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Archivos de Medicina Interna

versión impresa ISSN 0250-3816versión On-line ISSN 1688-423X

Arch. Med Int vol.37 no. 3 Montevideo nov. 2015

 

Medicina y sociedad

 

Magia, religión y medicina

 

Magic, religion and medicine

 

 

 

Dr. Álvaro Díaz Berenguer

Profesor Agregado de Clínica Médica 2. Hospital Pasteur. Montevideo.

 

 

Fecha recibido: 12/09/15

Fecha aceptado: 18/10/15

Correspondencia: aldaba@adinet.com.uy

 

Palabras clave: antropología médica, magia, medicina

Key words:  anthropology, magic, medicine

 

 

A pesar de que observemos desde la óptica de nuestra formación científica, la profesión de médico tiene misterios insondables que se pierden en la oscuridad de antigüedad. Son misterios propios del ser humano.

 

Inmersos en nuestra actual cultura occidental, donde predomina la luminosidad de la Ciencia y la Tecnología, no es fácil, o tal vez es imposible, comprender plenamente otras culturas del pasado, e incluso del presente, donde la magia y la religión ocupan un lugar preponderante. Independientemente de ello, a pesar de la diversidad, en todas las sociedades humanas, la magia y la religión están presentes en mayor o menor medida, también hoy, en todo lo que pensamos e imaginamos. El arte de la medicina, no es ajena a ello, aunque ahora esté empapada de Ciencia y Tecnología.

  

A pesar del inmenso desarrollo tecnológico, el ser humano es el mismo allá y aquí, independientemente del tiempo o del lugar geográfico. Los resultados de la interrelación entre el ser humano y la Naturaleza pueden modelar diferencias importantes según el lugar, pero en el fondo el sustrato es el mismo: un ser humano siempre sorprendido por los fenómenos de la realidad que le rodea, con preguntas sobre su futuro, su destino.    

 

El ser humano habita en el lenguaje, como decía Heidegger, por necesidad de su carácter gregario, y habita en una cultura que deja rastros; gracias a ello los espíritus perduran en el tiempo y los investigadores de la historia toman contacto con ellos. Sucede así por ejemplo, a través de la interpretación de los jeroglíficos egipcios, lo que permite aproximarse a una de las culturas más antiguas y a los seres que vivieron hace más de 5000 años. Desde ese entonces hasta el presente los rastros muestran que la magia, la religión y la medicina están en íntima relación, sin límites definidos,  dependientes de la óptica con la que se mire.

 

Sigmund Freud plantea que la evolución de la humanidad atraviesa por tres etapas: una primera etapa animista, una segunda etapa religiosa y finalmente una tercera etapa científica, en la que estamos, pero sin abandonar a las anteriores1.

Las situaciones en las que la realidad es ingobernable, como puede ser la enfermedad u otra desgracia, provoca la aparición de ideas que se nos imponen, producto del deseo, y que se traducen en conjuros o cábalas o promesas a los Dioses a cambio de la salvación, la sanación.

 

El ser humano todo lo anima, desde que es niño y dibuja al sol con ojos y boca; el adulto se enoja y patea una silla por un tropiezo, como si ella fuera capaz de haberse interpuesto voluntariamente en el camino; como si fuera capaz de sentir. En los pueblos primitivos todo está animado con mucha más fuerza que en la actualidad occidental: objetos y animales, accidentes geográficos y climatológicos.  

 

Freud en Totem y Tabú utiliza el término omnipotencia de las ideas para referirse a lo que sucede en la etapa mágica. El término fue sugerido por uno de sus pacientes que padecía un trastorno obsesivo compulsivo.1 Según Freud todos los enfermos obsesivos son supersticiosos, y “casi siempre en contra de sus más arraigadas concepciones”.  Define a la omnipotencia de las ideas como “el predominio concedido a los procesos psíquicos sobre los hechos de la vida real”, y plantea que esta actitud está en el hombre salvaje “que cree poder transformar el mundo exterior sólo con sus ideas”. Esta es la base de la magia de la fase animista, que espera superar los obstáculos, y entre ellos, la enfermedad o la muerte, sobre la base de distintos procedimientos que conducen al sujeto hacia la protección de un  poder misterioso. En la base de estas construcciones está la imaginación dominada por los deseos.

 

Dice Freud que “En la fase animista se atribuye el hombre a sí mismo la omnipotencia: en la religiosa, la cede a los dioses, sin renunciar de todos modos seriamente a ella, pues se reserva el poder de influir sobre los dioses, de manera a hacerlos actuar conforme a sus deseos. En la concepción científica del mundo no existe ya lugar para la omnipotencia del hombre, el cual ha reconocido su pequeñez y se ha resignado a la muerte y sometido a todas las demás necesidades naturales. En nuestra confianza en el poder de la inteligencia humana, que cuenta ya con las leyes de la realidad, hallamos todavía huellas de la antigua fe en la omnipotencia.”1 

 

A pesar de la confianza en la Ciencia y la Tecnología, es difícil subirse a un avión por primera vez sin presentir la posibilidad de una desgracia y sin que afloren las omnipotentes ideas que hacen evitar el asiento número 13. Solo la costumbre lo soluciona.

 

Freud también vincula la omnipotencia de las ideas con el arte de esta manera: “Sólo en el arte sucede aún que un hombre atormentado por los deseos cree algo semejante a una satisfacción y que este juego provoque -merced a la ilusión artística- efectos afectivos, como si se tratase de algo real. Con razón se habla de la magia del arte y se compara al artista a un hechicero. Pero esta comparación es, quizá, aún más significativa de lo que parece. El arte, que no comenzó en modo alguno siendo «el arte por el arte», se hallaba al principio al servicio de tendencias hoy extinguidas en su mayoría, y podemos suponer que entre dichas tendencias existía un cierto número de intenciones mágicas.”1

 

Salvando diferencias importantes y en un terreno paralelo al de la omnipotencia de las ideas, en la creación del modelo científico teórico que el médico de hoy utiliza para comprender y tratar la enfermedad de un paciente particular, hay arte, y obtiene muchas veces una recompensa similar: la satisfacción por haber podido dominar una realidad adversa a través de un proceso creativo, no pocas veces irracional.

 

La omnipotencia de las ideas es un fenómeno humano universal que subyace en los actos mágicos y los actos de hechicería, las supersticiones, los actos de brujería, la sugestión y los actos curativos, las religiones. Es un fenómeno pre-lógico que parece ser independiente de diferencias culturales.  El brujo primitivo domina o cree que domina con su magia los fenómenos de la naturaleza que se rebelan a los deseos humanos en su sentido más amplio. Ello incluye los sufrimientos y las necesidades de la supervivencia, las enfermedades y la muerte. Así nace la medicina primitiva empapada de animismo, magia y de manifestaciones “artísticas”, entre las que se destaca el ritmo y la música, el baile y distintos objetos.

 

Michael Balint, en el primer párrafo de su libro El médico, el paciente y la enfermedad de 1960, dice refiriéndose a décadas pasadas antes de la invasión tecnológica: “la droga más frecuentemente utilizada en la práctica general era, con mucho, el propio médico, es decir, que no solo importaban el frasco de medicina o la caja de píldoras, sino el modo como el médico las ofrecía al paciente”.2 Este extraño fenómeno del poder que emana de la presencia del curador, se remonta río arriba en la historia, a las mismas simientes. Es un poder mágico que tiene dos polos: el del sanador que desea sanar, y el del enfermo que desea ser sanado. Ese binomio interactúa dinámicamente y no existe el uno sin el otro. 

 

En la “actitud de curar”, en el “dar” primitivo, en el acto del sacrificio, se encauza la omnipotencia de las ideas, pero lejos de caer en saco roto, por el contario influye decisivamente en el enfermo. La preocupación por este cariz de la actividad médica es relativamente reciente. Uno de los primeros en advertirlo y destacarlo con todas las letras fue el propio Balint, que dice: “en ningún libro de texto se hallarán prescripciones sobre el dosaje que debe aplicar el profesional cuando se trata de su propia persona, en qué forma debe hacerlo, con qué grado de frecuencia, cuáles son las dosis curativas y de mantenimiento, y otros aspectos por el estilo.” 2 No es un fenómeno racional, medible, objetivable, sino vinculado con la subjetividad más profunda, donde radica el impulso misterioso por el Bien y en contra del Mal, por alejar la muerte y la desgracia, y que desde antaño está engarzado en las técnicas de curar. La objetivación científica le hace correr el riesgo de desaparecer y de dejar al enfermo desamparado.

 

La óptica contemporánea que prioriza lo utilitario y la eficacia, que desprecia todo aquello en lo que no puede demostrar causa y efecto, no comprende la importancia de la atención de un fenómeno mitológico y espiritual que acompaña el acto de curación.

 

La evolución de la medicina se orientó en los últimos siglos hacia un accionar más racional y menos empírico, basado mucho más en el método científico que en la intuición y en los sentimientos. Esta búsqueda pertinaz de alejarse de la toma de decisiones basadas en la subjetividad, desembocó en lo que en la actualidad se conoce como medicina de la evidencia de Sackett y Guyatt, que permitió un avance sustancial, pero, pero…  ¿cuál fue el precio que hubo que pagar?

 

Durante el último siglo, se produjo un cambio radical en la relación entre el médico y el paciente, vinculado con un proceso de objetivación y distanciamiento emocional entre ambos; la confianza se tornó desconfianza; el sacrificio en contrato comercial. La omnipotencia de las ideas fue en gran parte desplazada por la Ciencia y la Tecnología, la especialización y la mercantilización médica.

 

La proyección del poder del curador sobre el paciente, se encauza a través de una fe compartida (de allí la “con-fianza”) que nace de la omnipotencia.   Sin este aspecto los pacientes quedan desamparados, desorientados, desalmados, desconsiderados, desvalorizados, desesperanzados. La dignidad del paciente está vinculado con el valor que se le otorga; con la consideración de su persona, lo que incluye el reconocimiento de su entorno mitológico, de su sistema de creencias.    

El animismo primitivo y la tendencia innata de la humanidad a construir mitos explicativos de su situación en el mundo, con el advenimiento de la Ciencia, se alteró profundamente.

 

El mago, aquel capaz de predecir el futuro, el destino de los individuos y del conjunto, basándose en esos mitos explicativos está presente en las diversas culturas humanas, como un faro que orienta a la comunidad. El médico moderno encarna ese mago, pero perdió gran parte de ese don porque no dispone del conocimiento antropológico necesario; aunque conoce el destino del ser a quien trata sobre bases científicas, ese destino no se inscribe en una mitología ancestral; la desconoce. Sabe estrictamente sobre el mal físico, pero no puede responder sobre el encuentro con seres queridos en el más allá, o sobre cómo proceder para lograr el perdón de las culpas que se generan durante la existencia entre los hombres.  ¿Cuáles son los espíritus y con qué balanza pesarán los corazones de los muertos, como creían los habitantes del antiguo Egipto, para saber sobre el destino en el más allá? 

 

En el pasado las entidades mórbidas se organizaban en complejos explicativos que se integraban en la mitología que incluía animales, personajes fantásticos, espíritus de los muertos, y dioses. Eran seres inmortales que escuchaban las súplicas y aceptaban los sacrificios de los mortales. Hoy esos dioses y espíritus están también presentes, aunque en silencio.

 

En la actualidad, una nueva Diosa callada apareció en el firmamento, con la cual no se puede intercambiar nada: la Ciencia. Ella actúa sola, aislada, y en ella tenemos fe. Pero es ingobernable. Ya no sirven las ofrendas ni los sacrificios. No tiene Piedad; es aséptica de sentimientos, no tiene alma, porque es el producto de la razón; razón pura en envase divino pero sin Dios atento a nuestros deseos.

 

El poder del mago primitivo se basa en la certeza de que las ideas que le sobrevienen, son una realidad incuestionable, asociadas con una mitología inductora preexistente, una estructura de creencias que le dan sentido a un grupo social, con importante contenido moral, donde el Bien y el Mal están animados.

 

La Ciencia se construyó en los últimos siglos sobre la base del desprendimiento de preconceptos, pretendidamente virgen de toda intención, aunque esto nunca se logra. El poder del médico moderno se basa en la certeza de sus ideas basadas en la realidad incuestionable de la Ciencia, pero sin contenido moral.

 

La magia nace de un deseo humano dirigido a algo, que no tiene porque ser la resolución de un problema concreto. Por ejemplo, la niña hace magia en sus juegos cuando desea ser como su mamá y se convierte a ella misma en madre, y a su muñeca, en su hija.

 

Esta forma infantil de resolver deseos inconscientes, está inmersa en la profundidad de nuestros cerebros desde el nacimiento hasta la vejez. Así, sin saberlo ubicamos al Bien arriba y al Mal en lo subterráneo; en la luz lo seguro y en lo oscuro lo espantable; arriba los seres benignos y por debajo los seres malignos; al padre en el cielo y la madre en la tierra fecunda. Toda nuestra interpretación de la realidad está plagada de apariciones, muertes y esperanza de resurrecciones.

 

Con la Ciencia y la Tecnología actual se iluminó gran parte de la oscuridad cotidiana, se encauzó el fuego y el rayo; se alejaron los animales peligrosos; el frío y el calor ya casi no son problemas; el agua brota al abrir el grifo y los alimentos están disponibles en el supermercado sin necesidad de hacer mayores sacrificios. Se puede ver a distancias más allá de lo que ve el ojo y estamos protegidos por la parafernalia tecnológica.

En la construcción de la Ciencia el deseo está tan mediatizado que pareciera no existir; pero sin embargo existe, aunque se disfrace de conocimiento aséptico: subyace el deseo de poder transformar la realidad y el destino; en última instancia, el deseo de sobrevivir. Ver, conocer, se traduce en poseer y poder.

 

Según Mircea Eliade 3 la experiencia mística en las sociedades primitivas es privativa de una clase de individuos: los chamanes, los “hombres-medicina”, los magos, los curanderos, los extáticos. Se distinguen por la intensidad de la experiencia religiosa y suelen ser investidos de poderes sobrenaturales, ocultos a los demás, que están en relación con los espíritus, con lo divino o con lo demoníaco. Para Eliade, la experiencia sensorial es para estos elegidos, el vehículo que permite encauzar el conocimiento y los poderes ocultos.

 

En casi todas las civilizaciones primitivas, se puede ser curador a través del aprendizaje de experiencias sensoriales de éxtasis y de complejos modelos explicativos de la realidad integrados en una mitología particular, que incluye los fenómenos familiares de la Naturaleza que le rodean y que dan o quitan caprichosamente. Los chamanes suelen ser los guardianes de las tradiciones por transmisión oral. Son memoriosos y transmiten su sabiduría de generación en generación.

 

Según Mircea Eliade el “caos psíquico” en el que cae muchas veces el chaman durante su iniciación o desempeño, inducido muchas veces por drogas alucinógenas, es la puerta para un renacimiento: “el retorno simbólico al caos es indispensable para toda nueva creación”. 5 También y tal vez por otro camino se aborda el sufrimiento como un paso necesario para la purificación. Mucho de esto tiene la religión cristiana.

 

En la medicina moderna ese caos creativo ya no existe; apenas la duda.

 

En el éxtasis, o incluso a través del sufrimiento, el chamán abandona la realidad para ingresar en un mundo casi onírico, regido por otras reglas. En ese nuevo lugar, muchas veces habitado por espíritus de los antepasados, el chaman adquiere sabiduría y poder que se manifestará al volver a la realidad. El dolor necesario para el parto de la sabiduría. Ese poder está vinculado de alguna u otra manera, directa o indirectamente, con la inmortalidad. También está emparentado con la capacidad de interpretación de los sueños. 

 

En casi todas las culturas, antiguas e incluso actuales, la enfermedad es el resultado de la posesión del cuerpo por diversas formas del Mal: espíritus malignos, dioses enojados, almas de difuntos. Entidades inasibles que se intuyen.

 

Cuando el chamán abandona la realidad para entrar en el mundo de sus propios fantasmas, toma contacto con ese mundo inasible, al mismo tiempo que se purifica como un renacimiento, adquiriendo el poder curativo que le permite sanar a su congénere.

 

El chamán entre los Yanomamis amazónicos es el que dice la verdad. Quien adivina el futuro tiene en sí un poder que se vincula directamente con la verdad. La prueba necesaria sobre la verdad de una afirmación, está en el futuro. Es el futuro el que confirma los dichos. Por eso la verdad necesita tiempo.

 

La mentira por el contrario se vincula con la fugacidad. “La mentira tiene patas cortas” afirma un refrán popular. Quien dice mentiras traiciona. Quien dice verdades es honorable, poderoso y se le asigna la posibilidad de conocer el futuro. Tal lo que ocurre con el chamán, y sobre todo con la medicina actual. El médico se siente poderoso en la medida que acierta los hechos que sobrevendrán, y no solo por la curación. 

 

Ante la muerte “se dicen las verdades: las bárbaras, terribles, amorosas crueldades” según el poeta Gabriel Celaya en su poema “La poesía es una arma cargada de futuro”, como si para entrar en el reino de los muertos se exigiera una purificación sobre la base de la verdad.

 

La medicina moderna ha preferido creer en la Ciencia y no en la Magia, pero al desdeñar a esta última, ha perdido conexión con una parte íntima de los pacientes que todavía está presente y necesitada. El ingreso del médico al modelo antropológico de la enfermedad del paciente, y en particular el conocimiento de la ubicación y potencia de su figura en él, es necesario para que la moderna medicina sea realmente eficaz. Es necesario saber y utilizar el “mejor tónico” para el enfermo, que es la presencia médica, como decía Héctor Muiños.

 

Lejos estamos de propugnar que el médico actual se convierta nuevamente en un chamán o en un sacerdote, pero sí, que debe estudiar en profundidad los distintos sistemas de creencias que están en las raíces de nuestra civilización y su evolución histórica, porque son la base espiritual de la relación médico paciente. Frente a la desgracia ingobernable de la enfermedad el paciente es invadido por ideas omnipotentes que es necesario conocer.  Por algo el Dr. Vladimiro Batista decía que el médico actual debe tener también algo de chamán y de sacerdote. Ellos tienen el poder de encauzar adecuadamente las esperanzas y dignificar al enfermo. 

 

Bibliografía

 

1-Freud S. Totem y tabú. Madrid: Biblioteca Nueva; 1973. pp 1801-1804.( Obras Completas; Tomo III)Links ] -moz-background-clip: initial; -moz-background-origin: initial; -moz-background-inline-policy: initial;">

 

2-Balint M. El Médico, el Paciente y la Enfermedad. Buenos Aires: Libros Básicos;1961. pp 17.         [ Links ]

 

3-Eliade, M. Enfermedad e iniciación: Mitos, sueños y misterios. Buenos Aires: Compañía General Fabril Editora; 1961.         [ Links ]

 

 

 

 

 

 

 

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