana" size="2">     <p>La ense&ntilde;anza que me dej&oacute; este caso no cay&oacute; en saco roto. Leopoldo Peluffo, pocos meses despu&eacute;s de haber vivido el segundo caso que hemos relatado, fue a Par&iacute;s a hacer su especializaci&oacute;n en neurolog&iacute;a infantil, en el servicio del profesor St&eacute;phane Thieffry en el H&ocirc;pital des Enfants Malades. Llevaba pocos d&iacute;as, tratando de ubicarse entre tantos <i>staguiaires</i>, muchos de ellos a&uacute;n en los albores de sus conocimientos cl&iacute;nicos, cuando pasando visita con el interno y el jefe de Cl&iacute;nica ven a un infante emaciado (ello es una rareza extrema en los pa&iacute;ses desarrollados), euf&oacute;rico y con nistagmus. El jefe de Cl&iacute;nica, ya veterano en las lides diagn&oacute;sticas neurol&oacute;gicas, pregunt&oacute; a los presentes, luego de leer la historia y de realizar el examen que les suger&iacute;a ese caso. Silencio absoluto, nadie aventuraba opini&oacute;n tan atrevida como extraviada. Fue tras ese prolongado silencio que el m&aacute;s nuevo del grupo, nuestro amigo Leopoldo Peluffo, en un franc&eacute;s a&uacute;n rudo, profiri&oacute; modestamente su opini&oacute;n: "Tumor del quiasma, s&iacute;ndrome de emaciaci&oacute;n diencef&aacute;lica de Russell". Desde ese d&iacute;a nadie lo puso en duda: fue considerado como <i>quelq&rsquo;un</i>. </p>      <p>Bibliograf&iacute;a </p>  </font>     <p></p>  <hr size="1">     ]]></body>
<body><![CDATA[<p></p>  <font face="Verdana" size="2">     <p><a name="1"></a>1.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;<b>Russell A. </b>A diencephalic syndrome of emaciation in infance and childhood. Arch Dis Child 1951; 26: 274-8.    <br>  </p>      <p><a name="2"></a>2.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;<b>Ma&ntilde;&eacute; Garz&oacute;n F, Santana Alfonso R, Purriel J.</b> S&iacute;ndrome de Russell por tumor del quiasma &oacute;ptico (S&iacute;ndrome de emaciaci&oacute;n diencef&aacute;lica del lactante). Arch Pediatr Uruguay 1974; 45: 240-7. </p>  </font><font face="Times,Times New Roman" size="2">      <p></p>  </font>      ]]></body>
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