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Revista de Ciencias Sociales

versión impresa ISSN 0797-5538versión On-line ISSN 1688-4981

Rev. Cien. Soc. vol.32 no.44 Montevideo jun. 2019

 

Presentación

Pensamientos críticos: apuntes para una definición

¿Qué es el pensamiento crítico? La sencillez de la pregunta es solo aparente, pues, para empezar, nadie tiene el monopolio de “la crítica”. Al fin y al cabo, toda práctica científica desafía algún saber previo. De manera complementaria, y como enseñó Nietzsche, el dogmatismo (la negación de la crítica) parece adjuntarse a nombres diversos y, quizá, un tanto sorprendentes. Piénsese, por ejemplo, en el oxímoron “marxismo ortodoxo”, poderoso síntoma de que nadie es inherentemente inmune al conservadurismo. Y para complejizar más aún el panorama, “pensamiento crítico” y “teoría crítica” son expresiones a todas luces polisémicas y utilizadas en contextos variados. Pero, entonces, ¿tiene sentido insistir en estas rúbricas? Nuestra respuesta es que sí y la fundamentamos en que ellas refieren a un conjunto de rasgos generales -y definitorios- que delimitan un espacio común de problematización. Las siguientes líneas exploran algunos de estos rasgos.

La Teoría Crítica suele asociarse a la Escuela de Frankfurt y, en particular, a su famosa distinción entre teoría crítica y teoría tradicional. La oposición radica en que la primera cuestiona, en palabras de Horkheimer, toda forma de la esclavitud humana, y apuesta por la emancipación. Entretanto, la expresión “teorías críticas” denota un arco de enfoques diversos, contrastantes e incluso en competencia, que abarca, entre otros, al marxismo, al posestructuralismo, a la teoría queer, al feminismo y a los enfoques decoloniales. Las contribuciones latinoamericanas suelen reunirse bajo el nombre de “pensamiento crítico” y por eso lo adoptamos en esta presentación, aunque con el matiz del plural ya introducido desde el título. La expresión “pensamientos críticos” expresa multiplicidad y dinamismo internos. En ese espectro de tensiones y discrepancias una mirada atenta encuentra, sin embargo, continuidades claras e importantes. Por ejemplo, todos los pensamientos críticos desafían formas de injusticia, opresión o dominación (términos que, sin ser sinónimos, denotan un campo común de experiencia humana) e interpelan la naturalización de los modos dominantes de organizar la vida y la sociedad. De este modo, el impulso emancipatorio, tan viejo como el pensamiento mismo y retomado con ahínco por la Escuela de Frankfurt, se despliega hoy con nuevos vocabularios y matices.

Los pensamientos críticos convergen, además, en el reconocimiento de la condición política intrínseca al conocimiento: todo saber está imbricado en relaciones de poder. En efecto, la naturalización de la opresión (y del privilegio) suele ser sostenida y legitimada por prácticas científicas e intelectuales. La producción de saber se concibe, en este marco, como práctica humana y social proveniente de la propia historia que trata de aprehender: la mente y el mundo no están separados y, por lo tanto, el pensamiento participa del mundo. Este punto de partida epistemológico constituye un cuestionamiento profundo a la objetividad científica: la supresión de la subjetividad del saber es una pretensión imposible que, como dijo Adorno, opera en favor de los poderes dominantes de la época. La (ilusión de) objetividad favorece el statu quo en nombre de la ciencia: una muy efectiva operación ideológica. La interpelación a las explicaciones y conceptualizaciones dominantes constituye, por ende, una tarea urgente en todos los espacios, desde la familia hasta el Estado nación y más allá.

Los pensamientos críticos se oponen no solo al empirismo y a la neutralidad del saber, sino también a la abstracción violenta que borra el “valor de uso” o la “experiencia vivida”, para usar expresiones de distintas tradiciones y tiempos. Como denotan los artículos de este dossier, los pensamientos críticos forjan y despliegan su potencia impugnadora -y vamos a introducir una expresión de sabor sartreano- “en situación”. La atención al fragmento, a lo local, a lo particular o al detalle no implica, empero, convertirlos en único criterio de legitimidad; por el contrario, la tarea es interrogarlos y ponerlos en tensión teórica. No se trata, entonces, de celebrar de manera romántica posiciones subalternas supuestamente virtuosas, ni de reificar lugares ni experiencias. Nadie encarna per se la verdad ni la justicia. Además, toda singularidad se constituye en relación con escenarios más amplios y muy complejos (la danza interminable entre sujeto y estructura -“material”, para algunos, y lingüística o discursiva, para otros-). Los muy sofisticados debates existentes en torno al rescate de la universalidad de sus versiones eurocéntricas evidencian la negociación compleja entre las “partes” y el “todo” que los pensamientos críticos han estado ensayando en los últimos tiempos; y los lamentos sobre la confianza ciega que se puso en sujetos emancipatorios (y sus efectos políticos nada venturosos) dan cuenta, por su parte, de que la crítica puede fallar.

Si los pensamientos críticos prestan atención a la situación, piensan también “en relación”: el procedimiento epistemológico de segmentar la realidad en esferas autocontenidas y el olvido (que deriva en reificación) de que esa separación es metodológica y no orgánica constituyen, como advirtió Gramsci, ideología en acto. La separación entre “economía”, “sociedad”, “cultura” y “política” ha sido cuestionada, por ejemplo, por el feminismo y por el marxismo: si la política no incluye la esfera doméstica, la opresión de género es naturalizada; el capitalismo deviene naturaleza cuando la democracia no puede tocarlo. El poder circula sin reparar un ápice en nuestras divisiones disciplinares. La definición abarcadora de política por la que, con distintos vocabularios, optan los pensamientos críticos trasciende la esfera institucional y amplía el campo de lo politizable, y, por lo tanto, de la libertad. En suma, el poder, como el posestructuralismo y el posmarxismo han puesto en evidencia, solo puede captarse relacionalmente.

Todo lo anterior deriva en un necesario cuestionamiento de la hiperespecialización y la rutinización del quehacer científico. La teórica y el teórico crítico desesperan por entender el mundo y sus avatares, no por publicar papers ensimismados en partecitas no muy apasionantes de la realidad. Nuestro trabajo es sobre nuestros más profundos desvelos y se acerca más al arte que a la producción industrial.

En este sentido, para Marcuse, el arte cumplía una tarea fundamental para el pensamiento: la de nombrar lo ausente. No hay duda de que tener, por así decir, los datos ordenados es imprescindible para cualquier análisis empírico riguroso, pero los pensamientos críticos no se limitan a una prolija descripción del mundo; más bien al contrario, abrigan una dimensión que nada nos impide seguir llamando utópica. A la comprensión de por qué las cosas son como son, integran la imaginación sobre cómo podrían ser -la dimensión del futuro-, más que como una trayectoria que se predice, como un horizonte que se construye y por donde asoma la contingencia. La utopía no es entendida aquí, desde luego, como evasión de las determinaciones del mundo social ni como ensoñación narcótica, sino como potencia problematizadora y develadora de que las condiciones actuales no operan sobre nuestras vidas en virtud de ninguna determinación o mandato trascendente: pueden ser transformadas.

Los pensamientos críticos concebidos de esta guisa no pueden definirse a priori o de modo escolástico, sino como modos de trabajo y ejercicio intelectual que cuestionan conceptualmente (en el sentido de volver cuestión) y desafían políticamente a la realidad en la que vivimos (¡incluso a las definiciones dominantes de “crítica”!). Dicha operación epistemológica y política no está garantizada por ninguna rúbrica, escuela o paradigma. Tampoco por ningún actor colectivo o causa social. Es por ello que el espacio de la reflexión reclama ser defendido de manera constante de las tentaciones de cancelarlo, incluso en nombre de la justicia (y de la utopía misma). El compromiso ético de los pensamientos críticos no puede nunca basarse en una militancia ciega.

Como ha señalado Judith Butler en alguna ocasión, cuando la crítica está ausente, se empieza a ejercer la opresión en nombre de su otro. Esta constatación implica volver a traer la noción de autocrítica, que no por clásica resulta menos pertinente. La reflexividad es, así, el último rasgo de los pensamientos críticos que nos gustaría resaltar. El problema (y la opresión) no está solo en el otro (el “positivista”, el “neoliberal”, etcétera), y por eso es preciso arquear el pensamiento sobre sí mismo y navegar con lucidez las condiciones de posibilidad del propio conocer que hacen a sus potencialidades y sesgos. Como mencionamos al inicio de estas páginas, lo contrario es el dogmatismo, que es (la idea es clásica, kantiana) el mayor enemigo que los pensamientos críticos tienen que enfrentar. La reflexividad es, en suma, un antídoto contra el dogmatismo propio; su fin es evitarnos la ortodoxia y el oxímoron.

La crítica, entonces, tiene que llegar también a casa: no hay exterioridad entre poder y academia. Las relaciones de dominación intraacadémicas y las condiciones que habitamos en las universidades afectan sin duda nuestros análisis, como también lo hacen las relaciones que establecemos con la sociedad. En este sentido, dejarnos interpelar desde afuera -bajarnos del caballo epistemológico, para decirlo gráficamente-, muy lejos de minar la especificidad del pensamiento académico, supone reconocer (y celebrar) la multiplicidad de saberes y abandonar cualquier ilusión de monopolios y jerarquías en lo que a capacidad de crítica se refiere.

En todo caso, y con esto concluimos, el actual asalto al pensamiento profundo y crítico proviene de lugares distintos, incluso de los claustros universitarios. Y, como académicos, esto nos preocupa especialmente. ¿Se puede, en realidad, pensar de forma crítica en las universidades de hoy? En la actualidad, la academia parece jerarquizar cantidad sobre calidad, técnica sobre pensamiento y utilidad sobre densidad. Además, hay un enfoque dominante sobre qué significa hacer ciencia social que inhibe posibilidades analíticas, políticas y existenciales. Jerarquías, narcicismos, rivalidades, escasez, estrés, ansiedad, violencia institucional… nada de esto es ajeno a nuestro mundo universitario, pues es parte del mundo a secas. Los pensamientos críticos pueden servir como terapia filosófica de nuestros lugares de trabajo y dar un lenguaje conceptualmente riguroso a la resistencia contra la neoliberalización de la academia. También pueden ayudar a pensar nuestras oficinas como lugares de convivencia donde podemos (o no) estar bien, individual y colectivamente. Pero, ¿qué pasa cuando, para colmo, el pensamiento crítico mismo es mercantilizado, produce estrellas internacionales que solo viajan en primera clase, convoca a políticos poderosos a cerrar congresos, genera espacios de violencia y se transforma en marca registrada y nicho de mercado académico? Pasa que es preciso seguir ejerciendo la crítica…

Los artículos que siguen son un ejemplo de la diversidad de los pensamientos críticos, pero también de su coherencia interna: todos ellos cuestionan relaciones de poder dominantes, expanden la noción de política, reflexionan sobre posibilidades de emancipación y muestran el rendimiento analítico y conceptual de los pensamientos críticos para estudiar los dilemas de la democracia hoy en América Latina y en otras latitudes. En tiempos marcados por un “ajuste de cuentas” ideológico a favor de las derechas latinoamericanas, eso no es poca cosa.

Anabel Rieiro, Eduardo Rinesi, Paulo Ravecca.
Coordinadores del dossier

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