SciELO - Scientific Electronic Library Online

 
vol.30 número41Las nociones de trabajo en Uruguay: índice de autoresíndice de materiabúsqueda de artículos
Home Pagelista alfabética de revistas  

Servicios Personalizados

Revista

Articulo

Indicadores

Links relacionados

  • No hay articulos similaresSimilares en SciELO

Compartir


Revista de Ciencias Sociales

versión impresa ISSN 0797-5538versión On-line ISSN 1688-4981

Rev. Cien. Soc. vol.30 no.41 Montevideo jul. 2017

 

Presentación

Cultura y Desarrollo en el Uruguay del Siglo XXI

Felipe Arocena

Estamos atravesando una nueva era en la historia de la humanidad. El aspecto clave de esta nueva etapa es que la revolución tecnológica - informacional se constituye como nuevo paradigma transversal, incluyendo la ingeniería genética, porque es la acción sobre la información de la materia viva. Del mismo modo que se hablaba de la era industrial por la revolución en la transformación de la energía eléctrica, la era de la información se caracteriza por la revolución en los procesos tecnológicos de la información y la comunicación. Y, en forma semejante a la que la revolución tecnológica de la energía en la industrialización creó una nueva sociedad, también la revolución tecnológica de la información y la comunicación da lugar a un nuevo tipo de sociedad caracterizada, fundamentalmente, por estos aspectos. La organización social más funcional para esta nueva etapa es la organización en red: la sociabilidad en red, la educación en red, la política en red y, por eso, la espina dorsal es la red de redes, es decir, Internet. Esta nueva manera de organizarse en red parte de estructuras mucho más flexibles, horizontales, multidimensionales, locales y globales al mismo tiempo. En este contexto, el desarrollo pasa a ser entendido por las personas como la capacidad de poder ser autónomo, de poder elegir lo que uno quiere ser, como bien reflexionaron AmartyaSen y Manuel Castells.

Estos tres pilares del contexto actual: la revolución tecnológica informacional, la organización en red y el valor de la autonomía de la persona y sus derechos individuales tienen impacto en todas las instituciones que heredamos de la era industrial o de la modernidad: sobre la política y los partidos, el trabajo y las empresas, las familias y la sexualidad, la religiosidad, la autoridad y la tolerancia, el consumo y la desigualdad. Atravesamos una transformación acelerada de cómo se produce conocimiento, cómo se organizan las personas y cuáles cosas se valoran. Estas transformaciones impactan con la misma velocidad en la cultura, entendida como el conjunto de creencias, actitudes y valores. El avance de la era de la información implica cambios en la cultura, pero también para adaptarse al avance de la era de la información se requieren cambios culturales profundos.

Dentro de América Latina, Uruguay se ubica en una posición que es auspiciosa para pensar el futuro, porque es el país más secular y, al mismo tiempo, se acerca a una configuración cultural en la que se valoran los derechos de las personas. Uruguay está a medio camino entre los valores de una sociedad industrial moderna y los de una sociedad posindustrial. Esto significa que estamos viviendo, al mismo tiempo, la intersección de valores correspondientes a una etapa de industrialización y los de la posindustrialización, como lo sugieren los estudios comparados de Ronald Inglehart y la Encuesta Mundial de Valores.

Tomando en cuenta diversos índices internacionales, nuestro país se destaca positivamente en la región -es el que mejor distribuye su riqueza, el más sustentable, el de mayor clase media, el de mayor producto por habitante- y en el mundo -es de los más democráticos, de los menos corruptos y presenta un desarrollo humano alto-. En un contexto nacional de crecimiento económico, disminución de la pobreza, baja de la desigualdad e índices de desempleo históricamente menores, una de las razones invocadas, no la única, por cierto, pero fuerte y repetida frecuentemente para explicar las causas de fondo de lo que se percibe como deterioro del país, es la cultura y el cambio de valores.

Las instituciones centrales que caracterizaron la modernidad están en crisis, fueron construidas burocrática y verticalmente en un contexto patriarcal para la sociedad de masas en una economía industrial. Nuestro país está en plena transición de una sociedad industrial a una sociedad de la información. En este proceso, la cultura cambia sustancialmente y, al mismo tiempo, es vehículo necesario del cambio. La nueva era del conocimiento exige la adaptación de las viejas maneras de entender las instituciones básicas de la sociedad, desde los partidos políticos a la educación, desde la familia al trabajo, desde la religión al consumo, desde la delincuencia y las cárceles a los sistemas de innovación, desde las relaciones de género a la capacidad de interactuar con otros en un mundo cada vez más diverso, hiperconectado y con la información disponible en Internet.

La población uruguaya vive este cambio acelerado y las inevitables contradicciones asociadas, ha adoptado pautas culturales que modifican una tradición cultural de más larga duración y, al mismo tiempo, desea mantener vivos algunos de los valores que caracterizaron lo que en varios imaginarios colectivos se entiende que nos define como país y nos otorga identidad. Por ejemplo, se valoran la dignidad y la solidaridad del trabajo, pero no se asume el compromiso de la calidad y la responsabilidad de un trabajo bien hecho; se está alerta ante la contaminación de los grandes proyectos productivos, pero no se asume en la vida cotidiana una conducta de mantener limpias las ciudades; la población vive en múltiples arreglos familiares, unos típicos de la sociedad que queda atrás, otros característicos del mundo que viene; la igualdad es uno de los valores que más distinguen a nuestro país como sociedad, pero en los últimos años aumentó significativamente el número de quienes creen que el esfuerzo redistributivo ya fue suficiente; se ha implementado el Plan Ceibal, pero aún no se ha logrado transformar la educación como se requiere; se valora la tolerancia y se han implementado también políticas significativas en este sentido, pero la violencia doméstica y el machismo siguen siendo un gran problema. Podríamos poner muchos otros ejemplos que reflejan las contradicciones y dificultades de este tránsito, en las áreas estudiadas en este número de la revista y, seguramente, en otras que no se han podido cubrir por falta de espacio, como la cultura y la salud, la cultura y la política, la cultura y el deporte, entre muchas otras.

Vemos que hay una enorme disposición al cambio cultural en la sociedad actual, porque es completamente consciente de la necesaria apertura para adaptarse al futuro y para lograr mayores grados de autonomía en relación con lo que cada uno quiere ser. Cambios que no deben socavar algunos de los valores más preciados, como la dignidad de todas las personas independientemente de su posición económica, sexo, raza, edad; la solidaridad social ante los más necesitados en los momentos de crisis; la laicidad y la democracia.

Algunas instituciones actuales del país, especialmente la educación que capacita a los jóvenes y niños, parecen ir muy por detrás y avanzar mucho más lentamente que la disposición al cambio de la población y de las necesidades del futuro. Pero, al mismo tiempo, esa disposición al cambio de valores en la cultura permitió situar al país otra vez a la vanguardia en la región y en el mundo, en el área de la expansión de derechos. Uruguay abrió camino en el mundo a comienzos del siglo XX con la ley laboral de ocho horas, la abolición de la pena de muerte y la legalización del divorcio. Hoy vuelve a la vanguardia en el siglo XXI con tres leyes revolucionarias como el matrimonio igualitario, el aborto por decisión de la mujer y la regulación del cannabis. Tendremos muchos más cambios culturales en el futuro próximo.

Mencionaremos ahora apenas dos de los varios ejemplos concretos que se analizan en los artículos incluidos en este número de la revista y que articulan estos conceptos. Sabemos que el trabajo en el siglo que despunta es y será aún más diferente al que predominó en el XX. El siglo pasado se caracterizó por la industrialización, el trabajo manual, masculino, organizado en cadenas de montaje fabriles verticales y burocráticas, y se clasificaba en oficios aprendidos y desempeñados para toda la vida. Los valores y actitudes predominantes para legitimar este tipo de trabajo eran la disciplina, escasa creatividad, débil iniciativa, anonimato, la familia patriarcal y una identidad vital definida por el trabajo desempeñado. Pues bien, pensemos en el trabajo de la era del conocimiento actual, con la información e internet como su espina dorsal. Cada vez más el trabajo se caracteriza por la actividad intelectual, aumenta el requisito de la creatividad, se organiza en redes horizontales, los oficios ya no son para siempre sino actividades temporales que deben ser aprendidas recurrentemente, y la mujer se ha incorporado definitivamente al mundo laboral, aunque todavía persistan brechas significativas con los hombres. Naturalmente, el sistema de valores y actitudes en este nuevo mundo del trabajo tiene que diferir con respecto al anterior, queda atrás el machismo, adquiere mayor relevancia el proyecto individual y la iniciativa, se valoran las relaciones más democráticas y se establecen conexiones globales en red. Así como cambia el trabajo y, por ende, la cultura del trabajo se transforma, también mutan, por ejemplo, la familia y los valores y actitudes que la legitiman. Simplificando, podemos afirmar que la familia del siglo pasado en Occidente fue la típica familia patriarcal, con el hombre trabajando y ejerciendo la autoridad, la mujer ocupándose de los quehaceres del hogar, un matrimonio para toda la vida y varios hijos; así era la familia funcional para la economía industrial. Esto se ha revolucionado en el siglo XXI y ya es complicado hablar de familias tipo, porque las hay de divorciados, de matrimonios del mismo sexo, cuyos integrantes a veces incluso vienen ellos mismos de haber formado familias heterosexuales; hay matrimonios sin hijos, familias monoparentales, concubinatos reconocidos, mujeres jefas de hogar y hasta “triejas” formalizadas. La familia del siglo XXI es explosivamente diversa y los valores, creencias y actitudes que la legitiman deben enfatizar la igualdad de género, la libertad de elegir, la tolerancia y el reconocimiento de la diversidad, la no discriminación y la adaptación a vínculos que son limitados en el tiempo.

Sirvan estos dos ejemplos para entender que, en el siglo XXI, las instituciones típicas del XX están caducando. Muchas desaparecieron, otras se están transformando, y comienzan a emerger tantas nuevas. Ocurre en la economía y la relación con la naturaleza, en la política y las bases del poder, en la manera de aprender y educar, en la religiosidad, en las relaciones de parentesco y la manera de reproducirnos, en la concepción de la vida y de la vejez. La cultura cambia con el desarrollo y, al mismo tiempo, lo impulsa; o puede ocurrir también que no cambie y lo paralice. Sin embargo, en la cultura también se define qué es el desarrollo y, por ende, este debe vincularse con lo que la gente quiere y entiende por desarrollo (y no con un concepto definido en abstracto), que estará en consonancia con sus valores, sus creencias y actitudes.

Quiero terminar esta presentación haciendo mención a la Dirección de Planificación de la Oficina de Planeamiento y Presupuesto de Uruguay, porque los primeros siete artículos de este dossier tuvieron origen en el trabajo que coordinamos con esa institución desde el Departamento de Sociología, cuyo objetivo central fue realizar un diagnóstico prospectivo sobre el rol de la cultura como uno de los motores del desarrollo del país del futuro, en el marco de la Estrategia Nacional de Desarrollo Uruguay 2050, que lleva adelante esa Dirección.

Felipe;Arocena Departamento de Sociología. Facultad de Ciencias Sociales,Universidad de la República

Creative Commons License Este es un artículo publicado en acceso abierto bajo una licencia Creative Commons