Porque un momento no es solo algo que pasa, el elemento indiferente de una duración siempre semejante a sí misma. También puede ser una pausa, una apertura, un resplandor que apunta a la posibilidad de otra vida1.
Servidumbre y libertad
Rancière es un filósofo del tiempo, incluso se podría decir, de las temporalidades múltiples. Él nunca ha dejado de preguntarse por la apertura del tiempo o de los tiempos posibles. En este caso -como lo ha hecho en muchos otros lugares, y ahora siguiendo el camino de Chéjov- busca «obstinadamente una apertura indecisa del tiempo».2
El autor de El desacuerdo vuelve a escribir un libro sobre el tiempo o, más concretamente, sobre el conflicto entre diversas temporalidades que se manifiesta en la obra de un reconocido autor. Un ejercicio muy similar ya lo había emprendido hace unos años, cuando dedicó un libro entero al cineasta húngaro Béla Tarr.3 En aquel momento, el núcleo del texto residía en la tensión entre los tiempos de la repetición, la fuga, la promesa, la muerte y la historia causal, que atraviesan todas las películas dirigidas por Tarr. Dicha tensión solía resolverse a favor de la repetición y en contra de la promesa de lo nuevo o de la fuga fuera del estado de cosas dado; interpretación ante la cual Rancière optó por reivindicar la afirmación digna de las vidas humildes frente al poder de la repetición,4 solo momentáneamente victoriosa.
En esta nueva obra, el autor escogido es el célebre narrador ruso Antón Chéjov, y la tensión temporal que se explora a lo largo del libro -y que, por tanto, recorrería toda la obra del escritor- es aquella que se da entre el tiempo de la repetición, también llamada servidumbre, y el tiempo de la libertad; este último movilizado por el amor, el momento y por la decisión. Si Rancière, respecto a Béla Tarr, decía que aquel director siempre estuvo haciendo una misma película acerca de un mismo asunto,5 en el caso de Chéjov podríamos decir que para Rancière el narrador ruso siempre está escribiendo un cuento sobre un mismo tema. Y este tema no sería otro que tensión entre la servidumbre y la posibilidad -vislumbrada en el lejano horizonte- de la libertad, o, como también la llama este autor, de otra vida posible. El paso de un estado a otro dependerá siempre de una decisión, esta es la elección de sus personajes de avanzar hacía aquella imagen de la vida nueva y de la libertad posible o la elección de no caminar en esa dirección, y, por ende, de reproducir la repetición de la servidumbre. En palabras de Rancière: «el tema es el pequeño momento, condensado del tiempo ordinario, en el que podemos ver a individuos que observan ellos mismos lo que ocurre y sienten el aliento de la servidumbre o la llamada de otra vida».6 Así la historia que cuenta Chéjov a través de docenas de cuentos es «la mayoría de las veces, la posibilidad de una historia: “la introducción a una historia”» diferente y nueva.7
No es la primera vez que Rancière reivindica la potencia del momento por encima de conceptos temporales más tradicionales como la revolución o la necesidad histórica.8 Para nuestro autor, el momento hace referencia a cada instante en el cual se juega tanto la reproducción de la vieja distribución desigual de los tiempos como «una posible distancia y una posible redistribución» de aquellos.9 El momento es entonces «el poder de engendrar otro tiempo al redistribuir los pesos en la balanza de los destinos».10 Se trata, claramente, de la reivindicación del momento como poder «que engendra otra línea de temporalidad».11
Esta interpretación se mantiene en su nuevo libro: el momento aparece como un sinfín de «momentos decisivos» a los cuales se enfrentan los personajes de Chéjov,12 ante estos deben dar un sí o un no, estar a su altura y tomarlos o simplemente dejarlos pasar. Todos se enfrentan al famoso «ha llegado el momento».13 Aquí, el momento representa una pausa, una apertura, «un resplandor que apunta a la posibilidad de una nueva vida».14 El momento aparece así como «el momento en que era -o habría sido- posible mirar de frente el destino propio»,15 para torcerlo, cambiarlo o resignarse y aceptarlo tal cual es.
Desafortunadamente, «la mayoría de las veces, los personajes escapan del momento en que deben enfrentarse a su destino» y dejan pasar la oportunidad que no volverá a presentarse.16 La mayoría se muestra incapaz de «interrumpir el flujo normal del tiempo».17 Solo en contadas ocasiones algunos de ellos tienen la voluntad y el valor de elegir la libertad, logrando así «prolongar la potencia del instante».18
Aquello que, en repetidas ocasiones, pone sobre la mesa la necesidad de la decisión es el amor, la encrucijada amorosa: huir con el verdadero amor o quedarse con quien no se ama. Ya en su libro sobre Tarr, Rancière comentaba una escena similar: para uno de los protagonistas del director húngaro, lo que lo impulsa al intento de huida es el amor hacia una amante, una especie de bruja que porta la llave del afuera.19 En este caso, vemos decenas de personajes que se enfrentan a aquella misma decisión; ellos y ellas no están imposibilitados para decidir -al estilo de Hamlet-, sino que siempre eligen: quedarse o huir. De lo que se trata es del «comienzo de una vida nueva de amor».20 En palabras de uno de los personajes de Chéjov: «“Lo que para mí fue una banal aventura amorosa improvisada constituyó para ella toda una revolución en su vida”».21 Para Rancière, los cuentos de Chéjov están poblados de «amores femeninos» que son «una guerra declarada a todo un mundo de servidumbre».22
No es posible detenerse aquí en cada uno de los cuentos y personajes citados por Rancière -son demasiados y sus historias resuenan constantemente entre sí-, pero sin duda la lectura del autor es sistemática; Chéjov escribe siempre sobre una misma tensión. Por ello no es casual que esta escritura tenga algo así como una metodología común analizada por Rancière. Este método está compuesto de varios elementos, entre ellos: «suprimir el principio y el final» de los cuentos.23 Ya Rancière ha rechazado en muchas ocasiones el viejo modelo poético aristotélico que prescribía la necesidad de un inicio y un final para cada historia,24 nuestro autor celebra que la poética moderna, cuyo nuevo modelo es Virginia Woolf, haya superado aquella regla. En este caso, suprimir el inicio y el final del cuento hace posible que la historia siempre quede abierta, aun luego de una decisión negativa la historia nunca estará verdaderamente cerrada, y cuando aquella es afirmativa al dejarla sin un verdadero final Chéjov se impide a sí mismo prescribir el ser de la vida nueva. Chéjov «los deja en plena marcha. Pinta las cosas «como son», es decir, en el medio, sin imponerles un principio del que serían las consecuencias, ni un final al que necesariamente conducirían».25 De esta manera «puede pasar cualquier cosa».26
El anterior elemento metodológico va de la mano con el siguiente: «no mentir», esto implica precisamente no describir el tiempo como una cadena de necesidad histórica causal que explique la acción de los personajes. Chéjov de esta manera intenta ser sincero con sus lectores: «si no hay final, no es que todo pase y nada tenga sentido, es que la libertad está siempre lejos y siempre en lontananza, y debemos respetar la distancia que nos separa de ella y nos convoca al mismo tiempo».27 No es que la decisión afirmativa realice inmediatamente la vida nueva y la libertad en contra de la servidumbre, esta es más bien el primer paso de un camino hacia ella. Como dice Rancière: «de pausa en pausa y de enganche en enganche, se desgarra y se desdobla en el tiempo de una libertad presentida que se niega a terminar pero que sigue siendo una posibilidad en suspenso».28 Es una lástima que los traductores del título en español hayan escogido una palabra tan poco evocadora como «lontananza» para el título. Una traducción mucho más sencilla y de sentido común pero más potente para Au loin la liberté, que es el nombre original en francés, habría sido algo así como «lejos la libertad» o «a la distancia la libertad». Que la libertad siga estando lejos, o a la distancia, resuena con aquel concepto ranciereano -rescatado por la profesora Quintana- de écart:29 esa separación que constituye la brecha entre dos estados, que mide la distancia que los separa y, al mismo tiempo, transforma el primero en dirección al segundo. Tal vez algo de eso se encuentre en esa posibilidad de vislumbrar -y decidirse por- la libertad y la vida posibles.













