Los medicamentos y los dispositivos médicos han salvado a millones de seres humanos y mejorado la salud y la calidad de vida de millones más a lo largo de los años: vacunas, antibióticos, prótesis, implantes, entre otros, son los responsables de éxitos terapéuticos que significaron y significan adelantos extraordinarios en la salud humana.
Pese a ello, no todo es color de rosa.
La industria farmacéutica y las industrias de fabricación de insumos médicos (prótesis, implantes, etc.) tienen, como la mayoría de las empresas, fines de lucro.
La industria farmacéutica, en particular, se considera que encabeza, junto a la industria del armamento y la petrolera, la lista de las industrias económicamente más poderosas del planeta.
Pese a lo delicado de los insumos que produce (medicamentos, vacunas), su fin principal es la ganancia de dinero. La demostración más clara (si aún teníamos dudas) fue lo sucedido en la pandemia de COVID-19. Las vacunas se proveyeron para los países que podían abonarlas y países como Haití, por ejemplo, las recibieron cuando la pandemia estaba ya en etapas muy avanzadas, pese a que la Organización Mundial de la Salud había proclamado la importancia de que todos los países la recibieran y diseñó una estrategia (COVAX) que no fue respetada.
A su vez, economías poderosas como algunas europeas y de Estados Unidos compraron más del doble de lo necesario para su población.
Uruguay, junto con otros países de América, tuvo que firmar un contrato de confidencialidad sobre el precio de las vacunas; está demás expresar que tanto el gobierno de nuestro país, como de la mayoría de los países, no tienen la capacidad para enfrentarse a los gigantes de la industria.
La mercantilización de la medicina, y específicamente del acto médico, es también un fenómeno mundial, cada vez más generalizado y en el que nuestro país no podía estar ausente.
El cuerpo médico es asediado por la industria farmacéutica y por las industrias que producen insumos médicos, para que indiquen sus medicamentos o utilicen sus insumos.
Con respecto a los medicamentos, se utilizan diversos procedimientos. Comenzando con los visitadores médicos, que en general son personas relativamente jóvenes, bien preparadas para promocionar los productos de sus respectivas compañías y entregar información, generalmente destacando los beneficios de los mismos. No es extraño que al cambiar de laboratorio, cambien sus discursos y con la misma devoción que antes recomienden sus nuevos productos.
Además de ello, para ciertos médicos, la industria tiene reservadas invitaciones especiales para congresos, jornadas y otros eventos, tanto en la ciudad en que habitan o en otras partes del país e incluso en el extranjero. Generalmente esas actividades están en gran parte financiadas por los laboratorios que invitan y la mayor parte de los congresos médicos en Uruguay y en el mundo están financiados por la propia industria.
No supe comprender este mecanismo de marketing durante el desarrollo de mi profesión y lo visualicé cabalmente cuando tuve la oportunidad de ser director del Programa de la Niñez del Ministerio de Salud Pública.
En cuanto a los insumos de uso médico (prótesis, implantes) es frecuente que los profesionales indiquen sus preferidos, aunque pongan en compromiso al paciente con un esfuerzo económico, aunque dichos insumos (de otros proveedores) estén financiados por el Ministerio de Salud Pública o por el Fondo Nacional de Recursos.
En el mundo han surgido grupos de médicos, llamados “Médicos Sin Marca” o “No Gracias”, que no reciben visitadores ni aceptan ninguna regalía de los laboratorios.
Estas líneas me decidí a escribirlas cuando llegó a mis manos una receta de un o una profesional médica, en este caso especialista en dermatología, de una conocida mutualista del país, en la que le indica a su paciente el medicamento que necesita, en una receta impresa por el laboratorio, en el que están indicados todos los medicamentos que ese laboratorio produce y con una cruz el producto que le indica al paciente.
Las preguntas que sugiere esta práctica son varias. La receta que el paciente entrega en una farmacia comunitaria en la que consta el nombre del médico/a ¿llega nuevamente al laboratorio?, y si es así, ¿hay alguna retribución especial de alguna forma para el médico que hizo la receta?
Me parece una forma poco ética de ejercer la medicina y debiera haber alguna medida para evitar este modo de indicar medicaciones.
Surgen varias interrogantes: ¿es necesario que los médicos reciban información científica de visitadores médicos que obviamente lo hacen de acuerdo a lo indicado por ese laboratorio?, ¿es necesario que los congresos médicos sean financiados por los laboratorios?, ¿no será más adecuado que las asociaciones de médicos financien sus propias jornadas aunque no haya cenas fastuosas ni se realicen en hoteles cinco estrellas?, ¿no creerán más en sus profesionales los pacientes si estas prácticas se generalizan y se dan a conocer a la opinión pública?
La Sociedad Uruguaya de Pediatría ha sido a lo largo de su rica historia pionera en acciones que promueven el bienestar de sus pacientes y la ética de sus profesionales.
¿Nos animaremos a ser pioneros en este tema? Como médico retirado, integrante de la Sociedad durante toda mi vida pediátrica como socio, invito a reflexionar sobre este tema1-3.













