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Archivos de Medicina Interna

Print version ISSN 0250-3816On-line version ISSN 1688-423X

Arch. Med Int vol.36 no. 1 Montevideo Mar. 2014

 

In Memoriam

Prof. Dr. Aníbal Paz

“A aquel que me enseñare este arte, lo apreciaré tanto como a mis padres, compartiré con él lo que posea y le ayudaré en caso de necesidad. A sus hijos los tendré por hermanos míos, y, si desean aprender este arte, los iniciaré e instruiré en el mismo, sin percibir por ello retribución alguna ni obligarles con ningún compromiso.”

Juramento hipocrático

 

 

 

 

Utilizando la memoria del corazón desde mi punto de vista personal como alumno, amigo y compañero de andanzas desde hace casi 30 años, intentaré dibujar la figura de Aníbal, destacando algunas facetas, de este ser humano ejemplar. Pido desde ya disculpas por ir más allá de lo académico, y entrar en el terreno del vínculo fraterno.

Era un hombre recto: de gran entereza moral, de excepcional bonomía y de enorme generosidad. Franco, muy franco y transparente. Estas palabras frías no sirven realmente para adjetivar el grado de compromiso de este hombre para con su entorno. Hombre amigo de sus más diversos amigos, que le llamaban por el apodo de “Chocho”.

Tenía enorme respeto por las personas, sobre todo por los menos pudientes, los débiles. Daba el lugar que correspondía a cada uno, e incluso lo ubicaba, cuando por alguna razón había perdido su camino. Su presencia provocaba de inmediato armonía y equilibrio en su entorno; el término caudillo tan empleado en otros ámbitos, es útil para definir su personalidad.

Como decía Bertrand Russell a propósito de un caudillo, Aníbal tenía confianza en sí mismo, capacidad para decidir rápidamente, actuando siempre con justicia. Su ánimo protector lo llevaba a la preocupación permanente por los que le rodeaban. El consejo podía transformarse en una imposición cariñosa; era frecuente escucharle decir: “yo te voy a conseguir la planta que tienes que colocar en tu jardín”, o “el auto que debes que comprar es tal o cual”; o “yo sé quien te puede solucionar tal o cual problema”.

Balzac describía la frente ancha, prominente, como una característica de los individuos protectores; le llamaba las prominencias de la paternidad Aníbal tenía esa constitución física y ese espíritu.

Con frecuencia recordaba anécdotas de su profesor Atilio Morquio, al cual admiraba. Lo imitaba poniendo la voz en falsete: “primero hay que tener enfermo” decía; recordaba esta frase ante la gravedad de algún paciente para resaltar la importancia de poner de inmediato en marcha las medidas que mantienen la vida dejando a un lado todas aquellas otras con el solo objetivo de completar un diagnóstico.

La renuncia a su cargo docente, siguiendo a la renuncia de su profesor ante el advenimiento de la dictadura y de la intervención de la Universidad, es un hecho remarcable, que muestra su compromiso con esta casa. Se reintegró luego de que la Universidad volviera a su curso democrático.

Fue un docente nato, apasionado por la tarea de enseñar a los jóvenes, dentro y fuera del ámbito universitario. Formó a muchos de los actuales profesores de Clínica Médica y de otras especialidades. Le deben parte de su formación Mario Cancela, Lilián Díaz, Jorge Facal, Gabriela Ormaechea, Luis Dibarboure, Mabel Goñi, y quien les habla, entre otros. En Casa de Galicia, a la que le llamaban la Universidad del Norte, prosiguió su tarea durante la época de la dictadura y allí recibieron sus enseñanzas José Arcos y Juan Alonso. Hay seguramente muchos más que desconozco. A través de esta conjunto de docentes, la influencia de Aníbal se prolongó y se prolonga en las generaciones más jóvenes que no llegaron a conocerle.

Muchos médicos se olvidan del antiguo Juramento Hipocrático, que propone que ser médico es ser docente: “si desean aprender este arte, los iniciaré e instruiré en el mismo, sin percibir por ello retribución alguna ni obligarles con ningún compromiso”.

Aníbal era un ejemplo viviente de este concepto.

¿Qué enseñaba? Un método particular basado en el ejercicio del más riguroso sentido común asentado en su enorme experiencia y en la concepción del ser humano como un todo. En estos tiempos que se propone educar en valores, sería importante rescatar el ejemplo de Aníbal. Para él lo utilitario era siempre secundario. El paciente nunca era un medio, sino un fin en sí mismo.

Su pasión por la docencia persistió más allá de su retiro: ya jubilado, todos los miércoles iba al Hospital Pasteur, en donde su presencia convocaba a médicos y residentes, que acudían espontáneamente, sin ninguna imposición; los Residentes esperaban con ansiedad al día miércoles para poder mostrarle sus pacientes en este encuentro que denominaron cariñosamente “chocho round”.

El “ojo clínico” de Aníbal deslumbró a cientos de estudiantes y médicos. Como dice el argentino Osvaldo Loudet (en su libro Más allá de la Clínica) ese ojo clínico era un ojo “psicológico y moral”, fundiendo la visión de lo grande con la visión de lo pequeño, el espíritu analítico con el espíritu sintético, lo orgánico con lo espiritual. Ante las mentes expectantes de sus discípulos, no solamente sacaba el diagnóstico como un conejo de una galera sino que enseñaba el camino racional para poder hacerlo, que por lo general implicaba la condición social y aspectos morales del enfermo. Si como decía Ortega y Gasset el hombre es según sus circunstancias, Aníbal permanentemente mostraba como estas circunstancias estaban directamente vinculadas con la enfermedad. Así los intereses y deseos del enfermo estaban siempre presentes en sus razonamientos.

Esa forma de ver y analizar, sorprendía permanentemente; era innovador a pesar de lo clásico. No era raro que los estudiantes y residentes dijeran después de participar en una de sus clases: “es un mago”; su capacidad para extraer verdades irrefutables que no habían sido vistas hasta ese momento deslumbraba una y otra vez.

Ejercitaba y enseñaba la importancia de analizar al enfermo como un “todo”, desde la vestimenta, la mesita de luz, el ambiente donde vive, hasta la semiología orgánica más prolija. Mínimos detalles podían así cobrar importancia capital, como un camisón de raso rojo o caravanas muy llamativas, o características particulares de los acompañantes, o un collar de oro con una camisa semiabierta, el duelo por la muerte de un familiar. Todo lo humano cobraba importancia clínica.

Con frecuencia había una pregunta clave que nadie le había hecho al paciente; y milagrosamente allí aparecía la respuesta y la solución de un problema.

Enseñaba que si bien es muy importante la inteligencia y el saber, es aún más importante la paciencia necesaria para el seguimiento longitudinal del enfermo. El predicaba, como tantos otros médicos admirables, la importancia de la silla junto a la cama del enfermo, y una gran oreja.

Era profundamente crítico con el uso irracional o innecesario de la paraclínica, sobre todo cuando se usaba sustituyendo el encuentro clínico con el paciente. Si bien su personalidad apasionada y muy segura de sí misma, le impulsaba a juicios rápidos, sabía que la verdad requería ante todo de paciencia.

Para describir a Aníbal Paz como profesional utilizaremos las palabras de un médico argentino de principios de siglo XX, que quizás Uds. conozcan, llamado Araóz Alfaro cuando decía a propósito del médico: “la personalidad del hombre de ciencia debe estar doblada de la personalidad moral” y añadía: “el médico debe ser, ante todo y sobre todo, un hombre de bien”. (Citado por Osvaldo Loudet, Más allá de la clínica. Pág. 32).

El cariño que Aníbal despertaba en sus pacientes permitía lograr una adhesión inmediata a sus indicaciones y por sobre todo, lograba transmitir la seguridad necesaria para mejorar la condición espiritual del enfermo. La mayoría se sentían mejor por su sola presencia. Repartía la esperanza necesaria para el enfermo que la precisa como el aire para respirar. Su personalidad era la mejor medicina.

Usaba el reloj en la mano derecha, y en su llavero tenía una moneda con la figura de Fidel Castro. Era hijo de un famoso jugador de fútbol, el golero de Nacional de su mismo nombre. Padre de 4 hijos y abuelo encantador de niños. Fácilmente lograba atraer la atención de los pequeños, que quedaban prendados de su persona.

Era un ser apasionado por la naturaleza: los pájaros, las plantas, la Naturaleza en general. Tuvo palomas mensajeras. Le gustaba “ir de campamento”; viajar. Llevaba en los viajes por el interior un libro con la clasificación y descripción detallada de todos los pájaros del Uruguay, para poderlos reconocer cuando los veía. Cocinero para los amigos; decía que “La parte más rica de la paella es la que queda pegada en el fondo”.

Defensor de la revolución cubana. Su preocupación por los menos pudientes de cualquier naturaleza era una característica sobresaliente, y eso determinada apasionadas posturas políticas.

Admiraba a René Favaloro, el cardiocirujano argentino que creó la Fundación que lleva su nombre y del Instituto de Cardiología y Cirugía cardiovascular, con el lema “tecnología de avanzada al servicio del humanismo médico”; con frecuencia se refería a su última carta. Y aquí la voy a citar porque tiene mucho que ver con la postura de apoyo de Aníbal al Fondo Nacional de Recursos, al que consideraba un organismo de enorme valor social y al que dedicó los últimos años. Decía Favaloro en su carta: (pongan atención porque pareciera estar escuchando a Aníbal): “La calidad de nuestro trabajo, basado en la tecnología incorporada más la tarea de los profesionales seleccionados hizo que no nos faltara trabajo, pero debimos luchar continuamente con la corrupción imperante en la medicina (parte de la tremenda corrupción que ha contaminado a nuestro país en todos los niveles sin límites de ninguna naturaleza). Nos hemos negado sistemáticamente a quebrar los lineamientos éticos, como consecuencia, jamás dimos un solo peso de retorno.”… “La corrupción ha alcanzado niveles que nunca pensé presenciar.” (…) “Es indudable que ser honesto, en esta sociedad corrupta tiene su precio. A la corta o a la larga te lo hacen pagar.”

(…) “Quizá el pecado capital que he cometido, aquí en mi país, fue expresar siempre en voz alta mis sentimientos, mis críticas, insisto, en esta sociedad del privilegio, donde unos pocos gozan hasta el hartazgo, mientras la mayoría vive en la miseria y la desesperación. Todo esto no se perdona, por el contrario se castiga. Me consuela el haber atendido a mis pacientes sin distinción de ninguna naturaleza.”

Desde nuestro ángulo, estas palabras de Favaloro coinciden punto a punto con el pensamiento de Aníbal.

Para terminar vuelvo a resaltar las líneas olvidadas del Juramento Hipocrático que marcan que la tarea médica debe incluir la docencia desinteresada. Aníbal es uno de los mejores ejemplos de esa docencia desinteresada, que si bien se postula desde hace más de 2000 años, la mercantilización de nuestra profesión ha determinado que sea una especie en extinción. El saber se maneja hoy como una moneda más. Aníbal no se guardaba nada; lo daba todo. Por otra parte es también uno de los mejores ejemplos de la docencia que respeta profundamente al estudiante y al enfermo a la vez; uno de los mejores ejemplos de cómo tratar a las personas, dignificándolas, esto es, dándoles el lugar y el valor que merecen; Aníbal es un ejemplo de ser humano que todos deberíamos seguir.

 

Dr. Álvaro Díaz Berenguer

Profesor Agregado de Clínica Médica “2”

Facultad de Medicina. UdelaR. Montevideo

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