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Revista Uruguaya de Ciencia Política

versión On-line ISSN 1688-499X

Rev. Urug. Cienc. Polít. vol.18 no.1 Montevideo dic. 2009

 

Rev. Urug. Cienc. Polít. v.18 n.1 Montevideo dic. 2009

LA PIEDRA EN EL ZAPATO (DE LAS ENCUESTADORAS): ENCUESTAS DE OPINIÓN Y ELECCIONES INTERNAS 2009 *

The Stick in the Craw: Public Opinion Polls and the 2009 Primaries

María Fernanda Boidi y Rosario Queirolo**

 

Resumen. La predicción de los resultados de las elecciones internas de los partidos de 2009 probó ser la "piedra en el zapato" de las consultoras de opinión pública uruguayas, que si bien pronosticaron sin dificultades quiénes serían los ganadores en cada partido, no fueron precisas al estimar tanto los niveles de participación como la proporción de votantes que sufragaría en la interna de cada partido político. En este artículo exploramos cuatro posibles explicaciones de este relativamente pobre desempeño: la naturaleza de la legislación electoral, el rol de los partidos políticos, la influencia de las encuestas, y las limitaciones propias de la investigación de opinión pública.

Palabras clave: Encuestas; Elecciones Internas; Partidos políticos

 

Abstract. Prediction of the electoral results for the 2009 Uruguayan primaries proved to be the stick in the craw of public opinion polling companies. They accurately predicted the winners within each party, but were far from precise predicting participation levels and the vote share each political party obtained. In this article, we explore four main explanations to this poor performance by polling companies: the nature of the electoral rules, the role of political parties, the influence of surveys themselves, and the limitations inherent to public opinion research.

Key Words: Polls, Primaries; Political Parties

Artículo recibido el 11 de mayo de 2009 y aceptado para su publicación el 18 de octubre de 2009

Introducción

Siguiendo la tendencia mundial, las encuestas de opinión pública en Uruguay se han convertido en vedettes de las campañas políticas. Actores políticos, medios de comunicación y ciudadanos interesados las siguen de cerca y discuten sobre temas que van desde su veracidad hasta sus consecuencias.

En su tercera edición desde la inauguración del nuevo sistema electoral uruguayo en 1999, las elecciones internas de los partidos políticos de junio de 2009 probaron ser la "piedra en el zapato" de las consultoras de opinión pública, que si bien pronosticaron sin dificultades lo que realmente importaba, por ejemplo: quiénes serían los precandidatos ganadores en cada partido, perdieron (mucha) precisión a la hora de estimar los niveles de participación y la proporción de votantes que sufragaría en la interna de cada partido político (incluso errando el orden que los partidos políticos ocuparían en el podio según la cantidad de votos recibidos). En resumen, las consultoras en su conjunto predijeron acertadamente uno de los tres pronósticos emitidos. En este artículo intentamos desentrañar las razones subyacentes a este relativamente pobre desempeño de las encuestadoras. Para ello, exploramos explicaciones vinculadas a la naturaleza de las reglas que rigen las elecciones internas, al rol de los partidos políticos en la movilización de sus bases, a la posible influencia de la difusión de encuestas sobre la conducta de los electores, y a ciertas limitaciones metodológicas inherentes a la investigación de opinión pública que se vuelven particularmente relevantes en procesos de este tipo.

Se trata de una primera aproximación de carácter exploratorio. El objetivo es describir el escenario de intención de voto previo a las elecciones internas y la medida en que esas predicciones se acercaron a los resultados finales. La aspiración es presentar un panorama de estos resultados y explorar posibles explicaciones a las disonancias, sin pretensión de exhaustividad, sino que busca, por el contrario, poner el tema sobre la mesa para motivar la discusión.

Las encuestas preelectorales son relativamente nuevas en la investigación social en Uruguay. Aunque algunos esfuerzos tuvieron lugar en décadas previas (en las elecciones de 1971), no es hasta la reapertura democrática que la investigación en opinión pública electoral comienza a afianzarse y recibir la atención de políticos y medios de comunicación. La pionera local en estas lides fue la consultora Equipos Mori, secundada luego por Factum y algo más tarde por Cifra (Buquet 2004). Actualmente existen en Uruguay varias consultoras dedicadas a la investigación en opinión pública, algunas de las cuales cobran especial notoriedad en las épocas preelectorales debido a su presencia en medios masivos de comunicación.

El creciente nivel de exposición de los analistas de opinión pública durante las campañas ha hecho que varios de ellos se hayan vuelto figuras familiares hasta para los ciudadanos menos interesados en política, eje de muchas conversaciones, y también blanco de ataques de políticos insatisfechos con el desempeño electoral que las encuestas les auguran. A pesar de estos ataques -que pueden ir desde la acusación de incompetencia hasta la de trabajar para los intereses de algún grupo o candidato en particular- las consultoras uruguayas gozan, en conjunto, de prestigio y respetabilidad, que según algunos observadores se ha volcado desde la investigación de opinión pública hacia la ciencia política nacional en general (Garcé 2005).

Este prestigio se nutre de la prueba de desempeño a la que se someten las consultoras de opinión pública; a fin de cuentas, su trabajo tiene una vara de medición incontestable: los resultados electorales. En el pasado, las encuestadoras profesionales, consideradas en su conjunto, se han desempeñado muy bien en la predicción de resultados. Sin embargo, los "pecados comunes" en los que incurrieron en las internas de 2009 –algunos que, como la sobrestimación de la participación, se repiten de experiencias anteriores- ponen en tela de juicio su capacidad de precisión a la hora de predecir el comportamiento de los votantes en las elecciones internas. Como contrapartida al prestigio que viene con los aciertos, diversas críticas y escepticismo aparecen con los errores, sobre todo cuando estos se hacen notar con vehemencia por políticos y periodistas, como ha sido el caso en este ciclo electoral.

Indagar en las razones de este relativamente pobre desempeño en las primarias resulta imperativo, entonces, por diversos motivos. En primer lugar, solo identificando las causas de los errores se podrá mejorar el desempeño en futuras instancias electorales. Este es un fin válido en sí mismo, alineado con el objetivo último de la ciencia política en tanto disciplina científica de explicar y predecir (cada vez mejor) el mundo político. Además, si el argumento de Garcé (2005) es correcto y el prestigio de las encuestadoras se traduce también en insumos positivos para la ciencia política uruguaya, entonces el buen desempeño e imagen de las encuestadoras deberían ser activos a preservar.

En la primera sección del documento describimos las principales características de las reglas electorales de las primarias en Uruguay. A continuación, analizamos el desempeño de las encuestadoras de opinión pública en relación a la precisión con que los últimos sondeos predijeron los resultados del 28 de junio. Una tercera sección se dedica a la discusión de las causas subyacentes a los errores compartidos en los que incurrieron las diferentes firmas consultoras. Por último, en la sección final, se presentan una serie de ideas que buscan abrir el debate metodológico sobre cómo mejorar las estimaciones en el futuro.

 

1. Las peculiaridades de las internas

Las elecciones internas de los partidos políticos constituyen el primer mojón del proceso electoral uruguayo. Fueron establecidas por la Reforma Constitucional de 1996, e implementadas desde entonces en 1999, 2004 y 2009.

Además del candidato presidencial único de cada partido, en las internas también se escogen las convenciones nacionales y departamentales de los partidos, que se integran por representación proporcional. Estos organismos tienen peso diferente en cada agrupación. Para algunos, como el Partido Nacional, es la instancia máxima de selección de autoridades, para otros, como es el caso del Frente Amplio, consisten en una mera formalidad, ya que tienen otros mecanismos para ello. No obstante, la convención nacional se vuelve muy importante en caso que ningún precandidato obtenga la mayoría absoluta (más del 50% de los votos) o más del 40% de los votos con una diferencia de por lo menos 10 puntos porcentuales con el segundo. Ante esta situación, la Constitución establece que el candidato único del partido debe ser proclamado por la convención, y esta proclamación no necesariamente debe respetar los resultados electorales[1]. En ninguna instancia de elecciones internas se llegó a esta situación, ya que todos los candidatos que ganaron las respectivas internas lo hicieron con holgura suficiente sobre sus adversarios.

Las internas uruguayas tienen algunas particularidades que las distinguen de otros mecanismos de selección de candidatos en sistemas políticos de América Latina y el mundo. En primer lugar, son obligatorias para los partidos. Todos los partidos que aspiran a competir por la Presidencia en las elecciones nacionales deben presentarse a las internas, incluso si previamente seleccionaron su candidato único a través de otros mecanismos, como fue el caso de la interna frenteamplista de 2004, en la que el Congreso del Frente Amplio eligió como candidato único a Tabaré Vázquez y solo él compareció como candidato. También es el caso del Partido Independiente, que se presenta con candidato único en cada instancia.

Una segunda característica es que las internas uruguayas son abiertas. Esto significa que el único requisito para participar es estar registrado en el padrón electoral; cualquier ciudadano puede votar en la interna de cualquier partido, sin necesidad de estar afiliado a él. Sin embargo, una tercera peculiaridad de las internas uruguayas –su simultaneidad- impide que un mismo ciudadano vote en la interna de más de un partido; como las primarias se celebran el mismo día para todos los partidos políticos, cada ciudadano puede votar una sola vez, en la interna de un único partido. Entonces, si bien es cierto que el carácter abierto de las internas habilita el voto estratégico, también lo es que la simultaneidad implica que si una persona vota en la interna de algún partido que no es con el que se identifica primariamente, deja de votar en el partido de sus amores.

Por último, el voto en las elecciones internas de los partidos políticos es voluntario, lo que introduce una diferencia sustancial entre esta instancia electoral y las demás que le suceden; el resto del período eleccionario (elecciones presidenciales y legislativas, eventual segunda vuelta, y elecciones municipales) es de voto obligatorio.

La experiencia ha mostrado niveles de participación marcadamente menores en las internas. En las elecciones presidenciales y legislativas, en las municipales y en la única experiencia de balotaje hasta el momento, la participación se ha situado siempre, desde el retorno a la democracia, por encima del 85%. También en las instancias de plebiscito y referéndums (de carácter obligatorio) la participación ha sido siempre mayor al 80%, incluso cuando el asunto ha plebiscitar fue tan técnico como la asociación de ANCAP con terceros. En cambio en las internas, los uruguayos se han comportado de manera muy distinta. En 1999 votó el 53,0% de los habilitados, en 2004 la participación fue aún menor: 45,9%, y en las últimas elecciones votó el 44,8%.

 

Tabla 1

La información que se presenta en la Tabla 1 sugiere que la mayor participación electoral de los uruguayos en las elecciones nacionales -presidenciales y legislativas- y municipales, así como en los plebiscitos y referéndums se debe a la obligatoriedad del voto. En las internas, cuando el voto es voluntario, la participación cae significativamente (y sigue, además, una tendencia descendente entre elección y elección).

Este hallazgo se corresponde con el juicio convencional: si las elecciones son obligatorias y la no participación es sancionada, entonces los ciudadanos deberían ir a votar en mayor proporción que cuando no lo son (Jackman 1987; Powell 1980). Sin embargo, la experiencia comparada muestra que esto no tiene porqué ser siempre así. Hay países donde las elecciones nacionales son obligatorias y sin embargo, la participación es significativamente menor. Por ejemplo, Ecuador y Honduras, dos países con voto obligatorio y sanciones previstas en caso de abstención tienen un promedio de participación de 67,2% y 67,8% respectivamente, para las elecciones que ocurrieron entre 1990 y 2004. Uruguay es el país con la tasa de participación electoral más alta de la región (Payne et al. 1996: 276).

Si bien la comparación no tiene más fuerza que la de la anécdota, ilustra claramente el punto de que los uruguayos cumplen con la obligación cívica de votar cuando así lo indica la regulación, pero que participan mucho menos en las internas partidarias, la única instancia de voto voluntario.

Algunas investigaciones han indicado una tendencia a la disminución de la participación electoral en América Latina (Payne et al. 2006). Sin embargo, las diferencias que existen en Uruguay entre unas elecciones y otras, y principalmente la baja participación en las internas, no pueden explicarse por un ciclo de menor participación, ya que en ese caso debería afectar a todas las elecciones. Sin embargo, sí es importante destacar que en la corta experiencia de elecciones internas que lleva Uruguay: 1999, 2004 y 2009, la participación ha ido en descenso.

 

2. El desempeño de las encuestadoras en junio 2009

Las elecciones internas son la prueba más dura que deben enfrentar las encuestadoras por las limitaciones metodológicas que las características de este proceso electoral imponen. En las elecciones internas de 2009, las consultoras de opinión pública hicieron un muy buen trabajo en vaticinar correctamente lo que realmente importaba: los ganadores de cada partido. Sin embargo, sobreestimaron la participación y la votación que recibiría el Frente Amplio, subestimando el desempeño de los partidos Colorado y Nacional.

 

La dificultad de las internas

Las primarias son el escenario más complejo de predecir por la falta de certezas que las rodea. La participación es voluntaria, lo que agrega a la pregunta central de quiénes serán los candidatos triunfadores, otras dos interrogantes: cuántos votarán, y quiénes serán estos votantes (estas dos preguntas no encierran una cuestión menor, ya que la variabilidad en las respuestas podría implicar cambios significativos en las estimaciones de los resultados).

Al haber participación voluntaria, las encuestadoras pronostican resultados sobre muestras más pequeñas que cuando las elecciones son obligatorias, lo que aumenta los márgenes de error y disminuye la certidumbre respecto de las proyecciones. Si en una muestra de 1000 casos el 50% dice que tiene pensado participar, entonces las estimaciones de los resultados de la interna se hacen sólo sobre 500 casos, que hay que dividir entre los diferentes partidos. De este modo, los casos que corresponden a cada candidato terminan siendo relativamente pocos.

De cara a las elecciones primarias, se formulan estimaciones para tres escenarios que son distintos pero que están interrelacionados: la participación, la proporción de voto que recibirá cada partido, y la proporción de votos que recibirá cada precandidato al interior de los partidos. El voto voluntario y la simultaneidad de las internas en todos los partidos hacen que estos escenarios se configuren como un juego de mamushkas: el resultado al interior de los partidos es la muñeca más pequeña, que está contenida, y en alguna medida depende de cuántos voten en cada partido político –la segunda muñeca, lo que a su vez se puede ver afectado por los niveles generales de participación, la más grande de todas las muñecas.

A primera vista, resulta al menos curioso que las predicciones más acertadas se dieron respecto de las muñecas más pequeñas, es decir, respecto a la distribución de las voluntades dentro de cada interna partidaria, la tarea más difícil dado lo exiguo del tamaño muestral. Esta circunstancia sugiere que las limitaciones estadísticas no fueron determinantes en la predicción, sino que hay otros aspectos del comportamiento de los electores que gravitaron más fuertemente en las diferencias entre estimaciones y resultados.

 

La comparación

Hay muchos aspectos que pueden afectar la calidad de las encuestas de opinión pública (Seligson 2005). Sin embargo, la evaluación de los sondeos preelectorales usualmente se concentra casi en exclusiva en la contrastación de las últimas estimaciones publicadas con los resultados. Cuanto más cerca del "blanco" estuvieron las encuestadoras con sus estimaciones, mejor se considera que hicieron su labor, y esta evaluación es llevada adelante por políticos, periodistas y también por los ciudadanos, que deciden en función de la distancia a ese o esos blancos quien hizo un mejor trabajo.

Entre los politólogos, aún no hay acuerdo respecto de cuál es la mejor manera de evaluar el desempeño de una encuesta preelectoral. Si bien todos los esfuerzos apuntan a medir las distancias entre la estimación y el resultado final, hay distintas formas de hacerlo, que varían según incluyan valores absolutos o distancias relativizadas, si hacen estimaciones de radio, o si distribuye o no a los indecisos, y de qué forma se hace (Mitofsky 1998; National Council on Public Polls 1997).

El hecho de que en este artículo se discuta el desempeño de las encuestadoras en elecciones primarias que fueron simultáneas para todos los partidos políticos, y que además se contemple la estimación de la participación como una de las dimensiones a evaluar, hace que varios de los procedimientos de evaluación mencionados en el párrafo anterior sean inaplicables. Por limitaciones del objeto de estudio por un lado, y por propósitos de parsimonia y simplicidad, por otro, en este trabajo nos concentraremos en la presentación de las distancias absolutas entre las últimas estimaciones públicas de las consultoras y los resultados electorales finales. Con el fin de proveer una medida resumen, se promedian los valores absolutos de las distancias entre estimaciones y resultados para cada tipo de competencia.

Al comparar los resultados de las encuestas con los datos electorales hay una categoría que falta en los últimos: los indecisos, aquellos ciudadanos que manifestaron aún no saber cual sería el destino de su voto. La existencia de la categoría indecisos entre los valores que reportan las encuestadoras introduce necesariamente ruido en las predicciones. Siempre que las encuestadoras presenten un porcentaje de indecisos, sus estimaciones se desviarán de los resultados finales al hacer la comparación de distancias. Una posible salida a este problema consiste en redistribuir los indecisos, de modo que al contrastar estimaciones contra resultados electorales, la comparación pueda darse sin esta distorsión. Los indecisos pueden distribuirse de muchas maneras: proporcionalmente entre los candidatos en función de los resultados electorales, o en función de cómo estimaba cada encuestadora esos resultados iban a darse, o incluso equitativamente –repartiendo un porcentaje idéntico de indecisos a cada una de las posibles alternativas (Mitofsky 1998). Sin embargo, si las encuestadoras no arriesgaron este tipo de distribuciones a la hora de presentar sus datos, y ante la ausencia de argumentos de peso a favor de un método en particular de distribución de indecisos, hemos decidido no hacerlo. Por lo tanto, los resultados electorales serán comparados contra la última estimación pública de cada encuestadora, incluyendo la proporción de indecisos que cada consultora describió haber encontrado en su última muestra.[2]

La comparación de resultados comprende el trabajo de las cinco encuestadoras que publicaron resultados de encuestas preelectorales de cobertura nacional realizadas por muestreo probabilístico y en modalidad cara a cara. Se trata de los últimos sondeos publicados por Cifra, Equipos MORI, Factum, Interconsult, y Radar.[3]

En las tablas se muestran las estimaciones finales de cada encuestadora sobre intención de voto en las internas partidarias, contrastadas con los resultados finales (según datos del escrutinio departamental publicados por la Corte Electoral). Para el caso de Factum se presentan dos series de datos, una para el escenario de mínima pronosticado por la empresa, y otro para el de máxima. Factum es la única consultora que presentó sus estimaciones sobre dos escenarios. Esto mejora sus chances de acercarse al resultado, ya que, a diferencia de los colegas, tiene dos "disparos" para dar en el blanco del resultado final. Sin embargo, como de lo que se trata aquí es de comparar estimaciones contra resultados, resulta razonable incluir las dos estimaciones presentadas por Factum.

Por último, no todas las encuestadoras reportaron información respecto de las tres dimensiones que se pretende evaluar. En cada caso, se presentará toda la información disponible.[4]

 

Participación: un pecado compartido

Todas las encuestas sobrestimaron la participación. Cifra e Interconsult pronosticaron que el 54% de los uruguayos iría a votar. Radar estimó que más del 54% participaría en las internas, mientras Factum definió un rango de 54% a 58%. Equipos no publicó estimaciones de participación. Finalmente, solo el 45% de los habilitados votaron, menos que en las internas de 1999, cuando sufragaron algo más de la mitad de los habilitados (54%), e incluso menos que en las primarias de 2004, cuando la participación fue bastante más baja todavía (46%).

Tabla 2

La Tabla 2 presenta las estimaciones finales de participación de cada encuestadora, junto con la diferencia (entre paréntesis) respecto a los resultados electorales. Todas las encuestadoras, consistentemente, sobrestimaron la participación en al menos 9 puntos porcentuales (y hasta en 13 en el escenario de máxima pronosticado por Factum). Este es, entonces, un pecado compartido. Es, también, un pecado recurrente, ya que en instancias anteriores se había igualmente sobrestimado la participación. A modo de ejemplo, para las internas de 1999, Factum estimó una participación de entre 59,7% -el "electorado básico" y 76%, el "electorado potencial" (Factum 1999), 6 puntos por encima de la participación registrada, y eso en el escenario más conservador constituido por el electorado "básico". Para las elecciones de 2004, Interconsult pronosticó un piso de participación de 52%, 8 puntos porcentuales por encima de la participación finalmente registrada (Doyenart 2004).

Según algunos analistas, no obstante, la sobrestimación no fue tan grande como luce a primera vista, ya que los resultados oficiales reportan el porcentaje de participación sobre el total de habilitados, y este se calcula en función del padrón electoral, que no siempre está tan actualizado como los censos nacionales que sirven de marco muestral a las encuestadoras (Aguiar 2009; Zuasnábar 2009). En consecuencia, si se estimara la participación ya no sobre el padrón real actual sino sobre uno depurado, esta se habría situado en torno al 47,5% de los electores, según las estimaciones de Aguiar (2009).

De todos modos, incluso aceptando este argumento y las estimaciones de Aguiar, esta calificación suaviza el problema de la sobrestimación, pero no lo elimina por completo: si se asume un nivel de participación del 48% (como lo estima Aguiar), todas las encuestadores que estimaron la concurrencia a las urnas lo hicieron por lo menos 6 puntos porcentuales por encima de lo que finalmente ocurrió.

 

Voto por partido

Los errores de las encuestas fueron más grandes todavía en pronosticar la distribución de voto por partido: subestimaron el voto hacia los partidos tradicionales, principalmente al Partido Nacional, y sobrestimaron el voto hacia el Frente Amplio. No solo no acertaron en las magnitudes de los electorados, sino que tampoco lo hicieron en el orden, ya que todas las encuestadoras que publicaron datos al respecto le otorgaban más votos al Frente Amplio que al Partido Nacional. El Partido Nacional recibió el 46% de los votos, el Frente Amplio el 41% y el Partido Colorado el 12%.

Tabla 3

Aunque con pequeñas diferencias, también respecto del voto por partido el pecado de las encuestadoras fue compartido: todas se equivocaron en el mismo sentido ya que anticipaban una mejor votación del partido de gobierno, y una menor votación de la oposición. La sobrestimación de voto al Frente Amplio osciló entre 5 puntos porcentuales en el escenario de mínima de Factum, y 10, según la estimación de Interconsult. Por su parte, las estimaciones subestimaron el desempeño del Partido Nacional entre 5 y 9 puntos (según el escenario de máxima de Factum e Interconsult, respectivamente). La distorsión de las predicciones respecto a los resultados del Partido Colorado fue menos marcada (al menos en términos absolutos), situándose entre 2% y 4%.

Al promediar las diferencias entre las estimaciones y los resultados se aprecia que en la distribución de voto por partido la predicción de Factum en el escenario de máxima fue la más precisa -5 puntos de distancia en promedio, mientras que la de Interconsult fue la que estuvo más lejos, con un promedio de diferencias de 7,7.

 

Adentro de los partidos

 

Los ganadores de cada partido fueron vaticinados correctamente por los sondeos desde varias semanas antes del acto comicial. Sin embargo, hubo diferencias importantes de magnitud entre las encuestadoras, y algunas otras discrepancias sistemáticas entre lo pronosticado por las encuestas y los resultados del domingo 28 de junio.

No hay una encuestadora que se destaque particularmente por el buen desempeño al haber pronosticado con más exactitud todas las internas partidarias. En cada una de las competencias, las mejores predicciones fueron realizadas por distintas empresas.

Tabla 4

 

Los votantes de la interna frentista se comportaron algo diferente a lo que se esperaba: la votación por José Mujica fue menor a la estimada, mientras que las adhesiones a Danilo Astori superaron las expectativas. Cuatro de las cinco encuestadoras comparadas sobrestimaron la votación de Mujica; la que lo hizo por más fue Cifra (7 puntos), y la que lo hizo por menos fue Factum en su escenario de mínima (1 punto). Por el contrario, la votación de Astori fue subestimada por todas las empresas: desde 2 puntos menos en el escenario de máxima de Factum hasta 10 puntos menos según Radar.

En la interna nacionalista no aparecen patrones tan estables como en el Frente Amplio; algunas encuestadoras subestimaron el desempeño de Luis Alberto Lacalle y sobrestimaron el de Jorge Larrañaga, otras a la inversa. Si comparamos las diferencias entre lo estimado previamente y los resultados, las empresas que más "acertaron" la interna blanca fueron Equipos e Interconsult: ambas se apartaron dos puntos porcentuales (en el total de la diferencia) de los resultados finales. Por el contrario, quienes más se alejaron en sus estimaciones de los resultados finales fueron Radar (14 puntos de diferencia) y Factum (11 y 13 puntos de diferencia en sus escenarios de mínima y máxima, respectivamente).

En la interna colorada, la magnitud del triunfo de Bordaberry fue sobrestimado por unos (Equipos, Factum e Interconsult) y subestimado por otros (Cifra y Radar). Para los demás candidatos colorados, la única empresa que hizo públicas sus estimaciones finales fue Cifra: 18% para Hierro y 14% para Amorín. El desplome en la intención de voto a Hierro que las tendencias de semanas previas advertían culminó en que el candidato del Foro Batllista resultara finalmente tercero. Amorín, con el 15% de los votos, se erigió segundo en la competencia colorada.

Las encuestas no fueron acertadas en determinar cuántos uruguayos votarían y en qué partido lo harían, pero si hicieron bien su principal trabajo, que era pronosticar correctamente quienes serían los ganadores de la interna en cada partido.

 

3. A la búsqueda de explicaciones

Como se analizó en la sección anterior, los dos principales errores de estimación que tuvieron las encuestadoras al vaticinar los resultados de las elecciones internas de 2009 fueron el nivel de participación y la proporción de voto que recibiría cada partido. En este apartado, discutimos cuatro posibles explicaciones que ayudan a entender dónde radica esa dificultad.

 

La incertidumbre del voto no obligatorio

El primer factor a explorar surge de las propias reglas electorales, y es la voluntariedad del voto en las elecciones internas. Por tratarse de elecciones no obligatorias, los ciudadanos sienten menos incentivos negativos para concurrir a las urnas, ya que si la persona no vota no tiene ninguna sanción. Sin embargo, la voluntariedad del voto en las primarias uruguayas representa un desafío especial para las estimaciones ya que son las únicas instancias de todo el ciclo electoral uruguayo en el que se eligen autoridades nacionales en las que el voto no es obligatorio, y como se trata de elecciones relativamente recientes (hasta ahora solo se sucedieron tres desde la nueva legislación electoral) hay muy poca experiencia que permita anticiparse a sus resultados con certeza. En otras palabras, se necesitan más casos, más elecciones internas, para entender los comportamientos con mayor profundidad (y en consecuencia predecirlos con mayor precisión).

Como se trata de las únicas elecciones no obligatorias el electorado puede considerarlas menos importantes. O también pueden ser vistas como elecciones para los entendidos, o para los que son militantes o activistas de un partido, y no para el común de los ciudadanos. Estos argumentos, sin embargo, explicarían la baja participación en las internas respecto de las demás elecciones, pero no arrojan luz sobre los motivos por los cuales las encuestadoras sobrestimaron la participación en sus mediciones previas al acto comicial.

Como suelen decir los politólogos, las encuestas son una "foto" de la realidad, y en tanto tal reflejan la constelación de actitudes al momento en que son relevadas. Cualquier cambio significativo entre el momento del relevamiento y la instancia cuyo resultado se pretende predecir (en este caso, la elección) puede distorsionar la precisión de la predicción, y las encuestas no tienen cómo dar cuenta de estos episodios. Si efectivamente "algo sucedió" entre las últimas mediciones y la elección provocando cambios masivos en el electorado, las encuestas habrían hecho bien su trabajo, solo que este imprevisto habría alterado los resultados que se esperaban. Dicho de otro modo: de no haberse dado el suceso inesperado, entonces las predicciones hubiesen sido más acertadas. Sin embargo, durante los últimos días no hubo grandes eventos políticos ni económicos, climáticos, o de cualquier otro tipo que pudieran haber desmovilizado (en masa, o selectivamente) al electorado.

Lo cierto es que menos individuos de los que se esperaba que votaran finalmente concurrieron a las urnas. Los motivos de su abstención de último momento pueden ser tantos y tan diversos como personas desistieron de votar, por lo que es muy difícil esbozar una explicación uniforme para la sobreestimación de la participación. El frío, el comienzo de las vacaciones de invierno, o algún asado familiar planificado a último momento son todos factores que pueden haber conspirado contra la participación entre aquellos que inicialmente pensaban votar.

Sólo a través de un estudio de panel podrían saberse con certeza si estos "arrepentimientos por razones fortuitas" fueron los verdaderos culpables de la más baja participación. Lo que sí resulta claro es que la no obligatoriedad del voto en las primarias no sólo permite sino que, hasta algún punto, promueve, este tipo de comportamiento.

 

El rol de los partidos

Uno de los factores que explica la participación de los ciudadanos en los procesos electorales es su motivación individual para hacerlo (o no) por una diversidad de razones. La otra forma de mirar al fenómeno es concentrar la atención en los esfuerzos por movilizar a los ciudadanos (Rosenstone y Hansen 2002). Esto implica cambiar los lentes con los que se mira el proceso y concentrar la atención ya no en los ciudadanos, sino en los agentes movilizadores, en este caso, los partidos políticos.

Algunos analistas han sugerido la falla de los partidos y candidatos a la hora de movilizar a sus bases como explicación de la baja participación en las internas (Chasquetti 2009). Es posible que las estructuras partidarias se movieran menos que en otras ocasiones, y la movilización –incluyendo desde el reparto de listas hasta el transporte de los electores a los centros de votación- parece ser un elemento clave para garantizar la participación en elecciones de voto voluntario. Por lo tanto, el segundo factor sería la falta de movilización de las bases.

El argumento de la movilización necesita ser analizado con mayor profundidad a la luz de la evidencia empírica. Sin embargo, de ser acertado, también permitiría explicar las diferencias en el desempeño electoral de cada partido en relación a lo que se estimaba previamente. Si hubo diferencias importantes en la movilización de activistas y votantes entre los diferentes partidos, esto podría explicar su distinto desempeño. Entonces, los blancos habrían movilizado más, en términos comparativos, a sus bases, lo que explicaría su mejor desempeño. Como contrapartida, la falta de movilización de la estructura frenteamplista estaría en la base de la explicación de su más baja votación (Álvarez 2009).

Como las encuestas solo pueden ver el lado de las motivaciones de los individuos, no tienen cómo dar cuenta del diferencial en la participación que causa la movilización desde los partidos, y, en consecuencia, pierden de vista justamente parte de la explicación de las razones de la participación.

 

La influencia de las encuestas

Otra posible explicación de la baja participación apunta a la influencia de las encuestas. El juicio convencional dice que cuanto más competitivas son, cuánto más reñida es la competencia de las internas, más atractivas se vuelven. Algunos autores incluso han establecido que dos contendores y niveles moderados de competencia constituyen el escenario óptimo para atraer a los electores (Buquet 2005), y el caso de la interna nacionalista de 2009 parece confirmarlo.

Desde varios meses previos a las elecciones los sondeos de opinión daban como favoritos a los candidatos que finalmente resultaron ganadores. En algunos partidos la distancia estimada de los primeros sobre los segundos fue más grande que en otros, pero –aunque con recaudos- todos los analistas vaticinaron a los ganadores de cada contienda. En consecuencia, es posible que algunos electores hayan desistido de votar en una interna que ya estaba laudada.

El desestímulo de los electores es un fenómeno que puede haber afectado tanto a los punteros –¿para qué ir a votar por un candidato que de todos modos va a ganar?- como a los que se auguró perdedores –¿para qué votar por alguien que ya no tiene chances? De hecho, el que los resultados sean semejantes a lo que vaticinaban las encuestas sugiere que, si tal efecto tuvo lugar- es posible que ambos comportamientos se hayan dado (ya que de otro modo tal vez se hubiese alterado el orden, o la magnitud de las diferencias entre candidatos). Sin embargo, de acuerdo a lo relevado por una encuesta llevada adelante durante el fin de semana de las elecciones, el factor encuestas solo fue mencionado como causa de no ir a votar por el 6% de los que no votaron (Zuasnábar 2009).

 

Limitaciones metodológicas

Hay un cuarto factor explicativo, que apunta a las limitaciones que tienen las encuestas como herramientas de investigación. Estas pueden deberse a errores, como un mal diseño de las muestras o del cuestionario, pero también a restricciones que la propia técnica tiene en tanto tal. A ambos factores consideramos parte de la explicación metodológica.

Una causa metodológica vinculada lisa y llanamente a errores podría ser el caso que se sobrestime la participación por tratarse de una muestra en la que hay una sobrerrepresentación de la población más educada, entre la que la participación tiende a ser mayor. Esto se puede dar en un caso aislado de infortunada "mala" muestra, pero no es razonable que todas las encuestadoras hayan enfrentado el mismo problema. Entonces, es difícil pensar que los errores hayan estado en el diseño de las muestras, porque todas las encuestadoras que publicaron resultados sobre porcentaje de participación se equivocaron en el mismo sentido: sobrestimaron la participación, y en la misma magnitud (en el entorno de los 10 puntos porcentuales). Por lo tanto, si tienen muestran diferentes, no es razonable esperar resultados con el mismo sesgo.

Los errores del cuestionario están vinculados con la manera en que se le pregunta a los entrevistados sobre su intención de votar. Cada encuestadora usa preguntas distintas, en diferente orden, y estima la participación de acuerdo a diferentes combinaciones de indicadores (ver Tabla A1 en el Anexo). Por lo tanto, si también existen diferencias en los cuestionarios, no parece que el problema sea de la forma de preguntar o de una pregunta en concreto, sino que ninguna de estas combinaciones fue capaz de conseguir una predicción más acertada.

Podemos dejar de lado, entonces, los errores generalizados como explicación de las divergencias entre estimaciones y resultados. Resta por lo tanto explorar las limitaciones que son inherentes a la investigación por encuestas, y que no dependen ya de qué tan bien o mal hagan su trabajo las encuestadoras, sino de las leyes que rigen el comportamiento de los públicos.

En esta línea de razonamiento, una de las explicaciones tiene que ver con el efecto de "social desirability" o deseabilidad social, que refiere a la tendencia que tienen las personas al ser entrevistadas a decir lo que es políticamente correcto, o al menos, lo que es bien visto por la sociedad, y por tanto por el entrevistador, quien representa en ese momento a la sociedad (Tourangeau, Rips, y Rasinski 2000). Este fenómeno ha sido muy estudiado en otros países, no así en Uruguay, y se han buscado alternativas para medir actitudes, opiniones y comportamientos que eviten que la persona sienta que hay una respuesta "mejor" o "más aceptada socialmente que otra".

En una sociedad tan altamente politizada y que se jacta de tener una cultura cívica tan fuerte como la uruguaya, declarar que uno no va a votar puede ser una actitud que genere rechazo. Las preguntas que incluyen en su enunciado una formulación que equipara el ir a votar con el no ir, evitan la aparición de este efecto.[5] La introducción de preguntas distintas en un mismo cuestionario, o la repartición de los encuestados en dos grupos, de modo de utilizar preguntas diferentes a cada mitad de la muestra, permitirían arrojar luz sobre el alcance de este efecto.

De manera similar, y como se sugirió en la sección anterior, queda fuera de las posibilidades de las encuestas la medición de las acciones que emprenden los partidos para movilizar a su electorado. En este sentido, técnicas complementarias de investigación se requerirían para poder tener una estimación global de la investigación, atendiendo tanto a los ciudadanos como a los esfuerzos de los partidos.

 

4. Discusión: abriendo el debate metodológico para mejorar las estimaciones preelectorales de cara a las internas

Las encuestas son un instrumento científico, pero tienen sus límites. Uno de los principales radica en que miden las actitudes de las personas en un momento específico y suponen que esas actitudes, como por ejemplo la intención de participar en una elección interna, se transformarán en comportamientos (una verdadera participación). Sin embargo, no siempre las actitudes se transforman en comportamiento (Petty y Cacioppo 1981). Es por esto es que los pronósticos de las encuestas no siempre son tan acertados, ya que dependen de que los individuos efectivamente transformen sus actitudes en comportamientos consistentes.

A partir de este diagnóstico, quedan dos caminos para mejorar los pronósticos electorales en próximas elecciones internas. El primer camino apunta a medir de forma más sofisticada la intención de ir a votar. Esto se puede hacer de diferentes maneras. Una de ellas es con variaciones en las formas de preguntar, intentando evitar el efecto de "social desirability" y prestando especial atención a la simetría de las opciones en la redacción de las preguntas. Se pueden diseñar "split experiments" en donde la mitad de la muestra reciba una pregunta con la formulación de la pregunta tradicional, y la otra con la formulación que busca evitar el "efecto social desirability", y de esa manera comparar su impacto.

Algunas investigaciones en vez de medir la certeza de la intención de votar (qué tan seguro está el entrevistado de ir a votar), contabilizan el tiempo que la persona se toma para contestar la pregunta, y encuentran que el tiempo es un mejor predictor de la intención de voto que la certeza: aquellos que demoran más, es más probable que no voten que los que contestan con rapidez (Bassili 1993). Este tipo de enfoques requieren el uso de la tecnología CATI o CAPI (entrevistas asistidas por computadora, por sus siglas en inglés), con la que algunas empresas locales ya cuentan.

Otra opción que permitiría un seguimiento fidedigno de los cambios en las actitudes de los electores o de las divergencias entre sus actitudes manifiestas y sus comportamientos es la recurrencia a estudios de panel, ideales para el seguimiento de la evolución de actitudes de un mismo grupo de individuos a través del tiempo.

Un segundo camino apunta a complementar las encuestas con otras técnicas de investigación. Una alternativa es realizar grupos motivacionales en los que se explore en más detalle y con mayor profundidad bajo qué condiciones las personas piensan ir a votar. En las pasadas elecciones internas, el conjunto de electores que mostró mayor inconsistencia entre su actitud inicial para votar y su comportamiento efectivo fueron los jóvenes, los menos educados, y los que mostraban menores niveles de interés en la política (Zuasnábar 2009). Esta evidencia es consistente con investigaciones realizadas en otros países: son las personas más jóvenes, menos educadas, y con menos interés en la política quienes votan menos (Fornos et al. 2004; Jackman y Miller 1995; Powell 1980). Esta información podría tenerse en cuenta para estimar con más precisión el comportamiento de estos grupos en futuras instancias electorales con voto voluntario, y para explorar qué factores están detrás de las diferencias entre actitudes declaradas y comportamiento efectivo.

Por último, recurrir a fuentes documentales y a entrevistas para comprender la forma en que las estructuras partidarias llevan adelante sus estrategias de movilización parece ser clave si es que el argumento del rol de los partidos es correcto. La evidencia disponible indica que la movilización es articulada por los partidos para plebiscitos y referéndums (Altman 2002); mucho más debería serlo para las elecciones internas, en las que justamente se juega la configuración de poder al interior partidos para los siguientes cinco años.

Las aquí esbozadas son solo algunas de las posibles alternativas para mejorar las estimaciones preelectorales en la investigación de opinión pública en primarias partidarias. Este trabajo de ninguna manera pretende ser una prescripción respecto de cómo proceder en el futuro. Por el contrario, su objetivo es abrir una puerta a la discusión, en la que académicos y consultoras puedan intercambiar y aportar. Las buenas noticias son que tenemos cinco años para avanzar en este debate, y atacar el problema de investigación desde varias puntas en el futuro.

 

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ANEXO

Tabla A1

NOTAS

* Parte de las ideas aquí expuestas han sido previamente expresadas por las autoras en varios artículos y columnas publicados en el diario El País entre marzo y junio de 2009. Estas publicaciones se enmarcan en la "Encuesta de Encuestas", el proyecto de seguimiento de encuestas preelectorales que ambas coordinan desde la Facultad de Comunicación de la Universidad de Montevideo. Agradecemos la asistencia de investigación de Jimena Colucci, y los comentarios de dos revisores anónimos de la RUCP. La responsabilidad sobre lo aquí expuesto, no obstante, recae exclusivamente sobre las autoras.

** María Fernanda Boidi es Doctora en Ciencia Política. Postdoctoral Fellow, Department of Political Science, Vanderbilt University, y Profesora, facultades de Comunicación y Ciencias Empresariales y Economía, Universidad de Montevideo (fboidi@um.edu.uy).

Rosario Queirolo es Doctora en Ciencia Política. Profesora de la Facultad de Comunicación de la Universidad de Montevideo. Profesora de la Maestría de Ciencias Políticas de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de la República y Profesora de Ciencia Política en la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad de la República. Investigadora Nivel I del Sistema Nacional de Investigadores. (rqueirolo@um.edu.uy)

[1] Cfr. Constitución de la República Oriental del Uruguay, "Disposiciones transitorias y especiales", Literal W.

[2] Para una mirada alternativa que redistribuye indecisos, ver Zuasnábar 2009.

[3] Todas estas encuestas son aproximadamente comparables. Si bien las preguntas utilizadas por cada consultora no son exactamente las mismas, en general su metodología y tamaño muestral es similar, y las fechas de campo son las mismas o muy cercanas. Más detalles técnicos de cada encuesta se encuentran en la Tabla A1, en el Anexo

[4] Solo Cifra discriminó la distribución de voto entre los candidatos minoritarios del Partido Colorado. Equipos no presentó estimaciones de participación total, y ni Equipos ni Radar pronosticaron qué proporción de ciudadanos votaría en la interna de cada partido.

[5] Un ejemplo de esta pregunta es el siguiente: "usted vio que el día X hay elecciones internas para decidir los candidatos a presidente por cada partido. Hay personas que no van a ir a votar, otras que sí, otras que aún no saben. Usted, ¿ya tiene decidido que hará?" En caso de que contesten que sí tienen decidido qué hacer, se le pregunta si votará o no.

 

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