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Revista Uruguaya de Ciencia Política

versión impresa ISSN 0797-9789

Rev. Urug. Cienc. Polít. vol.15 no.1 Montevideo dic. 2006

 

SISTEMAS DE PARTIDOS, ALTERNANCIA POLÍTICA E IDEOLOGÍA EN EL CONO SUR (ARGENTINA, BRASIL, CHILE Y URUGUAY)*

Constanza Moreira**

 

Revista Uruguaya de Ciencia Política N°15. 2006. pp. 31-56. ISSN 0797 9789

 

Resumen: Este artículo tiene como objetivo analizar la alternancia de partidos en el gobierno que se ha producido en Argentina, Brasil, Chile y Uruguay desde la transición democrática hasta el presente, a la luz de las hipótesis que vinculan los cambios en los sistemas de partidos con la dinámica de la competencia ideológica entre ellos. Asimismo, el artículo busca arrojar luz sobre el impacto de los procesos de gobierno sobre la dinámica ideológica del sistema de partidos, en particular, el impacto que la llegada de los partidos de izquierda al poder produce sobre el nivel de polarización del sistema.

 Palabras clave: Democracia – Partidos – América Latina

 

Abstract: The aim of this article is to analyze the alternation of polticial parties in the government which has taken place in Argentina, Brasil, Chile and Uruguay since the democratic transition until now, taking into account the hypotheses that link changes in party systems with the dynamic of ideological competition between them. This article is also aimed at sheding light on the impact of the government processes on the ideological dynamic of the party system, particularly, the impact produced on the polarization level of the system since leftist political parties came to power.

 Key words: Democracy – Political Parties – Latin America

Artículo recibido el 10 de junio de 2006 y aceptado para su publicación el 18 de setiembre de 2006

1. Ideología, partidos y alternancia en el gobierno: una revisión de la literatura reciente

 Como señala el Informe del PNUD sobre América Latina (PNUD, 1994), hace menos de dos décadas sólo tres de los países de la región ostentaban regímenes democráticos. Hoy, de los diecisiete países analizados en el informe, y con grados de avance diferentes, todos pueden ser considerados democracias plenas. La “tercera ola” de la democracia (Huntington, 1990) se ha expandido en los países de la región. La sub-región del Cono Sur no constituye una excepción en este sentido, aunque los países que la componen comparten una característica especial: tres de los cuatro países analizados (Argentina, Uruguay y Chile) iniciaron sus procesos democráticos en la primera ola de la democracia. En términos comparativos, la subregión constituye una de las de desarrollo democrático más precoz en América Latina.

 En estos cuatro países se verifica la existencia de gobiernos que han sido calificados como “progresistas” o de izquierda. Aunque revisaremos a lo largo del artículo esta afirmación, cabe preguntarse a la vista de ambos fenómenos, si existe algún grado de interrelación entre ellos. A saber, si para países que consolidaron sus democracias más tempranamente, la “tercera ola” -con el triunfo de partidos de izquierda-  es la ocasión para transitar el pasaje de un proceso de alternancia partidario de tipo pragmático a uno ideológico, en términos de Sartori (1982). Pero revisemos previamente las relaciones que la teoría política ha establecido entre sistema de partidos, alternancia, e ideología.

Las relaciones entre ideología y sistemas de partidos han sido complejas y cambiantes en el tiempo.

El surgimiento del sistema de partidos moderno y la ideología están inextricablemente unidos, al menos en la historia europea, con el surgimiento de los partidos socialistas. Si el origen de los partidos políticos puede situarse a mediados del siglo XIX, como resultado de las divisiones en el seno del Parlamento, los primeros partidos extraparlamentarios que aparecen son los partidos socialistas del último tercio del XIX. Muchos análisis los consideran los primeros partidos modernos, es decir, partidos con programas homogéneos, organizaciones amplias y un sistema de funcionamiento permanente. Así, la ideología, los partidos y el surgimiento de partidos de izquierda. Son fenómenos que están muy vinculados. De Vega (1977) -citado por Bravo (1997:18)- afirma que “los partidos nacieron y se consolidaron como una necesidad de las izquierdas”, mientras que Panebianco (1990) sostiene que los partidos y sistemas de partidos modernos surgieron en buena medida como resultado de la movilización de las clases subordinadas, con el advenimiento de la sociedad industrial.

 La relación entre partidos e ideología ha sido establecida de muy diversas formas. Quizá la referencia original más importante sea la distinción ya clásica realizada por Weber entre partidos de patronazgo, partidos estamentales o clasistas y partidos ideológicos. Pero sin duda la referencia más importante para entender la relación entre partidos e ideología desde una teoría sobre el cambio político es el pasaje de los partidos de notables a los partidos de masa. Así, para autores como Duverger, el “futuro político” eran los partidos de masa. Las relaciones de los partidos de masa con la ideología no es, sin embargo, tan sencilla. Cuando los partidos de masa denominan a los partidos “electorales” de masa, la relación entre partidos e ideología parece debilitarse. La misma noción de partidos catch-all de Kirchheimer (1966) va de la mano con la idea del declive de las ideologías.  

 La teoría implícita sobre la evolución de los sistemas partidarios muestra dos momentos bien diferenciados de relación entre sistema de partidos e ideología. La evolución de los partidos de notables hacia los partidos de masas, verificada con la expansión del sufragio y el advenimiento de la sociedad industrial, da lugar a un momento de estrecho vínculo entre partidos e ideología. Posteriormente, la transformación de los partidos de masa en partidos electorales catch-all con menor consistencia ideológica, coincidiría con la teoría de la declinación de las ideologías. Últimamente ha surgido la teoría de los “partidos cártel” (Katz y Mair, 1995), para designar estructuras que se organizan básicamente, a partir de las funciones que cumplen en un Estado de partidos. 

 El cambio de los sistemas partidarios y la ideología ha estado signado por complejas discusiones acerca de la evolución del mismo. La idea de que los partidos sean catch all suscita la idea de un consenso básico sobre temas y problemas: los partidos son “máquinas políticas” fuertemente homogéneas y organizadas destinadas a controlar el acceso y la distribución de recursos de poder, principalmente ligados a la estructura del estado. Esta historia reseña básicamente la evolución partidaria en las democracias europeas más consolidadas. Pero América Latina sigue otro derrotero. El propio atraso en la consolidación del Estado como tal, y la falta de una historia democrática “larga” (y estable) han hecho de la historia de los partidos en América Latina un fenómeno específico.

 De los cuatro países analizados, Chile y Uruguay son los países que tienen un itinerario político más parecido al de las democracias europeas más consolidadas, en buena medida porque de los cuatro países, son los que han vivido períodos democráticos más prolongados. Brasil sufre un notorio retraso en la instalación de su democracia en relación a los otros tres países, y Argentina vive una suerte de democracia “espasmódica”, plagada de interregnos autoritarios y golpes de Estado. En buena media, el surgimiento de partidos de izquierda con vocación “de masas” en la segunda ola democrática en Chile y Uruguay señalan un itinerario divergente al de la experiencia de las democracias populistas de Brasil y Argentina, con sus experimentos corporativistas de cooptación sindical desde el Estado. Posteriormente, Brasil comienza a evidenciar una trayectoria más convergente con Uruguay y Chile, a partir de la creación del PT y la CUT en 1979.

 Desde inicios de la década del noventa hasta el presente, los cuatro países que analizamos han vivido procesos democráticos estables, en un cuadro partidario que ha tendido a consolidarse. En los cuatro países se verifican sistemas de partidos competitivos. En los cuatro países también, se evidencia un proceso de competencia ideológica en términos de izquierdas y derechas estrechamente vinculados a los procesos de competencia partidaria. El análisis de estos procesos nos lleva a otro proceso que hace al cambio partidario, pero que trasciende a los partidos como unidad, y dice respecto de los partidos como sistema. A saber, al proceso de  diferenciación ideológica del sistema de partidos. El principal aporte aquí lo ha hecho Sartori (1982), aunque sus antecedentes nos remiten a La Palombara y Weiner (1972); a saber, la diferenciación entre sistemas partidarios competitivos y no competitivos. Para estos últimos, los sistemas competitivos se pueden distinguir según que sean alternantes ideológicos o pragmáticos (por oposición a los hegemónicos, que a su vez también pueden ser calificados como pragmáticos o ideológicos). Sartori clasifica a los partidos de acuerdo al grado de polarización existente entre ellos, y ubica a esta polarización en el ya conocido eje “izquierda-derecha”. Así, distingue entre la amplitud de los espacios políticos competitivos (estrechos o de baja polarización y amplios o de alta polarización) y la dirección de la misma (centrípeta o centrífuga).

Aunque Sartori no asume una hipótesis sobre el desarrollo político de los sistemas partidarios, nosotros en este artículo sí lo hacemos. Siguiendo la hipótesis de Dahl sobre el pasaje de la hegemonía a la poliarquía, en el entendido de que un mayor grado de pluralismo refleja una instancia más “desarrollada” del proceso político, afirmamos que el desarrollo de los sistemas de partidos está vinculado a dos procesos: a) a la existencia de alternancia de partidos en el gobierno (pluralismo político); b) al pasaje de sistemas de alternancia pragmática a sistemas de alternancia ideológica (pluralismo ideológico).

 2. Consolidación democrática, polarización ideológica y ascenso de la izquierda al gobierno en los países del Cono Sur

 Brasil, Argentina, Chile y  Uruguay constituyen una región política de relativa alta institucionalización partidaria en el contexto de América Latina. De hecho, según el Índice de institucionalización del sistema de partidos (BID, 2006), Uruguay, Chile y Argentina se encuentran muy por encima del promedio, y Brasil ligeramente por debajo.

 Con distintos grados de maduración política, estos cuatro países han compartido en el último medio siglo itinerarios políticos relativamente análogos: radicalización política en los años sesenta (con aparición de izquierdas y derechas armadas), golpes de Estado entre mediados de los sesenta y mediados de los setenta, y reaperturas democráticas casi en cadena, desde inicios de la década de los ochenta. Actualmente, los cuatro países parecen ostentar “gobiernos de izquierda”, y las comillas en el texto son colocadas justamente para relativizar esta afirmación. Colocados todos estos procesos en un solo argumento, se podría aventurar la hipótesis de que el grado de avance del proceso de consolidación democrática, unido a una mayor institucionalización del sistema de partidos, ha posibilitado la alternancia de partidos en el gobierno. Esto ha resultado, últimamente, en el triunfo de alternativas a la izquierda del sistema. A favor de esta hipótesis abona una constatación histórica, y es el hecho de que los golpes militares en los cuatro países fueron dados -entre otras metas- para desarticular las izquierdas políticas, sociales y armadas (Frente Popular en Chile; Frente Amplio en Uruguay, Partido Justicialista en Argentina, Partido Trabalhista Brasileiro en Brasil).  En efecto, buena parte de los realineamientos político-ideológicos que hoy se producen en los sistemas de los cuatro países comenzaron a producirse en la década del sesenta y del setenta, con anterioridad a los golpes de Estado respectivos. Estos, de alguna manera, vinieron a impedir el ascenso al poder de estas “fuerzas del cambio” asociadas con la izquierda, pero en algunos casos sólo retrasaron este proceso (Uruguay) y en otros, obligaron a estas mismas fuerzas a cambiar de estrategia (claramente Chile). Así, los fenómenos que se evidencian hoy en estos países pueden ser interpretados en clave de su propio pasado, ¿pero pueden serlo en clave de una proposición más general sobre las modalidades de evolución de los sistemas de partidos?

 Podríamos analizar estos procesos  a partir de dos hipótesis que relacionan el grado de consolidación democrática y de institucionalización del sistema de partidos con el desarrollo de un sistema de competencia pluralista donde se afirma una dinámica de alternancia de partidos en el gobierno de distinto signo ideológico. 

 En primer lugar, asociamos el grado de institucionalización del sistema de partidos con el predominio de una política donde la ideología cumple un fuerte papel diferenciador del comportamiento y las actitudes de los líderes y la opinión pública. En segundo lugar, vinculamos el grado de consolidación democrática con la existencia de alternancia en el gobierno, de partidos con distintas orientaciones ideológicas. Examinemos con algún detalle ambas proposiciones.  

Podría afirmarse que un mayor grado de institucionalización de la vida política y partidaria en los países del Cono Sur ha ido de la mano con una mayor importancia del eje izquierda-derecha en el alineamiento político de líderes y electorado (en este último caso, esto está relativamente sustentado por las encuestas permanentes de opinión pública). Por consiguiente, en el Cono Sur se estaría afirmando una política “ideológica” de cuño distinto a la que se estaría dando en los otros países de la región. Esta afirmación es válida para Brasil, y parcialmente para Uruguay y Chile, ya que en estos dos últimos países la polarización ideológica era ya evidente antes de la dictadura. En Brasil, la identificación de partidos en el eje izquierda-derecha es más tardía, dado que los propios partidos están en vías de consolidación, pero sin duda la política brasileña que llevó al PT al gobierno es mucho más ideológica (en el eje izquierda-derecha) que lo que fue durante la primera mitad de los noventa. En Argentina, no se ha afirmado una política ideológica con partidos claramente alineados en el espectro, hasta hoy: de hecho, si uno observa la forma en que se autoidentifican los legisladores en Argentina verá que el lema justicialista se extiende a lo largo del espectro ideológico: de hecho, se extiende en ocho puntos sobre los diez puntos que mide la variable autoidentificación ideológica, siendo el 1 la izquierda y el 10 la derecha (BID, 2006:.36). Sin embargo, el viraje ideológico que supone el pasaje del menemismo al kirchnerismo dentro del propio partido Justicialista, es un indicador  de estos cambios.

 Dada la importancia creciente de la variable ideológica para entender la diferencia entre los partidos, y su identidad ante los electores, se sigue, en contextos de democracia consolidada, que la alternancia ideológica en el gobierno será un resultado esperable. El caso más representativo del pasaje de una política de alternancia pragmática a una ideológica lo representa Uruguay, que es, en el concierto de los países latinoamericanos, el de mayor institucionalización relativa (BID, 2006:35)

 Ulteriormente, la hipótesis sostiene que en estos países la llegada de la izquierda al gobierno cambiará la fuerza de las polarizaciones ideológicas, y hará de la alternancia ideológica un fenómeno “a la europea”, donde ciertos consensos subyacerán a cualquier alternancia. Así, la alternancia política “pacífica” entre gobiernos de signo ideológico distinto, será una consecuencia más de la institucionalización del sistema de partidos y de la consolidación democrática.

 En este sentido Brasil experimentaría un proceso político análogo al de Chile y Uruguay, mientras que Argentina seguiría un derrotero diferente. La analogía entre los tres primeros procesos estaría dada por una alternancia política pacífica sustentada por consensos subyacentes básicos que mantienen al sistema. En Argentina, el propio Partido Justicialista parece haber absorbido todos los conflictos ideológicos, inhabilitando la creación de un partido de izquierda con vocación “de masas” alternativo a los partidos tradicionales (como en el caso uruguayo, caso con el que la Argentina comparte una larga trayectoria bipartidista). El pasaje de un peronismo menemista a un peronismo kirchnerista sería una clara manifestación de la forma en que se procesa este conflicto, en el seno de un mismo partido.

 En Chile ese realineamiento ideológico y partidario se concreta en el proceso previo a la restauración democrática que conformó los dos bloques políticos y electorales (Unión por Chile y Concertación), que caracteriza la dinámica bipolar de la política chilena. Al igual que en Argentina, un “corrimiento” hacia la izquierda parece estarse dando dentro del gobierno, y no necesariamente por el surgimiento de partidos de izquierda que llegan para disputar el poder a los partidos históricos o tradicionales (fenómeno que equipara a Brasil con Uruguay).

 La segunda hipótesis dice respecto al impacto que un gobierno de izquierda tiene sobre el sistema de partidos. ¿Aumenta o disminuye la tensión ideológica del sistema? ¿Vuelve a la competencia centrípeta o centrífuga?

 En primer lugar, la idea de gobiernos de izquierda no se sustenta en los cuatro países. En este artículo califico a un gobierno por su orientación ideológica en función de su constitución partidaria, y no de su agenda. Es un gobierno de izquierda aquél que está conducido por partidos de izquierda, más allá de la agenda que lleva a cabo. Las razones de esta elección son relativamente simples: es más fácil determinar la orientación ideológica de un gobierno por su constitución (para lo cual poseemos instrumentos más o menos confiables) que por la agenda que impulsa. En segundo lugar, califico como “gobierno de izquierda” aquéllos en que su constitución partidaria puede ubicarse, promedialmente, entre el centro y la izquierda de la escala. Con estas precisiones, Chile, Brasil y Uruguay serían “gobiernos de izquierda”. Pero no es posible calificar al gobierno de Kirchner de izquierda, dada la propia amplitud ideológica del partido (de hecho, el Partido Justicialista está ubicado más bien a la derecha del espectro que a la izquierda, de acuerdo a las últimas mediciones disponibles).

 Sin embargo, la tan publicitada imagen de un Cono Sur “progresista”, va de la mano con la idea de que más allá de las coaliciones que le den sustento a estos gobiernos (coaliciones que en algunos casos, como el de Brasil, abarcan buena parte del espectro ideológico), los Presidentes sí lo son, y este no es un dato menor en países de cuño presidencialistas como los nuestros. Así, Kirchner, Bachelet o Lula serían más de izquierda que los partidos o coaliciones que los sustentan. Dado los regímenes presidenciales imperantes en América Latina que han otorgado sustantivos poderes a sus Ejecutivos (especialmente en Brasil y Argentina), un mandatario de izquierda sería capaz de imponer una agenda de izquierda más allá de la configuración ideológica de sus partidos.

 Esto es muy importante porque tendría impactos directos sobre el propio sistema de partidos. Sin duda, un presidente de izquierda con alta legitimidad podría arrastrar a su propio partido a la izquierda (como lo muestra nuevamente el caso argentino), y dado que los partidos funcionan como un sistema, ello reideologizaría a todo el sistema, corriéndolo, claro está, hacia la izquierda, o en su defecto, hacia el centro. Esto podría estar pasando en Argentina (como lo muestra la “izquierdización” de las últimas elecciones) y en Chile, como lo muestra el triunfo de Bachelet con holgura después del cuasi-empate Lagos-Lavín en el período anterior. Así, podríamos provisoriamente afirmar que  la orientación del titular del Ejecutivo será determinante de la dinámica del sistema de partidos, incluyendo el realineamiento del suyo propio.

 En segundo lugar, podríamos afirmar que la llegada de la izquierda al gobierno, lejos de aumentar el nivel de polarización, impulsa una dinámica centrípeta, puesto que la propia izquierda (responsable, en buena medida, por la existencia de ese grado de polarización) se “corre hacia el centro”. El corrimiento al centro de la izquierda es al mismo tiempo un resultado del cambio en su posición relativa (de oposición a gobierno),  de la necesidad de hacer alianzas con otros (cuando es minoritaria, como en Chile y Brasil), y de las obligaciones inherentes a la conducción del Estado, que exigen asegurar cierta continuidad en las políticas de gobierno (especialmente en materia económica) so pena de no cumplir el desafío de conformar un gobierno estable y creíble. Así, la llegada de la izquierda al poder promoverá un tipo de competencia centrípeta.

 Para ello es necesario que los sistemas partidarios exhiban un relativo grado de diferenciación ideológica. Ello significa que deben existir partidos de izquierda de porte “medio” (no meramente testimoniales), capaces de imprimir su propia dinámica al sistema. Esto no es válido para la mayor parte de los países de América Latina donde el grado de institucionalización del sistema de partidos es bajo, y donde la ideología es uno más junto con otros muchos clivajes que hacen a la vida político partidaria (incluyendo los clivajes étnicos y regionales, determinantes en buena medida de la dinámica política de buena parte de los países andinos, por ejemplo).

 Esta interpretación puede ser discutida desde otra perspectiva: la del “corrimiento hacia el centro” de la izquierda, previo a su llegada al gobierno. Así, la afirmación de una competencia centrípeta se daría antes de la llegada de la izquierda al gobierno, no después. La interpretación que afirma que el éxito electoral de la izquierda se debe, básicamente a la moderación es muy controvertible. Para buena parte de los electores, los partidos de izquierda no llegan al gobierno porque sean “más de lo mismo” sino, justamente, porque son la alternativa, la promesa del cambio. Que este cambio sea en clave de moderación, no altera el hecho de que la pretensión de cambiar el status quo político es la que ha llevado a la mayor parte de las opciones de izquierda de nuestros países al gobierno.

 Dada la afirmación de una competencia “centrípeta” con la llegada de la izquierda al gobierno, podría aventurarse una hipótesis para el futuro. En el momento en que la competencia se vuelve demasiado centrípeta, la gente tenderá a afirmar “es todo lo mismo”, y la derecha volverá a tener chances de ganar (como lo muestran los casos de alternancia política de izquierdas a derechas en Europa). Pero no es este el escenario actual de la competencia partidaria e ideológica en ninguno de los cuatro países.

 En lo que sigue veremos cada una de estas afirmaciones a la luz de los cuatro casos nacionales.

  3. Los procesos electorales recientes en los países del Cono Sur

 Después de la dictadura, los países tuvieron sus primeras elecciones “libres” en 1984 (Uruguay), 1985 (Brasil), 1983 (Argentina) y 1989 (Chile). Vale recordar que Brasil y Uruguay celebraron estas elecciones con restricciones: en Uruguay estaban proscriptos los principales líderes de dos de los cuatro partidos que competían. En Brasil, las primeras elecciones directas para Presidente se celebraron recién cuatro años después.

 Desde la transición hasta acá, Uruguay. Argentina y Brasil tuvieron cinco elecciones y Chile cuatro. Recordemos que los períodos electorales son diferentes en los cuatro países: Argentina y Brasil eligen Presidente cada cuatro años, Chile cada seis (ahora reformado), Uruguay cada cinco. Argentina y Brasil tienen reeleeción inmediata, Chile y Uruguay no. Los cuatro países hoy tienen ballotage. La renovación para la Cámara de Diputados es de cada cuatro años en Argentina, Brasil y Chile, y cada cinco anos en Uruguay. Solamente en Argentina la renovación es parcial (se renueva la mitad cada dos años). En los cuatro sistemas la representación es proporcional según el tamaño del distrito, aunque en el caso de Chile hay un sesgo mayoritario importante, dado el sistema binominal (se eligen solo dos diputados por circunscripción electoral). En el Senado, la renovación de senadores es parcial en Argentina, Brasil y Chile y total en Uruguay.

 Las elecciones presidenciales más recientes fueron en 2005 (Chile); 2004 (Uruguay); 2002 (Brasil) y 2003 (Argentina).

  
El proceso electoral argentino

 Las primeras  elecciones democráticas post dictadura en Argentina se celebraron en 1983. La Unión Cívica Radical (UCR) ganó en primera vuelta con 52% de los votos, y Alfonsín fue electo el primer Presidente del período más largo de democracia que vivió el país a lo largo de su historia (1983 hasta el presente). El hecho de que fuera la UCR y no el peronismo el partido vencedor evidenció el descrédito que había sufrido el peronismo después de la muerte de Perón y la pésima gestión de gobierno de su viuda, Isabel Perón, que culminaron con el golpe de Estado del año 1976. Así, Argentina resurge a la vida democrática en clave de alternancia partidaria, si comparamos este período con el período inmediatamente anterior al golpe de Estado. 

 
En 1989, en medio de una hiperinflación, el desgastado Presidente Alfonsín tuvo que anticipar las elecciones, y resultó vencedor el peronista Carlos Menem, con 47% de los votos. Entre 1983 y 1989 la UCR había perdido casi 20% de su electorado, preanunciando lo que sería un proceso de más largo aliento, que afectaría la cualidad de este partido como principal opción política al peronismo en este país. Por el contrario, desde 1983 el Partido Justicialista nunca obtiene menos del 40% de las bancas a diputados, configurándose como el más estable de los partidos políticos en su desempeño electoral.

 Menem gobernó durante dos períodos presidenciales consecutivos (1989-95; 1995-99). En el segundo fue reelecto gracias a una reforma constitucional acordada entre radicales y peronistas y ganó con el 45% de los votos. El poder del presidente y de su partido, permitirán entonces acometer la transformación social y económica más importante de las últimas décadas en este país, implantando un modelo de modernización liberal, considerado el más  “ortodoxo” de los modelos económicos de la región. 

 En las elecciones de 1995 surge un nuevo actor político, el FREPASO (Frente País Solidario); un partido de centro izquierda, formado por líderes desconformes del peronismo y el radicalismo (pero más de este último). Sin vínculos con el movimiento sindical, aún estrechamente vinculado al peronismo (aunque ya había surgido una central sindical independiente) el Frepaso tiene un desempeño muy bueno en los medios de comunicación, focalizando su crítica a las viejas formas clientelistas de la política de los partidos tradicionales, y reclamando un nuevo republicanismo capaz de refundar la política argentina en clave “moderna” (no patrimonialista, no clientelista, y con un programa consistente). Aunque el partido no pudo oponerse a la convertibilidad (base del programa económico argentino), obtuvo en las elecciones de 1995 el 30% de los votos, superando a la UCR que sólo obtuvo el 17%.

 

En 1997, el FREPASO y la UCR forman la Alianza, con el objetivo de evitar un tercer triunfo consecutivo del Partido Justicialista. En esa ocasión obtienen una resonante victoria en las elecciones de renovación parcial del Congreso. Dos años más tarde, el candidato de la coalición, Fernando de la Rúa vence con el 48.5% de los votos, evidenciando la segunda alternancia de partidos en el gobierno desde la transición democrática. Sin embargo, no fue una alternancia ideológica en sentido estricto, ya que las bases de sustentación del modelo de “convertibilidad” no fueron cuestionadas. Cuando el propio modelo se derrumba, arrastrará consigo al gobierno de la Alianza. Esto sucederá en los últimos días de 2001, cuando De la Rúa se ve obligado a renunciar en un clima de violencia y movilizaciones populares generadas por una crisis financiera que obligó al congelamiento de depósitos y a la virtual declaración de default frente a los organismos multilaterales de crédito. Se abre así la crisis de legitimidad del sistema político más profunda de la historia argentina de la “tercera ola”, evidenciada en la consigna Que se vayan todos, referida a los políticos. Era la segunda vez que un presidente de la UCR debía renunciar antes de concluír su mandato, confirmando la intuición popular argentina de que sólo los peronistas conseguirían gobernar al país. El período que le sigue, es gerenciado por Eduardo Duhalde, el candidato derrotado del Justicialismo en las elecciones que dieron el triunfo a la Alianza. Duhalde gobernó hasta abril de 2003, momento en que se celebra una de las elecciones más atípicas de la historia argentina.

 

El colapso de la UCR como consecuencia de la pésima gestión de De la Rúa, dio lugar a dos liderazgos “alternativos” de candidatos que habían pertenecido a la UCR: uno de centro derecha, Ricardo López Murphy (RECREAR) y uno de centro izquierda, Lilita Carrió (ARI). En 2003, por primera vez los peronistas votaron divididos, y nadie se presentó bajo el lema del Justicialismo, ante la imposibilidad de dirimir una interna partidaria previa a la elección. Los tres justicialistas que se presentaron lo hicieron bajo otros lemas partidarios ((Frente por la Lealtad, Frente por la Victoria, Frente Movimiento Popular), lo que hizo que las elecciones de este año parecieran una suerte de “interna abierta” del peronismo. De hecho, sólo dos candidatos llegaron al segundo turno, Kirchner, con 22% de los votos y Menem, con 27%. Ante la eventual suma de todos los electores y partidos “contra Menem”, el ex Presidente argentino declinó de presentarse y Kirchner asumió como el cuarto presidente de la Argentina en el período post dictadura.

 

El poder de Kirchner se afirmó con una celeridad extraordinaria. Con sólo el 22% de los votos, a menos de tres meses de asumir, su popularidad subía a guarismos del 80%. En las elecciones parlamentarias de 2005 el poder del Presidente se hace sentir. El Justicialismo vuelve a afirmarse obteniendo el 51.3% de los votos: la mayoría de éstos (40.1%) de la fracción aliada al gobierno y un 11.2% de justicialistas no alineados con el gobierno. Los “terceros partidos” a la derecha obtienen, en conjunto, el 7.9% de los votos (votos sumados de PRO+Recrear+aliados provinciales), mientras que los “terceros partidos” a la izquierda (Ari+Izquierda+Socialistas) obtienen 17.5%. Esto de alguna manera evidenciará lo que fuera dicho anteriormente sobre el impacto de los Presidentes sobre la dinámica de partidos: el propio “izquierdismo” de Kirchner alimentó una buena votación de los partidos a la izquierda del sistema (algo similar había sucedido con Menem y los partidos a la derecha del sistema). Los resultados se muestran en la tabla 1.

Como muestra la tabla 1, el Partido Justicialista y la UCR aún continúan siendo los dos grandes partidos de la política argentina, a pesar del lento declive del segundo, y de la aparición de terceros partidos “a la izquierda”, que muestran, que aún siendo pequeños, pueden ser atractivos coaligantes de los dos primeros. También como muestra la tabla, desde 1989, el PJ es el partido con más peso en la Cámara de Diputados.

  
Tabla 2

  El panorama actual es de predominio del Partido Justicialista en ambas cámaras, a pesar de que este partido está dividido entre los justicialistas aliados al gobierno y los que no lo están. El predominio del Justicialismo desde las elecciones de 2003 hasta el presente es superior al que ostentó a lo largo de la “tercera ola” democrática. En el senado, el kirchnnerismo detenta 40 de las 72 bancas, y en diputados y 123 de las 257 bancas de diputados. La UCR continua siendo el principal bloque opositor mayoritario. Los terceros partidos del sistema, a la derecha y a la izquierda del mismo, continúan conquistando apoyos, como fuera mostrado.

 En síntesis: el proceso de “pluralización ideológica” del sistema en Argentina no parece cumplirse a cabalidad, aunque de los cuatro países, es el de mayor alternancia de partidos en el gobierno (de “pluralismo político”). Existió un “viraje ideológico” significativo en el pasaje de Menem a De la Rúa primero, y finalmente a Kirchner, pero este proceso no cumple con los requisitos de “pluralismo ideológico” anteriormente definidos: esto es, la existencia de partidos claramente diferenciables en el eje ideológico. 

 Así, el proceso electoral argentino evidencia que Argentina sigue siendo un sistema básicamente bipartidista, con un “tercer espacio” de opciones de centro-izquierda y centro-derecha que muestran una alta volatilidad de elección en elección (Torre, 2003). El “voto útil” en un escenario como el argentino, hace con que estas terceras opciones funcionen más como alternativas para el elector desconforme de ambos partidos, o como posibles socios de un gobierno en problemas, que como alternativas de gobierno real. La izquierda política está fragmentada en un conjunto de partidos; hay izquierda en la UCR y en el peronismo, además del ARI y los partidos de izquierda propiamente dichos, que son muy pequeños. Tanto Menem como Kirchner fueron presidentes que no contaron inicialmente con un apoyo contundente de su propio partido, pero lo consolidaron a partir de su llegada a la presidencia. Esto evidencia la dinámica anteriormente anotada; desde el Presidente hacia su partido, y desde su partido hacia el resto del sistema. Así, es el propio proceso de gobierno el que tiene un impacto determinante sobre el sistema de partidos. Por consiguiente, la “izquierdización” de la política argentina (no sólo evidenciada en el amplio respaldo a Kirchner que se produjo en la elección de 2005 sino en el importante porcentaje de votos de las opciones a la izquierda del sistema (ARI + Socialistas + Izquierda) es resultado directo de la “izquierdización” del gobierno en manos de un Presidente de izquierda, pero eso no necesariamente fortalece la posición de una izquierda política como tal. Asimismo, mientras el peronismo se robustece, no parece haber espacio en la Argentina para el surgimiento de un partido de izquierda independiente.

 Así, Argentina se constituye en un “contrafáctico” de la hipótesis de que un mayor desarrollo del sistema de partidos irá de la mano con la consolidación de un escenario competitivo con diferenciación ideológica de los partidos. Argentina no ha logrado instaurar un sistema de pluralismo competitivo con diferenciación  ideológica de los partidos. El principal partido del sistema, el PJ, abarca todo el espectro ideológico. Al mismo tiempo, tiende a consolidarse como una suerte de “partido predominante”, desde su primer triunfo en 1989. A pesar de que la UCR ganó dos de las cinco elecciones post transición, no pudo completar ninguno de los dos períodos, siendo el segundo, el del gobierno de la Alianza, compartido “de hecho” con el PJ. Esto, y la anticipación de una segura victoria del peronismo en las próximas elecciones presidenciales tienden a consolidar aún más la idea, propia de cualquier sistema de “unipartidismo” de que a la Argentina, sólo podrá gobernarla un peronista.

 El proceso electoral brasileño

 Brasil ha celebrado, desde la consagración del voto directo para Presidente en 1989 cuatro elecciones presidenciales. La transición para la democracia puede ser datada en 1985, fecha en que el Presidente Tancredo Neves asume el cargo de Presidente de la República. Pero es con la elección de Fernando Collor de Mello en 1989, que la democracia brasileña puede ser considerada plena.

 La elección presidencial en Brasil se decidió en segunda vuelta en dos oportunidades: en 1989 cuando Color de Mello triunfó sobre Lula, y en 2002, cuando Lula derrotó al socialdemócrata Serra. Fernando Henrique Cardoso, por su parte, fue electo presidente en la primera ronda electoral en dos ocasiones. Lula ha sido, hasta ahora, el presidente electo con el mayor porcentaje de votos (61,3%), y Fernando Collor y Fernando H. Cardoso fueron electos con porcentajes similares (53% en 1989 y 1998; y 54% en 1994).  Lula se presentó como candidato en todas las elecciones y, a pesar de haber perdido las tres primeras, fue creciendo sistemáticamente en las preferencias electorales (17% en 1989;  27% en 1994; 32% en 1998; y 46% en 2002).

 
La falta de adhesiones partidarias de la población, y el predominio del candidato sobre el partido en la legislación electoral brasileña, han sido el resultado de una asimetría entre el voto de los candidatos y aquél obtenido por sus respectivos partidos. Así, a pesar de que FHC y Lula han sido presidentes muy populares, sus respectivos partidos no habían pasado de ser más que “terceros partidos” que dependían, para gobernar, de la coalición con los “dos grandes” (PMDB y PFL: los llamados partidos “fisiológicos” del sistema). Esto resulta evidente en el gráfico 1, que muestra la evolución de las preferencias electorales por Lula y por su partido separadamente.

  Como se observa en el gráfico, cuando el voto al PT apenas superaba el 12% del electorado, el candidato Lula ya había conquistado las preferencias de más del 25%. Esto ha sido facilitado por dos mecanismos que actúan conjuntamente: la legislación electoral, que estimula el voto al candidato y no al partido, y un proceso político que no ha permitido aún generar arraigos partidarios estables en la población.

 En cuanto a las elecciones legislativas, existen características que permiten identificar el proceso de evolución de los partidos en la arena electoral. En primer lugar, se puede observar un cambio importante en el mapa de los partidos relevantes del sistema desde 1982, con algunos momentos bien diferenciados. Hasta 1986 Brasil fue un sistema bipartidista, ya que el PDS y el PMDB obtenían, en conjunto, más del 80% dos votos. En 1986, el PDS se fragmentó y experimentó un descenso electoral muy importante, en tanto el PFL, uno de sus desprendimientos, emergió como la alternativa más atractiva a la derecha del sistema. En 1990 el PMDB perdió fuerza, y cayó de 48% de los votos a menos de la mitad (19.3%), a pesar de continuar siendo el partido mas importante del sistema. Entre 1990 y 1994 ya se configuraba un sistema de cuatro partidos relevantes, con más de 10% dos votos: el PDT, el PT, el PMDB y el PFL, bien alineados en el espectro ideológico (los dos primeros a la izquierda, los dos segundos a la derecha).

 El escenario 1994-2002 presenta novedades. La primera es el crecimiento de los nuevos partidos: el PT y el PSDB, compitiendo con los partidos llamados “fisiológicos”, el PMDB y el PFL, principalmente. La segunda novedad es el estancamiento del PDT y la afirmación del PT como el partido mas importante en la izquierda brasileña. Finalmente, la elección de 2002 presenta una Camara de Representantes con cuatro partidos relevantes: PMDB, PT, PFL, PSDB, de votación muy similar en el Congreso y que pueden ser identificados en el contínuo ideológico izquierda-derecha. El gráfico 2 muestra esto con claridad:

  La estructura del Senado es ligeramente diferente. Aunque los partidos relevantes siguen siendo los mismos, detentan 76% dos votos, mientras que en la Cámara de Diputados cuentan apenas con 59.5% dos mesmos. Los partidos “fisiológicos” están sobre-representados en el Senado, al menos si comparados con la representación que tienen en Diputados. El PFL, con 13.4% de las bancas de la Câmara de Deputados tiene el control del 25.9% de las del Senado. El PMDB tiene 13.4% de las bancas en Duptados y 16.7% en el Senado. El PSDB y el PT, por su vez, tienen una representación más o menos simétrica en ambas Cámaras.

 De todos los partidos, el único que crece en forma sistemática es el PT. El PMDB experimenta una tendencia al estancamiento, aunque continúa siendo uno de los partidos que guarda la “llave” del Congreso, como muestra su participación coaligado en los últimos gobierno democráticos. El PFL tiene un participación en el Senado que oscila entre un cuarto y un sexto del mismo. El PSDB, por su parte, experimenta una caída y queda con 15% de las bancas, pero se transforma en el principal partido de oposición al gobierno. Dado su origen de partido de “centro-izquierda”, la dinámica gobierno-oposición se encuentra hoy mucho más alineada desde el centro a la izquierda del espectro ideológico que lo que fuera en el pasado.

El gobierno de Lula tendió a confirmar el mapa de competencia ideológica de los partidos y de consolidación del cuadro partidario. Los cuatro grandes partidos siguen hoy signando la política brasilera: PMDB, PFL, PSDB, PT. Los dos más antiguos –PMDB y PFL- se siguen comportando como fisiológicos, mientras que la competencia por el sillón presidencial descansa hoy en los partidos más modernos del sistema (PT y PSDB).

 
A diferencia de lo que Mainwaring, Meneguello y Power (2000:9) afirmaban sobre los partidos conservadores y su afianzamiento con la democracia brasilera, Brasil parece encaminarse hacia una socialdemocracia de izquierda (si es que el partido que ostenta el nombre de “socialdemócrata” –el PSDB- puede ser considerado hoy una vertiente socialdemócrata “de derecha”); con competencia ideológica entre partidos y alternancia ideológica entre coaliciones.

 De cualquier manera, la presidencia de Lula generó un fenómeno que parece generalizarse cuando gana un partido o coalición a la izquierda del sistema: el fenómeno de la oposición bipolar, por izquierda y por derecha, habida cuenta de las escisiones “por izquierda” que casi inevitablemente parecen sucederle a los partidos de izquierda cuando llegan al gobierno. Aunque el fenómeno de la doble oposición fue estudiado por Sartori en el marco de los procesos de competencia centrífuga, resulta por lo menos llamativo que la disputa por ambos extremos del espectro ideológico ha sobrevenido no con gobiernos situados en el centro del espectro ideológico, sino con gobiernos situados a la izquierda. La salida de algunos líderes del PT y la creación de un nuevo partido (PSOL), junto a la salida de la coalición de algunos de los aliados del PT por la izquierda (por ejemplo, PDT), le generó a este gobierno una importante oposición por la izquierda. Al mismo tiempo, el gobierno siempre enfrentó la oposición de la derecha, y especialmente, de un partido de centro, como el PSDB. Sin embargo, este escenario no ha sido catastrófico para Lula, en buena medida porque la oposción al gobierno no generó una competencia centrífuga. Con los escándalos de corrupción que sacudieron su mandato, las altísimas probabilidades de ser reelecto en la elección de 2004 muestra que no necesariamente el escenario de una oposición bipolarizada (algo que cualquier gobierno de izquierda debe esperar) genera inestabilidad.

 
En síntesis, el caso brasileño confirma la hipóteis de que una mayor consolidación de la vida partidaria va de la mano con una mayor importancia de la ideología como elemento diferenciador de los partidos. Al mismo tiempo, esta dinámica se vincula a un mayor afianzamiento de los partidos “modernos” (PT y PSDB) en relación a los partiddos históricos, de base clientelística (los denominados “fisiológicos”). Brasil es un caso “ejemplar” de modernización política, afianzamiento de la política ideológica, y alternancia de partidos en el gobierno con diferente signo ideológico.  

  El proceso electoral chileno reciente

 
La dinámica política de Chile después del régimen de Pinochet presenta una diferencia fundamental en relación al período anterior al golpe de Estado en este país. En la nueva etapa democrática iniciada a partir de 1990, el principal partido de centro, la Democracia Cristiana y el principal partido de izquierda, el Partido Socialista, que estuvieron fuertemente enfrentados en la década del 70 durante el gobierno de Allende y la Unidad Popular, formaron una coalición electoral y de gobierno. Esta coalición, la Concertación para la Democracia, gobierna Chile desde la restauración democrática en 1990. Esta alianza nació como estrategia política para derrotar la continuidad del gobierno de Pinochet en el plebiscito del año 1988 y supuso una división de la izquierda, ya que “aisló” al Partido Comunista, el otro gran partido de la izquierda chilena.

El hecho de que esta coalición entre socialistas y democristianos haya surgido ya en la oposición al régimen militar explica en parte la cohesión y la continuidad de la misma en el gobierno por más de una década. Además del Partido Socialista y la  Democracia Cristiana, la coalición de gobierno está integrada por el Partido Por la Democracia (PPD), fundado por el actual presidente Lagos para las elecciones de 1989, debido a la proscripción política del Partido Socialista, y dos partidos menores: el Partido Radical y el Partido Social Demócrata, posteriormente unidos en un solo lema partidario.

En 1989 fue electo presidente el candidato de la Concertación, Patricio Aylwin, con mas del 55% de los votos. Cuatro años más tarde, la coalición es reelecta con el 58% de los votos y Eduardo Frei se transforma en el segundo presidente de la post-dictadura. Tanto Aylwin como Frei fueron candidatos de la Democracia Cristiana, el socio mayor de la coalición. Para 1999, la Concertación realizó una elección interna para la definición de su candidatura presidencial,  que otorgó el triunfo a Ricardo Lagos, candidato del PS y del PPD, frente al candidato de la DC. Lagos fue electo presidente en segunda vuelta, al igual que Bachelete más recientemente. Esto evidenció que el “giro a la izquierda” de la Concertación era más difícilmente administrable en clave de mayoría electoral, que un presidente de la Democracia Cristiana. Por otro parte, la “izquierdización” de la Concertación (la Democracia Cristiana pasó de 32.5% de las bancas en la Cámara de Diputados a 20% en el período inmediatamente anterior, y los otros tres integrantes de la coalición mantuvieron o aumentaron su representación).

 La derecha chilena, coaligada primero en la Unión por Chile y más tarde en la Alianza por Chile, experimentó un importante crecimiento electoral en las presidenciales de 1999-00, como producto de su –muy paulatino- corrimiento hacia el centro. En ello también incidió la aparición de un candidato que representara mejor al centro-derecha como lo fue Lavín en esa oportunidad. En la última contienda electoral, ese crecimiento se confirmó, ya que si suman los votos obtenidos en primera vuelta por Piñeyra y Lavín se observa que son superiores a los de Bachelete (48.6% contra 45.9%). La tabla 3 ilustra sobre las tendencias electorales observadas a nivel de la Cámara de Diputados. Como podrá apreciarse, la coalición de “centro-derecha”continúa detentando un poder político importante, aunque ha caído en la última elección.

Las bancas en la Cámara de Diputados no reflejan sin embargo este resultado electoral dada la influencia de las fórmulas electorales mayoritarias empleadas en Chile para la asignación de bancas. El sistema electoral chileno establece dos representantes por circunscripción: el partido o coalición que recibe la mayoría de los votos sólo puede obtener las dos bancas si duplica el número de votos obtenido por el candidato que quede en segundo lugar; al ser dos, los terceros partidos como el Comunista no obtienen representación parlamentaria.

  Como puede observarse en la tabla 3, las fuerzas a la izquierda del sistema partidario (Concertación + P. Comunista) son mayoría en la Cámara de Diputados desde el primer gobierno postransición. El Partido Comunista, que en 1973 había obtenido el 20% de los votos, ha oscilado durante todo el período considerado entre el 7% y el 5%, no habiendo nunca conseguido tener representación parlamentaria. La Concertación ha tenido mayoría en esta Cámara, con excepción de un período. 

 

La evolución de la composición de la Cámara de Representantes muestra la continuidad del sistema multipartidista, con izquierda, centro y derecha bien definidas. La bipolaridad que muestra la dinámica política en Chile es resultado del establecimiento de las grandes coaliciones, favorecidas por la legislación vigente. Es probable que sin ese sesgo mayoritarista el sistema multipartidista hubiera evolucionado de otra forma. La Democracia Cristiana, el partido que fuerza a la coalición “hacia el centro” fue favorito durante dos períodos, luego de los cuales experimento una reducción de su electorado, concomitantemente con la pérdida de su condición de “partido del presidente”.

 

La coalición de centro-derecha “Unión por Chile” ha oscilado entre el 34% y el 44% de los escaños, habiendo experimentado un crecimiento asistemático hasta la última elección, donde cayó significativamente. Aún así, evidencia un resultado electoral significativamente más alto que el recibido en los años previos al golpe militar (aproximadamente 25%). La derecha logró con posterioridad a la transición democrática reorganizarse en dos partidos: la pinochetista Unión Democrática Independiente (UDI) y la más moderada Renovación Nacional (RN).

 

El caso chileno, a diferencia del brasileño, no representa un caso “ejemplar” de modernización política. Chile es un caso ejemplar de alineamiento ideológico de su sistema de partidos. Sin embargo, al igual que sucede con el PT, una parte de la izquierda (PC) está fuera de la Concertación, y por consiguiente, impide un alineamiento ideológico único en dos coaliciones bipolares de centro-izquierda y centro-derecha.. Al mismo tiempo, Chile es el único país de los cuatro considerados que no ha experimentado un proceso de alternancia política en el gobierno. Al igual que en Argentina, la alternancia se da dentro del propio partido de gobierno (en Chile es más fácil percibirlo porque las fracciones son diferenciadas). La competencia tiende (débilmente aún) a volverse más centrípeta, Desde que la Concertación está en el gobierno se ha producido un aggiornamiento de la derecha, antes fuertemente identificada con el pinochetismo. Al mismo tiempo, sumados los votos del Partido Socialista, el PPD y el PC –los partidos propiamente “de izquierda”- han crecido en el período desde 16,8% en la primera elección a 32,8% en la última.

 
El proceso electoral uruguayo

El sistema electoral uruguayo siempre constituyó un caso de estudio en el área de la legislación electoral comparado. Antes de la reforma constitucional de 1996, las elecciones se hacían simultáneamente una vez cada cinco años, a todos los niveles (Legislativo, Ejecutivo, Departamentales), y el elector debía votar por una lista de candidatos dentro de un solo partido (el voto vinculado a nivel del lema), resolviéndose la elección presidencial por mayoría simple de votos. Las listas eran cerradas y bloqueadas y los partidos funcionaban como una coalición, debiendo el elector votar por un partido y dentro de él, por una determinada fracción (doble voto simultáneo o más comúnmente conocido como ley de lemas), fracción que incluso llevaba su propio candidato a Presidente. Los dos partidos tradicionales, el Partido Colorado y el Partido Nacional, que surgen con la independencia del país desarrollaron fracciones con identidades bien definidas, lo que les permitió ser partidos catch-all en todos los sentidos del término.

 La irrupción de una coalición de todas las izquierdas al estilo “Frente Popular” chileno, el Frente Amplio, a inicios de los años 70, alteró radicalmente el cuadro partidario, aunque deberían pasar todavía décadas para ver cuán profundo era el cambio que esa irrupción traería aparejado. De hecho, a dos años de la aparición del Frente Amplio comenzó la dictadura, y recién a diez años de comenzado el nuevo período democrático se constató que la izquierda había llegado para habérselas con el gobierno. Su votación, durante esos veinte años (1973-1994), no había superado el techo del 20%, dejando a los partidos tradicionales, gobernando en coalición, a cargo del gobierno. El crecimiento del Frente Amplio “empujó” a los partidos tradicionales a la derecha del espectro ideológico, ya que fracciones y líderes de los partidos tradicionales identificados como de izquierda resolvieron trasladarse a este partido. A su vez, la pérdida de votos de los partidos tradicionales los obligó a gobernar bajo distintos formatos de acuerdo, prácticamente desde el primer gobierno de la post-dictadura, lo que los transformó en relativamente indiferenciados ante la opinión pública, hecho que se agravó con la instalación del balotaje en 1997. Para ésta, la única opción de “oposición” era el Frente Amplio.

 
Desde la restauración de la democracia en 1985, el Partido Colorado obtuvo tres veces la Presidencia; en 1984 y 1994 con Julio Maria Sanguinetti y en 1999 con Jorge Batlle. La votación del Partido Colorado cayó de 41,2% de los votos en 1984 para 32,8% en 1999. El Partido Nacional obtuvo el gobierno en las elecciones de 1989, con Luis A. Lacalle, con 38.9% de los votos. Los dos partidos perdieron significativamente votos que fueron obtenidos por el Frente Amplio como muestra la tabla 3.

 
La crisis de 2002 que se desencadenó luego de que la crisis argentina de 2001 afectara gravemente el sistema financiero uruguayo, tendió a restringir aún más el electorado que votaba en ambos partidos (Nacional y Colorado), pero se manifestó principalmente sobre la adhesión al Partido Colorado que estaba en ese momento en el gobierno. Así, cuando el Frente Amplio ganó las elecciones con el 51.7% de los votos válidos (una mayoría que ningún partido había obtenido luego de la transición democrática), el Partido Colorado apenas consiguió habérselas con el 10% de los mismos. Así, el sistema bipartidista que había funcionado durante un siglo, fue evolucionando hasta transformarse en un multipartidismo moderado, con alternancia no sólo partidaria sino ideológica en el gobierno. De hecho, los ensayos de coalición entre los dos grandes partidos, y el crecimiento del FA hicieron con que la última década la política uruguaya funcionara con una dinámica bipolar, al estilo chileno, entre una coalición de centro-derecha (el gobierno) y el Frente Amplio, que era de hecho una coalición de centro-izquierda, con muchas fracciones relevantes en su interior.

 
La tabla 4 muestra los resultados electorales del período.

   Como puede ser observado en la tabla, el comportamiento electoral de los uruguayos a lo largo del período muestra una tendencia consistente; los partidos tradicionales pierden votos en la misma medida en que la coalición de izquierda los gana. Los dos partidos tradicionales, que tenían más de 80% de las bancas a diputados en 1971, hoy cuentan con  47% de las mismas.

 Así, el caso uruguayo es el más paradigmático de las hipótesis arriba enunciadas. Se produce una polarización ideológica entre grandes “coaliciones” de centro-izquierda y centro-derecha, se produce alternancia entre las mismas en el ejercicio del gobierno, y el sistema político evidencia una tendencia a la “izquierdización” del mismo.

  
4. La evolución de los sistemas partidarios en los cuatro países

 Los sistemas políticos de los cuatro países tienen similitudes y diferencias, además, obviamente, de sus particularidades. El bipartidismo estable y de profundo arraigo popular que caracterizó Argentina y Uruguay, no define más los sistemas políticos de ambos países. La transformación ha sido total en el caso uruguayo, en tanto que parcial, o más bien, aún en proceso de transformación, en el caso de Argentina.

 
Brasil y Chile mantienen, como en sus anteriores períodos democráticos de la “segunda ola”, sistemas multipartidistas. En el caso de Chile, se trata de un sistema fuertemente consolidado en torno a cinco grandes partidos. En el caso de Brasil, que cuenta con una fragmentación partidaria considerablemente mayor, en torno de 8 o 9 partidos políticos efectivos, el Partido de los Trabajadores (PT) y el Partido de la Social Democracia Brasileña (PSDB) tienden a consolidarse como los principales partidos, y los grandes lemas del período inicial de la transición democrática, el Partido del Movimiento Democrático Brasilero (PMDB) y el Partido del Frente Liberal (PFL), si bien se mantienen entre los cuatro grandes partidos, tienden a perder poder de convocación.

 
Una particularidad del caso chileno es que si bien mantiene el multipartidismo existente anteriormente, con partidos alineados claramente en el eje izquierda/derecha, se innovó en la consolidación de una dinámica electoral entre dos grandes coaliciones políticas, que se formaron en función de los posicionamientos críticos o favorables al régimen militar de Augusto Pinochet inicialmente, pero que ahora tienen su propia autonomía con respecto al “relato histórico” de la dictadura. Existe la incógnita si es a un perfil de competición electoral semejante al chileno que evolucionará el sistema político uruguayo.

 
Entre las similitudes que unen a Brasil y Uruguay está la existencia de partidos políticos de izquierda altamente institucionalizados y estructurados (PT en Brasil y EP-FA en Uruguay), con fuertes lazos con el sindicalismo, que han crecido en forma consistente desde la transición democrática, y que ganaron recientemente las elecciones. Aunque Chile tiene partidos de izquierda estructurados (PPD y PS), su permanencia en una coalición con la Democracia Cristiana, diferencia la situación de la izquierda chilena con la de Brasil y Uruguay; además, no cuentan con el mismo grado de relación con los sectores sindicalizados.

 Finalmente, Argentina y Brasil, han tenido una historia por demás común: ambos partidos compartieron el “padrón populista” de la post-guerra de la mano del “varguismo” y del “peronismo”, y su legado de fuerte cooptación de los movimientos sociales (especialmente el movimiento sindical) desde el Estado. Sin embargo, Brasil desarrolló un sindicalismo autónomo (la CUT) que le permitió consolidar un partido de izquierda con bases sindicales propias (el PT), lo que no ocurrió en Argentina, donde el peronismo continuó siendo el referente principal del sindicalismo. En este caso, la trayectoria de Brasil habría comenzado a evolucionar en forma más análoga al caso uruguayo (por la existencia de partidos de izquierda independientes y con fuerte peso electoral) o al chileno (por la existencia de grandes coaliciones).

 La siguiente tabla muestra una sinopsis sobre la evolución de los partidos de izquierda en nuestros países:

  Como puede observarse en la tabla 5, el panorama de los sistemas partidarios del Cono Sur es bastante complejo. Una de las razones de esta complejidad es que estos partidos atraviesan diferentes situaciones desde el punto de vista de su institucionalización. Así, el caso brasileño es el de un sistema de partidos en creciente institucionalización, que bajo su formato actual tiene poco más de una década y media de existencia, pero que ha desarrollado una polarización ideológica importante entre sus partidos a la izquierda y a la derecha del sistema.

 Entre los partidos relevantes a la derecha del sistema, contamos con el PFL, y a la izquierda, con el PT. Además de partidos de “centro”, como el PMDB, también se encuentra hoy allí, el PSDB, hoy un poco más corrido a la derecha de lo que estuvo en su origen[1]. Brasil no hubiera conseguido llegar a tener un sistema multipartidista con ese grado de definición ideológica si este proceso no hubiera comenzado a conformarse en la “segunda ola” de la democracia, en el período democrático que va desde 1945 a 1964. Allí, a pesar de la proscripción del Partido Comunista, ya había empezado a registrarse una dinámica bipolar entre una coalición de centro-derecha (UDN y PSD) y una de centro-izquierda (protagonizada por el PTB), como muestra Dos Santos (1986) en su Sessenta e quatro: anatomia da crise. También cuenta la experiencia de realineamiento ideológico del sistema de partidos, durante la dictadura, con dos partidos polarizados en el eje gobierno-oposición (Arena y PMDB). Esta es una de las explicaciones de por qué la polarización ideológica en Brasil aparece en un sistema tan reciente.

 En Argentina, Uruguay y Brasil, por otro lado, nos enfrentamos a un sistema de partidos ya consolidado en la “segunda ola” de la democracia. Argentina ha sufrido un desgaste político muy importante, como consecuencia de la crisis que se inicia en el año 2000 y que prácticamente provocó la “quiebra” del sistema económico nacional, pero esto no ha significado la aparición de nuevos partidos capaces de disputarle la hegemonía a los dos partidos históricos (PJ y UCR). Ambos partidos no se han diferenciado en el eje “izquierda-derecha” de forma significativa, especialmente porque el propio peronismo ha sufrido esta división en su seno, como fuera ya señalado. En Chile y Uruguay, por el contrario, la diferenciación es muy importante, pero funciona en sentido distinto. Mientras en Chile la competencia distingue una coalición de centro-izquierda en el gobierno que se ve desafiada por una coalición de derecha, en Uruguay la dirección de la competencia política ha sido, hasta el reciente triunfo de la izquierda, exactamente la inversa: una coalición de centro-derecha en el poder que se ve desafiada por un partido de izquierda.

 
Los cuatro países tienen partidos de centro-izquierda relevantes, pero no todos tienen partidos de izquierda relevantes. Chile (Partido Socialista, Partido Comunista), Uruguay (Encuentro Progresista-Frente Amplio) y Brasil (Partido de los Trabajadores), tienen partidos de izquierda relevantes, pero Argentina carece de un partido de izquierda relevante. La longevidad media de estos partidos es relativamente alta en los tres países considerados, el Partido Socialista y el Partido Comunista en Chile tienen orígenes en las primeras décadas del siglo XX (1922 y 1933 respectivamente); el FA en Uruguay nace en 1971 y el PT en Brasil en 1979.

 
Los cuatro países tienen  partidos de centro-izquierda relevantes, y en Brasil esto incluye al PDT y al PSB, si sólo tomamos los partidos relevantes. En Uruguay puede incluirse, durante al menos dos períodos de gobierno, al Nuevo Espacio (actualmente transformado en el Partido Independiente, un partido muy menor sin representación en el Senado) que fuera una escisión del EP-FA. En Argentina, la el Frepaso se reveló como lo que algunos habían disgnosticado, un “flash party”, y luego de la crisis de la Alianza, surgió el ARI. Sobreviven los partidos ideológicos históricos, de bajísimo peso electoral. La longevidad de los partidos de izquierda o centro izquierda relevantes es baja en Argentina, media en Brasil, y alta en  Chile y Uruguay.

 

En síntesis: a) Argentina es la única que no tiene un partido de izquierda relevante; b) Tanto Brasil, Uruguay y Chile tienen partidos de izquierda relevantes, y en los tres casos, uno o varios de ellos están en el gobierno; c) Uruguay es el único país donde el gobierno es de un partido de izquierda. En Chile y Brasil estos partidos gobiernan en coalición con partidos de centro; d) mientras en Brasil y Uruguay se produjo una alternancia de una coalición de centro-derecha a una de centro-izquierda, en Chile no se produjo alternancia; e) Chile y Argentina han mostrado cambios en el signo ideológico del gobierno, sin que se hubiera producido alternancia partidaria. .

 
 5. Las hipótesis revisadas

La afirmación de que en el Cono Sur la izquierda se afirma en el gobierno, debe ser fuertemente relativizada. Hemos mostrado que la expresión “gobiernos progresistas” es politológicamente amorfa, y que engloba fenómenos muy distintos.

 
En primer lugar hemos mostrado que las razones que han hecho que triunfen gobiernos de izquierda en los cuatro países parecen obedecer más a su propia dinámica política y a su propia historia, que a una tendencia inevitable a los procesos de consolidación democrática que habilitan a un pasaje de una alternancia de tipo pragmática a una ideológica. Así, puede darse por aceptada provisoriamente la hipótesis que afirma que los procesos de realineamiento ideológico que se estaban produciendo en estos países antes de los golpes de Estado, se han afianzado con la consolidación democrática. La hipótesis que relacionan el grado de consolidación democrática con la capacidad de absorción por parte de los partidos de la dinámica ideológica siguen siendo sin embargo débiles, como lo muestra el “contrafáctico” argentino. A pesar de que la política argentina haya logrado –en alguna medida- “rutinizarse” en el período considerado, esto no ha dado lugar aún a una dinámica de competencia ideológica entre partidos.

 
En segundo lugar, hemos mostrado que no necesariamente la consolidación democrática va de la mano con alternancia partidaria: no la hubo en Chile en todo el período. Sin embargo, los corrimientos ideológicos se producen, aunque no haya alternancia partidaria. En algunos casos, se producen en el mismo seno de la coalición o partido de gobierno. Esto puede afirmarse de Argentina, y también de Chile. La alternancia desde la izquierda a la derecha es un fenómeno que todavía no se ha producido en estos países, a diferencia de Europa. Por el contrario, la experiencia de la Concertación en Chile muestra que partidos o coaliciones de izquierda, o centro izquierda, luego de llegar al gobierno, pueden reelegirse por muchos períodos (o por lo menos por . En efecto, si observamos la victoria de Lula en las pasadas elecciones de 2006, a pesar de los escándalos de corrupción que rodearon su gobierno, veremos que el fenómeno de consolidación de estos partidos en el gobierno, podría reflejar un fenómeno de más largo aliento. El gobierno uruguayo está de estreno, de modo que no hay como aventurar hipótesis en tal sentido.

 
Finalmente, ¿qué tienen en común las agendas de gobierno de los cuatro países, que les permitan ser calificadas como de “izquierda”? La experiencia de los gobiernos de la Concertación en Chile, del PT en Brasil y del EP-FA en Uruguay muestran que llegados al gobierno, estas izquierdas se han “corrido al centro” sistemáticamente, en materia económica, evidenciando importantes continuidades con el legado de gobiernos anteriores. Dado que la lucha de izquierdas y derecha en la “segunda ola” de la democracia se dio en el contexto de la guerra fría, el debate “capitalismo-socialismo” concentró en buena medida todo el conflicto ideológico. La actual convergencia en materia económica (la principal de las materias para la izquierda) muestra que la izquierda de la tercera ola será de izquierda, pero no por su oposición al capitalismo (por el contrario, Chile y Brasil mostraron que las izquierdas podían ser estupendas administradoras del capitalismo). Esto hace a los “consensos sustantivos” que subyacen a la alternancia partidaria, y al mismo tiempo, al “corrimiento hacia el centro” de la izquierda.

 En cuanto a la competencia centrípeta, el aggiornamiento de las derechas brasileña y chilena han mostrado que los gobiernos de izquierda (y antes de ser gobierno, la tremenda empatía que las izquierdas movilizadas suelen despertar en la opinión pública), tienen un alto impacto sobre el realineamiento ideológico de partidos y votantes. El retroceso de la defensa del autoritarismo en la derecha chilena, y la necesidad de conformar partidos modernos distanciados de las prácticas patrimonialista y clientelares que caracterizaron a los partidos conservadores brasileños, son una buena muestra de ello. Así, no es lo mismo Piñera que Lavín, ni el PSDB que el PFL. Mientras que las izquierdas crecieron en lucha contra la derecha autoritaria y conservadora, ahora tendrán otras luchas, con derechas más modernas y liberales. El corrimiento hacia el centro de la izquierda despierta un movimiento análogo en las derechas: si ello se consolida tendremos regímenes de fuerte competencia centrípeta, y “consensos subyacentes” entre élites, y Chile podrá mostrar que la famosa frase “eu sou você amanhá”, le calza como ejemplo. 

 
 
Bibliografía

 

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** Doctora en Ciencia Política por el Instituto Universitario de Pesquisas de Río de Janeiro, IUPERJ. Directora del Instituto de Ciencia Política de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de la República.

[1] Según datos de Alcántara, 2005, este partido se autoidentifica en el 5,23 de la escala pero es identificado en el 6,84, a diferencia de lo que sucede con el PMDB que se “autoubica” en el 6,47 y es ubicado en el 5,67.