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Antropología Social y Cultural del Uruguay

versión On-line ISSN 1510-3846

Antropol. soc. cult. Urug. vol.13  Montevideo  2015

 

Dinámicas biopolíticas en el entramado urbano de la ciudad de Medellín y municipios aledaños entre 1945 y 19511

Dynamic bio-politics at the urban mesh of Medellin and nearby neighborhoods between 1945 and 1951

 

Hilderman Cardona Rodas

Magister en historia de la Universiad Nacional de Colombia. Doctorando en antropología de la Universitat Rovira i Virgili, Tarragona-España. hildemanc@yahoo.es

Recibido: 25/02/15 – Aceptado: 30/06/15

Resumen

Abordar conceptos como ciudad, territorio y población, es poner en juego imaginarios urbanos y estéticos del habitar que hacen del espacio un entramado biopolítico difuso. Este es el caso de la ciudad de Medellín, capital del departamento de Antioquia (Colombia), entre 1945 y 1951, cuando hacia 1946 el español José Luis Sert y el austriaco Paul L. Wiener son contratados por el Consejo de Medellín para realizan un proyecto de planificación de la ciudad futura, a partir de los modelos del arquitecto francés conocido como Le Corbusier, se planteó un reordenamiento de la ciudad que llevará a ser conocido como Plan de Desarrollo Urbanístico de la Ciudad en 1951. Desde 1946 se planteó una ciudad fluida ligada a la circulación biopolítica del cuerpo social, la población. Sin embargo, este tejido biopolítico ligado a un imaginario de ciudad concebida, vinculada al control de la población no puede disciplinar completamente el interaccionismo simbólico que entrañan los juegos de apropiación estética y prosaica de la ciudad vivida y percibida, el cuerpo social pone en juego diversas tácticas que hace de lo urbano un conjunto de apuestas de resignificación humana del espacio construido.

Palabras clave: Biopolítica, cuerpo social, historia urbana, regulación de la población, Medellín.

Abstract

Approaching concepts such as city, territory and population is putting to work urban imaginary and dwelling aesthetics that make an unclear bio-political framework out of the concept of “space”. This is what happened at Medellin, capital city of the Antioquia department in Colombia, between 1945 and 1951. Around 1946, Spaniard Jose Luis Sert and Austrian Paul L. Wiener were hired by the Medellin City Council to work out a planning project for the future city, based on the models created by the well known French architect Le Corbusier. They planned a city realignment to be known as the City Urban Development Plan in 1951. Starting on 1946, the plan looked for a fluid city linked to the bio-political circulation of the social body, the population. However this bio-political web linked to an imaginary of the city, conceived along a population control, can not completely discipline the symbolic interaction provided by the games of aesthetic and prosaic appropriation by the living city. It’s perceived by the social body playing different tactics that make urbanism a bunch of bettings on human re-signification of the built space.

Key words: bio-politics, social body, urban history, population control, Medellin.

Introducción. El concepto de ciudad como tejido de fluidos sociales

¿Qué pasa sobre el cuerpo de una sociedad? Flujos, siempre flujos. Una persona siempre es un corte de flujo, un punto de partida para una producción de flujos y un punto de llegada para una recepción de flujos. O bien una intersección de muchos flujos. Flujos de todo tipo.

Gilles Deleuze, Derrames. Entre el capitalismo y la esquizofrenia, 2005:19.

La ciudad podría ser definida como un cuerpo de fluidos sociales que se despliegan en los emplazamientos maquínicos de los espacios urbanos. Así, la pregunta por el significado de la categoría ciudad tendrá que ver con la definición de espacio urbano en tanto un trabajo, un intercambio generalizado e intenso de presencias, un resultado, una producción o coproducción. Según Manuel Delgado, “las ciudades pueden y deben ser planificadas. Lo urbano, no. Lo urbano es lo que no puede ser planificado en una ciudad, ni se deja. Es la máquina social por excelencia, un colosal artefacto de hacer y deshacer nudos humanos que no pueden detener su interminable labor.” (Manuel Delgado, 2007:18)

Es preciso entonces pasar de una concepción meramente fisicalista de la ciudad a una manera de concebirla en términos de un organismo dinámico donde se juegan las apuestas estéticas de lo social, que no puede ser planificado sino que se desplaza en los procesos de subjetividades del habitar el espacio construido. Según, José Wilson Márquez, “los poderes políticos y económicos que atraviesan la ciudad y que se generan dentro de ella, controlando la dinámica de las relaciones urbano-rurales, son las que en última instancia definen el carácter del tipo de relaciones sociales que se instalan en el espacio citadino. Dichos poderes, para que se consoliden, deben tener por sede una base urbana, encarnada en una serie de funcionarios que, de esta manera, ―crean la ciudad. Sin embargo la ciudad es algo más que su definición simple en factores de poder, es igualmente un devenir, una construcción histórica tanto en lo espacial como en lo cultural. En esta perspectiva, vemos como en el transcurso del siglo XIX aparece un nuevo tipo de ciudad, basada en la productividad, la población masiva y la tecnología industrial.” (Márquez, 2011:26)

De esta forma, este texto pretende desplazar la mirada de lo meramente físico al despliegue de lo humano en las cadenas operatorias del orden simbólico donde se inserta, como dice Delgado, la máquina social por excelencia en el contexto del capitalismo industrial, haciendo énfasis en una ciudad colombiana llamada Medellín, donde se instaló un red capitalista a principios del siglo XX entre la productividad, la población, la tecnología industrial y los procesos de urbanización ligados al impulso de una nueva fórmula tecnoeconómica:la sociedad industrial.

La emergencia de la ciudad industrial tiene que ver, según André Leroi-Gourhan (1971), con una nueva fórmula tecnoeconómica que se relaciona con el desarrollo funcional de un organismo sociotécnico artificial vinculado a la revolución industrial. En el contexto de la ciudad industrial se pone en marcha una relación entre producción, consumo y materia; en esta dirección, “la sociedad humana se convierte en la principal consumidora de hombres, bajo todas las formas, por la violencia o el trabajo. El hombre gana en ello la seguridad progresiva de posición del mundo natural que debe, si se proyecta hacia el futuro los términos tecnoeconómicos del actual, terminar con una victoria total, extraída la última gota de petróleo para cocinar el último puñado de hierba guisado con la última rata.” (Leroi-Gourhan, 1971:183) Si la ciudad es el territorio que proyecta la imagen del mundo que construye el hombre en su devenir histórico, la ciudad industrial refleja un universo urbano que hace coincidir el tiempo y el espacio con los imperativos biológicos según una naturaleza maquínica de flujo y reflujos tecnosociales, los cuales circulan en tanto mercancías en un orden industrial y productivo propio de los siglos XIX y XX.

Los anteriores preliminares son el soporte de lo que aquí se asume como ciudad, en cuanto un espacio que es habitado por las prácticas de los sujetos que están en un vaivén en las regulaciones y las resistencias. El habitar permite la coproducción o copresencias de los flujos sociales y los agenciamientos maquínicos del poder2, y es en ese topoi donde se dan las estrategias de habitar los espacios planeados y construidos. El animal público tiene una forma de habitar lo urbano, que le permite transgredir las estructuras, haciéndose estructurante con ellas. Pensar la ciudad no es solamente pensar el orden, sino involucrar la existencia del desorden dinámico. “Más allá de los planos y las maquetas, la urbanidad es, sobre todo, la sociedad que los ciudadanos producen y las maneras como la forma urbana es gastada, por así decirlo, por sus usuarios. Son éstos quienes, en un determinado momento, pueden desentenderse -y de hecho se desentienden con cierta asiduidad- de las directrices urbanísticas oficiales y constelar sus propias formas de territorialización, modalidades siempre efímeras de pensar y utilizar los engranajes que hacen posible la ciudad.” (Delgado, 1999:181)

La creación es entonces el espacio donde se juega lo humano en la ciudad. La ciudad como afirmación de la humanidad es creación. Existe una constante tensión entre orden y desorden. La racionalidad económica quiere reducir todo al orden, a lo seguro, a las llamadas ciencias duras. Se opone a esto el mundo el desorden, donde se afirma la vida de los sujetos libres. Se puede comparar con lo que Habermas (1981) llama sistema y mundo de la vida, donde el sistema es el mundo de la racionalidad instrumental, y el mundo de la vida, responde más a una racionalidad comunicativa, o moral. Pareciera que el sistema quiere tomarse el mundo de la vida, pero una apropiación total del sistema sería acabar con el hombre, es decir, con la libertad, algo que se opone a la definición del ser humano. Por tanto, pensar que es posible reducir al hombre al aspecto ordenado y racional, es negar la humanidad. El ser humano, en esencia, es un ser libre, que se opone a una regulación total de la vida. La ciudad, pensada como el espacio para el orden, no escapa a esa lógica, es más, parece ser que encarna, con mayor fuerza, la tensión entre la fuerza que se impone desde el orden, y la resistencia creativa que el desorden realiza. Allí aparece lo estético como parte de la esencia del ser humano. Vale la pena señalar los múltiples homos que nos habitan y que se pueden ignorar, pero no eliminar. “Es el peatón ordinario quien reinventa los espacios planeados, los somete a sus ardides, los emplea a su antojo, imponiéndole sus recorridos a cualquier modelamiento previo políticamente determinado. En una palabra, a la ciudad planificada se le opone –mediante la indiferencia y/o la hostilidad- una ciudad practicada.” (Delgado, 1999:182)

El entramado urbano articula las manifestaciones de la vida escenificadas en las prácticas socioculturales haciendo de la creación y la imaginación despliegues de la ciudad vivida. Creación e imaginación, dos categorías cruciales en este texto, muestran, por contraste, como se han excluido de la ciudad construida aquello que le da sentido:los seres humanos. Se piensa normalmente que la ciudad es el lugar donde debe prevalecer una lógica arquitectónica, la cual responde a los criterios de una racionalidad técnica instrumental. Bajo esta racionalidad existe la fuerza de un positivismo cuya idea de progreso se ancla en la idea de orden. Esta lógica, asociada a la herencia del pragmatismo y del utilitarismo, legitima en la actualidad los intereses que ven en el progreso (pensado como maximización y acumulación) el motor de un sistema, por tanto el fin último de la acción humana. Es así como se ve la ciudad como una representación de ese progreso. Desde esa mirada el ser humano es un simple medio para esa acumulación y la ciudad el lugar donde opera la instrumentalización del progreso, un cuerpo normal. La creación viene a decir entonces que no solo una razón logicista es la que puede existir, pues esta, manifestación de lo humano, da espacio a las resistencias. La creación sería el mundo de lo vivido, de las diversas dimensiones que componen lo humano, del desorden, de la demencia, de las estéticas y las resistencias. . “La articulación entre polis y urbs es del todo factible, siempre y cuando la primera sea consciente de su condición de mero instrumento subordinando a los procesos societarios que, sin fin, se escenifican a su alrededor, aquella sociedad prepolítica que constituyen los ciudadanos y de la que la urbs sería la dimensión más crítica y más creativa.” (Delgado, 1999:205)

La ciudad articula escenarios de y para el lenguaje, las imágenes y variadas escrituras urbanas. Lugar de incesantes construcciones y reconstrucciones de los imaginarios de ciudad. Así, Armando Silva (1992) llega a afirmar que la ciudad es un objeto a la vez construido y por construir; en permanente construcción. Opera como polis:organización racional del espacio, totalidad que instituye el poder del logos (que es razón y verdad); pero también como imaginario:escenificación de una cierta imaginería y del imaginario del colectivo social, enmarcados por los símbolos, las representaciones y las escrituras que entrecruzan devenires mestizos del habitar el contexto de lo urbano.

Así, lo que propone este texto es estudiar la ciudad como un organismo vivo, ligado a la creación/destrucción y a los imaginarios (Giraldo, 2002), para ver la ciudad, a los sujetos y sus cruces en términos de un devenir-intenso (Deleuze y Guattari, 2004, p:239-315) en un cuerpo manada en multiplicidades en movimiento, poniendo de manifiesto lo contingente, las vueltas, las espirales y no simplemente a las linealidades.

Planteando así el orden de la argumentación, ver lo público bajo la lógica tecno-instrumental resulta una síntesis apretada y reduccionista del acontecimiento ciudad. El espacio público, propio de la comunicación, ha comenzado a significar otra cosa, donde prima la información y las interacciones simbólicas del mundo de la vida. La lógica que se impone en la calle, en la actualidad, es la lógica de la administración. Desde allí se piensa lo público como el espacio ágil, que funciona. No es el espacio para permanecer con los otros, el del encuentro. La administración, entonces, es el brazo disciplinar de la lógica económica, utilitaria, que se sirve de la información para eliminar los ruidos posibles que se generen.

Pensar la ciudad desde lo público y lo privado, como formas de expresión de la comunicación, puede ayudar a comprender cómo ha sido el paso de sociedades de soberanía a sociedades de control y disciplina (Deleuze, 1999). Es posible pensar la biopolítica como una forma de comprender la comunicación, por medio de las categorías de lo público y lo privado en tanto una dialéctica variable. Con esta perspectiva se podría abordar cómo se produce la resistencia; cómo, en la memoria colectiva, las resistencias estéticas se anclan. Por medio de los espacios (plaza pública, calle, casa, café, teatro, parlamento, cocina, habitación, baño) donde se vive lo público y lo privado a lo largo de los distintos emplazamientos históricos (antigüedad, medioevo, modernidad, contemporaneidad) es posible observar la creación de nuevas resistencias estéticas. En el caso de Medellín entre 1945-1951 el surgimiento de estrategias de resistencia3 se podría apreciar en:

• los espacios creados por algunos elementos de la modernidad (técnica, saber científico, administración) en los cuales se resignifica lo público y donde la información es la guía de las interacciones.

• Los espacios donde se operan procesos de comunicación, creación y transformación que posibilitan la comunicación como creadora-recreadora de nuevos sentidos.

En el espacio urbano se entrecruzan tanto el espacio arquitectónico como el espacio-tiempo de los cuerpos; en este tejido se da una tensión permanente de relaciones de fuerza entre el poder y las resistencias. Según Fernández (2004) “el cuerpo es un espacio en el mismo grado arquitectónico que los otros espacios, como puede verse en el hecho de que se hable cotidianamente del <<interior>> o de <<aquí dentro>> para referirse a los pensamientos y sentimientos que habitan el propio cuerpo. El espacio individual es en realidad un poco más grande que el propio cuerpo, como si se tuviera un halo del tamaño de la apariencia vestimentaria, de los movimientos y posicionamientos, de los tonos de voz, de los estilos personales y las gesticulaciones, en franca continuidad con el espacio contiguo; también el individuo continúa hacia adentro con una departamentalización más o menos isotópica, que tiene igualmente sus lugares públicos y privados, en su parte pública accesible ubica las ideas e imaginarios colectivamente admitidas como racionales, razonables, civilizadas, agradables, publicables:lo público individual ha recibido el nombre de lo <<lo consciente>>, mientras que su parte más privada, alejada, cerrada, excusada finalmente, recibe el nombre de <<lo inconsciente>>, que hace pensar que hay un lugar dentro del cuerpo donde nosotros somos visitas de nosotros mismos, foráneos de nuestro propio cuerpo; en rigor es correcto porque quien lo ha inventado, diseñado, amueblado y habitado es la colectividad, de la misma manera que lo ha hecho con los demás espacios.” (Fernández, 2004:35) he aquí, cuerpos comunicantes en el entramado biopolítico del espacio urbano de Medellín, que en la primera mitad del siglo XX ponen en juego una modernidad flujo ligada a los imperativos del progreso industrial.

Teniendo como horizonte discursivo los anteriores presupuestos de análisis, es importante emprender una pequeña reseña por la denominada ciudad de Medellín (capital del Departamento de Antioquia, Colombia). La Villa4 de Nuestra Señora de la Candelaria fue erigida el 19 de octubre de 1675 a partir de unas 288 familias, dato según un censo de la época. Según este censo, 85 familias “vivían en el sitio de Aná, 151 ocupaban los sitios de San Lorenzo, Hatoviejo, Guayabal, La Culata e Itagüí y, en las dos bandas del río –Medellín- con poblamiento disperso, se encontraban 57 familias. Desde el punto de vista de la distribución por grupos étnicos, los blancos representaban una quinta parte de los pobladores, mientras que los libres, mestizos y mulatos eran la gran mayoría de la población.” (Álvarez, 2000:25) Según Fernando Botero (1996) la fundación de Medellín estuvo motivada por el deseo de evitar la dispersión de pobladores, que incluía vagabundos; la corona española buscaba con ello poder gravar con impuestos a la población y castigar convenientemente a sus transgresores. Al valle de Aburrá llevaron grupos de personas ricas provenientes de Santa Fé de Antioquia, además de familias españolas provenientes principalmente de Asturias-España. La villa tuvo el título de ciudad el 21 de agosto de 1813, en pleno impulso independentista de la corona española que tendrá su expresión definitiva en la implantación del régimen republicano en 1819 que dará inicio a lo que en su momento se llamó la Gran Colombia (1819-1830). La ciudad de Medellín llegó a ser la capital de la provincia de Antioquia en 1826, cuando se traslada la capital de Santa Fé de Antioquia a Medellín. Así, cabe la pregunta: ¿cuáles factores contribuyeron a convertir a Medellín en la capital de la Provincia de Antioquia? Se podrían enumerar múltiples con significación local, como por ejemplo que el mercado de Medellín fue mayor como receptor de productos que ningún otro sitio de la provincia, que el territorio del Valle de Aburrá ofrecía posibilidades de expansión y de tierra fértil para la agricultura y ganadería, que allí se ubicó una dinámica de comercio ejercida por personas ricas, además, que allí se dio una estratificación del comercio más competitiva.

Durante el siglo XIX, Medellín tuvo el aspecto de una gran aldea ligada a los derroteros de un ambiente rural por donde circulaban las mercancías a lomo de mula y por arrieros que se distribuía por toda la Provincia de Antioquia. Esto puede apreciarse en dos fotografías de finales del siglo XIX y comienzos del XX que retratan aspectos sociales y económicos de esta ciudad en la época.




Las transformaciones que experimentó la ciudad de Medellín durante el siglo XIX y el transito al siglo XX vinculadas al desarrollo del capitalismo industrial muestran que la ciudad, como se ha dicho, pone en juego formas simbólicas en un proceso de semiosis donde el hombre domestica el tiempo y el espacio. Dándose un choque entre la constitución de ambientes artificiales que penetran en forma de ideología en el imaginario del colectivo social donde se despliegan, dando paso a subjetividades móviles insertas en las cinesis maquínicas de la industrialización, en el contexto de una “Medellín rural que se desvanece bajo el ritmo incesante de las ruedas de la modernidad.” (Márquez, 2011:28) Así, surge en el Medellín industrial, vinculado al desarrollo de empresas textiles, cerveza, gaseosa, chocolates, galletas, fundiciones metálicas y empaques que promovieron procesos de urbanización, un sujeto moderno ligado al trabajo fabril que hace de la sociedad del trabajo la condición de posibilidad de su propia existencia. Podría definirse sujeto moderno de la siguiente forma: “alguien que vive en esferas tecnológicamente producidas y que ha roto sus vínculos con el mundo rural no capitalista, el mundo de la producción artesanal, que es ahora visto como perteneciente al <<pasado de la humanidad>>; alguien que, además, ha logrado incorporar en su mente y en su cuerpo los ritmos maquinales de la producción, hasta el punto de convertirse en parte fundamental de su engranaje.” (Castro-Gómez, 2009:126) Este sujeto moderno se acompaña de un proceso de modernidad de la ciudad, lo cual evidencia, como se quiere mostrar en este texto, la creación de un enclave moderno en el espacio urbano que permitió tanto el desarrollo de las fuerzas productivas como también un cambio en las subjetividades de las clases populares a través de su inserción en la disciplina obrera. De esta forma, para fomentar la producción industrial fue preciso a la masa de trabajadores artesanales y campesinos que emigraban del campo a la ciudad convertirlos en obreros o mano de obra barata, para cual se valió de las Escuelas de Artes y Oficios y los establecimientos fabriles alrededor de los cuales se ubicaba la población proletarizada en artificios urbanos llamados barrios obreros, inscritos en la normalización social del cuerpo en una sociedad disciplinaria5.

Una de las escenas de lo urbano donde puede apreciarse la tensión entre el cuerpo social y el cuerpo de la ciudad lo constituye la apropiación de los vendedores ambulantes del espacio público, especialmente en el centro de la ciudad. Según Marcela Vergara Arias (2007), estos actantes sociales que generan procesos de apropiación del espacio urbano son una muestra de las dinámicas del mundo de la vida en conflicto entre la administración del espacio y los usos sociales del espacio, verdaderos ritornelos. Los vendedores al apropiarse del espacio público se ven perseguidos por los agentes de la administración pública, quienes los consideran como delincuentes y sujetos peligrosos a la moral espacial imperante. El argumento de la administración se soporta en la idea de un espacio público como un bien colectivo y no particular, lo que desemboca en una contradicción pues el espacio se convierte en un asunto privado ligado a la vigilancia que intenta disciplinar las apropiaciones. Así, el problema gravita entre el “uso adecuado” del espacio público y la criminalización del sujeto transgresor, en este caso los vendedores ambulantes, implementado la alternativa de “confinarlos” en espacios cerrados llamados bazares populares para evitar su circulación. Dos fotografías de Gabriel Carvajal, fotógrafo de los años cincuenta, quien implementó la aerofotografía en Colombia, ponen en evidencia la tensión entre vigilancia y apropiación del espacio urbano en Medellín y el conflicto antes mencionado.




La tensión entre el poder y las resistencias también evidencia un choque entre lo público y lo privado en la ciudad de Medellín. Así, proyectos como el Plano de Medellín Futuro (1913) o el plan regulador de Wiener y Sert (1946) ponen en evidencia una empresa biopolítica de modernización donde se hace operativo una concepción de la vida como un problema productivo en los siguientes términos: hacer vivir y dejar morir donde la vida estará sujeta a la circulación del capital en la lógica de la civilización y el progreso. La industrialización de Colombia en las dos primeras décadas del siglo XX demandó una nueva relación de las personas con el movimiento, y con ello la emergencia de unas subjetividades cinéticas capaces de hacer realidad el orden social imaginado, mas no realizado, de las élites liberales del siglo XIX (progreso, civilización e industria). Para ingresar en el orbita industrial del capitalismo, los cuerpos debían acceder a una nueva velocidad (Castro-Gómez, 2009, p:12-13).

Para abordar el problema de la movilidad, la industria y la ciudad capitalista que se implanta en ciudades colombianas, como Medellín en la primera mitad del siglo XX, es posible partir de los planteamientos de Paul Virilio y de Michel Foucault. Con el primero puede afirmarse que “la revolución en los transportes rompió definitivamente con la milenaria oposición campo/ciudad, a favor de ésta última, ya que la industrialización empujó a las gentes a buscar la circulación permanente que ofrece la ciudad moderna, por lo cual éstas adquirieron nuevas funciones económicas y administrativas. Foucault, por su parte, señala que las ciudades se convirtieron a partir del siglo XVIII en verdaderos campos de experimentación de biopoder; lugares donde debían producirse un “ambiente” (milieu) artificialmente creado (viviendas con condiciones higiénicas, calles pavimentadas, servicio de transporte urbano, acueducto y alcantarillado, zonas de recreación, etc.) con el fin de promover y controlar la circulación permanente. Proteger a la población de enfermedades que disminuyan la potencia de sus cuerpos, al mismo tiempo que favorecer la rápida circulación de la mercancía y controlar la afluencia de “sujetos flotantes” (vagos, mendigos, delincuentes, prostitutas), son entonces las funciones que cumplen la ciudad en un régimen de seguridad, condición indispensable para el asentamiento de la economía capitalista.” (Castro-Gómez, 2009:15)

De esta manera, la revolución de los transportes en el contexto del capitalismo industrial, que cambió el rostro de las ciudades haciendo de ellas espacios para la circulación, y la configuración de espacios artificialmente concebidos según los presupuestos del biopoder hacen que se ponga en juego un ejercicio de gobernar específico, que administra al cuerpo social (población) que habita un territorio según dos modelos. Por un lado un Estado colonial-capitalista preocupado por gestionar la vida haciendo de la población obrera un sector productivo; por otro lado un Estado capitalista-benefactor preocupado por eliminar aquellos riesgos que hacen morir a la población: insalubridad, pobreza, ignorancia, desempleo, inmoralidad, empujando a la población a hacer parte de las subjetividades modernas propias de la ciudad industrial. Una serie de fotografías que se incluyen a continuación muestran el impacto de las transformaciones físicas de la ciudad de Medellín pero también en el registro de las subjetividades en movimiento al ritmo de la producción industrial. Un nuevo ambiente sociotecnológico que transita bajo los rigores de la relación de fuerzas, el movimiento, la diferencia, la producción, la transformación del calor en energía generando una representación del mundo termodinámico según los derroteros de la revolución industrial (Serres, 1977). Un mundo religado por la transformación de la materia que agita y sacude a las subjetividades de los sujetos en la primera mitad del siglo XX en Colombia.


Según Mauricio Berger (2008), siguiendo a Michel Foucault, la biopolítica pone en juego “procesos por los que la vida comenzó a ser gobernada y administrada políticamente. La especie y el individuo, en cuanto puro cuerpo viviente, se convierte en el objetivo de las estrategias del poder político. La biopolítica son los mecanismos, técnicas y tecnologías de poder que trabajan con la población como un problema político, como problema a la vez científico y político; biológico y de poder, en tanto que la población es una especie de entidad biológica que debe ser tomada en consideración para utilizarla como máquina para producir y controlar socialmente” (Berger, 2008:196). Estos mecanismos, técnicas y tecnologías de poder comenzaron a operar en el siglo XVIII europeo en relación con la sociedad industrial emergente.

Así, ciudades colombianas como Medellín, al promediar la primera mitad del siglo XX, experimentaron transformaciones vertiginosas tanto en su estructura física como en su entramado urbano y social, donde operan prácticas y discurso de la modernidad, permitiendo el tránsito de un contexto colonial-republicano a uno capitalista-industrial (sociedad premoderna o precapitalista y sociedad moderna o capitalista). En este nuevo escenario ligado al capitalismo industrial opera lo que aquí se denomina una biopolítica del espacio urbano, donde lugares de memoria como barrio obrero, fábricas, hospitales, escuelas o cárceles ponen en juego todo un entramado urbano de medicalización de la vida a partir de dos premisas propias de la modernidad: movilidad y circulación permanente para garantizar el flujo de la codificación sígnica capitalista. Una fotografía de Gabriel Carvajal tomada en 1953 refleja esa producción sígnica que hace de la movilidad y la circulación tanto de sujetos, hábitos y dispositivos tecnológicos propios del capitalismo en la ciudad de Medellín imperativos del progreso. En la fotografía se aprecian un avión, un automóvil y dos autobuses que irrumpen sobre un nuevo orden del imaginario social ligado a la modernidad maquínica del capitalismo.


En la fotografía también se aprecia cómo opera el imperativo de la movilidad tanto de los flujos sociales, las mercancías, los deseos y los sujetos. Así, “moverse significa romper con los códigos legados por la tradición, abandonar las seguridades ontológicas, dejar atrás el abrigo de las esferas primarias para salir tras la conquista de una exterioridad que siempre mueve sus límites más allá. Mientras que en una formación social precapitalista la movilidad permanente no era sinónimo de inmortalidad, el capitalismo declara, por el contrario, a la inmovilidad como enemigo principal. Lo que no se mueve hacia el futuro debe ser relegado al olvido de la historia” (Castro-Gómez, 2009:13).

“Durante las primeras décadas del siglo XX [las élites industriales] proponen la construcción de un nuevo universo urbano para Bogotá [y Medellín], muy diferente de aquél que caracterizaba a la ciudad colonial y decimonónica. (…) La emergencia de la clase obrera planteaba entonces una serie de preguntas para las elites:¿qué hacer con la creciente visibilidad y movilidad de estos sectores populares, vistos como inferiores tanto social como racialmente? ¿En qué punto del universo urbano tenía que ubicarse? ¿Cuál debía ser su participación en la nueva infraestructura de bienes y servicios? ¿Cómo generar dispositivos capaces de movilizar sus cuerpos y sus mentes? Y en caso de fracasar estos dispositivos, ¿cómo crear mecanismos de seguridad capaces de contener los vicios, enfermedades y desviaciones que trae consigo esta población indisciplinada? En otras palabras, durante las dos primeras décadas del siglo XX aparece en Bogotá [y Medellín] la pregunta de cómo gobernar a la población a través de criterios científico-técnicos que confluyen en un proyecto específico: el urbanismo” (Castro-Gómez, p:114-115). En este sentido, en la ciudad de Medellín desde 1946 a 1951 se planificará una ciudad industrial que vehicula la modernidad industrial y el flujo de subjetividades. En el proyecto de planificación de la ciudad futura realizado por los arquitectos José Luis Sert y el austriaco Paul L. Wiener en 1946 y en el Plan de Desarrollo Urbanístico de la Ciudad de 1951 subyacen los elementos anteriores.

Conclusiones

• La relación problemática entre cuerpo social y biopoder en el entramado urbano de la ciudad de Medellín y municipios aledaños entre 1945 y 1951 permite ver a la ciudad como un cuerpo de flujos sociales que se manifiestan en las vigilancias y apropiaciones del espacio urbano, tanto en las subjetividades como la ciudad construida según los ideales de la circulación capitalista.

• La manifestación de este capitalismo en circulación lo constituye, para Medellín en la primera mitad del siglo XX, el plan piloto de los arquitectos Paul L. Wiener y Luis Sert de 1946, que se concretará en el Plan de Desarrollo Urbanístico de la Ciudad en 1951. Con estos planes se pretendió hacer de la ciudad un centro administrativo asociado a la educación, la seguridad y la cultura (moral capitalista), además de mejorar la circulación vehicular de la ciudad construyendo un sistema vial paralelo al río Medellín. Este sistema vial y el proyecto de una City Planning, propuesta del industrial Ricardo Olano en la segunda década del siglo XX, para las ciudades de Medellín y Bogotá, articulando sanidad, planeación urbana, transportes y legislación según la racionalidad de modernidad industrial, sería la antesala de lo que desde 1980 se conoce como el Área Metropolitana del Valle de Aburrá, verdadero proyecto de biopolítica urbana que involucra elementos administrativos, económicos y de planeación en un solo complejo urbanístico.

• Conceptos como ciudad, territorio y población articulan imaginarios urbanos y estéticas del habitar que muestran que el espacio urbano es un entramado biopolítico difuso. Esto es visible en Medellín y los municipios aledaños entre 1946 y 1951.

• De 1946 a 1951 se gesta un ideal de ciudad moderna y de sujeto moderno en la ciudad de Medellín, Itagüí y Envigado caracterizado por el tránsito de un ritmo precapitalista de contexto pastoril a un ritmo capitalista regulado por los rigores de la industria y los movimiento maquínicos de la circulación de los sujetos, las mercancías y las fuerzas productivas.

• El proyecto de una ciudad moderna entrañó la puesta en obra además de ambientes artificiales como industrias, barrios obreros, construcción de calles y circulación de prótesis tecnológicas llamadas medios de transporte, también supuso la presencia de subjetividades en las cinesis maquínicas de los deseos, que movilizan al sujeto moderno, productivo, consumidor y civilizado. En este sentido, es posible encontrar una infraestructura capitalista que entraña tejidos oníricos que hacen referencia a un mundo imaginado como forma-mercancía. Así, el mundo capitalista moviliza una máquina semiótica que se despliega en mercancías y subjetividades libidinales.

• La implementación de la ciudad industrial en Colombia, representada en municipios como Medellín, Envigado, Itagüí, ponen juego una lógica instrumental ligada al capitalismo que impulsa una dicotomía entre cuerpos productivos y cuerpos improductivos. A partir de esta lógica, es necesario eliminar al vago, cuerpo improductivo, controlar el cuerpo de la prostituta, cuerpo transgresor de las sexualidades legítimas, y criminalizar al pobre, cuerpo degenerado de la moral productiva capitalista. En esta lógica, quien no es útil o productivo se le representa como un elemento del mal, un peligro que acecha a los ideales de la sociedad capitalista. Con ello, se cumple un cierto silogismo que podríamos clasificar como biopolítico: lo útil es verdadero, lo verdadero es justo, por tanto lo útil es justo.

Archivos

Archivo Fotográfico de la Biblioteca Pública Piloto (Medellín).

Archivo Fotográfico del FAES (Universidad Eafit).

Archivo Histórico de Medellín (AHM):

• Concejo de Medellín, Presidencia del Concejo, Inventarios/Comunicaciones, Tomo 1067, Medellín, 1947-1948.

• Concejo de Medellín, Presidencia del Concejo, Informes/solicitudes/ circulares/comunicaciones, Tomo 1069, Medellín, 1947-1949.

Archivo Histórico de Antioquia (AHA):

• Fondo Gobernación de Antioquia, Serie Gobierno y Municipios, Tomo 520, Carpeta 2, Informes y Documentos del Municipio de Envigado, 1946.

• Fondo Gobernación de Antioquia, Serie Gobierno y Municipios, Tomo 553, carpeta 2, Informes y Documentos del Municipio de Itagüí, 1950.

• Fondo Gobernación de Antioquia, Serie Gobierno y Municipios, Tomo 527, Carpeta 1, Informe y Documentos del Municipio de Itagüí, 1947.

• Fondo Gobernación de Antioquia, Serie Gobierno y Municipios, Tomo 563, Carpeta No 2, Informes y Documentos del Municipio de Medellín, 1951.

Bibliografía

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1. Este texto se basa en el proyecto de investigación Biopolítica del espacio urbano. Vigilancias y apropiaciones en Medellín y municipios circunvecinos entre 1946 y 1951, Departamento de Ciencias Sociales y Humanas de la Universidad de Medellín, en el que colaboraron los coinvestigadores Juan Camilo Vásquez Atehiortua y David Alonso Castrillón y los auxiliares de investigación David Suarez, Natalia Sánchez Puerta, Daniel Jurado Sampedro y Edwin Campano.

2. Cf.:Gilles Deleuze y Félix Guattari, “1837. Del ritornelo”. En: Mil mesetas. Capitalismo y esquizofrenia, pp 317-358: «el territorio está esencialmente marcado, por “índices”, y estos índices son extraídos de las componentes de todos los medios:materiales, productos orgánicos, estados de membrana o de piel, fuentes de energía, condensados percepción-acción. Precisamente, hay territorio desde el momento en que las componentes de los medios dejan de ser direccionales para devenir dimensionales, cuando dejan de ser funcionales para devenir expresivas. La emergencia de materia expresivas (cualidades) es la que va a definir el territorio.” (Deleuze y Guattari, 2004:321)

3. Siguiendo a Michel Foucault: “En el momento mismo en el que se da una relación de poder existe la posibilidad de la resistencia. No estamos atrapados por el poder; siempre es posible modificar su dominio en condiciones determinadas y según una estrategia precisa.” (Giraldo, 2006:117)

4. La categoría de villa para la época colonial en el Nuevo Reino de Granada correspondía al resultado de una actividad económica y de una vida social “de un determinado territorio y que buscan entonces autonomía política y administrativa respecto de la ciudad en cuya jurisdicción se han formado. Las villas no se fundan, se erigen como evidencia de una dinámica poblacional que les precede.” (Álvarez, 2000:23)

5. Cfr.:Foucault (2004 y 2007); Cardona-Rodas (2010).

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