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Revista Uruguaya de Ciencia Política

versión On-line ISSN 1688-499X

Rev. Urug. Cienc. Polít. vol.21 no.spe Montevideo dic. 2012

 

LA CIENCIA POLÍTICA EN URUGUAY (1989-2009): TEMAS, TEORÍAS Y METODOLOGÍAS*

 

Political Science in Uruguay (1989-2009): Topics, theories and methodologies

 

 

Cecilia Rocha Carpiuc**

 

Resumen: En los últimos años, el interés en el estudio académico de la ciencia política se ha incrementado. Una de las razones que explica este interés es que, mientras el desarrollo institucional de la disciplina ha sido ampliamente reconocido por sus practicantes, las disputas sobre teorías y metodologías persisten. El artículo presenta el debate internacional sobre “el estado de la ciencia política” y describe los principales temas, teorías y metodologías de la disciplina en Uruguay en el período 1989-2009, a través de evidencia del Instituto de Ciencia Política.

 

Palabras claves: Ciencia Política, Uruguay, teorías, metodologías.

 

Abstract: In the last years, the interest in the academic study of political science has increased. One of the reasons that explain this interest is that the institutional development of the discipline is widely recognized among its practitioners but disputes about theories and methodologies persist. This paper presents the international debate about the “state of political science” and describes the main topics, theories and methodologies of the discipline in Uruguay in the period 1989-2009 through evidence from the “Instituto de Ciencia Política”. 

 

Keywords: Political Science, Uruguay, theories, methodologies.

 

 

Introducción

 

A lo largo del siglo XX, la ciencia política se convirtió en una disciplina académica dedicada al conocimiento especializado de la política de creciente importancia a nivel internacional. Y aunque todavía presenta un desarrollo dispar en lo que refiere a algunos aspectos institucionales[1], su expansión es reconocida por casi todos sus practicantes. Sin embargo, debates recientes sobre el “estado actual de la disciplina” ponen de manifiesto  la convivencia de distintas visiones sobre lo que la ciencia política es y debería ser (Trent 2009; Negretto 2004).

Esto ha generado una prolífica literatura a nivel internacional centrada en la ciencia política como objeto de estudio, la cual se justifica por distintas razones. Para algunos, analizar la disciplina es útil para superar algunas de las dificultades que ésta enfrenta para su desarrollo, como plantea Nohlen (2006), por ejemplo, para América Latina. También se considera pertinente en la medida en que dicho ejercicio permite ofrecer una guía que oriente sobre la variedad y creciente complejidad de las investigaciones en el campo (Stoker 1997). Autores como Ball (1987) muestran asimismo cómo estas reflexiones permiten a los académicos reconocer y explicitar apropiadamente sus presupuestos filosóficos y morales. Otros trabajos centrados en la historia de la ciencia política muestran la importancia que ésta adquiere para decidir el camino a seguir en el futuro, además de considerarla una fuente de identidad disciplinaria clave (Trent 2008; Adcock, Shannon y Bevir 2007).

En Uruguay se vislumbra un creciente interés por este tema pero los antecedentes de investigación todavía son escasos[2]. Este artículo presenta algunos datos sobre los temas de estudio, los enfoques teóricos y las metodologías predominantes en la ciencia política uruguaya entre 1989 y 2009. Se trata de un trabajo descriptivo que busca ofrecer los insumos básicos necesarios para avanzar hacia mayores pretensiones explicativas.

La investigación realizada se centró en la producción del Instituto de Ciencia Política (ICP) de la Facultad de Ciencias Sociales (Universidad de la República) porque éste es considerado como el principal “foco de irradiación” de la disciplina en el país: concentra prácticamente la totalidad de la investigación en ciencia política en Uruguay y se considera como el ámbito desde el cual se posibilitó el cultivo académico de la disciplina de forma orgánica y sistemática (Buquet 2011, 2012; Garcé 2005, Bentancur 2003). La evidencia se construyó a partir de fuentes documentales y entrevistas a académicos con una importante trayectoria y presencia en dicha ámbito como informantes calificados.

El artículo se estructura de la siguiente manera. La primera parte desarrolla el debate internacional sobre la ciencia política, marco que inspira las preguntas de investigación que guían este trabajo. La segunda sección presenta un panorama general de las áreas de investigación del ICP. La tercera se centra en los temas de estudio y enfoques teóricos predominantes, mientras que, la cuarta, describe las preferencias metodológicas en la investigación y enseñanza. Por último, se dejan  planteadas algunas líneas para futuras investigaciones. 

 

 

1.     La ciencia política en debate

 

El debate contemporáneo sobre el “estado actual” de la ciencia política enfrenta a quienes entienden que la disciplina “va para adelante” (Colomer 2004) y aquellos que consideran que “camina con pies de barro” (Sartori 2004). Las posturas “pesimistas” insisten en que la ciencia política atraviesa una “crisis” de métodos, pertinencia, identidad y capacidad explicativa (Cansino 2008, 2007; Trent 2009).

En el año 2000, a partir de un e-mail anónimo enviado a los editores de la American Political Science Review en reclamo de un mayor pluralismo y manifestando el malestar con el modelo mainstream de la ciencia política norteamericana, surgió el denominado “Movimiento Perestroika”. Sintéticamente, sus críticas a la disciplina apuntan a: el énfasis empirista y cuantitativista; el “culto” a la estadística y la matemática, a los modelos formales y al enfoque de la elección racional; el desplazamiento de la teoría política a los márgenes; la investigación orientada por el método más que por problemas sustantivos, con la consecuente escasa aplicabilidad de los conocimientos que produce; y la poca reflexión sobre los supuestos ontológicos y epistemológicos que informan sus esfuerzos por parte de sus practicantes (Gerring y Yesnowitz 2006; Schram y Caterino 2006; Monroe 2005; Marsh y Savigny 2004; Grant 2002; Shapiro 2002; Kaska 2001)[3].

En América Latina, la crítica que ha tenido más resonancia ha sido la de Sartori (2004:354)[4], quien señaló que:

 

la ciencia política estadounidense (…) no va a ningún lado. Es un gigante que sigue creciendo y tiene los pies de barro. Acudir, para creer, a las reuniones anuales de la Asociación Estadounidense de Ciencia Política (APSA) es una experiencia de un aburrimiento sin paliativos. O leer, para creer, el ilegible y/o masivamente irrelevante  American Political Science Review. La alternativa, o cuando menos, la alternativa con la que estoy de acuerdo, es resistir a la cuantificación de la disciplina. En pocas palabras, pensar antes de contar; y, también, usar la lógica al pensar”.

 

Las propuestas más radicales de la “Perestroika” promueven el rechazo al modelo de las ciencias naturales para el estudio de los fenómenos sociales y exigen una epistemología y metodologías específicas. Como argumenta Flyvbjerg (2001/2008) en el libro Making Social Science Matter, considerado el “manifiesto” del movimiento, las ciencias sociales deben guiarse por el juicio práctico, el sentido común y la prudencia, es decir, deben asumirse desde una perspectiva aristotélica como una “prhonetic social science[5] y preguntarse: ¿Hacia dónde estamos yendo? ¿Es este desarrollo deseable? ¿Quién gana, quien pierde y mediante qué mecanismos de poder? ¿Qué deberíamos hacer al respecto?[6]

Pero por otra parte, como se mencionó anteriormente, el debate encuentra también a los “optimistas”, como Colomer (2004), quien señala que el problema no es la ciencia política norteamericana ni la cuantificación en sí misma. Desde su punto de vista, la ciencia debe cumplir cuatro fases para el conocimiento de un objeto: 1) definiciones y clasificaciones; 2) mediciones cuantitativas; 3) hipótesis causales; 4) teoría explicativa. La escasa investigación aplicada se debe a que la disciplina es relativamente joven en comparación con campos como la economía. Colomer responde a Sartori y argumenta que “reacciones” como las suyas se deben a que estamos ingresando a la segunda fase, que no es mala en sí misma sino que pierde su sentido sin la primera como base. Su  planteo se resume en la siguiente cita:

 

La alternativa por la que yo me decanto es pasar del nivel 1 al 2 (lo cual requiere apoyarse en el primero), pero también al 3 y al 4. Es decir, seguir en serio el “modelo” de la economía y, en general, de toda la ciencia, con el objetivo de llegar a tener una teoría explicativa, la cual sea capaz también de sustentar la investigación aplicada” (Colomer 2004:359).

 

Estos debates no son novedosos[7]. En verdad, remiten a la vieja controversia por el estatus de las ciencias sociales y acerca del modelo que deben seguir, pero aplicada a las preocupaciones de la ciencia política. Farr, Dryzek y Leonard (1995:1-3) identifican una revitalización de esta discusión en el momento en el que se produce el “declive del conductismo”. Según los autores, aunque éste nunca alcanzó a ser un programa de investigación universalmente aceptado, su énfasis en crear una ciencia política predictiva, su marco conceptual y el pluralismo liberal, proporcionaron en los 50’ y 60’ un punto de referencia nítido para la disciplina, ya sea como “paraguas” para la investigación científica o bien como blanco para las críticas. Pero con el “giro lingüístico”[8], las disciplinas sociales asistieron a una proliferación de enfoques -interpretativis, teoría crítica, hermenéutica, posestructuralismos, feminismos, etc.-, inaugurando un escenario caracterizado por la disputa entre varios contendientes, que los autores denominan como un “pluralismo radical”.

Estas transformaciones han provocado ansiedades e incertidumbres sobre la naturaleza y el rumbo de la disciplina, ante las cuales se registran al menos tres respuestas: i)  la de quienes celebran la diversidad disciplinar por entender que ésta socava los efectos de la osificación institucional, teórica y metodológica, y sostienen que mientras existan definiciones enfrentadas sobre la ciencia y la política, la fragmentación será inevitable (Dryzek 1986; Ball 1976; Moon 1975); ii) la que señala que la disciplina ha quedado dividida en comunidades que poco tienen que ver entre sí y sin un norte que las oriente ni un objetivo común (Almond 1988; Seidelman y Harpham 1985; Ricci 1984); y iii) la de los sucesores del conductismo, que no consideran que se trate de una contienda porque consideran que solo lo que ellos hacen se puede considerar ciencia política “propiamente dicha” -como Riker (1982),  quien identifica su versión de la elección racional como núcleo de la ciencia política misma-.

De modo general, la corriente principal de la ciencia política norteamericana[9], que adhiere al positivismo y la comprensión unitaria del método científico, ha sido la mayor influencia de la ciencia política latinoamericana, especialmente en los últimos años (Retamozo 2009). Y se puede afirmar que, desde esta perspectiva, más vinculada a la tercera respuesta y en el caso de algunos autores, también a la segunda, la diversidad es comprendida como una “amenaza” a la identidad del campo disciplinario, ante la cual los sectores dominantes de la disciplina constituyen “estrategias conservacionistas” para mantener la estructura del campo científico –en el sentido de Bourdieu (2000, 2002)-. 

Para ejemplificar este punto, Schram y Caterino (2006) muestran cómo algunas formas de concebir la distinción entre lo “cuantitativo” y lo “cualitativo” actúan en detrimento de la legitimidad del último elemento. En Designing Social Inquiry, King, Verba y Keohane (1994) afirman haber incorporado en su “justa medida” al conocimiento cualitativo: señalan que la investigación cuantitativa y cualitativa, aunque parezcan formas de estudio distintas,  se basan en la misma lógica, esto es, la extracción de inferencias válidas, causales o descriptivas.  Por lo tanto, para los autores, las diferencias entre ambas son meramente “estilísticas” y de utilización de técnicas específicas. Para Schram y Caterino, en cambio, lo que se hace a través de esta operación  es “domesticar” a los abordajes alternativos, dándoles un lugar subordinado dentro de la matriz positivista y su perspectiva objetivista. Así, “lo cualitativo” queda como “pura descripción” o “insumos exploratorios”, pasos previos para la construcción de las “verdaderas explicaciones”.

Es por ello que, académicos como Topper (2005), han calificado este escenario como el de un “pluralismo constreñido” y no radical en la ciencia política, esto es, una hegemonía parcial del mainstream que limita la diversidad metodológica y no incorpora otros puntos de vista como formas posibles y específicas de practicar la disciplina. Cuando estas estrategias “conservacionistas” no tienen éxito –retomando los términos de Bourdieu-, se deja paso a un “laissez-faire”, la mera convivencia de abordajes sin importar mucho su vinculación o rendimiento relativo para el conocimiento de la política. Un contexto de “pluralismo crítico”, por el contrario, sería aquel que reconoce al interpretativismo como un esfuerzo que provee un tipo distinto de explicación que, por lo tanto, no es reductible a la gramática del positivismo; al tiempo que demanda un diálogo entre diferentes abordajes metodológicos (Frank 2007), reconociendo el valor del “desorden de la investigación política” en el marco del cual, esfuerzos investigación distintos aprenden unos de otros en lo que Galison (1987) refiere como trading zones.[10]

Estos debates otorgan sentido a la indagación sobre la ciencia política en un caso concreto y en la dimensión “interna” de su historia (Cansino 2008, Fernández 2005). O en lo que se denominará como sus “contenidos sustantivos” –para diferenciar este objeto de aquel que tienen los estudios que se centran en aspectos estrictamente institucionales o formales-. Por contenidos sustantivos se comprende a las características del campo de conocimiento, los enfoques teóricos y metodológicos predominantes y los tipos de producción de conocimiento en los que los investigadores se involucran (Brunner y Sunkel 1993, citados en Bentancur 2003:1).  En este sentido, algunas preguntas que surgen son: ¿qué estrategias de investigación han sido mayormente utilizadas en la ciencia política uruguaya, con énfasis en el ICP? ¿Cuáles se han privilegiado para su enseñanza en el grado de ciencia política de la Facultad de Ciencias Sociales (Universidad de la República)? ¿Qué importancia se otorga a la filosofía de la ciencia social o la metodología como componentes de la formación metodológica? ¿Se puede afirmar que se está asistiendo a una “cuantificación” de la disciplina? ¿Qué enfoques teóricos han predominando y qué transformaciones se han registrado a lo largo de las últimas décadas en este eje? ¿Están ascendiendo las teorías de la elección racional? ¿Qué lugar ocupa la teoría política? ¿Tienen lugar los enfoques interpretativistas?

 

 

2.     Un panorama general de la investigación y la enseñanza en el  ICP

 

Según su página web institucional, el ICP contiene las siguientes áreas de investigación: “gobierno, partidos y elecciones”, “estado y políticas públicas”, “historia política”, “teoría política”, “estudios municipales”, “política y género” y “ciudadanía”. Sin embargo, el último informe de investigación del instituto[11] señala que las cuatro primeras se pueden considerar como las “áreas tradicionales de investigación”, mientras que las restantes serían “programas de investigación” que “se ocupan de temáticas que cortan transversalmente dos o más áreas de investigación”. Además, el informe plantea que las áreas de “estado y políticas” y “gobierno, partidos y elecciones” “han concentrado el grueso de la investigación, al tiempo que las otras dos estuvieron más bien concentradas en las tareas de enseñanza”.  

Esta sección se centra en las áreas tradicionales de investigación y presenta algunos datos que muestran su importancia relativa a nivel de la enseñanza y la investigación. Un primer dato a considerar es la distribución del plantel docente[12] por área  -relevante, además, para dimensionar el resto de la información que se presenta-. En lo que a este punto refiere, la más importante es “estado y políticas públicas” con el 46,4% de los docentes, seguida por “gobierno, partidos y elecciones” con un 32,1%. El restante 21,4% se distribuye equitativamente entre “historia política” y “teoría política”.

En cuanto a la enseñanza de grado[13], la presencia de historia política, teoría política y el eje de gobierno ha sido importante en el Plan de Estudio de 1992 y se mantiene grosso modo en la reforma del mismo realizada en el año 2009. La principal diferencia entre un plan y otro refiere a los contenidos vinculados al área estado y políticas públicas, que pasaron de ser atendidos por vía de incursiones aisladas –especialmente del Estado como objeto de estudio, y muy marginalmente las políticas públicas- a tener un módulo específico para el área con una importante carga horaria en el plan vigente –centrado, ahora, particularmente en políticas públicas-. Este cambio se justifica, en el documento del Plan, por el “nivel de desarrollo adquirido por el Departamento de Ciencia Política en el Área de Estado y Políticas Públicas”[14]. No obstante la relativa ausencia del eje estado y políticas públicas hasta el 2009 en los contenidos de la enseñanza, se ha constatado que 55 de un total de 182 tesis presentadas entre 1994 y 2011 fueron orientadas por docentes de dicha área, y cabe esperar que hayan atendido temáticas referidas a ésta, lo que constituye una cantidad importante y un número mayor a las dirigidas por docentes del área “gobierno” (40), “teoría política” (25) e “historia política” (15)[15]

Pasando ahora al nivel de la investigación, las fuentes que se pueden tomar para relevar información al respecto son múltiples[16]. Para los propósitos de este trabajo, se optó por considerar como principal material para el análisis los artículos publicados en la Revista Uruguaya de Ciencia Política (RUCP)[17], ya que suele ser considerada como el principal medio institucional a través del cual se difunde la producción académica del instituto y además, tiene la ventaja de que ofrece información comparable para todo el período de referencia de esta investigación. Asimismo, es de destacar que la RUCP ha logrado regularizar su periodicidad anual y ha procurado cumplir con estándares internacionales para publicaciones científicas. Estableció, a partir de 2006, el sistema de arbitraje y ha sido incluida en diversos índices internacionales de publicaciones (SCielo, EBSCO, Redalyc y Latindex) logrando situarse como referente, al menos en el ámbito regional (Buquet 2011, 2012).

No obstante las ventajas, también es preciso reconocer al menos dos de las limitaciones que puede tener esta fuente. La primera limitante es que las revistas suelen tener una orientación específica sobre qué debe ser la ciencia política y por ende, qué constituye un trabajo “pertinente” y “de calidad”, pudiendo no reflejar la totalidad de orientaciones teóricas, metodológicas y epistemológicas existentes en una comunidad académica. De todas formas, dado que la RUCP ha sido la principal publicación especializada en el país, es esperable que sea representativa de la totalidad de la oferta existente. Y además, cuando se examina una disciplina, estar atentos a “los silencios, tratar de pensar qué es lo que no está ahí pero debería estar”, también es un ejercicio útil (Goodin y Klingemann 2001:46). La segunda dificultad que presentan las revistas como fuente de información para lo que aquí se pretende es que algunas comunidades académicas o sub-disciplinas realizan sus publicaciones de punta en formato libro; aunque cada vez más los principales debates se desarrollan por vía de artículos (Sigelman 2006), un análisis más exhaustivo sobre la temática debería incluir otro tipo de publicaciones para complementar y/o cotejar la información.

Una forma de aproximarse a los contenidos sustantivos de la RUCP es examinando la distribución de artículos por área de investigación tradicional. Para ello se aplicaron dos criterios de clasificación. Por un lado, se agruparon los trabajos según el tipo de tema que abordaban distinguiendo tres categorías: si estaban vinculados a estado y políticas públicas; si estaban vinculados a temas del área gobierno, partidos y elecciones; u otras temáticas –a este criterio se le denominó “áreas-tema”-. Por otro lado, se clasificaron nuevamente todos los artículos pero ahora por “área-abordaje”, esto es, según si trabajaban desde la teoría política, la historia política; u otro enfoque. De otro modo, un artículo de historia política sobre partidos políticos, por ejemplo, no podría haber sido clasificado en base a la distinción de Buquet de “áreas tradicionales”, por eso se consideró más apropiado diferencias áreas-tema y áreas-abordajes.

Los resultados muestran que el 52% de los artículos publicados en la RUCP en el periodo de referencia aluden a temas de gobierno, partidos y elecciones, mientras que un 34% a estado y políticas públicas. Estos últimos tienen una presencia constante –aunque intermitente, con ausencia en algunos números- en todo el período, lo que resulta llamativo a la luz de lo planteado respecto de la enseñanza en el Plan de Estudios 2009 y en varias entrevistas sobre que fue recién en los últimos años que el área de estado y políticas públicas “alcanzó” en importancia a la de gobierno. Una posible explicación de este hallazgo es que la “constancia” haya estado en temáticas vinculadas al “Estado” como objeto y que las políticas públicas hayan sido las que adquieren fuerza posteriormente. Bentancur (en entrevista) señaló un matiz en este sentido que resulta interesante. La “ausencia de las policies en comparación con las politics”, afirmó, no significa que las políticas no fueran estudiadas anteriormente sino que no eran consideradas como variables explicativas para entender las politics, que era lo que se entendía necesario explicar.

 

 

 

Pasando ahora a las “aréa/abordaje”, el resultado obtenido confirma que tanto la historia política como la teoría política han tenido una débil importancia en las publicaciones de la RUCP: 10,9% del total de los artículos adscriben a la primera y  sólo un 7,9% a la última.  El período de “oro” tanto de la teoría como la historia política se puede ubicar a mediados del 90’ donde se presenta la mayor intensidad de publicaciones de ambas “áreas-abordaje”. La teoría política vuelve a aparecer tímidamente en el año 2004 pero no así la historia, que está prácticamente ausente en los últimos números de la revista.

En principio, la “marginalidad” de la teoría política no resulta “llamativa” porque, salvo en excepciones[18], ésta no suele formar parte de la corriente principal de la disciplina en los departamentos de ciencia política en buena parte del mundo. Esto se debe a que su lugar en la ciencia política involucra problemas prácticos sobre pertenencias a disciplinas y pertinencia de temas y hasta problemas locativos que remiten a la vieja pero recurrente “cuestión de la teoría política”[19] (Grant 2002; Gioscia 2002). Pero sí resulta llamativo el desempeño de la historia política porque, aunque ésta no es considerada como una sub-disciplina de la ciencia política en los principales textos de estado del arte de la disciplina, y en general, tampoco aparece como un enfoque relevante en las “historias disciplinares” que se han ensayado, la historia política ha sido una pauta central en la configuración inicial de la ciencia política uruguaya (Rocha 2012)[20].

¿A qué se debe, entonces, su escueta contribución en la RUCP? Una posible explicación de este hecho es que la importancia que la publicación en formato libro ha tenido para la historia política haya desincentivando a los investigadores del área a publicar por otras vías, como pueden ser las revistas académicas en general o la RUCP en particular. Otra posibilidad es que haya existido un interés de los investigadores del área de historia política en publicar en la RUCP pero que los trabajos presentados, por alguna razón, no hayan sido considerados “pertinentes” por parte de los responsables de dicha revista en base a los criterios que la misma tiene para admitir las contribuciones que recibe. Sin embargo, esta hipótesis no parece plausible dado que la integración del equipo editorial de la RUCP ha sido, en general, “pluralista”, en el sentido de que ha incorporado investigadores de todas las áreas del ICP, incluyendo a algunos de la historia política. Conviene apuntar, no obstante, que en los últimos años se viene constatando un predominio de investigadores del área “gobierno” en este espacio, como muestra el gráfico que se presenta a continuación[21].

 


 

Un hecho a destacar sobre el desarrollo de la investigación en la disciplina es la reciente creación de dos revistas especializadas vinculadas precisamente a las “áreas/abordaje”: “Contemporánea. Historia y problemas del siglo XX en América Latina” y “Crítica Contemporánea. Revista de Teoría Política”. Esto puede estar indicando la necesidad de éstas de tener espacios específicos de publicación, y en algún sentido, también, podría estar dando la pauta de una consolidación de un fenómeno de especialización disciplinaria -en el sentido de Dogan (2001)- en la academia de ciencia política uruguaya. Pero también es cierto que, con el correr de los años, la ciencia política en el país se ha ido afirmando en su “núcleo duro”[23] -primero con las varias generaciones de licenciados en ciencia política y luego con una masa crítica de doctores-. Considerando este escenario, la creación de las revistas puede ser leída, desde la perspectiva de Bourdieu (2000), como estrategias de “subversión” de quienes quedan al margen de las definiciones principales del campo disciplinario.

Para cerrar esta sección, y aunque no se realizará una revisión exhaustiva de todas las líneas existentes en la ciencia política uruguaya, conviene ver brevemente hacer qué ocurre con los campos de la “opinión pública” y las “relaciones internacionales” en el país en general pero en el ICP fundamentalmente,  ya que éstos suelen ser considerados como sub-disciplinas de la ciencia política en la literatura de referencia (Goodin y Klingemann 2001; Nohlen 2003).

Respecto de los estudios de opinión pública en Uruguay existe una división del trabajo entre las empresas privadas –“las consultoras”- y la academia, por la cual los centros académicos del país han quedado relegados en el desarrollo de este campo (Buquet 2004). Los temas que absorben la atención de los investigadores especializados en esta línea son variados (Aguiar 2010; Carballo 2010), pero ha existido una orientación privilegiada hacia “gobierno, partidos y elecciones”, en la medida en que las encuestas preelectorales han sido “la estrella de los estudios de opinión pública” y las encuestas de opinión pública en Uruguay se han convertido, a su vez, en el centro de las campañas políticas (Boidi y Queirolo 2009). De esta forma, se considera que ha sido el sub-campo de la ciencia política uruguaya con mayor llegada a la sociedad y la política -fundamentalmente a través de los medios de comunicación[24]- y por ello, aunque no se encuentre instalado institucionalmente en el ICP, se reconoce que se ha constituido como un aporte central en lo que refiere a la legitimidad de la ciencia política en el país (Garcé 2004)[25]

En cuanto al campo de las relaciones internacionales se percibe una diferencia fundamental en la estructuración de la ciencia política uruguaya respecto de otros países[26], ya que está lejos de poder ser considerado un sub-campo de la ciencia política tal y como se la practica actualmente, más allá de que en los últimos años se ha venido acumulando en la temática desde la ciencia política. Las preocupaciones más cercanas a la agenda académica de las relaciones internacionales se registran en algunos artículos de la RUCP sobre política exterior y sobre el Mercosur, aunque, como afirma Garcé (2005), la política exterior también ha sido una de las grandes ausencias del campo de estudio de las políticas públicas en el país.

 

 

3.     Temas y enfoques teóricos

 

Siguiendo a Stoker (1997), se entiende por “orientaciones teóricas” a los marcos analíticos conceptuales, las perspectivas teóricas y el examen de los conceptos centrales de la disciplina. En esta sección se indaga en las orientaciones teóricas de la ciencia política uruguaya, presentando, en primer lugar, cuáles han sido los temas de estudio más frecuentes, y en segundo lugar, cuáles las referencias teóricas más importantes a lo largo del período de estudio.

Para examinar el primer punto se aplicó la herramienta wordle[27] a los títulos de todos los artículos de la RUCP y de las tesis de grado, encontrando que los términos más frecuentes son: Uruguay, política/o/as, democracia, reforma/s, gobierno y partidos, como se puede apreciar en las siguientes “nubes de palabras”:

 

 

 

 

 

 

 

 

 


 

Para ver un poco más en detalle los conceptos y temas presentes en la RUCP, se

consideraron las palabras clave de los artículos[29].  Como muestra el gráfico 3, los cinco conceptos más importantes [30] aluden a temáticas vinculadas principalmente con el área de gobierno, siguiéndole de cerca estado y políticas públicas-. 

 

 


 

La “vedette” de la ciencia política uruguaya ha sido la “democracia”, lo que no significa que el tema de los regímenes autoritarios no exista como objeto de estudio sino que la disciplina está interesada en la democracia, su funcionamiento, estabilidad y calidad. El contexto de su institucionalización en el país coincidió con la restauración democrática y estuvo muy vinculada a ella. Esta “obsesión”, por tanto, se podría comprender como  algo similar a lo que señala Nohlen (2003:3) sobre la ciencia política alemana, al respecto de la cual afirmaba que “recobra importancia sobre todo por su íntima relación con la democracia. A diferencia de la sociología, que cultiva su autopercepción y función de una disciplina crítica de la sociedad (…), la ciencia política (…) se desarrolla como ciencia de y para la democracia, como ciencia de apoyo a la democracia”.

¿Cuáles son los aspectos de “la democracia” que se han estudiado más? Este énfasis varía según los desarrollos externos de la política, que marcan en buena medida la agenda del pensamiento político (Smith 2010). Brevemente se puede destacar que los años 80’ y principios de los 90’ estuvieron marcados por la cuestión de las transiciones y estabilidad democrática, demandada por los procesos históricos globales en el marco de la ola de democratización (Corbo 2007). Pero con el final de ésta, las teorías de la transición comenzaron a perder su atractivo (Altman y Pérez Liñan 1999),  para  dejar paso a preocupaciones por la consolidación democrática y su “calidad”,  “movimiento” que también se puede detectar en la RUCP. Lo que ha predominado a lo largo del período es una concepción de la democracia centrada en lo partidario y electoral –o en palabras de uno de los entrevistados, una visión “poliárquica” de la democracia-.

En cuanto a los enfoques teóricos, se procuró testear empíricamente lo que han planteado Garcé (2005) y Bentancur (2003) respecto del ascenso del neo-institucionalismo, especialmente en su versión de la elección racional[31], y su progresivo desplazamiento de la centralidad de los enfoques históricos y partidocéntricos en la ciencia política uruguaya. Para ello se realizó un análisis bibliométrico[32] de todas las referencias bibliográficas que aparecen la RUCP y los resultados confirman ese escenario.

El siguiente cuadro muestra los autores más citados por tramos del período de referencia. Los que han perdurado más tiempo en el “ranking” son: Giovanni Sartori (que entra en el primer tramo a la cabeza, se mantiene allí en el segundo y sale finalmente en el año 2000), Arend Lijphart (que entra en 1990 y sale en el 2000), Gerardo Caetano (que entra en 1996 y permanece hasta el 2005) y Scott Mainwaring (que llegó en el 2000 para quedarse).

 

 


El primer período muestra una presencia importante de los autores de la teoría de la transición democrática (Guillermo O’Donnell y Philippe Schmitter) confirmando lo planteado anteriormente sobre la relación entre la coyuntura política y los temas de estudio. También aparece un “clásico” de la ciencia política como lo es Norberto Bobbio, y del medio local se destacan Carlos Real de Azúa –considerado el principal precursor o incluso, para algunos, el fundador de la ciencia política uruguaya[33]- y Germán Rama.   En el segundo período se posiciona bien Juan Linz, conocido por sus trabajos sobre regímenes totalitarios y autoritarios, el quiebre de la democracia y las transiciones a regímenes democráticos; Arend Lijphart, quien se centró en el estudio de la democracia en sociedades plurales y también incursionó en debates metodológicos sobre  política comparada; y Dieter Nohlen, experto en sistemas electorales. El único “local” que aparece es Juan Rial.

En el tercer período se encuentra primero  Matthew S. Shugart, estudioso de cómo las instituciones políticas afectan la calidad de la gobernabilidad democrática –con énfasis en sistemas electorales y la relación entre poderes ejecutivo y legislativo-, destacándose sus obras: Presidents and Assemblies: Constitutional Design and Electoral Dynamics (con John M. Carey), Seats and votes: the effects and determinants of electoral systems (con Rein Taagepera) y Presidencialism and Democracy in Latin America con Scott Mainwaring, quien también aparece muy bien ubicado en el tramo. Sus principales intereses de investigación son las instituciones políticas democráticas y la democratización, partidos y sistemas de partidos, destacándose su obra Presidentialism and Multipartidism: The Difficult Combination-. El único investigador uruguayo que aparece en el tramo 1996-1999 es Gerardo Caetano, aunque también están entre los 10 más citados, Luis Eduardo González y Daniel Buquet[34].

Los “locales” pasan a ocupar la cima del ranking en el período 2000-2005, con Jorge Lanzaro[35] en primer lugar, seguido por Gerardo Caetano, Fernando Filgueira y Adolfo Garcé. En el período más reciente, los investigadores locales que están mejor posicionados pertenecen al área de “gobierno, partidos y elecciones” –Daniel Buquet[36], Daniel Chasquetti y Juan Andrés Moraes-. La producción de estos investigadores, en términos de enfoques teóricos, se puede ubicar, grosso modo, en la vertiente neo-institucionalista de la elección racional[37]. Douglass North, como se observa en el cuadro, es otro de los autores más citados en la RUCP en el último periodo. Este hallazgo para Uruguay está en sintonía con los resultados del análisis bibliométrico realizado por Goodin y Klingemann (2001:52) que ubicaban a North -a quienes los autores definen como un exponente de la “alianza” entre el neo-institucionalismo y las teorías de la elección racional- como uno de los académicos de mayor relevancia.

Por último, cabe señalar que varios entrevistados han destacado al neo-institucionalismo en sus vertientes históricas o culturalistas como el enfoque teórico más vinculado al área de estado y políticas públicas, especialmente en referencia a autores como Peter Evans, Robert Putnam, Gabriel Almond y Sidney Verba, entre otros. Pero estos autores no se encontraron entre los referentes teóricos más citados en la revista.  Otro integrante del área de estado y políticas públicas señaló, en entrevista, que se pueden identificar al menos tres corrientes teóricas en su área: el neo-weberianismo; el neo-gerencialismo y la gobernanza participativa, aunque precisó que, en la práctica, “están muy mezcladas”.

 

 

4.     La metodología en la investigación y la enseñanza

 

Esta sección se centra en las orientaciones metodológicas, esto es, en las opciones de estrategias y diseños de investigación que guían la actividad de investigación (Hay 2008; Box-Steffensmeier et.al 2010), aunque también se indagó en cuáles se transmiten en la enseñanza de grado de la licenciatura de ciencia política de la Facultad de Ciencias Sociales.

Si se toma la distinción de métodos de la investigación social que hace Gerring (2001:200-229) en base a su utilización de un N-grande (el experimental y el estadístico);  N-chico o mediano (el más usado por los comparativistas, entre los cuales identifica a su vez tres tipos: “Qualitative comparative analysis”, “Most-similar” y “Most-different”) y los estudios de caso (que se pueden clasificar, a su vez, en base a los criterios de selección del caso que utilizan: caso extremo, típico, crucial y contra-fáctico) y siguiendo a Chasquetti (2010) y Garcé (2005), se puede afirmar que en  el medio local han predominado los estudios de caso y especialmente, aquellos centrados en el caso uruguayo (esto también se puede ver en las ilustraciones presentadas más arriba[38]). Aunque se pueden encontrar múltiples factores que justifiquen este hecho[39], lo cierto es que cuando su selección como caso no se justifica en base a su consideración como caso extremo, típico, crucial o contrafáctico, desde algunas perspectivas esta orientación por el caso uruguayo puede ser percibida como un “problema a resolver” para el desarrollo disciplinario.

En la actualidad, la política comparada está siendo especialmente valorada a nivel internacional, en la medida en que muchos académicos consideran que el método comparado es “el método de las ciencias sociales pensado para sustituir el método experimental” (Nohlen 2003:6; Mackie y Marsh 1997:181). El desarrollo de la política comparada en Uruguay también ha sido estudiado recientemente por Chasquetti (2010:114), quien identifica tres períodos: i) entre 1962 y 1975, cuando el cultivo de la perspectiva estuvo en manos de Real de Azúa; ii) entre 1975 y 1992, momento en el que se constata una ausencia de política comparada y iii) desde la primera mitad de los 90’ y  hasta hoy, cuando el escenario está caracterizado por “la superposición de tres fenómenos: un dominio de los estudios de casos, generalmente enfocados al caso uruguayo; el todavía escaso cultivo de la política comparada; y el hecho auspicioso de que la suma de los estudios comparados y los estudios de caso desviado, representan casi la mitad del total de la producción politológica nacional”.

Según Ragin et.al (2001:1081-1082), en las investigaciones en macropolítica, por métodos cualitativos se hace referencia a los diseños que corresponden al N-chico o medio del esquema de Gerring (2001)[40]. Aunque desde el punto de vista de los debates presentados hasta el momento en esta sección, la discusión entre las técnicas cualitativas y cuantitativas no tiene sentido (véase, por ejemplo, la argumentación de Aguiar 2010 al respecto), interesa identificar el uso de técnicas cualitativas en la RUCP como una forma de examinar la presencia de enfoques interpretativistas[41] en la comunidad académica. Desde estas perspectivas interesadas en comprender el punto de vista de los actores y para las cuales el lenguaje y la interpretación –vinculados a la noción de “doble hermenéutica” de Giddens (1987)- son centrales, la recolección de datos a través de entrevistas, la observación participante, grupos de discusión y el análisis de los mismos a partir de un “análisis de discurso” propiamente dicho -por poner algunos ejemplos de los instrumentos disponibles- es clave (Rotman 2010:57). Y lo que se constató es que el uso de técnicas cualitativas en la RUCP es muy escueto. De un total de 128 artículos analizados, solo 18 realizaron al menos una entrevista para recoger información, y eso que ésta es considerada la técnica cualitativa más común en ciencia política (Devine 2001). La consulta a fuentes documentales –usualmente prensa, debates parlamentarios o discursos de actores políticos- es una práctica corriente pero, salvo en excepciones –como de Torres (2000) o Panizza (1987, 1989)-, no se aplica un análisis de discurso en sentido estricto[42] para el tratamiento de la información.

Otro elemento que surgió del análisis de la revista es el incremento constante de la cantidad de artículos que presentan  datos numéricos en cuadros y tablas. Mientras que entre 1994 y 2000 solo un 32,5% de los artículos incluía al menos un cuadro o tabla numérica, entre 2002 y 2009 el número aumentó al 70%. Siguiendo a algunos autores –como Hernández et.al (2006)-, esto puede ser considerado un indicio de creciente valoración de las orientaciones cuantitativas en la disciplina.

 

 


 

En lo que refiere a la enseñanza de la metodología en el grado, cabe señalar, en primer lugar, y siguiendo con el tema anterior, que varios entrevistados coincidieron en señalar que el debate “cuanti” y “cuali”  -entendido  como tradiciones diferentes que se vinculan a la explicación y a la comprensión respectivamente-  no ha sido un criterio estructurante para la organización de los contenidos de la enseñanza de grado[43]. En cambio, sí se presta especial atención al método comparado desde el Plan de Estudios de 1992, con una inclusión específica de este tema en el curso “Sistemas Políticos Latinoamericanos”.

En segundo lugar, vale la pena presentar la propuesta que realizó Aguiar (2011:82-84) para “evaluar” la enseñanza de metodología en ciencia política, de modo tal de examinar las transformaciones operadas en la enseñanza de grado a partir de este esquema. Aguiar propone pensar en términos de campos esencialmente heterogéneos por donde transcurre el discurso “metodológico”, a los que denomina “cajas”. La primera “caja” es de “demarcación”, se ocupa de distinguir entre ciencias y otras cosas, y eventualmente entre las ciencias mismas: permite distinguir entre “qué tipo de cosas hacemos y no hacemos en general” los cientistas sociales. La segunda es la “metodología en sentido estricto”, que se ocupa de un conjunto de operaciones respecto de cómo proceder para poner a las proposiciones científicas en condiciones de ser empíricamente evaluadas; refiere a las actividades de diseño que inevitablemente anticipan a cualquier relevamiento de información. Una tercera “caja” es la de “campo y operaciones”,  incluye lo referido al uso efectivo de diferentes técnicas y normas de tratamiento de la información. Y finalmente, la cuarta “caja” son las “aplicaciones”,  “paquetes tecnológicos” relativamente cerrados, orientados a resolver problemas o monitorear situaciones relevantes.

Algunos estudios realizados muestran que los estudiantes y egresados de ciencia política se sienten menos idóneos en metodología básica de la investigación –la caja “2”- que sus pares de sociología[44]. Sin embargo, el Plan 1992 presenta una carga horaria de metodología que es aun más importante que el resto de los módulos existentes. Pero al examinar los contenidos con más detalle se visualiza  que solamente una materia del ciclo profesional –Metodología II- estada destinada a la “caja 2”. El resto de la formación metodológica comprendía a los cursos denominados “Laboratorios de Análisis Político” que fueron diseñados para ofrecer herramientas metodológicas propias de la politología[45] y que de hecho terminaron centrándose en negociación política y teoría de juegos, que no es metodología básica en el sentido de Aguiar. El Plan 2009 identifica esto como una debilidad y mejora la presencia de estos contenidos -e incluso avanza en la “caja 3”- aunque la orientación enfatizada es la cuantitativa.

Una última apreciación sobre la enseñanza de metodología es que la “caja 1” ha permanecido relegada a algunos contenidos de una materia del ciclo básico dictada por una cátedra de sociología. Un entrevistado señaló que la enseñanza de epistemología y filosofía de la ciencia social ha sido “una batalla que todavía nadie dio”. Por lo que cabe preguntarse si esta ausencia acaso no sea la raíz algunas de las debilidades metodológicas que varios entrevistados han destacado como problema a resolver. Entre otros, se identificó la “tendencia a la aplicación de métodos sin pensar sobre su adecuación al objeto”; la falta de reflexión sobre la “metodología como teoría en acción” y la necesidad de “rescatar la primordialidad de la teoría[46]. La inclusión de contenidos de la “caja 1” puede aportar a revertir este escenario, en un marco en el cual la meta-metodología y sus discusiones son consideradas cada vez más centrales para la disciplina (Bevir 2010:48).  

 

 

5.     Consideraciones finales

 

El artículo presentó una descripción de los principales temas de estudio de la ciencia política uruguaya, así como de sus orientaciones teóricas y metodológicas. Los resultados ponen de manifiesto que los debates internacionales sobre el estado actual de la disciplina adquieren pertinencia para la comunidad académica de ciencia política uruguaya. El ascenso del neo-institucionalismo en su versión de la elección racional y la creciente valoración de la orientación cuantitativista que los datos presentados dejan vislumbrar, pueden estar indicando lo planteado por Retamozo (2009) respecto de que en la ciencia política latinoamericana predomina la influencia del mainstream norteamericano.

No obstante, en las entrevistas realizadas se identificó que estarían conviviendo dos concepciones epistemológicas –que son, en definitiva, las que sustentan a las opciones teóricas y metodológicas- en el ICP, esto es, visiones distintas sobre lo que la ciencia política debería ser.  Por un lado, están quienes plantean que se debe seguir “el modelo de la economía” que fue la ciencia social que ha logrado acercarse al modelo de las ciencias naturales. Desde este punto de vista, la visión de las etapas del desarrollo científico, presentado aquí en los términos formulados por Colomer (2004), es la predominante. Y por otro lado, están quienes cuestionan lo que perciben como una creciente “hegemonía excluyente” de estas visiones, y consideran que la ciencia política se enriquece en la medida en que se mantiene su comprensión como una ciencia en sentido amplio –en el sentido de Bobbio (1982)- que existió desde el inicio del proceso de institucionalización de la disciplina en el país. Una noción que habilita “muchas formas de hacer ciencia política”, desde este punto de vista, es fundamental para dar cuenta de la complejidad creciente del mundo político (Gibbons 2006).

Este artículo no tiene propósitos explicativos, como ya se advirtió, pero permite dejar planteada -para avanzar en futuras vetas interpretativas y a modo de hipótesis, si se quiere- una posible vinculación entre las distintas etapas del proceso de institucionalización disciplinaria de la ciencia política y los “contenidos sustantivos” que adopta la disciplina en un momento determinado, que podría “explicar” la “convivencia” de visiones a la que se está asistiendo.

El estudio de la configuración inicial de la ciencia política uruguaya[47] (Rocha 2012) pone de manifiesto que la institucionalización y la búsqueda de una identidad propia fueron los principales desafíos que la disciplina tuvo que enfrentar en los inicios. Su afirmación en tanto que “ciencia social” le otorgó especificidad frente a otros abordajes de la política, al tiempo que le implicó la adopción de criterios de “rigurosidad científica” para el conocimiento sistemático de los fenómenos políticos, como indican algunos documentos de la época. La creencia y argumentación en defensa de la autonomía de la política actuó como la principal forma de diferenciarse de la sociología política, es decir, fue central para luchar contra las pretensiones “sociologizantes” (Sartori 2009) y establecerse como una empresa “con derecho propio”[48]. Pero además de diferenciarse de otras disciplinas, la ciencia política que nacía en un contexto “prácticamente sin politólogos” (Bentancur 2003) tuvo el desafío de “llenarse de contenidos”, esto es, conformar una masa crítica de docentes, de programas de investigación y de enseñanza. Y para eso, la estrategia fue hacer converger en el ICP a quienes venían estudiando a la política desde distintos frentes. Ésta fue posible, a su vez, porque se adoptó un criterio de pluralismo teórico y metodológico y una concepción amplia de ciencia -en el sentido de Bobbio 1982- (citado en Bulcourf y Vazquez 2004). Lo político importa y ofrece claves para explicar el mundo social: traspasado este umbral mínimo, como afirma Lanzaro[49] (en Chasquetti 2010:105)  “debía haber lugar para todos”.

Ahora bien, hoy por hoy, y en cuanto a su grado de institucionalización –según la definición de Altman (2005)- la ciencia política uruguaya estaría transitando un proceso de consolidación disciplinaria, y los requerimientos de esta etapa parecen ser distintos a aquellos de la inicial presentados. En este sentido, y a modo de ejemplo, Chasquetti (2010:105) ha planteado que: “Irónicamente, en el transcurso del tiempo, ese pluralismo tan útil para institucionalizar un ámbito académico solvente, comenzó a generar dificultades para alcanzar consensos básicos respecto a cuestiones elementales relacionadas a la epistemología y las metodologías de la disciplina. De esta forma, el pluralismo uruguayo, que caracterizó la construcción de la ciencia política nacional, favoreció con el paso de los años la fragmentación del quehacer politológico (…)”. En este escenario, es probable que se esté procesando un estrechamiento de los criterios que definen “qué queda adentro” y “qué queda fuera”, a través del establecimiento de pautas que hacen a la profesionalización de la disciplina[50], que inevitablemente involucran definiciones que tienen que ver con las formas específicas de concebir lo que la ciencia política debería ser[51], y que es de esperar produzcan cambios a nivel de los contenidos sustantivos de la disciplina, en la medida en que definen el campo de un modo particular, constriñéndolo, estableciendo pautas, proponiendo lo que debe ser aceptado dentro de sus límites (Bourdieu 2000), habilitando ciertas orientaciones y no otras.

Más allá de qué factores sean los que determinen los desarrollos futuros de la ciencia política uruguaya -y específicamente, el rumbo del ICP- en términos de contenidos sustantivos,  la reflexión sobre estas cuestiones –que ultima ratio, son de corte epistemológico- se hace imperativa. Aunque aún no se haya instaurado explícitamente, el debate aparece una y otra vez como un emergente en la práctica académica cotidiana –por ejemplo, al momento de definir criterios de evaluación de la investigación o de aprobar y monitorear un nuevo plan de estudios-. Tomar la decisión de avanzar hacia un escenario de “pluralismo hegemónico”, “laissez-faire” o un “pluralismo crítico”–retomando las categorías de Topper (2005)- dependerá de los protagonistas. En la línea de autores como Sousa (2009), es posible pensar que estas controversias, en última instancia, terminan teniendo una resolución normativa.

En definitiva, la creación de espacios de reflexión meta-metodológica a nivel de la investigación y la enseñanza, así como la acumulación en el estudio de la ciencia política en sintonía con la literatura internacional sobre la temática, pueden aportar insumos –evidencia y  argumentos- para un estar atentos como practicantes de la disciplina de qué ciencia política hacemos. Este artículo ha procurado, además, no dar respuestas, sino incentivar el debate sobre qué ciencia política queremos tener.

 

 

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* El artículo sintetiza los capítulos 2 y 4  de la tesis de grado de la Licenciatura de Ciencia Política de la autora,  defendida el 19 de abril de 2012 bajo la tutoría de la Dra. Laura Gioscia.

** Licenciada en Ciencia Política, docente e investigadora del Departamento de Ciencia Política, Facultad de Ciencias Sociales/ Universidad de la República. E-mail: ceciliacarpiuc@gmail.com.

[1] Pateman (2001) para la ciencia política anglosajona y Altman (2005 y 2011) para América Latina.

[2] Se destacan algunos estudios de fines del 80’ y comienzo del 90’ (Aguiar 1987, 1984; Pérez Antón 1986; Caetano et.al 1992), y más recientemente, los primeros intentos de abordar su desarrollo desde una perspectiva de largo plazo (Bentancur 2003; Garcé 2005).  Para América Latina, el repertorio es más amplio y diverso, véase, entre otros, Yocelevzky (2011), Ravecca (2010),  Barrientos (2009), Huneeus (2006),  Nohlen  (2006) y  Altman (2005).

[3]Sobre el impacto del movimiento: “How Cult Internet Character Mr. Perestroika Divided N.Y.U.’s Political Science Department” en http://www.observer.com/2002/01/how-cult-internet-character-mr-perestroika-divided-nyus-political-science-department/ (acceso 21/2/2012). Para una crítica, Bennett (2002) y Little (2008).

[4] La postura de Sartori se remonta al menos a su trabajo de 1984 titulado “Dova va la Scienza Politica?”, en L. Graziano (Ed.), La Scienza Politica in Italia. Bilancio e prospecttive, Milán, Franco Angeli. No obstante, el artículo de 2004 ha sido el más citado en los trabajos sobre la ciencia política elaborados desde América Latina.

[5]La concepción de phronesis ha sido reelaborada para incluir consideraciones sobre el poder (Flyvberg 2008:3). Los esfuerzos por desarrollar una ciencia social de este tipo han sido apoyados por académicos como Alasdair MacIntyre, Pierre Bourdieu, Clifford Geertz (Geertz 2001).

[6]Los cuestionamientos y la crisis sobre el estatus del conocimiento científico alcanzan hoy también a las ciencias “duras” (véase, por ejemplo, Boaventura de Sousa Santos 2009).

[7] Véase Ricci (1984) o  Johnson (1989).

[8] Sobre este punto: Rorty (1990);  Rabinow y Sullivan (1979), entre otros.

[9] Hay que tener en cuenta las profundas diferencias en el modo como se procesó el debate epistemológico en Estados Unidos y Europa (Schram y Caterino 2006).

[10]Cabe aclarar que los debates sobre los cuales se trabaja en este artículo se centran en la discusión entre las tradiciones positivistas y las hermeneúticas como dos modelos de ciencias sociales en pugna. Pero autores como Boaventura de Sousa Santos (2009:17-59) muestran que ambas visiones se basan en la dicotomía última que distingue naturaleza/humanidad y  por ende, considera que pertenecen al paradigma científico dominante.

[11] Elaborado por Daniel Buquet, coordinador de investigación del ICP. 

[12] La información se toma de Buquet. Considera a los docentes que tienen una dedicación horaria destinada específicamente a la investigación y que participan regularmente de la vida académica del ICP. Quienes trabajan en los “programas de investigación” fueron reubicados en las “áreas tradicionales”.

[13] Una profundización del tema exigiría incorporar información de la enseñanza de posgrado.

[14]El vector teórico recibe, además, contribuciones de los siguientes módulos: Instituciones Políticas que sustituye al actual área Ciencia Política, Teoría Política y Sistema Político Nacional.

[15]Esta información no refiere a la “productividad” de cada área en su actividad de tutorías porque la cantidad de integrantes de las mismas es muy dispar; sirve simplemente como una aproximación a la distribución temática de las tesis presentadas durante el período. Si se mira la cantidad de tesis que un “docente medio” de cada área ha tutoreado, se presenta una mayor actividad de “teoría política” (8,3 tesis) –aunque los resultados se pueden ver distorsionados por la inclusión de Garcé dentro de ésta, quien ha tutoreado una gran cantidad de tesis pero su producción no se reduce a contenidos de teoría política, por lo que es de esperar que tampoco las tesis en su totalidad refieran a éstos-. Luego le sigue “historia política” (5 tesis por docente), “gobierno” (4,4) y “estado” (4,2). 

[16] La totalidad de libros de ciencia política publicados en el país, los libros institucionales publicados en el marco del ICP,  los contenidos de la publicación “Informe de Coyuntura” que tiene una larga tradición en la academia politológica local, los Documentos de Trabajo del ICP, los papers presentados en los congresos y seminarios, etc.

[17]El universo de estudio incluye un total de 128 artículos reunidos en 18 números. Su publicación es anual, pero en algunos años se editó bienalmente. También se examinaron los documentos de trabajo del ICP.

 

 

[18]Véase el caso argentino en Leiras, Abal Medina y D’Alessandro (2005:81).

[19] Sobre este tema hay mucho escrito, véase entre otros: Brown (2011), Vallespín (2011), Gioscia et.al (2010),  Dryzek et.al (2008), Ney Ferreira (2006), Skinner et.al (2002), Ball (1995), Taylor (1985), Berlin (1978).

[20]Además, si se consideran los grupos de investigación registrados en CSIC se constata que el de historia política es el que concentra a la mayor cantidad de docentes (Buquet 2011).

[21] Por muchos años el editor fue un integrante del área de teoría política, Javier Gallardo (1996-2004), y recientemente retoma la edición otro investigador que aparece como integrante de la misma, Adolfo Garcé. Entre uno y otro (2006-2009) estuvo a cargo Daniel Chasquetti, actual coordinador del área de gobierno.

[22] Los primeros números tenían comités editoriales (menos el número 15, que aparece vacío en el gráfico porque no tenía) con integrantes que hoy no forman parte del plantel docente de referencia para este trabajo, lo que explica la  presencia de la categoría “otros” en esos primeros años.

[23] Se toma la expresión de una de las personas entrevistadas quien lo definía del siguiente modo: “(…) hay una tradición que pretende darle al objeto y a sus aproximaciones una especificidad fuerte. Que vienen bregando por esa especificidad fuerte, que llama la atención sobre la dignidad de ese conocimiento, en el sentido más fuerte de la palabra, más específico, más autonomizado. Y después hay otra perspectiva que insiste en que se puede construir ese objeto acudiendo a disciplinas y acumulaciones que son muy buenos insumos y que no son tan “identitarios” (…) está el que está como sentado en ese núcleo duro y dice algo así como ese objeto tiene su autonomía porque tiene sus racionalidades propias, tiene sus fundamentos y sus reglas de performances y realizaciones que son propias, que no pueden subsumirse ni reducirse a saberes, acumulaciones y racionalidades que vengan de otro lado -como el derecho, la filosofía, la historia, la sociología, o la antropología- (…) Después viene esa otra tradición que te diría que la política requiere de otros insumos tanto como objeto, tanto como elemento teórico de conocimiento, como práctica, se le piensa y se obtiene realizaciones, considerando otros aspectos, otras racionalidades, el derecho, la filosofía, etc.”.

[24] Sobre algunos “peligros” de este vínculo, véase Ney Ferreira (2008).

[25] Para un encuadre general al campo de la Opinión Pública en América Latina, y en particular en Uruguay, véase, entre otros, el capítulo introductorio “Sobre la construcción del campo de la opinión pública en América Latina” de María Braun y Cecilia Straw (2008): Opinión Pública: Una mirada desde América Latina, Emecé, Buenos Aires,.

[26]Como Argentina por ejemplo, como se desprende de la lectura de Leiras et.al (2005).

[27] Es una herramienta que permite crear nubes de palabras que muestran la importancia relativa de éstas en un texto (www.wordle.net).

[28] Se acotó al 2009 el listado de tesis de grado tomadas para esta parte del análisis para ceñirlo al período de estudio delineado al inicio del trabajo y poder compararlo con la nube correspondiente

[29] Hasta el 2006 los artículos no presentan palabras clave, por lo que tomé como tales a los dos o tres términos más relevantes del título (excluyendo verbos, especificaciones del caso de estudio y períodos temporales). La cantidad de palabras clave por artículos, por lo tanto, varía entre 1 y 3, por lo que los datos se pueden ver distorsionados haciendo pesar más algunas temáticas simplemente porque los artículos que la trataron tuvieron más palabras clave. Además, se agruparon conceptos similares en “familias de palabras”. por ejemplo, “movilización partidaria” se incluyó en la categoría “partidos”. La cantidad de palabras clave por artículos varía entre 1 y 3, por lo que los datos se pueden ver distorsionados haciendo pesar más algunas temáticas simplemente porque los artículos que la trataron tenían más palabras clave. Por ende, el gráfico solo pretende mostrar con mayor detalle el panorama temático atendido por la RUCP. Solo incluí las palabras que tuvieron al menos dos repeticiones.

[30] La alta frecuencia registrada en la palabra “reforma” en la RUCP refiere a la reforma de políticas públicas y de las instituciones políticas. También aparecen menciones a reforma del estado y de la administración central, y en menor medida, las reformas económicas de los gobiernos.

[31] Para una síntesis de los principales rasgos de este enfoque, véase Zurbriggen (2006). Para una distinción entre los tipos de neo-institucionalismo, Hall y Taylor (1996). 

[32] El análisis bibiométrico ha sido utilizado como un método cuantitativo que permite evaluar el desarrollo de la disciplina a partir de parámetro predefinidos por quien lo realiza (Benítez 2005). Aquí se toma como referencia el análisis realizado por Goodin y Klingemann (2001) pero aplicado con algunas diferencias. La ventaja respecto del realizado por los autores es que se tomaron todas las referencias bibliográficas de todos los artículos publicados por la RUCP, lo que permite contar con una cantidad importante de ingresos, mientras que los autores solo consideraban las referencias de los capítulos de su propio manual. La principal debilidad es que no se excluyeron las auto-citas, que es una práctica corriente de este tipo de trabajos, pero de todos modos la tendencia general, que es lo que aquí interesa, se puede captar precisamente debido a la gran cantidad de referencias ingresadas.

[33]La identificación de hitos y figuras notables en el desarrollo de la ciencia política implican operaciones discursivas que actúan como mecanismos de construcción de la identidad disciplinaria. Estas se ven en funcionamiento, por ejemplo, cuando se hacen esfuerzos por distinguir entre “estudios previos” a la práctica académica institucionalizada sobre lo político y una ciencia política “propiamente dicha”, y siempre involucran las identidades de los protagonistas de la disciplina en el presente, que construyen el pasado desde su lugar (Abdock y Bevir 2010).  En este sentido, se puede interpretar la definición de precursores, iniciadores y fundadores de la Ciencia Política uruguaya y los debates que se han generado en torno a este tema como parte de estos juegos identitarios. No entraré en este punto aquí pero no quería dejar de mencionar que la figura más reconocida y debatida ha sido la de Carlos Real de Azúa -véase Aguiar (1987); Caetano et.al (1992); Gonzalez (2007); Garcé (2005); Chasquetti (2010:106) y la Intervención de varios en la Mesa Redonda “Carlos Real de Azúa, Pionero de la Ciencia Política en Uruguay (1916-1977). Evocación a 25 años de su desaparición física”, Versión taquigráfica, 10 de octubre de 2002, Parlamento Uruguayo. Disponible en: http://www.aucip.org.uy/docs/Mesa_Red_%20Real%20de%20Aza.pdf (acceso 22/3/2012). Chasquetti  plantea que Real de Azúa ocupa el lugar que ocupa porque “fue el primero en desarrollar la labor politológica tal cual hoy la entendemos, sobre todo en lo referido a la estructuración de sus investigaciones, la lógica teórica de su indagación y las perspectivas metodológicas escogidas”.

[34] Otro investigador del medio local que ha tenido mucha influencia al mirar los números globales de todo el período es Oscar Botinelli.

[35] Los trabajos más citados de Lanzaro en este tramo refieren, casi con un peso similar, a tres temas: a) corporativismo y actores sociales en el sistema político; b)  izquierda uruguaya y Frente Amplio; y c) presidencialismos. También es muy citado su libro La "segunda" transición en el Uruguay: gobierno y partidos en un tiempo de reformas, FCU, Montevideo, 2000.

[36] Buquet también aparece como uno de los autores con más publicaciones en la RUCP.

[37] La obra de estos autores más citada es Fragmentación Política y Gobierno en Uruguay. ¿Un Enfermo Imaginario?, ICP, 1998.

[38] El método experimental, considerado el método científico por excelencia desde la perspectiva de este autor y de muchos otros, aunque presenta desarrollos cada vez más innovadores, no es el más corriente ni se convertirá en el predominante para la ciencia política en el mediano plazo. Tampoco me centraré  aquí en los métodos estadísticos porque no suelen ser los más usados en el medio local, aunque en los trabajos de la RUCP van ganando importancia.

[39]Esto puede tener distintas “justificaciones”. En primer lugar, a nivel del relacionamiento con el contexto más amplio en el cual la disciplina está inserta, con la necesidad de responder a las demandas de conocimiento que la sociedad que financia este tipo de producción exige, generalmente vinculada a sus propios problemas políticos. A nivel institucional, con los “costos” económicos y de otro tipo que tienen los investigadores para emprender investigaciones comparadas. Y a nivel de desarrollo discursivo interno de la disciplina (Cansino 2008), puede tener relación con la influencia de la historia política en la configuración inicial de la disciplina, y la influencia de la hipótesis de la partidocracia uruguaya y sus ideas conexas, que puede haber actuado como un “corsé” en este sentido (Rocha 2012). También cabe considerar lo planteado por Narbondo (en entrevista), respecto de lo que ocurre a “nivel de las personas”; es de esperar que los investigadores tengan mayores ansiedades y curiosidades respecto de su propio entorno o de los que se van convirtiendo, a lo largo de su trayectoria, en problemas relevantes desde su punto de vista.

[40] Entendidos así, están recibiendo creciente atención en la disciplina a nivel internacional (Sotomayor 2008). Sobre las tendencias internacionales en preferencia de métodos, Bennet et.al (2003) y Dvora (2003).

[41] La investigación cualitativa presenta una diversidad de perspectivas: teoría fundamentada, etnometodología, hermenéutica objetiva, fenomenología, etnografía, estudios culturales, etc. (Vasilachis 2007).

[42]Existe múltiples definiciones del análisis de discurso, en buena parte porque ha surgido y se ha desarrollado como metodología en diferentes ámbitos disciplinarios (Pilleux 2001, Pedersen 2009). El más conocido es el análisis crítico de discurso pero hay otros. Según Van Dijk (s/f:12), su uso no es corriente en la ciencia política a nivel internacional. En la RUCP tampoco se aplican análisis de contenido en el sentido de Manheim y Rich (1988:209-222).

[43] El manual que por muchos años sirvió de base para la enseñanza de metodología en el ciclo profesional (Manheim y Rich 1988) no hace referencia a este tema.

[44]“Primer informe del Censo a Egresados del Plan 92 de la Facultad de Ciencias” (UAE 2002:9) y Proyecto “Insumos para la evaluación de los planes de estudio de las Licenciaturas  de Ciencia Política, Sociología y Trabajo Social de la F.C.S. – UdelaR” (2003).

[45]La diferenciación de los cursos de metodología se buscó expresamente a la hora de la confección del plan 1992 en un contexto de configuración inicial de la disciplina que, para abrirse paso, tuvo que establecer “muros de protección” (Gieryn 1995, citado en Bentancur 2003) frente a las pretensiones de la sociología de integrar el estudio de la política desde las ciencias sociales a sus filas, y para la cual la existencia de un “método único” para las ciencias sociales era un factor unificador central.

[46] Estas cuestiones están siendo debatidas a nivel internacional desde hace un buen tiempo para las ciencias sociales (Bourdieu 1991, C.W Mills 1975, entre otros) y quizás más recientemente para la ciencia política (véase, por ejemplo, Shapiro 2002; Sartori 2009).

[47] Véase Rocha (2012)

[48] Algo similar se plantea para el caso de Brasil (Amorín Neto y Santos 2005).

[49] Reconocido como el principal líder de este proceso (Garcé 2005).

[50] En el sentido de Goodin y Klingemann  (2001:6), como la existencia de un acuerdo creciente en torno a un núcleo común que define la “competencia profesional mínima” dentro de la disciplina.

[51]A su vez, en la medida en que la afirmación de los basics implica posicionamientos en términos de filosofías de la ciencia social, también marcan el campo disciplinario habilitando ciertos abordajes teórico-metodológicos y no otros –ya que todas las teorías y metodologías descansan sobre supuestos epistemológicos y ontológicos-.

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