Estimados integrantes del Comité Ejecutivo del Sindicato Médico del Uruguay, de la editorial de la Revista Médica del Uruguay, colegas y amigos/as que nos acompañaron el 3 de diciembre 2024:
Quiero agradecerles esta gran distinción a mi esposo Felipe, padre y abuelo de la familia. Es un reconocimiento destacado que, además, coincide con el aniversario de la RMU en su medio siglo de existencia. Creo que Felipe es merecedor de este reconocimiento, y en este breve relato quiero recordar su militancia, menos conocida por los más jóvenes.
Felipe ingresó a la Facultad de Medicina en el año 1965, en un momento de grandes conflictos en Uruguay. Desde entonces, militó en la Asociación de Estudiantes de Medicina (AEM), integrando una de las agrupaciones de aquel momento dentro de la única asociación de estudiantes de medicina que existía. Las agrupaciones expresaban una diversidad de ideas, pero convivíamos serenamente en las diferencias. Entrar a la facultad fue para nosotros abrirnos a un marco mucho más amplio de conocimientos y experiencias. Desde el primer año nos integramos a las discusiones sobre los cambios en el plan de estudio y quedamos maravillados con la sapiencia de los docentes que integraban esos grupos de trabajo.
Felipe fue delegado de clase, referente de su generación y luego fue delegado de la AEM ante el ejecutivo del SMU. Allí compartió con militantes de excepción, como el Dr. Manuel Liberoff, querido médico de la zona de Paso Carrasco, quien fuera luego “desaparecido” en Buenos Aires en fechas cercanas a los asesinatos de Michelini, Gutiérrez Ruiz, Whitelaw, entre otros.
En ese comité ejecutivo se vivieron las instancias previas al golpe de Estado y el golpe mismo: esa noche aciaga en la que disolvieron las cámaras, ilegalizaron todos los gremios y sindicatos, cerraron la Universidad de la República y persiguieron ferozmente a todos los militantes y participantes de esos baluartes de la democracia. Felipe participó en todas las convenciones médicas organizadas por el gremio. En la primera de ellas, en 1971, en la colonia de Solís, también era delegado su padre, el Dr. Felipe Schelotto Sacarello, lo que los llenó de orgullo a ambos. Creo que fue la última antes del golpe. La siguiente fue a la salida de la dictadura, en la sala Camacuá, donde Felipe tuvo el honor de hacer la relatoría inicial, acompañado del Dr. Crotogini y otros baluartes del gremio médico. En esa instancia se expulsó del gremio a los médicos torturadores. ¡Fue una estancia memorable!
Durante la dictadura, todos los estudiantes y docentes desconectados de nuestras instituciones de pertenencia, tuvimos experiencias muy azarosas: detenciones, encarcelamientos, muertes, exilios y destituciones. Fuimos categorizados en tres categorías: A: buenos, B: más o menos y C: deleznables.
Los de la C no teníamos derecho a nada: no podíamos trabajar ni obtener el certificado de buena conducta, no podíamos concursar ni tener pasaporte, ni salir del país. Nos habían quitado todos los derechos de la ciudadanía. No existíamos.
Felipe, en ese tiempo, hizo los trabajos más inverosímiles: copiar documentos a máquina en instituciones donde debía trabajar los fines de semana, analizar muestras de orina en laboratorios, entre otros.
Los sindicatos realizaron la increíble huelga general en 1973, que marcó el inicio de la impopularidad de la dictadura. Los gremios estudiantiles, entre otros, se unieron a ella y lograron sostenerla por más de dos semanas, gracias al apoyo popular que llevaba apoyo moral y comida a los ocupantes de las instituciones para su subsistencia. Fueron tiempos aciagos, pero gloriosos. Muchos dieron su vida, otros sufrieron largas presiones, torturas, encarcelamientos y exilios; otros fueron asesinados. A pesar de todo, la resistencia popular nunca se rindió, mantuvo viva la llama de la libertad y de la democracia viva. Se hacía lo que se podía, y nadie se quedó sin hacer nada, a pesar de que cada pequeño acto era peligroso y podría costarte la vida.
Felipe tuvo la “bendición” de entrar a trabajar en Conaprole en 1974 y se unió a la lucha de un gremio de trabajadores aguerridos que no claudicó. En Conaprole, como en los otros lugares donde trabajó, hizo una transformación. En este caso, de todas las tareas del Laboratorio Industrial, creó desde cero el edificio de ese laboratorio y formó un equipo especializado de cuarenta profesionales que mejoraron sustancialmente la tarea de producción y la calidad de Conaprole, que ha caracterizado a la empresa. Ahí trabajó durante 20 años y se hizo reconocer y querer como siempre, a pesar de su personalidad tímida.
Antes del fin de la dictadura se creó el PIT (Plenario Intersindical de los Trabajadores) y el gremio médico empezó la constitución del CIM (Comisión Intergremial Médica). Había que crear nuevas instituciones, ya que las auténticas estaban prohibidas. Los estudiantes crearon la Asociación de Estudiantes de Enseñanza Secundaria (ASCEP) y funcionamos en la sede de AFCASMU en la calle Garibaldi. La dictadura se iba desmoronando, en 1983 perdió el plebiscito que ella misma había propuesto y el pueblo cada vez más unido, se manifestó en su contra. Eso resultó en “El Río de Libertad” en noviembre de 1983, la celebración del 1° de mayo de ese mismo año y otras expresiones auténticamente democráticas y populares.
La vuelta a la democracia
La vuelta a la democracia fue intensamente celebrada por la excarcelación de los presos políticos, la liberación de Seregni, poder volver a los locales universitarios y gremiales, etc.
El primer día que Felipe llegó a su querido Instituto de Higiene; y vaya que si lo quería así como a toda su gente, encontró todo desierto. Las mesadas de trabajo siempre llenas de tubos de ensayo y demás, estaban vacías. Nada se había hecho en esos años y temían por las valiosas colecciones de microorganismos que allí se atesoraban, base y resultado de años de trabajo y de investigación. Había empezar de nuevo.
Durante esos años trabajó 14 horas diarias, siete en Conaprole y otras siete en el Instituto de Higiene. Concursó y obtuvo los grados 2, 3, 4 y 5, hasta llegar a profesor titular y director del Departamento de Bacteriología y Virología en la Facultad de Medicina. En ese momento, debía tener dedicación exclusiva y dejó, con mucha pena, el laboratorio de Conaprole, aunque siempre siguió vinculado a él y a su equipo de trabajo. En la Universidad y en la Facultad estaba todo por hacer, retomar las iniciativas detenidas, retomar la actividad gremial, la investigación, la extensión, así como los vínculos nacionales e internacionales.
Felipe militó en ADUR medicina y ADUR Central, fue presidente del Claustro de Medicina, con compañeros ilustres como el Prof. Pitocho Carbajal, el Prof. Ángel Gines y el Prof. Bielli. Fue Director del Instituto de Higiene, como su maestro el Prof. Ciro Peluffo, uno de sus grandes referentes. En todos estos espacios dejó su impronta de trabajo y renovación.
Amaba lo que hacía con pasión, recorrió todo el país de sur a norte y de este a oeste, en su trabajo de 20 años sobre la Leptospirosis, visitó cientos de establecimientos rurales, investigó la leptospirosis humana, de bovinos, equinos, de roedores, de lobos marinos, etc. Durante su desempeño de Decano FM, también compartió actividades en el interior cada vez que fue solicitado, trabajó mucho con la gente de Salto para que se hiciera la carrera de medicina desde el primer año. Felipe era incansable y tenía un arte para crear vínculos con la industria, los trabajadores y la gente en general.
Como Decano, también tuvo un desempeño transformador de la enseñanza, la investigación, la extensión y la formación de recursos en medicina. Toda persona que lo conoció, militó y trabajó a su lado recuerda con admiración su dedicación y compromiso en todo lo que hacía. Trabajó como docente libre casi hasta el fin de sus días, hasta que ya no pudo subir más las escaleras del IH.
En sus últimos meses, recibió en casa la visita de innumerables amigos y compañeros de trabajo que venían a contarle los avances de sus trabajos y nuevas publicaciones. Él quedaba feliz con esos encuentros y avances que despertaban su avidez e interés. Agradecemos muchísimo esas visitas, nunca nos sentimos solos, siempre rodeados por el demos universitario, por los amigos con quienes compartimos lo mejor de nuestras vidas, llena de deseos y de muchas concreciones.
En el SMU militó con grandes amigos, como Joselo Quevedo Italia, Edén Echenique, Cristina Cavaganro, Inés Vidal, Gonzalo Ferreira, Cristina Grela, entre otros. ¡Un grupo formidable! Integró en muchas oportunidades el Consejo Arbitral y fue integrante del Comité Ejecutivo y Tesorero de la institución.
Fui testigo de la dedicación que tuvo en todo lo que emprendió. Fue un médico con igual entrega a su profesión, a su familia de origen y a la familia que creamos juntos. Inolvidable hijo, padre y abuelo.
Aunque a veces, como esposa y como madre, hubiera querido que estuviera más tiempo con nosotros, él no podía dejar de ser fiel y trabajar de la manera que entendía que se debían hacer las cosas. Lo acompañamos, aunque no era fácil, en todos los grandes desafíos que llevó adelante en su vida.
Lo recordamos, valoramos y tratamos de seguir su imborrable ejemplo.
Muchas gracias nuevamente en nombre de toda la familia.












