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Revista de Ciencias Sociales

versión impresa ISSN 0797-5538versión On-line ISSN 1688-4981

Rev. Cien. Soc. vol.30 no.41 Montevideo jul. 2017

http://dx.doi.org/10.26489/rvs.v30i41.4 

Articles

La cultura como campo de espejismos para el ambiente: la interpretación cultural de la realidad

Culture as a field of mirages for the environment: cultural interpretation of reality

Roberto Elissalde* 

*Facultad de la Cultura, Universidad CLAEH (Centro Latinoamericano de Economía Humana).UruguayE-mail: relissalde@claeh.edu.uy

Resumen:

La cultura es todo, desde la invención de la máquina hasta la crítica de la máquina; puede funcionar como motor del desarrollo sostenible y como actitud consciente en contra del “productivismo extractivista y depredador” o puede llevar en su seno el impulso hacia el consumo sin fin. La educación ambiental que enseña a cuidar el agua y a clasificar en origen es parte de la cultura oficial, pero sus posibilidades de cambiar el rumbo de la civilización industrial son ínfimas. La relación entre la cultura y el ambiente, y sus posibles influencias, continuará generando espejismos mientras no se acepte que el estado actual del ambiente es un fruto de nuestra cultura.

Palabras clave: Cultura; ambiente; política; sociedad civil; consumo

Abstract:

Culture is everything, from the invention of the machine to the criticism of the machine; It can act as an engine of sustainable development and as a conscious barrier to “extractive and predatory productivism” or can foster endless consumption. The environmental education that teaches to take care of the water and to classify in origin is part of the official culture, but its possibilities of changing the course of the industrial civilization are slim. The relationship between culture and the environment, and its possible influences, will continue to generate mirages until it is accepted that the current state of the environment is a result of our culture.

Keywords: Culture; environment; politics; civil society; consumption

Introducción

¿Qué papel puede jugar la cultura en el cuidado del medio ambiente? La pregunta es recurrente y tal vez ella intente guiar a políticos, educadores, artistas y ciudadanos, dándoles una perspectiva sobre las posibilidades que tiene la cultura para corregir un tipo de desarrollo que ha demostrado ser peligroso para el equilibrio de casi todos los ecosistemas del planeta. Pero la respuesta, si no es simplista, necesariamente será confusa. Por un lado, parece imposible separar la cultura material del tipo de desarrollo que ha abrazado una sociedad concreta; por otro, la cultura como actividad superestructural puede practicar una crítica a ese desarrollo, aunque sus posibilidades de convertirse en una palanca de cambios son limitadas.

Una y otra vez se intenta buscar un cambio cultural a través de la educación para que la sociedad modifique algunas de sus características. Pero, en la medida que los problemas ambientales principales del planeta provienen de un modelo de desarrollo económico que apela al crecimiento permanente movido por el consumo, las posibilidades de que el cambio en las actitudes y valores de los individuos modifique la forma de funcionar de las sociedades se vuelven ínfimas.

Adicionalmente, las problemáticas ambientales se presentan, a veces, como problemas que sustituyen o representan a otros: un conflicto por la calidad del agua puede encubrir un problema entre dos países y sus respectivas relaciones internas de poder; o un conflicto por el emplazamiento de una industria o actividad contaminante puede no ser más que la expresión del deseo de que el emprendimiento se haga lejos de donde viven los protagonistas.

Estos problemas generan espejismos, falsas representaciones de lo posible, de lo deseable y de lo que es verdaderamente necesario hacer, diluyendo aún más las posibilidades de que la cultura, en su interpretación más restringida, pueda influir positivamente en su desenlace.

Cultura

Una rama prestigiosa de la antropología europea y estadounidense del siglo XX entendía que la “cultura” de una sociedad no incluía sus obras materiales, sus herramientas, sus tecnologías. La cultura comprendería entonces las pautas de comportamiento, los valores y las creencias de una sociedad. Este grupo, entre cuyos integrantes se puede distinguir a BronislawMalinowski (1978), Ralph Linton (1942), Ruth Benedict (1968) y George Murdock (1987), pensaba que eran los modelos cognitivos de esas sociedades los que creaban las cosas materiales, que, evidentemente, eran un producto de la cultura, pero no parte de ella.

Sin embargo, en las sociedades complejas, como las occidentales, los desarrollos materiales han terminado modificando los aspectos medulares de la cultura e insertándose en el núcleo generador de comportamientos, valores y creencias. Así, las creaciones materiales, sus modos de producir o sus avances tecnológicos se convirtieron en envase o incluso en contenido de una cultura. El teatro como espacio físico, el libro, la radio, el cine, la televisión, Internet, etcétera, son creaciones que modificaron el comportamiento, los valores y las creencias de las sociedades a las que llegaron.

Por esta razón es que el concepto de “cultura” colonizó el espacio y el tiempo de una comunidad o grupo de comunidades, hasta superponerse con el de sociedad o, incluso, el de civilización. La capacidad de distinguir entre el significado estético - valorativo de cultura y su significado material se volvió más difícil.

Tratando de aclarar esta confusión, el historiador estadounidense William H. Sewell (2005p. 79) propuso dos interpretaciones para el término cultura. Apoyándose en el británico Raymond Williams, distingue entre un significado en el plano de la teoría abstracta y otro significado concreto e histórico.

En el primer sentido, la cultura se concibe como un aspecto de la vida social que contrasta con otros ámbitos, como la economía, la política o la biología. Su estudio queda a cargo de una disciplina, como la antropología o la sociología cultural o de alguna corriente metodológica, como el estructuralismo o la etnociencia. En esta acepción, como categoría analítica abstracta, la palabra se usa solo en singular.

En el segundo sentido, la cultura representa un mundo de creencias y prácticas propias de un grupo humano, que a veces se puede identificar también como una “sociedad” o una parte de una sociedad. Se puede hablar de la cultura punk o la cultura de cierta tribu urbana. La cultura de uno de estos grupos puede compararse con la de otro y, por lo tanto, son “culturas” o “subculturas” juveniles (o cualquier otro adjetivo).

Una, la cultura en el sentido abstracto, es de carácter universal, mientras que “las culturas” son casos particulares, históricamente determinados y cambiantes. Estas culturas pueden ser tradicionales, agrícolas, de cazadores recolectores o sociedades industriales. Los diferentes modelos de vida, expresados en su cultura material, representan la variedad de opciones que han sabido crearse los seres humanos ante la necesidad de garantizar su supervivencia.

En su sentido teórico, la cultura ha sido tratada muchas veces como una esfera institucional consagrada a dar sentido a la vida social, a través de un sistema de símbolos y significados que operan como una estructura que determina el comportamiento humano.

Escapando al determinismo de esa definición, Sewell reconoce que también se trata de un lugar de competencia de actores y de interpretaciones de lo que sucede en una sociedad. En los hechos, se trata de un campo siempre variable en el cual diversos actores compiten por dar sentido a la realidad. Por esta razón, la “cultura”, en este sentido, deja de ser una esfera coherente y sistemática y pasa a ser un repositorio de estrategias para la acción en manos de los agentes históricos. Finalmente, la cultura es vista como un proceso en el que diversos signos son ensamblados de diferentes maneras mientras tratan de dotar a la vida de una sociedad con una interpretación del mundo.

En una definición sintética, Sewell dice que la cultura “es la dimensión semiótica de la práctica humana en general”, en la que los elementos estructurales están permanentemente interactuando con la cultura como práctica. Así, la cultura es una estructura, pero está siendo modificada permanentemente por la continua actividad de sus componentes.

En este sentido, la cultura tendría un punto de conexión con la política, ya que ambas son campo de debate y de lucha por la hegemonía de las interpretaciones. Es en ese campo en el que se debe desechar los espejismos, desentrañar las verdades y desarrollar discurso y acción política y cultural para promover el cambio de cultura productiva y de consumo que hoy es hegemónica en el occidente atlántico.

¿Quién le teme al medio ambiente?

No es posible preguntarse cómo incide la cultura en el cuidado del medio ambiente sin diferenciar su dimensión simbólica de la dimensión de herramientas y prácticas desarrollada por una sociedad.

La cultura material de sociedades como la uruguaya incluye la extracción de materia mineral de suelos y subsuelos, las plantaciones de árboles exóticos, los monocultivos extensivos, la contaminación de ríos, arroyos y aguas subterráneas con desechos industriales, agrícolas y domésticos, la domesticación y cría de animales, el uso de combustibles fósiles que emiten gases de efecto invernadero, el desecamiento de humedales y decenas de actividades más que alteran el paisaje natural.

Si cada paso que damos altera nuestro entorno, entonces, corresponde plantearse las preguntas en los términos correctos: ¿qué usos del medio ambiente son aceptables?, ¿con qué intensidad podemos “usar” los recursos naturales sin que ese uso se convierta en un vaciamiento?, ¿qué alternativas tenemos a los recursos no renovables?

Es claro que en las últimas décadas nuestra cultura occidental ha incorporado una creciente crítica a las prácticas más depredadoras del entorno, aportando nuevas tecnologías y nuevas formas de producir que reducen el daño causado. También hay algunos casos en los que se ha logrado encontrar un camino para disminuir los daños, a través de sustitución de prácticas o tecnologías obsoletas (como en el caso de las previsiones del Protocolo de Montreal para la limitación del uso de los clorofluorocarbonados (CFC) (Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente, 2015). Los gobiernos nacionales y subnacionales han elaborado normativas con máximos de alteración del entorno natural, que se apoyan en los desarrollos de las mejores tecnologías disponibles, con el objetivo de llegar a la sustentabilidad del entorno.

En el escenario mundial, las industrias tradicionales tienen que responder cada vez más a protocolos, convenciones y convenios internacionales que tratan de buscar soluciones o paliativos a temas globales. Los tratados multilaterales no siempre son respetados por todos los países, pero, al menos, marcan el rumbo de enfrentar con soluciones globales problemas que son de todos.

Y la propia esperanza de que las economías puedan seguir creciendo sin dañar irreversiblemente al medio ambiente ha demostrado ser un espejismo engañoso. Dice Enrique Leff:

“La retórica del desarrollo sostenible ha convertido el sentido crítico del concepto de ambiente en una proclama de políticas neoliberales que habrán de conducirnos hacia los objetivos del equilibrio ecológico y la justicia social por la vía más eficaz: el crecimiento económico guiado por el libre mercado. Este discurso promete alcanzar su propósito sin una fundamentación sobre la capacidad del mercado para dar su justo valor a la naturaleza y la cultura; para internalizar las externalidades ambientales y disolver las desigualdades sociales; para revertir las leyes de la entropía y actualizar las preferencias de las generaciones futuras”.

(Leff, 1998)

Más adelante, el autor mexicano afirma que el desarrollo sustentable convoca a diferentes grupos de ciudadanos del campo y la ciudad “… a conjuntar esfuerzos para construir un futuro común. Esta operación de concertación busca integrar a los diferentes actores del desarrollo sostenible, pero enmascara sus intereses diversos en una mirada especular que converge en la representatividad universal de todo ente en el reflejo del argénteo capital” (Leff, 1998).

La apelación al “desarrollo sustentable” se ha convertido en una coartada para olvidar las consecuencias de ese desarrollo. La cultura occidental, en su versión noratlántica, alcanzó el predominio político, militar y económico gracias a desarrollos tecnológicos que, de seguir su rumbo actual, llevarían al planeta a una catástrofe. Simplemente, no es sustentable para el planeta que todos los países tengan niveles de consumo y derroche iguales a los de Europa y América del Norte. Una parte de la civilización occidental ha comprendido eso y ha empezado a trabajar para evitarlo.

Desdoblamiento en espejo

Así como hay dos extensiones del concepto de cultura (la esfera del intercambio simbólico en una sociedad y la de su “cultura material”, sus modos de producir, su tecnología), hay dos actitudes ante los problemas del ambiente.

En su investigación sobre la cultura y el ambiente natural, los psicólogos sociales TacianoMilfont y Paul Wesley Schultz(2016, pp. 195) afirman que las actitudes de preservación y de utilización del ambiente resumen e integran puntos de vista sobre las transacciones entre los seres humanos y su entorno. La preservación prioriza el cuidado de la naturaleza y la diversidad de las especies en su estado natural. De la misma manera, el punto vista utilitario entiende que es natural y necesario que la naturaleza sea usada y alterada en pos de los objetivos de la humanidad.

Sin embargo, estas posiciones puras tienden a borrarse y confundirse. A escala mundial, los últimos veinte años han visto crecer la preocupación por el ambiente y los efectos dañinos de la actividad humana. En 78 países relevados en su estudio, estos investigadores afirman que la mayoría de los entrevistados demuestra sensibilidad hacia el ambiente. Y, dado el desfasaje temporal entre las acciones y su resultado en el ambiente, se comprobó que las personas que tienen una orientación hacia el futuro, con intereses a largo plazo, asumen mayores compromisos. En la misma investigación se demostró que al inducir reflexiones relacionadas con el futuro, se incrementa la actitud de respeto y cuidado ambiental (Milfont y Wesley Schultz, 2016, pp. 197).

En la segunda mitad del siglo XX, en Occidente y, particularmente, en Uruguay, después de la dictadura (a partir de 1985), la preocupación por el ambiente empezó a ocupar un lugar en la reflexión social y política. Según Eduardo Gudynas:

“… los estudios sobre la extinción de especies o los niveles de contaminación que proliferaron desde la década de 1960, alertaban sobre una creciente problemática. La vieja imagen de una Naturaleza agresiva y todopoderosa, poco a poco, dio paso a la de una Naturaleza frágil y delicada. La Naturaleza como salvaje desaparece, y lo ‘natural’ adquiere méritos de ser la situación a la que se desea regresar”.

(Gudynas, 2004, p. 17)

La disociación que todo lo confundeFigura 1 Figura 2

Pero la profundidad de la problemática no siempre es bien comprendida y muchas veces se mezclan planos y se confunden los problemas reales con pseudoproblemas o con conflictos más políticos o sociales que ambientales. Y los problemas salen luego del foco mediático sin ninguna síntesis, para pasar a un tercer o cuarto plano. Tomemos cuatro ejemplos de conflictos ambientales de este siglo y veamos cuál fue la reacción de la opinión pública uruguaya ante ellos.

En 2004, la empresa finlandesa Botnia anunció su decisión de construir una fábrica de pasta de celulosa en la costa del río Uruguay. El gobierno del Frente Amplio, que asumió en 2005, apoyó la construcción de la pastera, pero poco a poco se enfrentó a la oposición de un sector de las organizaciones ambientalistas y, en especial, de la población de la ciudad argentina de Gualeguaychú.

La campaña no se basó en pruebas sobre la capacidad de un río de recibir desechos industriales, sino en la alteración y contaminación de la naturaleza que sobrevendría una vez instalada la fábrica. Las consecuencias se anunciaban catastróficas, mientras el gobierno intentaba trasmitir confianza por medio de los estudios de impacto ambiental que aseguraban que las alteraciones estarían dentro de los límites tolerables. Un interés nada menor del gobierno era el tamaño de la inversión (la más grande de la historia del país), que permitiría aumentar el producto bruto interno en más de un punto porcentual .

En 2010, después de años de conflicto, hubo un veredicto del tribunal de la Corte Internacional de Justicia de La Haya (CIJ) que afirmaba que Uruguay incumplió algunos aspectos del estatuto del río Uruguay, pero que “no hubo incumplimiento de obligaciones de fondo” y, por lo tanto, se desestimaba el reclamo de desmantelamiento de la planta. Al mismo tiempo, el tribunal ordenó a los gobiernos de ambos países realizar un monitoreo conjunto para medir el impacto ambiental de la producción de la planta. Sin embargo, los resultados del monitoreo conjunto recién vieron la luz en 2016, después de sesenta campañas de recolección de datos por parte del Comité Científico de la Comisión Administradora del Río Uruguay (CARU), ya que, durante más de cinco años, las cancillerías de ambos países no se pusieron de acuerdo sobre qué tipo de información divulgar.

En todo caso, el conflicto, que a todas luces parecía ser por temas ambientales, se terminó con el veredicto de la Corte de La Haya. La calidad del agua del río y sus verdaderos determinantes no fueron motivo de mayor preocupación entre 2010 y 2016.

Un segundo ejemplo fue cuando se planteó la creación de un relleno sanitario en la zona de Cañada Grande, en el departamento de Canelones. Ese relleno vendría a sustituir el vertedero de Felipe Cardoso (en el este de Montevideo) y varios vertederos de Canelones y San José. La obra, planteada con las mejores tecnologías disponibles en el momento (2006-2007), estaba incluida en el Plan Director de Residuos Sólidos (Oficina de Planeamiento y Presupuesto, 2005) elaborado por las consultoras Fichtner y LK Sur.

La reacción primaria fue de aceptación, pero, poco a poco, se fue estableciendo en un sector muy activo de la población una actitud de denuncia ante los seguros daños al medioambiente que provocaría la planta. Se denunció al nuevo relleno como un “megabasurero” y los vecinos de la zona, preocupados por los posibles efectos, se movilizaron en su contra. Diversas organizaciones no gubernamentales ambientalistas y algunos sectores políticos se opusieron al “megabasurero”, realizando cortes de ruta y manifestaciones en la zona.

Los vecinos, reunidos en asamblea, redactaron y enviaron un documento público en el que destacaban que “… la zona tiene una densidad de población por encima de la media rural del departamento, que existen tres escuelas a menos de tres mil metros del predio seleccionado y que no se trata de una tierra improductiva ya que pastorean en el mismo 430 cabezas de ganado” (Rómboli, 2008). El vertedero de Felipe Cardoso, donde todavía se reciben los desechos de la capital, se encuentra a poco más de un kilómetro de la escuela de tiempo completo n.º 255 (para 324 alumnos) y a menos de dos kilómetros del conjunto de viviendas cooperativo Mesa 1, de 420 unidades.

El resultado final es que las autoridades locales decidieron no correr el riesgo de poner en marcha el síndrome NIMBY (not in my back yard, no en mi patio trasero) y desarticularon la posibilidad de tener un relleno sanitario moderno en la zona. La decisión no fue técnica, sino fundada en el costo político que tendría para la intendencia canaria un enfrentamiento con una parte de la población del departamento.

Hoy, tanto Montevideo como Canelones, siguen arrojando sus desechos en vertederos que se encuentran a punto de colapsar.

Fuente: Blog de la campaña contra el relleno sanitario: <basurerono.blogspot.com.uy>.

Figura 1.  Campaña contra el relleno sanitario,denominado “megabasurero industrial” por sus opositores. 

Un tercer ejemplo es el de la posible explotación minera en Cerro Chato (ruta nacional n.º 7), departamento de Treinta y Tres, conocido como el emprendimiento Aratirí, de la compañía ZaminFerrous. El alza de los precios internacionales del hierro hizo viable económicamente la explotación de yacimientos de relativamente bajo tenor, como los de Valentines. El trabajo de prospección trajo inversiones y altos salarios a una zona deprimida de la ruta n.º 7 y generó tensiones con los estancieros que competían por esa mano de obra.

Bajo la consigna “La tierra no se vende, se defiende”, se organizaron marchas en Montevideo y otras partes del país. En 2013, en Minas, la Junta Departamental de Lavalleja votó un decreto, con el respaldo de dos partidos opositores a escala nacional, declarando al departamento libre de “explotaciones metalíferas a cielo abierto”.

El cambio en la ecuación de precios del metal, a partir de ese mismo año, paralizó el proyecto, que quedó sin concretarse. Pero la alineación de fuerzas entre los defensores “del ambiente” y los defensores “de la explotación racional de los recursos disponibles” muestra cómo el debate ambiental se hace a través de imágenes simbólicas y no de una evaluación de riesgos y beneficios.

Fuente: Repositorio de Frente a Aratirí, resistencia: <https://www.flickr.com/photos/57813072@NO5/5550710404/in/album-72157626326974074/>

Figura 2. Una de las expresiones de la campaña contra el emprendimiento minero Aratirí, cerca de Cerro Chato, departamento de Treinta y Tres. 

El cuarto caso es el de la contaminación de aguas superficiales y lo que se percibe como el descenso de la calidad del agua potable de la zona metropolitana. Un episodio de mal olor en el agua potable de Montevideo y su zona de influencia, en 2013, puso de manifiesto las presiones ambientales que sufren los ríos, arroyos y lagunas del país por parte de la industria y la creciente actividad agrícola. En un informe de las organizaciones Vida Silvestre y Asesoramiento Ambiental Estratégico, de 2013 (Kruk, et al., 2013, p. 2), los autores afirman que “… las principales presiones que llevan a la eutrofización en Uruguay son la intensificación en el uso del suelo y la introducción de aguas residuales urbanas e industriales” y aseguran que la cantidad de embalses se duplicó entre 1998 y 2013, alterando la circulación del agua en sus cursos naturales y facilitando el crecimiento de flora tóxica. Una vez pasado el episodio crítico, del que se responsabilizó mayormente a Obras Sanitarias del Estado (OSE), el tema salió de las primeras planas. Las causas del fenómeno se mantienen prácticamente inalteradas.

Dos años después, la administración de la empresa estatal decidió cargar un complemento en el precio del agua a sus consumidores para hacer frente a las inversiones necesarias para mejorar la calidad del agua que se distribuye.

¿Cómo cambiar el mundo con este clima?Figura 3

En temas ambientales y en cualquiera de sus acepciones, la cultura no es la solución; es parte del problema. Antropológicamente hablando, nuestra cultura es la responsable de poner en la producción el centro de atención de la vida social. Y, para sostener el constante crecimiento de la producción, se estimula el consumo sin límites, se lleva a tirar lo que todavía sirve e incluso a integrar la obsolescencia programada en la producción. No hemos encontrado una forma de hacer y tener que no implique trabajar para que la máquina pueda seguir trabajando. En el sentido amplio, la cultura material de la sociedad occidental, de la que Uruguay forma parte, es enemiga del ambiente porque es amiga de la producción y el consumo a cualquier precio.

Para tranquilizar su conciencia, a veces las sociedades intentan aferrarse a ilusiones o espejismos. Usando la interpretación restringida de cultura -como las creencias y las prácticas que los individuos pueden desarrollar-, se desarrolla un discurso “responsable” que nos permite dormir tranquilos. La elegida es la educación ambiental, tan arraigada en el corazón biempensante de nuestra sociedad. En ella se deposita la esperanza de que, con huertas orgánicas, clasificación domiciliaria de algunos desechos domésticos y la acción decidida de los convencidos, se pueda revertir la situación de degradación ambiental en la que vive la sociedad. Esta visión de la educación ambiental seguramente no es la de sus impulsores, pero alimenta en la población el espejismo de que todo es posible: crecer, desarrollarse, consumir, siempre que se haga de manera “sustentable”, teniendo presente la clasificación en origen, promoviendo huertas orgánicas en escuelas y jardines, etcétera.

Uruguay tiene, desde 2005, una excelente Red Nacional de Educación Ambiental (RENEA) que, además, produjo a fines de 2014 un Plan Nacional de Educación Ambiental (Barcia y Eluén, 2014) con la participación de decenas de organizaciones gubernamentales y de la sociedad civil. Este documento reconoce que en nuestro país existen riesgos para la salud humana y animal, “… pérdida de diversidad biológica, degradación de ecosistemas nativos, contaminación atmosférica, de aguas y suelos, erosión, eventos climáticos extremos y otros fenómenos de orden biofísico”, y analiza sus consecuencias socioeconómicas.

El Plan también reconoce correctamente que:

“La crisis ambiental es antes que nada una crisis social y ética, provocada por el modelo de desarrollo productivo-tecnológico hegemónico, que se basa en una lógica mercantilista que aliena al ser humano de la naturaleza y desarrolla relaciones sociales asimétricas caracterizadas por una creciente inequidad, que causa conflictividades en el territorio, que promueve conductas y actitudes donde se privilegia la posesión de bienes materiales y el individualismo sobre el bien común”.

(2014, p. 21)

Los autores del Plan se plantean que la educación tiene el gran desafío de contribuir a modificar un modelo de desarrollo no sustentable: “Pero no es justo ni razonable que la responsabilidad del cambio recaiga en ella ni en los niños y jóvenes actuales, difiriéndolo para el futuro. El esfuerzo transformador educativo debe ir acompañado de cambios actuales en las prácticas” (Barcia y Eluén, 2014, p. 23.). El propio Plan concluye que, si la educación ambiental “… apunta a un cambio cultural, de valores, actitudes y comportamientos, se deduce que ella necesariamente entra en contradicción con el mundo en que vivimos”.

Esto quiere decir que no es posible un cambio que tenga que esperar a que los actuales educandos incorporen conocimientos y creencias que los convenzan de la necesidad de abandonar el actual modelo de desarrollo y cambiar de rumbo. Hasta por una cuestión de tiempo, el cambio debe darse antes y por vías drásticas, porque el riesgo de hacer poco y demasiado tarde no es una alternativa.

A esta dificultad respecto a que la educación en valores transforme la sociedad, se suma otra de carácter superestructural. Vivimos en sociedades diversas en las que no existen modelos únicos ni verdades creídas por todos. La propia ciencia es a veces considerada como una opinión más y, por lo tanto, no es posible saber con certeza si una determinada carga de fósforo o nitrógeno en el agua de un río va a terminar con la vida en su entorno.

Gudynas advierte con agudeza que la ciencia occidental es antropocéntrica y se ha vuelto instrumental para el dominio de la naturaleza. Esta calidad de “asistente funcional” en las prácticas depredadoras pone a la ciencia como “aliada” del capitalismo triunfante. La crítica -correcta- al antropocentrismo y a su carácter instrumental deriva en una invalidación total, que incluye casi cualquier resultado científico. Ejemplo de esto son los informes sobre la calidad del agua en el río Uruguay, mantenidos en reserva durante años porque los comités científicos de los dos países no se ponían de acuerdo en los criterios de análisis. La ciencia, percibida como aliada del desarrollo del capitalismo, se convierte en una baja en la batalla por la comprensión de la realidad material.

Otras formas de conocer (tradicionales, religiosas, místicas, populares) adquieren legitimidad al combatir aquella actitud. Pero en ese momento se pierde toda chance de llegar a ningún acuerdo ubicado fuera del yo y sus intereses particulares. La actitud del ciudadano medio, no experto, es la de alejarse del tema y simplemente confiar en quien ya confía por otras razones: organizaciones de la sociedad civil, sindicatos, partidos, gobiernos, etcétera. La verdad o una aproximación racional a ella no parece estar al alcance de la mano.

En los cuatro casos de conflictos ambientales planteados antes (la pastera de Botnia, hoy UPM - KymmeneCorporation; el relleno sanitario de Cañada Grande; el proyecto minero Aratirí; y las responsabilidades en la calidad del agua potable en Montevideo y la zona metropolitana) no fue posible arribar a verdades que permitieran entender siquiera cuáles eran los problemas.

La planta de Botnia - UPM ha tenido episodios de vertidos por encima de lo autorizado, pero no han traído -después de una década de funcionamiento pleno- la catástrofe anunciada. Sin embargo, una parte importante de la opinión pública sigue considerando que es un peligro y que no deben autorizarse nuevos emprendimientos de ese tipo.

La prospección minera de Aratirí en Valentines no dio paso a la explotación. Los trabajadores volvieron a sus antiguas ocupaciones mal pagas y los campos se mantienen naturales. Pero, mientras tanto, departamentos de larga tradición minera se han declarado, con orgullo, como lo hizo Lavalleja, “… libre de explotaciones metalíferas a cielo abierto” (Rodríguez, 2013). La necesidad o conveniencia de ser políticamente correctos en términos ambientales lleva a paradojas que quien conozca la capital departamental (la ciudad de Minas) apreciará con sus ojos. El pozo en la cantera CUCP y la planta de Cementos Artigas, que utiliza la piedra caliza, son difícilmente ocultables a los ojos de cualquier visitante de la capital departamental.

Fuente: Google Maps. Foto de EDWC.

Figura 3. Cantera CUCP en Minas, Lavalleja, departamento declarado libre de megaminería metálica a cielo abierto. 

El éxito en la lucha contra el “megabasurero” de Cañada Grande fue total. La construcción de un relleno sanitario con impermeabilización, tratamiento de lixiviados y todos los requerimientos de seguridad ambiental quedó aplazada sine die. Mientras tanto, el vertedero (en precarias condiciones) de Felipe Cardoso, en Montevideo, está llegando al fin de su vida útil. Se evitó algo “malo” y se perpetuó algo peor.

El olor del agua de OSE en Montevideo y la zona metropolitana desapareció así como vino, pero la contaminación química de ecosistemas rurales por el uso descuidado o excesivo de productos agroquímicos, con efectos aún desconocidos en las cadenas alimenticias y en la salud de los usuarios, se mantiene. Se reclamó que OSE tuviera los mejores controles y filtros y se dejó de ver que el problema está en la creciente eutrofización y contaminación de los recursos hídricos superficiales en áreas de agricultura intensiva, como la metropolitana.

Lentes para no ver

Un último elemento que genera desesperanza, o falsas esperanzas, es la calidad de los medios masivos de comunicación. Lo visualmente impactante tiene más chances de ocupar lugares relevantes que lo cotidiano, aunque la importancia sea inversa. La resaca de una marea alta compuesta por bolsas, botellas plásticas y pedazos de muñecas infantiles rotas será más visible como señal negativa que una máquina agrícola haciendo su trabajo (aunque esté saturando un ecosistema con productos tóxicos).

Al mismo tiempo, esos medios darán lugar destacado a iniciativas escolares de “cuidado del medio ambiente”, tales como clasificación en origen en la institución, o a un grupo de voluntarios que limpian una playa o cuidan un área protegida. Estas muestras son consistentes con la idea de que “algo se está haciendo” y que los jóvenes tienen más “conciencia ambiental” que los viejos, por lo que el futuro está encaminado.

Es en este punto donde las dos interpretaciones de cultura se confunden. Nuestra cultura (como capacidad consciente de reflexionar y de asumir valores sobre nuestra experiencia) se plantea corregir pequeñas desviaciones a través de la educación ambiental. Se promueven huertas orgánicas, preclasificación en escuelas y algunos hogares, el voluntariado respecto a una u otra especie animal en peligro y se apuesta a la responsabilidad de los individuos como freno al deterioro del ambiente.

Pero las principales causas de la contaminación en nuestro país y en el mundo son las propias del modo de producción, que promueve el crecimiento económico como motor y sustento de nuestra civilización (o cultura) occidental. Erosión a gran escala, contaminación de aire y agua por la producción agrícola y la consiguiente desaparición de especies por cambios o reducciones en su hábitat, contaminación de especies exóticas invasoras (como las que vienen en el agua de lastre de los cargueros internacionales) o la necesidad de tener enormes depósitos para los desechos que genera nuestra forma de vida no son problemas a escala individual. La educación ambiental o la cultura de respeto al ambiente no podrán modificar el curso de la cultura occidental y sus formas de producir, de propagarse y de reproducirse. La cultura de las prácticas y las microdecisiones individuales no va a derrotar a una cultura de producción y superproducción de bienes innecesarios (especialmente mientras todo lo “orgánico” y lo sustentable salga más caro que lo industrial y masivo).

Es imprescindible cambiar la cultura material, las formas de producir y las formas de relacionarse con la naturaleza para que los valores y las prácticas conscientes tengan algún peso en la vida social. Cualquier otro esfuerzo de nuestras prácticas y valores para convertirnos en buenos ciudadanos será inútil a escala global (por más necesario que sea en el plano individual). La educación ambiental no va a dar vuelta el rumbo de nuestra cultura. Tal vez solo la política tenga la chance.

Las principales causas de la contaminación y el deterioro ambiental son la actividad agrícola, la industria, los residuos de las ciudades y el consumo de energías fósiles como recurso energético. Los avances que ha tenido el país en los últimos años, como el cambio en su matriz energética, fueron realizados desde el poder político. Pero incluso esto tiene sus límites. Uruguay no podrá convertirse en una reserva de biósfera porque está inserta en el mundo y su paradigma de desarrollo es el de la civilización occidental.

El papel posible de Uruguay en este cambio global tiene que ver con una cultura política de cambios, que derribe mitos sobre el progreso y sobre el estado deseable de la sociedad, que incluya la educación ambiental como una parte de la educación científica y que sea capaz de reflexionar como colectivo sobre el futuro mediato. No es imposible, pero tal vez sea demasiado para nosotros solos.

Referencias bibliográficas

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Recibido: 04 de Abril de 2017; Aprobado: 19 de Mayo de 2017

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