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Revista Uruguaya de Cardiología

versión impresa ISSN 0797-0048versión On-line ISSN 1688-0420

Rev.Urug.Cardiol. vol.31 no.1 Montevideo abr. 2016

 

Obituario

 

Prof. Dr. Hernán Artucio (1929-2016)

 

Hace unos días me llamó por teléfono el editor responsable de la revista, el Dr. Walter Reyes. Me pidió que hiciera un recordatorio de la figura del Profesor Dr. Hernán Artucio. 

Desde luego que le respondí afirmativamente y le hice los comentarios que habitualmente se hacen en esas circunstancias: que era un honor para mí que me encomendaran esa tarea, que la figura del Profesor Artucio era reconocida, que académicamente era justo que se hiciera tal referencia en la revista de la Sociedad Uruguaya de Cardiología, etcétera. 

Obviamente que todo esto es cierto. 

 

El Profesor Artucio fue una figura académica destacadísima que condujo la enseñanza de la medicina intensiva y –en nuestra perspectiva de cardiólogos–, de la cardiología crítica durante muchos años. Nuestra generación se formó con su libro Medicina Intensiva Cardiovascular y supimos durante nuestra juventud aprender mucho de sus enseñanzas en las discusiones clínicas del Hospital Universitario. Fue uno de los pioneros de la medicina intensiva en nuestro país y tuvo una extensa carrera académica que culminó con su cargo de Profesor de Medicina Intensiva, Profesor Emérito de la Facultad de Medicina y miembro de la Academia Nacional de Medicina. 

Fue además presidente de la Sociedad Uruguaya de Cardiología y de la Sociedad Uruguaya de Medicina Intensiva. 

En su currículo se acumulan 117 trabajos originales y numerosísimas participaciones en congresos nacionales e internacionales.

 

Pero ahora quisiera extenderme desde una perspectiva personal, de cómo yo viví mi vínculo con el Profesor Artucio durante muchos años hasta que falleciera. 

Recordar algunas anécdotas o detalles de su persona es mi modesta manera de hacerle un homenaje. 

El Profesor Artucio era para muchos de nosotros Hernán. O el Toto en un tono más confianzudo (por su esposa, a la que muchos conocemos por la Tota). Eso era en nuestras conversaciones privadas, cuando él no estaba. Sin embargo, en su presencia jamás se me ocurrió llamarlo de otra manera que no fuera Profesor. Tampoco nunca pude tutearlo, a pesar de mi aproximación en el plano académico, pues éramos pares como profesores universitarios y teníamos buen vínculo. Para mí, ante él, siempre fue “el Profesor Artucio”. A lo sumo, en algún momento de máxima confianza, lo llamaba “Profe”, pero siempre en un tono de usted. 

Es que el Profesor Artucio despertaba ese sentimiento de cariño que determinaba que todos lo nombráramos (en su ausencia) como seguramente lo hacían sus allegados más íntimos, pero al mismo tiempo imponía el respeto de su jerarquía. Un sentimiento de respeto que no se imponía autoritariamente sino por la vía del reconocimiento de su valor académico e intelectual y su don de gente. 

Nunca lo tuve como profesor, mas tengo muchos amigos que cuentan su alto nivel de exigencia que acompañaba de una indeclinable disposición al trabajo. Obviamente esto último le daba autoridad para lo primero. 

Sí lo “sufrí” como coautor de su libro de Cardiología Crítica. Siempre te estaba presionando para la entrega a tiempo, con un estilo respetuoso pero firme, que lo transformaba en imposible de defraudar. En esos momentos, al igual que cuando tuve vínculo con él como grado 2 de cardiología en el manejo de los pacientes operados del Hospital de Clínicas, llegué a tener la impresión de que mantenía su entusiasmo juvenil intacto. En ese contexto, era muy difícil negarse a sus pedidos. 

El Profesor Artucio tenía una inteligencia superior a la media y la acompañaba de un fino e irónico sentido del humor. 

A modo de ejemplo, contaré una anécdota personal bastante vieja. 

Conocí al Profesor Artucio cuando era interno del Hospital Italiano (¡hace unos 35 años!), viendo un posoperatorio de cirugía cardíaca en el centro de tratamiento intensivo. Cuando llegó el paciente estaba en estado de shock, con dosis altas de inotrópicos. El cirujano tratante mostraba en un frasco de formol, orgulloso, un trozo bastante apreciable de ventrículo izquierdo que le había resecado. El Profesor Artucio lo miró y le dijo: “Che, le habrás dejado algún receptor para que actúen las drogas...”. 

A lo largo de los años he tenido la oportunidad de conocer a miembros de su familia y así, indirectamente, entrever cómo era su vínculo con los suyos. Grandes compañeros con su esposa, supe compartir con ellos múltiples actividades sociales de la Sociedad de Cardiología. Se notaba claramente que disfrutaban su existencia de pareja y jefes de familia. 

En cuanto a su hija Carolina, nuestra colega cardióloga, tenía la costumbre de no faltar a evento en que ella participara. ¡Orgullo de padre! En cada presentación, mesa redonda o lo que fuera en que Carola estuviera, allá estaba el Profesor Artucio, callado, y como pasando desapercibido. 

Me consta a través de estos ejemplos y otros que supo forjar una familia muy unida, de la cual todos sus integrantes estarán orgullosos. 

El Profesor Artucio fue uno de los orientadores de mi carrera académica. A él le debo muchas enseñanzas y consejos. Todos fueron muy relevantes tanto en mis comienzos como en mi desarrollo como profesional y docente. Más de una vez dedicó su tiempo para orientarme. Estoy seguro que ese sentimiento de gratitud a su persona lo tienen muchos de mis colegas.

 

Por último, quiero destacar que el Profesor Artucio fue un caballero, un señor con todas las letras. 

Un ejemplo de ello es la siguiente anécdota personal vinculada a sus últimos días de existencia. 

Cuando me enteré que estaba gravemente enfermo, quise manifestarle mi gratitud por lo que él había significado en mi vida académica. No quería que se fuera sin que yo se lo pudiera reconocer. Obviamente era una necesidad mía, personal. Así se lo expresé a su hija Carolina, aclarando que de ninguna manera deseaba molestarlo. Ella me contestó que lo consultaría. 

A los pocos minutos me sonó el celular. Era el Profesor Artucio, que, con gran dificultad respiratoria, deseaba conversar conmigo. Tratando de no quebrarme, le expresé lo que pensaba. Tuve la percepción en esa conversación que era consciente de su destino, y, sin embargo, ahí estaba el viejo Maestro con uno de sus alumnos. Cuando colgué me di cuenta que me había dejado otra enseñanza, esta vez de vida. 

Un abrazo “Profe” Artucio, esté donde esté, para usted y su familia, que seguramente lo extraña. 

 

Sus alumnos y sus colegas siempre lo recordaremos.

  

 

 

 

Dr. Ricardo Lluberas
Profesor de Cardiología
Ex Presidente de la Sociedad Uruguaya de Cardiología

 

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