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Revista Uruguaya de Antropología y Etnografía

versión impresa ISSN 2393-7068versión On-line ISSN 2393-6886

Rev. urug. Antropología y Etnografía vol.2 no.1 Montevideo jun. 2017

 

Articles

Imperativos de la profesión. La identidad como demanda de profesionales de la agronomía

Professions imperatives. The identity as demand of the agronomy professionals

Emilia Firpo1 

Gerardo Ribero2 

1Licenciada en Ciencias Antropológicas. Maestranda de la Maestría en Ciencias Humanas. Investigador del CEIL/FHCE. Universidad de la República. mariaemiliafirpo@gmail.com

2Licenciado en Ciencias Antropológicas. Maestrando de la Maestría en Ciencias Humanas. Investigador del CEIL/FHCE. Universidad de la República. gerardoribero@gmail.com


Resumen

El presente trabajo es producto de una investigación no concluida aún que indaga desde una perspectiva cualitativa de corte antropológico, la demanda que surge de la inquietud de integrantes de la Comisión Directiva de la Asociación de Ingenieros Agrónomos del Uruguay (AIA) por conocer y visibilizar aspectos constitutivos de la profesión agronómica en el marco de su propia asociación.

A partir del trabajo realizado se problematiza el concepto de identidad como “aporético” y necesario para las ciencias sociales y se estudia la categoría identidad “pensada” por los sujetos en los diferentes discursos y prácticas. En tanto que categoría nativa, la identidad se revela en la memoria de los sujetos y en las relaciones de poder que se habilitan y se restringen como producto de esta identidad narrada. La búsqueda por una narratividad de la identidad se apoya en una dialéctica pasado-presente, siendo importante saber qué tanto aquellos relatos confeccionan la identidad de los sujetos del presente, conteniendo la idea de mismidad, como reafirmación de la memoria, de lo narrado.

Palabras clave: Identidad; Ingenieros Agrónomos; Categorías nativas; Memoria

Summary

The present essay is the result of a so far unconcluded research, which, from an anthropological qualitative perspective, enquires into the demand that arises from the concern of members of the Directive Committee of the Association of Agronomist Engineers of Uruguay (AIA) for knowing and making visible the foundations of the agronomic profession within the framework of their own association.

From the work done, the meaning of identity is problematized as “aporetic” and necessary for the social sciences, and the category identity “thought” by the subjects is studied in the different discourses and practices. As a native category, identity is revealed in the subjects memory and in the power relations that are enabled and restricted as a product of this narrated identity. The search for a narrative identity relies on a past-present dialectic, and it is important to know upto what extent those stories compose the subjects’ present identity, containing the idea of selfhood, as reaffirmation of the memory, of what was narrated.

Key words: Identity; Agronomic Engineers; Native categories; Memory

Antecedentes

El siguiente trabajo surge a partir de una demanda realizada por integrantes de la Comisión Directiva actual de la Asociación de Ingenieros Agrónomos (AIA) a la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación -y específicamente al Centro de Estudios Interdisciplinarios Latinoamericanos (CEIL)- por indagar en los rasgos de identidad del Ingeniero agrónomo. Es entonces que se enmarca como línea de trabajo en el proyecto de investigación “La identidad de la profesión agronómica en la historia de la Asociación de Ingenieros Agrónomos (AIA). Una perspectiva interdisciplinar (1903-1925)”1 Existen antecedentes de investigación que consideran la profesión agronómica en Uruguay desde una perspectiva de la historia de la Facultad de Agronomía (Ruiz, 2007); (Olivero, Cruz & Izaguirre, 2012); (Olivero, 2013), el vínculo del agrónomo en la historia de la AIA (Henry) o trabajos que analizan el origen de la profesión en otros países como el caso de (Pacheco Tronconis 2011) de Venezuela, (Pan Montojo 2007) de España y otros. Para nuestro país y en particular en relación a la AIA no existen antecedentes que aborden la temática en cuestión, por lo tanto se trata de un tema de interés que permita abordar algunos aspectos que hacen a la profesión y su vínculo con la sociedad.

Objetivo de estudio

Considerando las preguntas que la AIA formuló al equipo de investigación - ¿quiénes son los ingenieros agrónomos?, ¿qué papel cumplen en la sociedad? ¿cuál es la imágen que la sociedad tiene de ellos?- se entendió pertinente considerar un abordaje metodológico dirigido a la consecución de los siguientes objetivos: i) analizar los discursos emergentes de integrantes de la AIA al proponerse centrarse en la identidad de la profesión agronómica y de la propia institución en este momento histórico; ii) dotar de contenido a la categoría nativa de identidad, estudiando las formas de expresión en su práctica; iii) ver cómo se imbrican estos discursos con las estrategias de relacionamiento que se entablan en diferentes escenarios.

Identidad o la permanente revisión de una aporía

Estudiar la identidad como categoría de análisis es una tarea compleja por el carácter polisémico y ambiguo del término2. En las últimas cuatro décadas se ha producido una incesante discusión dentro del ámbito de las ciencias sociales y humanas acerca de su definición. A pesar de las producciones de sentido común, dentro de las disciplinas, a las que ha llevado este concepto. Sigue siendo utilizado más o menos indiscriminadamente. La identidad es un concepto que ha tenido un desarrollo prolongado en el pensamiento occidental. Se ha supuesto a esta expresión como “…a la vez un término nebuloso y omnipresente”, (Restrepo, 2007) de larga trayectoria tanto en el ámbito académico, como en el discurso político y estatal, además de representar el fundamento y razón de ser de varios movimientos sociales. Eso hace que se haya convertido en un término al que se recurre una y otra vez, dado que resulta necesario para hablar de aquello que caracteriza y representa históricamente a un sujeto o a un colectivo (Navarrete & Cazales, 2015). Siguiendo las teorizaciones de (Brubaker & Cooper, 2001), la pretendida amplitud del término provoca bajo el “sentido fuerte” que le dan los autores, el significar demasiado; lo mismo con el “sentido débil”, el que estaría diciendo demasiado poco o nada dada su total ambigüedad. Esta diferenciación conceptual entre posturas “suave” y “dura” del constructivismo y esencialismo respectivamente no permitiría, según estos autores, estudiar la cuestión de las cristalizaciones identitarias. Tempranamente Goffman & Berger -trabajando desde la periferia del interaccionismo simbólico y el constructivismo social respectivamente- popularizaron el término. Sobre esta base, a mediados de los años setenta, Mackenzie & Cole debaten llamándolo “desquicio excesivo y cliché”. Durante los años ochenta la crisis de la representación, el nacimiento de los estudios culturales y la lectura de Foucault en Estados Unidos permitió que una serie de tópicos como raza, género, religión, etnicidad, nacionalismo, entre otros, ingresara al campo de los estudios sobre identidad. La larga lista de autores que se ubican en este tiempo incluye a Bauman, Bourdieu, Braudel, Lévi-Strauss, Giddens, Habermas, Taylor, Tilly, y otros. Una historia más local -pero imbricada en este proceso- es formulada por (Briones, 2007), en la que indaga los procesos en que la sofisticación y multiplicación de los estudios de identidad como categorías fragmentadas, fluidas, y disputadas se han ido convirtiendo en una “…moda que paulatinamente inscribe asertos de sentido común en la práctica antropológica en particular…” (Briones, 2007). El énfasis en el análisis de este autor en definitiva radica en la crítica a la lógica de “…leer las teorías de la identidad como mero antagonismo entre posturas esencialistas y constructivistas es una disyuntiva tan falsa como pensar que la oposición nosotros/otros es inevitable…” (Briones, 2007). Habiendo realizado este planteo, podemos presuponer que la identidad como categoría analítica puede ser vista como producto de categorizaciones y etiquetado social (Romero, 1993) o como fondo virtual sin consistencia real (Levi-Strauss, 1981); (Tani & Guigou, 2001) como marco ideal normativo (Butler, 1993), o ser estudiada como concepto bajo borradura (Hall, 1993), plenamente relacional (Bourdieu, 2006) siempre necesario pero a la vez imposible (Navarrete-Cazalez, Z, 2015). Siguiendo a (Somers, 1993) las identidades son construidas a través de las narrativas y formadas en escenarios relacionales particulares penetradas de “historidad”, para ello se nutre de algunas conceptualizaciones de Paul Ricoeur, en “The human experience of time and narrative”, al que volveremos más adelante. Por lo tanto, la omnipresencia del concepto, así como la versatilidad y variabilidad de significados que se le adjudican, resultan en el debilitamiento de los límites que la distinguen como categoría de análisis, y la alejan de la esencialidad de sus expresiones reificadas. La falta de reconocimiento del carácter dual del término, (cuestión que puede ser discutible) como categoría de la práctica y como categoría analítica, ha llevado a que el análisis dentro de esta última reproduzca y refuerce la reificación de las primeras, adoptándola de forma acrítica como categorías de análisis (Brubaker & Cooper, 2001).

Marco metodológico

Teniendo presente las disquisiciones teóricas planteadas en el apartado anterior -que hacen conflictivo el empleo de la noción de identidad- y con la intención de buscar una salida al atolladero que representa para nosotros abordarla; entendemos que no podremos ahondar en las preguntas que nos planteaba la AIA anteriormente en tanto no le asignemos contenido, a fin de hacer incursionar el sentido común que lo significa. Con esto estaríamos incurriendo en un ejercicio metodológico que -si bien ha dado lugar a extensas discusiones- que se entiende predominante en la construcción de conocimiento en antropología, esto es, adentrarnos en la comprensión de los fenómenos sociales desde la perspectiva de sus propios actores. Sin embargo, siguiendo a (Balbi, 2012), no es nuestra intención desconocer las contradicciones y desencuentros entre esta enunciación sobre la práctica de la etnografía y lo que efectivamente se practica, por tanto, se apuesta idealmente a un proceso de integración dinámica - siempre incompleto - de las perspectivas nativas3 a la descripción etnográfica. De esta forma, el abordaje metodológico determinado, implica una reelaboración de las inquietudes de la AIA para no correr el riesgo de desestabilizar el frágil equilibrio entre, categorías nativas o de prácticas sociales y categorías de análisis equilibrio que da sentido a la investigación. En tal sentido, el antropólogo norteamericano Geertz retoma conceptos del psicoanalista Kohut, cuando incorpora la idea de los riesgos metodológicos que se corren al entregar nuestro proceso de investigación a una u otra de estas categorías; afirmando que: “la reclusión en conceptos de experiencia próxima deja a un etnógrafo en la inmediatez, enmarañado en lo vernacular. En cambio, la reclusión en conceptos de experiencia distante lo deja encallado en abstracciones y asfixiado en la jerga.” (Geertz, 1994) De esta forma, la cuestión para el investigador/a se centra en:

...cómo deben desplegarse esos conceptos en cada caso para producir una interpretación de la forma en que vive un pueblo que no sea prisionera de sus horizontes mentales, como una etnografía de la brujería escrita por una bruja, ni se mantenga sistemáticamente ajena a las tonalidades distintivas de sus existencias, como una etnografía de la brujería escrita por un geómetra (Geertz, 1994).

Entonces, el riesgo fundamental para el desempeño de toda investigación de corte antropológica es no caer en la pretensión etnocéntrica de las ciencias del hombre, ni en la autorreferencialidad del sujeto narcisista. Nuestras primeras incursiones a campo, brindan insumos que colaboran en la determinación de las formas de abordaje al problema en cuestión, sin desconocer la posibilidad de reelaboraciones al respecto si las inminencias del trabajo de campo así lo requieran. Atendiendo a la intención de la AIA de que este grupo de investigación pueda conocer y dar a conocer la “identidad del ingeniero agrónomo”, nos preguntamos ¿porqué, en un momento dado, un colectivo quiere pensar y explicitar su “identidad”? En esta línea, consideramos que el término debe ser abordado en dos dimensiones -que a pesar de estar estrechamente vinculadas- entienden el concepto desde lugares diferentes. La primera dimensión pretende situar el contenido que se le adjudica a “la identidad” desde los discursos4 -en el marco de la demanda del colectivo- para que esta sea explicitada por los investigadores. La segunda versará sobre la forma en la que se entiende “identidad” en relación a las prácticas concretas y expresiones que las vehiculizan, en el marco de la pregunta ¿qué o quiénes somos?5

Discusión

Al abordar los discursos relativos al contenido que los interlocutores otorgan a la identidad como demanda, se encontraron aproximaciones vinculadas a tres aspectos: el apelar a la memoria como dimensión temporal de la identidad, los elementos disciplinares que hacen a la pretensión de demarcación con otros profesionales o actividades, y la irrupción de cuestiones de género en un escenario masculinizado.

Agronomía, memoria e identidad

Siguiendo a (Ricoeur, 1996), la identidad narrativa, constitutiva de la ipseidad -como idea de mismo, contraria a “lo mismo”- puede incluir el cambio y la mutabilidad en la cohesión de la vida. “La identidad narrativa acepta re-elaboraciones diversas, en cuanto reconfiguraciones del tiempo y es por eso mismo, que tiene sus límites en lo inenarrable: los sujetos no son dueños de su discurso.” (Guigou, 2008) La construcción de sentido -un sentido social- sería imposible sino se despliegan un conjunto de tramas relacionales que conforman la identidad narrativa, que se encuentra en relación permanente entre memoria y olvido.

Para los sujetos de esta investigación ese diálogo con la memoria implica una serie de relatos fundantes vinculados a la historia de la disciplina en Uruguay y a su propia historia personal. Sin embargo, esta narrativa no es fácilmente asimilable en los relatos de los demás integrantes y de los directivos, en los que la invención de las tradiciones corre en el sentido de la ciencia agronómica y en aspectos de relacionamiento interinstitucional. Apelar a los sentidos que genera la memoria por parte de algunos integrantes de la AIA es generar un campo discursivo en disputa y en constante negociación, donde se establece, según Ricoeur, la difícil relación entre la propia continuidad identitaria y el trabajo del tiempo, que suministran coordenadas espacio-temporales a la propia memoria, “…hay que citar como primera causa de la fragilidad de la identidad su difícil relación con el tiempo, dificultad primaria que justifica precisamente el recurso a la memoria, en cuanto componente temporal de la identidad, en unión con la evaluación del presente y la proyección del futuro.” (Ricoeur, 2004). Es precisamente en este “recurrir a la memoria” donde la identidad, como demanda de la AIA, se torna inteligible, en el sentido de que nos brinda mayores elementos para comprender los procesos que fundamentan el deseo de la Asociación de explicitar su identidad. Esta se relata a través de lo que son, lo que hacen, cómo son y sobre todo, lo que no son los ingenieros agrónomos. La identidad “pensada” que los ingenieros agrónomos narran, no parecería remitir a vínculos forjados desde la carga afectiva hacia aquello que “somos”, como parte de un colectivo. En esta reflexión, no se debe ignorar un presente que nuestros interlocutores entienden como crítico -en cuanto a las dificultades para el trabajo colectivo, escasez de socios, carencia de diálogo, entre otras problemáticas que dificultan el accionar colectivo de la asociación. Podría entenderse que esta necesidad de rememorar el pasado y pensar el presente para poder explicitar y dar a conocer lo que “somos”, apela a la memoria como la posibilidad de poder acceder a una forma “tangible” de “lo colectivo”, que esta supone. A este respecto, al asistir al plenario (órgano de decisiones de la AIA) y al dar inicio a la actividad, se informa a los asistentes que un grupo de investigadores de la Facultad de Humanidades comenzaría a indagar sobre la historia de su asociación y la identidad del Ingeniero Agrónomo, “¡ellos nos van a decir quiénes somos los ingenieros agrónomos!” dice enfáticamente quien realizó tal presentación. Lo inusual de este acontecimiento es que la respectiva presentación se realiza ante una audiencia que no mostraba expresiones de concordancia, parecía no estar al tanto de la realización de esta investigación. Esta situación se enfrenta a los presupuestos mantenidos hasta el momento, admitiendo que el deseo por historizar su asociación y pensar su identidad partía de la voluntad del colectivo. Por otra parte, la idea de historizar el campo que es de la memoria, remite a la idea de valorar los aspectos formales de la Historia como disciplina. En este sentido, en el relato de integrantes de la AIA se valoriza el conocimiento del pasado, o el pasado personal, cuando dice:

“Porque quien desconoce el valor de algo, lo ve como un papel viejo y sucio. Y quién conoce, quién valora, ve que hay una historia, una historia muy rica. Entonces lo que nosotros quisimos es que esa historia no se perdiera, que quede documentada, que salga a la luz. Porque está ahí y la conoce el que se toma el trabajo de leer esos papeles, el resto no le da importancia. Entonces entendemos que hay una riqueza muy grande…” (P. 54 años.)

Y prosigue más adelante, “…esa historia hace a nuestra realidad, al hoy, a lo que somos como Ingenieros Agrónomos... [queremos] mostrarnos a la sociedad” (P). También los apuntes del diario de campo recogen esta idea de la importancia adjudicada al pasado, incluso a personas mayores como relevantes para la construcción de la memoria colectiva:

En un momento dado P vuelve sobre sus palabras y dice que se olvidó de hacer mención e invitar a participar a Teófilo Henry, de resaltar su participación. “Es un pilar”, afirma. Para E. la posibilidad de que se escriba esa historia de la AIA es una “posibilidad de que tenga vida y de que se continúe…” Porque se destaca, porque es la persona misma la que se encarga de anunciar que la “Asociación encaja en una historia que ellos mismos (refiriéndose al grupo de investigación) vienen investigando” en la que “de a poquito van apareciendo nombres de personas que vienen investigando” en base a los materiales relevados en la AIA.” (Apuntes de diario de campo 30 de mayo 2016)

Esta idea de pasado podría encontrarse vinculada con “lo mítico”, porque esta actividad fundante de la AIA se encuentra en un pasado que está en Illo tempore. Aunque pueda generarse la idea opuesta. Por tratarse justamente de un campo discursivo con intereses diversos. A este respecto nos plantea un integrante varón la idea de qué es lo verdaderamente importante en la construcción de la identidad del Ingeniero agrónomo:

Seguramente que los cambios importantes van a quedar afuera de este período que están estudiando no? (1912-1935) Como que ese periodo está, centrado en lo que es la reafirmación primaria de la identidad del ingeniero agrónomo. Que es distinta hoy, me parece, [hablando más fuerte sobre otros] ¡pero principios que quedan todos! (J. 49 años.)

La identificación de un pasado que retorna, con relación a la creación de la AIA representa un aspecto de la configuración de la ipseidad que tanto posee lagunas como inconsistencias.

Dentro de los contenidos que forman parte del relato de la identidad pensada se suman además, expresiones tradicionales con arraigo en lo disciplinar. Para varios ingenieros agrónomos pertenecientes a la AIA las elementos disciplinares surgen en múltiples momentos, sobre todo cuando se conectan con la cuestión de la formación profesional. Un entrevistado nos decía:

Es tan amplia la formación que tenés que después alguien te habla de algo y algo cachás, algo entendés, capaz que no es en lo que vos después afirmás de tus conocimientos, pero, no te suena raro, y bueno, si tengo que aprender de esto y leer algún libro, lo aprendo o si tengo que hablar con alguien, lo entiendo, entonces eso nos da mucha cintura. Ustedes se van a encontrar Ingenieros Agrónomos trabajando en todos lados y decís acá hay…. te da muchísima cintura, y en la medida que Facultad quiera formarnos, más tipo, bueno, lo específico a esto, a lo otro, te da menos flexibilidad, te da menos capacidad de adaptación cuando las cosas cambian, porque cuando la situación cambia, vos profesionalmente tenés que cambiar, tenés que adaptarte y cuanto más amplia es tu formación, más posibilidades de adaptarte tenés. (D)

En este diálogo se alternaban las representaciones propias de la profesión entre varios participantes en el diálogo;

R: Después están los camaleones, como yo, puedo estar de botas y después así. ¿No? [interrumpe D]

T: 4 x 4 los agrónomos, las agrónomas somos 4 x 4. Podemos estar un día así, [se mira la ropa] de pantalón, de botas y subirte al caballo a recorrer. Es parte de nuestra profesión.

V: ¡Y andar en tractor! [en voz alta]

T: También. Muchas mujeres que trabajan así.

A diferencia de lo expresado más arriba con respecto a la debilidad de los vínculos afectivos hacia el colectivo de la AIA, podemos encontrar en la narración acerca de los límites disciplinares, fuertes elementos demarcatorios que nos hablan de lo que hace un ingeniero agrónomo, en qué espacio, de qué forma y con qué objetivos. En este relato, a pesar de que se reconocen los efectos del tiempo, la adaptación a diferentes condiciones políticas, económicas y ambientales, nos remite a una identidad referida a lo estrictamente disciplinar, que habla de un deber ser en el ejercicio profesional. Que denota firmeza en el establecimiento de sus límites, sobre todo, de lo que debe quedar fuera de ese nosotros. Explica un agrónomo:

Nos pasa muchas veces, y lo hemos vivido en carne propia y en discusiones en nuestro agrupamiento, y a mi me toca vivirlo muchas veces por tema de mi profesión actual, de que te enfrentas a un colega que dejó de ser colega y pasó a ser productor, o sea, cuando vos vas y mirás las cosas que está haciendo, no está usando su raciocinio y no está… o sea, pasó, dejó de ser el ingeniero agrónomo para ser un productor más.[...] Conozco muchos ingenieros agrónomos que hoy están al mismo nivel que un capataz de campo, pero no es porque sea malo, ojo, no es denostando la... (R. 35 años.)

Esta identidad “pensada” del ingeniero agrónomo como profesional cuyo espacio de acción e intervención sería el agro, y lo que lo distingue de otros oficios y profesiones que allí se desempeñan, estaría representado por la posesión de “la razón”, en tanto conjunto de conocimientos que abarcan un amplio espectro, adquiridos en Facultad de Agronomía y que son empleados para el mejoramiento de las condiciones de producción del agro. Y en consecuencia, reconociendo la importancia del mismo para el crecimiento de la economía nacional. Es preciso señalar, sobre todo, los importantes efectos demarcatorios de este fin último, ejemplificado en el siguiente fragmento de una conversación que los investigadores mantienen con varios agrónomos:

L: ¿Y el agrónomo que tiene una chacrita, que produce para consumo propio y vende en la feria…?

K: ¿Ese es ingeniero agrónomo? La verdad que un desperdicio.

P: Esos son los ´agronomitos´ de huertas familiares que durante un largo período de la facultad de agronomía fue lo que hizo. Durante un período de post dictadura, hasta unos 10 o 12 años después, la facultad de agronomía se encargó de criar ´agronomitos´ de huertas familiares.

L: ¿Agronomitos? ¿Y por qué agronomitos?

P: Si, y lo digo despectivamente, es una forma de decir despectivamente que su formación no era como agrónomos para el perfil de un país agropecuario, agroexportador…

S: Ah, bien! Estoy de acuerdo.[...]

P: Capaz fue muy extremista lo que yo dije, es decir, es extremista para ser provocador, a lo que me refiero es, si de lo que se trata es de tener una formación amplia e integral, que nos permita abarcar diferentes tipos de producciones y demás, no está mal para nada que sepamos también de agricultura familiar, de la que va desde la huerta hasta la granja, ponele, no está mal, es decir, nosotros tenemos que intervenir también en esos sectores porque también merecen y necesitan conocimiento, a lo que voy es que el agrónomo no puede tener un perfil que está completamente por fuera de la realidad económica del país donde las empresas agropecuarias que tienen menos de 3 hectáreas son inviables económicamente para el país.

La idea de domesticidad anclada en discursos relativos a estereotipos de género

La asociación metafórica con el acto doméstico de ordenar la casa captura el momento en que se establecen nuevas configuraciones de relacionamientos dadas por la irrupción de mujeres en espacios con fuerte presencia masculina, donde una serie de resortes sociales, simbólicos de significación y sentido se habilitan, abriéndose espacios discursivos de negociaciones más o menos permanentes. Ordenar la casa es una actividad propia de la vida doméstica tratándose tradicionalmente de una actividad femenina, en cualquier ámbito, sea rural o urbano. Se comprende con este término a las actividades de tipo no-productivas que tienen que ver estrictamente con la posibilidad de tomar una “base” y de alguna manera mejorarla. En esta actividad se entiende el deseo implícito de sentir propio el espacio que se ordena, es decir, se reconfigura, se reposicionan los elementos de ese espacio siguiendo un orden que es personal. Esto implica muchas veces realizar actividades que no agradan, que trastocan y recodifican la normalidad instaurada, y pueden llegar a herir sensibilidades de las personas que viven en esa casa al ver socavados sus ámbitos tradicionales de poder. Esta actividad que generalmente es realizada por la o las mujeres de la casa, parecería estar desplegándose en el seno de la AIA, donde esta idea construida desde el género se encuentra operando en las relaciones estratégicas. Ya que en todos sus años de creación es la primera vez que hay una presidenta de la Comisión Directiva.

Nos contaba M presidenta de la Institución:

Como toda mujer que le dan una casa nueva -o al menos yo soy así- le dan una casa nueva y la ordeno. Abro los cajones, veo lo que hay adentro, adentro de los armarios. Ya te va a pasar algún día [hablándole a una compañera nuestra mujer] que entrás a una casa nueva. Que no era tuya y empezás a ver que hay adentro y más cuando te dicen… ‘Bueno, mirá que por dos años va a ser tu casa.’ Te tenés que sentir como que sí, que realmente es tu casa. Bueno entonces nosotras mujeres, abrimos los cajones. [hay risas] ¡Sí!! Yo cuando estuve en (…) [nos dice el país y el tiempo de estadía], me dieron…nos dieron una casa. Una casa compartida con otra gente, de otros países y le dije a una uruguaya un día: ‘Si no adoptamos esta casa como nuestra, no, no vamos a salir.’ Y entonces empezamos a abrir y no entendíamos la letra y le preguntábamos para que nos tradujeran y nos decían: ‘Pa esto tiene seis años de vencido.’ [Risas] No te puedo decir la cantidad de comida que tiramos. Pero empezamos en una casa que nos apropiamos y la sentíamos nuestra. La gente entraba y decía: ‘Qué lindo esto, da gusto.’ ¡No se querían ir! Ta, se sentían cómodos. Lo mismo con Fxxxxx, lo que tratamos de hacer acá. (M)

Estas asociaciones surgen también al consultar por las relaciones que se establecen con los centros agronómicos del país y sobre las gestiones ante los diferentes actores, entonces nos cuentan que la relación con los centros debe ser como:

B: Viste que si vos descuidas la relación con tu pareja fuiste. Y estaba descuidada. Cuidar la relación implica, y bueno, destinarle un tiempo, escucharla, acordarte de vez en cuando de comprarle un re-ga-li-to. Es todo un trabajo. ¿No? Ta si, si a vos no te interesa, porque estás porque alguien tiene que estar. (…) Y estás descuidando la relación. Y acá la relación se descuidó. (…) Se había perdido el amor y yo hice un trabajito de recuperar ese amor de nuevo.

B: ¡Ysí!

La mayor dificultad a la hora de administrar la institución tiene que ver con los frenos que fueron instituyéndose en la institución. Los organizaciones poseen inercias fuertemente arraigadas en los cuerpos de las personas que trabajan en y para la institución. Sin caer en el distingo clásico de Castoriadis entre lo instituyente y lo instituido, la AIA como institución instituye elementos que se reifican en los cuerpos de los sujetos. Un ejemplo claro de esta institucionalidad que instituye en el cuerpo de los sujetos nos lo da una informante cuando nos dice:

T _ “Cuando llegamos por primera vez acá que encontramos un montón de cosas archivadas acá en esta piecita del fondo, pero claro no podemos, no podemos con todo, viste, porque es difícil la toma de decisiones. Se arma una comisión para tomar decisiones y nadie toma decisiones. No se, viste. Es como que…y si se pide algo siempre cuesta, todo es no, ¡no! Pero tal cosa, “¡No! ¡No se puede! O malos entendidos viste, que sé yo. Cosas de todos los días, que no cuestan nada.” (…)

Y más tarde dice:

T _“Lo que pasa es que durante mucho tiempo en este lugar el tema era seguir las órdenes de un hombre. El hombre llega a la casa y ¿Qué es lo primero que quiere? Que la comida esté pronta. Entonces la mujer le da que comer, y el hombre contentísmo. Pero un día quién llega, una mujer ¡che¡ y dice: ‘_¿Qué hay para comer?’ y ella le dice _‘Caviar’. Y la mujer le dice: _‘Te parece? porque no está la economía para comer caviar. _ Pero cómo si yo todos estos años a estos hombres yo le daba caviar y estaban contentitos y…Bueno vamos las dos a la cocina a ver qué podemos cocinar.”

F _ “Las mujeres los problemas solemos socializarlos. Los hombres se los guardan. Es tipo el perro herido (sic) que si tiene un problema se va pal rincón y no te acerques porque te muerdo. La mujer tiene esa necesidad de los problemas, sacarlos para afuera, contárselo, y el marido se enojará porque [ruidos con la boca]. Pero tenemos la necesidad de decirlo. ¿Viste? Puede ser un tema si de diferencias humanas.

Por último, estas negociaciones de un orden en disputa relativo a desigualdades de género manifiestas en el seno de la Asociación, podrían tener su correlato en lo que refiere a la práctica de la profesión, anclada en los discursos que desde los orígenes de la misma tienen al hombre como su actor principal. Estos discursos que parecieran ser propios de la dinámica tradicional de la profesión fueron muy explícitos durante una conversación que los investigadores mantienen con un grupo de ingenieros agrónomos donde cuatro de ellos eran hombres y una mujer. Esta última deja entrever, interpelante, la práctica disciplinar desplegada en un espacio predominantemente masculino que en el relato idealizado del agrónomo no da lugar a la feminidad. Por ejemplo, en un momento dado de nuestra conversación la ingeniera en cuestión desarrolla una idea respecto a la identidad disciplinar que sus compañeros respaldan efusivamente, uno de ellos le dice “muy bien, está muy bien eso que decís”, a lo que ella responde “a pesar de ser mujer ¿viste?”

A modo de cierre

Estas primeras reflexiones expresadas en este trabajo reflejan las primeras apreciaciones que surgen del trabajo de campo realizado en los meses pasados. Las mismas serán retomadas y profundizadas de ahora en más apostando a la comprensión de las tramas que significan los espacios que compartimos con la AIA.

Para cerrar este artículo, podríamos decir que la identidad de los Ingenieros Agrónomos, en tanto ipseidad, es algo que comparten - sobre todo en relación a la práctica disciplinar - pero que no encuentra una expresión de sentido en un colectivo propiamente dicho. Es así que la necesidad de explicitar su identidad es entendida a la luz de las problemáticas que los integrantes de la AIA identifican con respecto a la irregularidad de su funcionamiento y a las dificultades para la acción colectiva. De esta forma, la identidad demandada forma parte de un recurrir a la memoria - siempre colectiva - como dimensión temporal de aquella. Y esta, como forma de propiciar la concreción de los vínculos de carácter afectivo que sostienen el sentido de pertenencia a un grupo. Por eso la forma admitida para una ipseidad narrativa vehiculizada en las narraciones de sujetos que apelan al recuerdo; necesariamente pretende veracidad. Pero en su trayecto deja lagunas simbólicas que inexorablemente son llenadas por otros relatos. La ipseidad narrativa necesita de los mitos. Mitos entendidos como relatos que son fundantes para las personas y que funcionan como ese “telón de fondo” en el que se imprimen las prácticas sociales. El transcurso de vida de los sujetos funciona en estas prácticas como una historia que se va desplegando, y la noción de unidad narrativa de la vida: son las que podrían estar asignando el sentido para la acción de la profesión agronómica. En el sentido de que las propias historias personales en relación a las tres dimensiones trabajadas- el apelar a la memoria como dimensión temporal de la identidad, los elementos disciplinares que hacen a la pretensión de demarcación con otros profesionales o actividades, y la irrupción de cuestiones de género en un escenario masculinizado- se entremezclan en los relatos siempre personales, pero a la vez también se colectivizan como apreciamos en los discursos, aunque carentes de unicidad. La búsqueda por una narratividad de la identidad se apoya en una dialéctica entre el pasado-presente, y en la dupla individuo-colectivo. Así, admitiendo este entendido asumimos desde la perspectiva de Sourjour que:

En tanto que una tendencia teleológica impulsa al individuo a recapitular su narrativa dotándola de significación, articulando a tal fin los distintos acontecimientos, la impredecibilidad amenaza esta edificación, con la aparición de hechos azarosos que escapan de la estructura narrativa, y obligan a reconfigurarla. Este proceso exige muchas veces un trabajo retroactivo, resignificando los sucesos del pasado, con el fin de estabilizar la tendencia teleológica.” (Souroujon, 2011)

Esto supone que existan continuidades en los relatos y en las asignaciones de sentido de la identidad. Sin embargo importa saber qué tanto estos relatos confeccionan la identidad de los sujetos del presente. (Hervieu-Leger, 2005) aporta, en este sentido, la idea de la “aceptabilidad de la continuidad entre pasado y presente”, que conforma la tradición, y consiste en que ella misma sea capaz de integrar los cambios y las representaciones que habitan en el presente. Es decir que parece posible que se confundan identidad con tradición. La identificación de un pasado de tipo “mítico” con relación a la creación de la AIA conforma un elemento sustancial en torno a la configuración de la ipseidad. Esta ipseidad se define con la inclusión de un pasado mítico, del pasado de la AIA, de la idealización de la etapa fundante, de la necesidad permanente de la referencia a un pasado más bien remoto, pero que se actualiza permanentemente en los relatos, que al relatar, los sujetos su pasado “mítico”, permiten que los acontecimientos lo modifiquen. Se demarca en el límite de lo que es y debe ser la profesión agronómica y finalmente se relata en las incesantes negociaciones que los sujetos deben hacer dentro de la propia institución.

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1. Esta línea aporta y permite el trabajo de acumulación de conocimiento desde diferentes perspectivas, al trabajo que viene coordinando el Dr. Alcides Beretta Curi del Centro de Estudios Interdisciplinarios Latinoamericanos de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación, “Uruguay en la región: agricultura, nodos de innovación, enseñanza agraria, agrónomos, dieta y consumo de productos agrícolas (1860-1914)”.

2. En este trabajo estudiamos dos dimensiones de la identidad: su relación con la producción como categoría de práctica social y desde la teorización como categoría de análisis.

3. Término acuñado por la Antropología científica del S. XX y que refiere a las categorías de los propios sujetos en cuestión.

4. Teniendo en cuenta siempre que la identidad de los sujetos es siempre asumida e imaginada, es decir “pensada”. Se la imagina desde los dispositivos de recrear el tiempo; en la memoria (Guigou, 2008).

5. A finales del mes de agosto de 1907 se funda la Asociación de Estudiantes de Agronomía (AEA) que instaura por cometido la lucha contra la estructura rígida y autoritaria que se estaba imponiendo en la institución académica. La agremiación estudiantil se manifestó como promotora de importantes cambios dentro de la universidad, se obtuvieron recursos fundamentales para el acceso (rebajas en el precio del boleto, dictado de clases prácticas, revisión del plan de estudios, etc.) y, también, se edita una revista denominada “Agros” donde se publica información de carácter científico para los productores rurales interesados. En este contexto, es que el 25 de agosto de 1912 un grupo de profesionales universitarios, pertenecientes a la AEA, funda lo que hoy se denomina “Asociación de Ingenieros Agrónomos del Uruguay” (AIA). En la actualidad la AIA cuenta con los Centros Regionales Agronómicos y con una importante nómina de socios del todo el país: Canelones, Colonia, Dolores, Durazno, Flores, Florida, Paysandú, Río Negro, Rivera, Rocha, Salto, San José, Soriano, Treinta y Tres.

Recibido: 10 de Mayo de 2017; Aprobado: 20 de Mayo de 2017

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