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Revista de Ciencias Sociales

versión impresa ISSN 0797-5538versión On-line ISSN 1688-4981

Rev. Cien. Soc. vol.38 no.57 Montevideo  2025  Epub 01-Dic-2025

https://doi.org/10.26489/rvs.v38i57.2 

Artículo

Faccionalismo, correlaciones de fuerza y conflictividad en el PIT-CNT (1983-2023)

Factionalism, correlation of forces, and conflict in the PIT-CNT (1983-2023)

Faccionalismo, correlações de força e conflito no PIT-CNT (1983-2023)

1Universidad de los Andes, Chile. Email: cristobal.karle@miuandes.cl


Resumen

El artículo describe, sintetiza y analiza las dinámicas del conflicto interno en la principal organización sindical uruguaya, el Plenario Intersindical de Trabajadores-Convención Nacional de Trabajadores (PIT-CNT), entre 1983 y 2023. Se establecen tres etapas históricas principales de conflicto, a cada una de las cuales corresponde una determinada estructura de faccionalismo que ordena la discusión interna, caracterizando a los diferentes grupos que compiten por la representación del conjunto de los trabajadores, sus discursos, identidades y relaciones mutuas. Se concluye afirmando la existencia de fisuras básicas que producen identidades y dinámicas de competencia interna en distintos períodos, relevando el cambio y continuidad en el rol de los partidos políticos en dicho ordenamiento.

Palabras clave: Organización laboral; movimiento sindical; faccionalismo; sindicalismo uruguayo; PIT-CNT

Abstract

This article describes, synthesizes and analyzes the dynamics of the internal conflict in the main Uruguayan trade union organization, the Plenario Intersindical de Trabajadores-Convención Nacional de Trabajadores (PIT-CNT), between 1983 and 2023. Three main historical stages of conflict are established, each of which corresponds to a certain structure of factionalism that orders the internal discussion, characterizing the different groups that compete for the representation of the group of workers, their discourses, identities and mutual relations. It concludes by affirming the existence of basic fissures that produce identities and dynamics of internal competition in different periods, highlighting the change and continuity in the role of political parties in said order.

Keywords: Labor organization; workers’ movement; factionalism; Uruguayan unionism; PIT-CNT

Resumo

Este artigo descreve, sintetiza e analisa a dinâmica do conflito interno na principal organização sindical uruguaia, o Plenario Intersindical de Trabajadores-Convención Nacional de Trabajadores (PIT-CNT), entre 1983 e 2023. Três principais etapas históricas do conflito são estabelecidas, a cada um dos quais corresponde uma determinada estrutura de faccionalismo que organiza a discussão interna, caracterizando os diferentes grupos que competem pela representação do grupo de trabalhadores, seus discursos, identidades e relações mútuas. Conclui afirmando a existência de fissuras basicas que produzem identidades e dinâmicas de competição interna em diferentes períodos, destacando a mudança e a continuidade do papel dos partidos políticos nessa ordem.

Palavras-chave: Organização trabalhista; movimento operário; faccionalismo; sindicalismo uruguaio; PIT-CNT

Introducción

En años recientes, distintos estudios han fijado la mirada sobre la trayectoria de los movimientos laborales en América Latina en el período histórico posterior a la «tercera ola de democratización» (Hagopian y Mainwaring, 2005), registrando la existencia de sucesivos ciclos de movilización social y nuevas formas de articulación con la institucionalidad política, dando cuenta de una revigorización en la actividad de los movimientos populares y específicamente del sindicalismo (Silva y Rossi, 2018). Este resurgimiento de la literatura sobre movimientos laborales latinoamericanos ha abordado principalmente la inserción del sindicalismo en la política (Collier y Mahoney, 1999; Murillo, 2001; Levitsky, 2003; Buchanan, 2008; Carneiro, Fuentes y Midaglia, 2020), «tema dominante del análisis de esta forma de organización obrera en América Latina» (Zapata, 2013, p. 20), como también nuevas temáticas como es el caso de las intersecciones entre género y trabajo (Natalucci, Ríos y Vaccari, 2020). La relevancia histórica de los movimientos laborales en la región es generalmente indisputada, dada su capacidad para «modelar la arena política» (Collier y Collier, 1991) y articular vectores de insubordinación a las políticas estatales, así como de representación y movilización de masas, forjando en sus discursos y repertorios de acción colectiva un alcance que trasciende al mundo del trabajo y permea a la sociedad.

Estos movimientos se constituyen principalmente a través de «organizaciones de movimiento social», entendidas como expresiones institucionales que «identifican sus objetivos con las preferencias de un movimiento social y buscan implementar tales objetivos» (McCarthy y Zald, 1977, p. 1218). Dichas organizaciones suelen estructurarse en tres niveles de asociación. En un nivel más básico, se trata de trabajadores agrupados en sindicatos. En un nivel intermedio, sindicatos agrupados en federaciones o confederaciones, usualmente de acuerdo con su rama de actividad productiva. Y en un nivel superior, federaciones o confederaciones pertenecientes a diferentes sectores productivos agrupadas en centrales sindicales, que participan del debate público y buscan incidir en las políticas públicas a nivel nacional. La caracterización predominante de los movimientos sociales y sus organizaciones, sin embargo, adolece de una carencia fundamental. En un esfuerzo de abstracción, suele identificarse a los movimientos laborales como una suerte de caja negra: se estudian sus actitudes, sus repertorios de acción colectiva, sus características organizacionales en lo formal, sus discursos y la forma en la cual han reaccionado a determinadas directrices externas. Empero, sus dinámicas internas, roces, discusiones y luchas por el poder y la hegemonía que ocurren al interior de las propias organizaciones sindicales, han recibido relativamente poca atención en cuanto a explicar los fenómenos que comúnmente se asocian a la trayectoria de los movimientos laborales latinoamericanos en las últimas décadas.

El presente trabajo asume como premisa que las organizaciones en torno a las cuales se articulan los movimientos sociales, y específicamente los movimientos laborales, son espacios en permanente conflicto y cuya actividad pública unitaria corresponde al resultado contingente de una disputa entre fuerzas heterogéneas, a la manera de los «campos de lucha» que describe Bourdieu (1997). Este conflicto «es tan integral en la vida de estos grupos como lo es la conversación» (MacIntyre, 2006, p. 205). Sin embargo, difícilmente tal conflicto resulta ser aleatorio o indefinido. En cambio, suele estar estructurado en torno a facciones con un nivel variable de cohesión interna que compiten entre sí por la hegemonía de la organización. Así, el faccionalismo se entiende como una dinámica de «conflicto entre una facción organizacional y otros miembros, o entre facciones organizacionales en competencia» (Kretschmer, 2013), entendiendo «facción» como «cualquier subgrupo de una unidad más grande que trabaje para el avance de políticas o personas particulares» (Lasswell, 1944, p. 49). En este sentido, distintos trabajos han buscado caracterizar las formas que adquieren estas dinámicas, categorizando e identificando distintos tipos de facciones (Belloni y Beller, 1978; Sartori, 1980). En su conjunto, la configuración interna del conflicto entre facciones producido en un espacio particular, en la medida en que adquiere regularidades susceptibles de ser identificadas, puede comprenderse como una «estructura de faccionalismo» caracterizada por la existencia de una o más fisuras básicas (Scully, 1995), tomando como referencia el modelo de Lipset y Rokkan (1992). Estas fisuras permiten «ordenar» la configuración del conflicto, estableciendo las líneas de competencia y prefigurando así su resultado. A lo largo del tiempo, estas fisuras -o su predominancia relativa- están sujetas a modificaciones, sea por «coyunturas críticas» o por tendencias estructurales que cambien la forma y el contenido de la dinámica faccional (Carmines y Stimson, 1981).

En particular, este artículo aborda como estudio de caso el movimiento laboral y sindical en Uruguay a lo largo de tres décadas. Este movimiento, constituido nacionalmente en la central sindical PIT-CNT (Plenario Intersindical de Trabajadores-Convención Nacional de Trabajadores), que a su vez agrupa a una multiplicidad de organizaciones laborales de base y federaciones por rama de actividad, cuenta con un anclaje histórico profundo en la sociedad uruguaya y sus instituciones políticas. No obstante, el tipo de relación existente entre el movimiento, sus organizaciones, la política y la sociedad uruguaya ha estado en permanente transformación. La presente investigación profundiza en las estructuras de faccionalismo asociadas a la competencia interna del PIT-CNT desde la transición a la democracia hasta la actualidad, entre 1983 y 2023, describiendo a los grupos que se disputan la conducción de la central y la configuración de sus dinámicas de conflicto recíproco. Se identifican tres períodos históricos a los cuales corresponden determinadas estructuras de faccionalismo, asociadas con la prevalencia de clivajes específicos que establecen dinámicas particulares de competencia interna y acción pública. En este sentido, la relevancia sociológica del artículo descansa en la descripción y análisis del comportamiento intergrupal dentro de un movimiento social articulado en torno a una organización representativa, registrando y explicando sus divisiones internas, sus transformaciones a través del tiempo y las consecuencias que acarrea. Además de la sociología, este trabajo realiza aportes relevantes en el terreno de la ciencia política, al estudiar dinámicas de conflicto político al margen del Estado; y la historia, al rescatar información y estructurar una narrativa acerca de la trayectoria del movimiento laboral uruguayo y el PIT-CNT en las últimas décadas, una temática escasamente estudiada directamente pese a su relevancia societal (Porrini, 2004). Se orienta metodológicamente a través de un análisis de fuentes primarias y secundarias, destacando la revisión de archivos de prensa, documentos institucionales e investigaciones previas, así como la realización de entrevistas en profundidad a una decena de dirigentes sindicales, provenientes de diferentes ramas de actividad y adscripciones políticas.

Este artículo se estructura de la siguiente forma. Luego de la introducción, se presenta una revisión sintética de la literatura teórica relevante y el marco conceptual a utilizar, presentando el argumento general y destacando el aporte que realiza este trabajo a la literatura existente. En segundo lugar, se expone una breve síntesis del sindicalismo uruguayo en cuanto sujeto colectivo y objeto de investigación histórica, resaltando algunas de sus características tanto formales como extraformales. A continuación, se profundiza el análisis y la descripción de tres períodos históricos que corresponden a diferentes estructuras de faccionalismo adoptadas por el movimiento laboral uruguayo organizado en torno al PIT-CNT. Primero, una etapa de reorganización posdictadura y hegemonía del Partido Comunista del Uruguay (PCU), entre 1983 y 1992. Segundo, una etapa de repliegue ante las políticas neoliberales y redistribución del faccionalismo interno, debido a la crisis del PCU y la emergencia de nuevas tendencias, entre 1993 y 2004. Tercero, una etapa de consolidación de un bloque hegemónico entre el PCU y Articulación, que agrupa a tendencias políticas de izquierda moderada, entre 2004 y 2023. Por último, el artículo presenta conclusiones y reflexiones finales.

Estructuras de faccionalismo y periodización

Según han observado autores como Sartori (1980), cualquier tipo de organización humana relativamente compleja cruzada por asimetrías de poder y representación tiende a manifestar diferencias en su interior. Las organizaciones sindicales, tanto a nivel de base como en sus aparatos de coordinación de mayor tamaño, no son la excepción. Como apunta Angell (1974, p. 217), la literatura «normalmente supone que los sindicatos son gobiernos unipartidarios», aunque en la práctica operan como escenarios de disputa entre grupos que reivindican identidades, sensibilidades o propuestas diferentes para la acción sindical. Estos grupos, en la medida en que reconocen «un vínculo de unidad precedente» y comparten un espacio de trabajo y participación -la organización sindical-, pueden ser identificados como facciones (Rastogi, 1967, p. 18). Existen diferentes definiciones de «facción» (Reiter, 2004, p. 253), aunque la mayoría coinciden en referirse a esta como un subgrupo de una unidad más grande, dentro de la cual ella busca impulsar determinados lineamientos y objetivos propios. A su vez, el «faccionalismo» es la dinámica emergente que se produce al entrar en actividad dichos subgrupos (Lasswell, 1944; Kretschmer, 2013).

En este sentido, el concepto de faccionalismo aplicado a la organización sindical «incluye a todos los grupos políticos dentro de un sindicato, desde grupos informales y temporales hasta las estructuras permanentes de partidos» (Seidman et al., 1958, p. 209). Aunque este fenómeno suele ser referido negativamente, dado que promueve la desviación de recursos y energía desde la lucha sindical a la disputa interna, también tiene ventajas: mantener informada e interesada a la militancia de base, posibilitar el entrenamiento de habilidades de negociación y actividad política fuera de los espacios burocráticos, y establecer un mayor control sobre las dirigencias sindicales, entre otras (Dickenson, 1981). En palabras de Martin (1968, p. 207), el faccionalismo es «la sangre que da vida (life-blood) a la democracia interna», y esta última depende a su vez de la posibilidad de organizar grupos internos con autonomía respecto de la dirigencia vigente.

En el caso uruguayo, la existencia de corrientes de opinión asociadas a partidos políticos se registra desde sus primeras décadas de existencia, y es destacada por la literatura existente como un rasgo central en su composición. Según Alexander (2005, p. 8), el movimiento sindical uruguayo «fue un escenario de conflicto permanente entre grupos políticos enfrentados», entre los cuales menciona a los anarquistas, anarcosindicalistas, socialistas, comunistas y trotskistas como los más importantes, aunque resaltando la presencia de los dos partidos más importantes: Nacional y Colorado. En palabras de Porrini (2005, p. 223), la evidencia histórica muestra «un movimiento sindical constituido por una diversidad de tendencias que se enfrentaron ideológicamente», en un conflicto impregnado tanto por «los modelos societales que representaban o a los que aspiraban» como por «la coyuntura internacional», la cual, a su vez, también era procesada en clave ideológica. Esta historia, en cuyos inicios se profundiza en la sección siguiente, contiene numerosas escisiones e intentos fallidos de articular una organización representativa del conjunto del movimiento sindical uruguayo. Esta unidad se concreta a mediados de la década de 1960, y permanece en lo fundamental hasta el día de hoy en la institución del PIT-CNT. Desde entonces, las diferencias ideológicas dentro del movimiento se han expresado dentro del PIT-CNT, puntualmente en sus Congresos, en los cuales -mediante un sistema de elección indirecta- los afiliados escogen un Secretariado Ejecutivo compuesto por los distintos subgrupos en pugna. La evolución histórica del peso de estos subgrupos puede verificarse en la Tabla 1.

Tabla 1. Integración del Secretariado Ejecutivo del PIT-CNT (1985-2021) 

a En 1985, como Movimiento de Liberación Nacional-Tupamaros (MLN-T). b En 1993, corresponde al Movimiento 26 de Marzo; en 2001 y 2003, a la Corriente de Izquierda. c En 1985, como Izquierda Democrática Independiente (IDI). Nota: Las abreviaturas y una breve reseña de cada grupo en los Apéndices 1 y 2. Fuente: Elaboración propia, en base a Zurbriggen et al. (2013, p. 13), Antía (2018, p. 140) y prensa.

Como puede observarse, existen patrones de regularidad, continuidad y cambio en los subgrupos que compiten por el control del PIT-CNT. Hay facciones que se mantienen en el tiempo, mientras otras emergen, desaparecen, aumentan o disminuyen su incidencia. Por ende, el faccionalismo en cada caso no es puramente azaroso ni amorfo, sino que responde a una estructura: la «configuración de la organización interna» de un grupo social, en este caso el PIT-CNT (Fairchild, 1997, p. 114). Estas «estructuras de faccionalismo» corresponden a la forma en la cual están organizadas las facciones, cómo se relacionan, interactúan y distinguen entre sí. De acuerdo con el modelo de Lipset y Rokkan (1992), las estructuras de interacción y división dentro de los sistemas de partidos pueden explicarse a partir de conflictos políticos y sociales subyacentes que introducen «clivajes» o «fisuras generativas» en determinados momentos de la historia -llamados «coyunturas críticas»-, generando agrupamientos a cada lado de la fisura y estructurando de esta forma el conflicto en torno a un eje central, aunque no exclusivo. En el contexto latinoamericano, tomando como base el modelo anterior, Scully (1992, p. 18) ha sugerido que «la forma adoptada por el conflicto dentro de sistemas de partidos puede analizarse a través del lente de fisuras generativas fundamentales», que permiten examinar la evolución histórica de estos sistemas identificando dichas fisuras, las coyunturas críticas que les dan origen y los agrupamientos que se constituyen en torno a ellas. Dado que, siguiendo a Sartori (1980, p. 77), cualquier organización puede ser potencialmente estudiada como un «sistema de partidos en miniatura», es posible aplicar este marco conceptual para estudiar las dinámicas de faccionalismo dentro del PIT-CNT, con el objetivo de arrojar luz sobre sus transformaciones internas y cómo ellas han sido, a la vez, causa y consecuencia de diferentes estructuras de faccionalismo al interior de la central.

En sus primeros años de existencia formal, que coinciden con el primer gobierno después del retorno a la democracia en 1985, la fisura que atraviesa internamente al PIT-CNT -generada al consolidarse institucionalmente la central- es la actitud respecto del papel que juega el PCU en la transición, que los demás subgrupos consideran excesivamente moderado y obsecuente con la administración del Partido Colorado. Ello se potencia, asimismo, con otras críticas a la conducción del PCU, que por entonces representaba alrededor de la mitad de la militancia de la central. El esquema resultante es uno en el cual se confrontan el PCU y los demás, no obstante la heterogeneidad de estos últimos. La segunda estructura de faccionalismo del período emerge a partir de la coyuntura crítica del quiebre del PCU, entre 1990 y 1992. Este suceso modifica completamente la correlación de fuerzas interna en el PIT-CNT, y da lugar a una fisura generativa en la cual los subgrupos se ordenan de acuerdo con el carácter primordialmente institucional o rupturista de su oposición al gobierno. Este esquema dura hasta la coyuntura crítica de 2003 y 2004, cuando -luego de una crisis económica e importantes movilizaciones- se vuelve inminente la llegada al poder del Frente Amplio, con el cual la central mantiene estrechos vínculos. En ello, la fisura generativa es la actitud que los subgrupos adoptan respecto del gobierno frenteamplista, lo cual da pie a una estructura de faccionalismo cruzada por dicha consideración, emergiendo así subgrupos que reivindican la autonomía sindical tanto en la izquierda como en el centro. Esta trayectoria, que se describe con mayor detalle en los apartados posteriores del artículo, está resumida en la Tabla 2.

Tabla 2. Fisuras, coyunturas críticas y evolución del faccionalismo en el PIT-CNT 

Fuente: Elaboración propia, con base en el modelo de Scully (1992, p. 33)

Este cuadro de síntesis es, a su vez, el resultado de la investigación a partir de la cual se constituye este artículo. Ella se sostiene en una revisión, sistematización y análisis exhaustivo de múltiples fuentes, tanto primarias como secundarias, además de fundamentos teóricos. Dentro de estos últimos, cabe destacar los trabajos de Belloni y Beller (1978), Blackwell (1990), Bourdieu (1997), Dickenson (1981), Evans (1995), Kretschmer (2013), Martin (1968) y Rastogi (1967), entre otros, además del marco conceptual proporcionado por Lipset y Rokkan (1992) y Scully (1992), que ofrece una base para analizar y periodizar la trayectoria histórica del PIT-CNT. En cuanto a las fuentes secundarias, se han examinado, en primer lugar, trabajos previos que hacen referencia directamente al objeto de estudio; esto es, las dinámicas internas del movimiento sindical uruguayo en el período. Entre ellas, cabe destacar con especial relevancia los aportes de Alegre (2006), Bidegain y Tricot (2016), De Armas (2017), Doglio, Senatore y Yaffé (2004), Dominzain (2014), Lanza (2013), Monestier (2007), Moreira (2009), Ojeda (2010), Padrón y Wachendorfer (2017), Quiñones (2021), y Zurbriggen, Doglio y Senatore (2003).

Ellas han sido complementadas por trabajos que permiten contextualizar el período, tanto ampliando su perspectiva al campo internacional (Angell, 1974; Buchanan, 2008; Collier y Collier, 1991; Collier y Mahoney, 1999; Murillo, 2001; Silva y Rossi, 2018; Zapata, 2013) como a los orígenes del sindicalismo uruguayo en décadas previas (Alexander, 2005; Cores, 1989; Chagas y Trullen, 2023; Errandonea y Costabile, 1969; Porrini, 2004, 2014; Sosa, 2021; Zapirain, Zubillaga y Salsamendi, 2016). Lo adquirido en estas fuentes ha sido complementado por fuentes primarias, puntualmente diarios y revistas, así como sitios web de estos mismos y otros medios de prensa, destacando entre ellos las revistas Brecha y Tres, los diarios El País y El Observador, la agencia Uypress y el periódico sindical El Popular. Asimismo, se destaca el aporte de documentos institucionales como los de Pereira (2005) y Leopold et al. (2016). Por último, se han incorporado entrevistas a líderes de las diferentes facciones en momentos históricos determinados, con el objetivo de comprender de mejor forma cuál es la perspectiva que mantienen respecto de las transformaciones descritas, así como de las diferentes dinámicas de conflicto. Los entrevistados, que aparecen consignados anónimamente en la lista del Apéndice 2, fueron seleccionados para representar diferentes facciones de importancia en distintos momentos de la central: el PCU en las cuatro décadas, tanto en sus derivaciones «ortodoxas» como «renovadoras» -escindidas en 1992-; el grupo Articulación, proveniente de Pluna-Paraninfo y otros sectores moderados; así como otros sectores radicales y autonomistas emergentes, como la Coordinación de Sindicatos y En Lucha. El método utilizado fue la «entrevista autobiográfica narrativa», ubicando a los entrevistados en su trayectoria personal como militantes y dirigentes, buscando ahondar en sus recuerdos y percepciones subjetivas acerca de los diferentes acontecimientos narrados (Svašek y Domecka, 2012). Extractos de las entrevistas se introducen en la descripción de la trayectoria en distintos períodos del trabajo, complementando y profundizando la perspectiva sobre los hechos y coyunturas particulares, de forma similar a la aplicada por Muñoz Tamayo (2012).

En conjunto, el trabajo en torno a estas fuentes constituye un esfuerzo de integración de material e información bajo un marco de análisis sociológico e histórico sin precedentes. La periodización elaborada permite comprender, de mejor forma, cómo y de qué manera se han estructurado los conflictos dentro del PIT-CNT entre 1983 y 2023, así como las alianzas, las discusiones y los lineamientos generales de acción en cada momento del período histórico analizado. Toda vez que el movimiento sindical uruguayo se ha caracterizado históricamente por su pluralidad y diversidad político-ideológica, resulta de gran relevancia conocer de qué forma dicha heterogeneidad se ha acompasado -y cuál ha sido la fuerza de cada una de las corrientes en cuestión- para producir actividad y movilización social, así como incidencia en las relaciones laborales y el escenario sociopolítico del país. Esta periodización, además, proporciona un marco explicativo para las formas que ha adquirido el conflicto interno del PIT-CNT, ubicando los quiebres históricos en coyunturas críticas que han modificado las estructuras de faccionalismo vigentes, influyendo con ello en el carácter que adquiere la actividad interna y externa de la central en años subsiguientes. En este sentido, este trabajo no solamente aporta al desarrollar históricamente la trayectoria de las últimas décadas del PIT-CNT en sus conflictos internos, sino que también provee una explicación sociológica para sus dinámicas, las posiciones y repertorios de acción que adopta, y la relación que ha adoptado con su entorno político y social.

El sindicalismo uruguayo: antecedentes y síntesis sociohistórica

Dentro del contexto latinoamericano, Uruguay suele destacar por la estabilidad interna de su sistema político, consistentemente apuntado como una democracia de alta calidad, capaz de procesar conflictos a través de una institucionalidad política de legitimidad elevada (Altman y Pérez-Liñán, 2002; Barreda, 2011; Alcántara, Rivas y Rodríguez, 2024). Uno de los principales factores asociados con este rendimiento es la estrecha vinculación entre el sistema de partidos y la ciudadanía, identificando a Uruguay como un sistema político que cuenta con «raíces en la sociedad» (Seawright, 2018), con una sociedad civil efectivamente organizada y activa, donde la participación en movimientos sociales e instancias de actividad contenciosa permite integrar a la ciudadanía en un esquema sociopolítico estable. El movimiento laboral uruguayo es probablemente el más importante dentro de esta dinámica, manteniendo una relación de proximidad con independencia respecto de sus partidos políticos afines, un alto nivel de movilización e incidencia en la formación de políticas públicas, así como una eficaz vinculación con otros movimientos sociales (Bidegain y Tricot, 2016). Desde 1984, la principal expresión organizacional de este movimiento es el PIT-CNT, tributario de la «unión simbólica» de la CNT, proscrita en 1973 por la dictadura militar, y el PIT, organizado en 1983 por jóvenes dirigencias sindicales de oposición al régimen (Padrón y Wachendorfer, 2017).

Es importante resaltar algunas características distintivas del movimiento laboral uruguayo relevantes para el presente estudio. Primero, la alta tasa de sindicalización que alcanza el país, con un crecimiento importante en las últimas dos décadas, a contrapelo de las tendencias estructurales en países desarrollados (Quiñones, 2021). Segundo, su elevado nivel de cohesión sindical, uno de los más elevados en la región (Somma et al., 2023), lo cual implica que casi la totalidad del movimiento se encuentra organizado en torno a una sola central sindical: el PIT-CNT, lo cual vuelve al movimiento susceptible de ser estudiado en su faccionalismo y sus agrupamientos internos como un «sistema de partidos en miniatura», siguiendo la expresión de Sartori (1980, p. 77). Tercero, la costumbre de elegir la composición de su órgano máximo de decisión -el Secretariado Ejecutivo- a partir de negociaciones entre las corrientes, en lugar de una competencia abierta, incluso aumentando o disminuyendo el número de escaños de acuerdo con las necesidades de la negociación, lo cual facilita el consenso y vuelve menos probable una ruptura. Cuarto, la importancia discursiva de la «unidad» en las dirigencias del movimiento (Siola, 2016), que incrementa el reproche cultural a las intenciones rupturistas. Quinto, la autoconcepción del PIT-CNT como «plenario» de federaciones y confederaciones en lugar de «central» propiamente tal, lo cual implica un grado mayor al habitual de autonomía en sus organizaciones subalternas. Sexto, el alto grado de institucionalización de la negociación colectiva en el país por medio de los «Consejos de Salarios», que implica amplias posibilidades de negociación ramal y nacional tripartita con el Estado y los empleadores, capacidad de incidencia que a su vez fomenta la militancia sindical en un arreglo institucional de «neocorporativismo segmentado» (Etchemendy, 2019). Séptimo, su estrecho e histórico vínculo con el Frente Amplio (FA), coalición de partidos y movimientos del centro a la izquierda, que cuenta con fuerte arraigo territorial y en movimientos sociales (Padrón y Wachendorfer, 2017; Pérez, Piñeiro y Rosenblatt, 2019), lo cual redunda en que la mayoría de las dirigencias internas se identifiquen con él o alguna de sus corrientes internas. En conjunto, estas y otras diferentes características del movimiento laboral uruguayo lo distinguen de sus homólogos y lo convierten en un caso de estudio relevante.

Históricamente, la trayectoria del movimiento laboral uruguayo comienza, al igual que en el resto de América Latina, hacia finales del siglo XIX, con la emergencia de las primeras organizaciones de resistencia y asociación entre trabajadores, con un propósito inicialmente corporativo que comienza pronto a despuntar hacia una crítica del modelo vigente de producción y relaciones laborales, con grados variables de politización (Zapata, 2013). De acuerdo con Errandonea y Costabile (1969), durante las primeras décadas del siglo XX predominaba en Uruguay un «sindicalismo de oposición», orientado a la «acción directa» y asociado a la Federación Obrera Regional Uruguaya (Foru), de tendencia anarquista. Esta fisonomía sufrió transformaciones internas con la expansión de la producción industrial, pasando a un modelo «dualista», en el cual las estructuras sindicales experimentaron una escisión de prácticas y objetivos estratégicos entre bases y dirigencias. Asimismo, comenzaron a emerger progresivamente nuevos actores como los trabajadores rurales agropecuarios, reprimidos con particular fuerza pero con importante apoyo de sectores urbanos, particularmente en la militancia de izquierda (González Sierra, 1994). En este contexto «pudo percibirse la emergencia de la clase obrera como fuerza social» (Porrini, 2014, p. 17), a la vez que se intensificó la pugna de corrientes de opinión -en muchos casos asociadas a partidos políticos- derivada de la «heterogeneidad ideológica» dentro del movimiento sindical (Porrini, 2005). El PCU, fundado en 1920, se estableció rápidamente como la fuerza mayoritaria, superando a otras corrientes como los socialistas, anarcosindicalistas, socialcristianos y elementos vinculados a los partidos tradicionales del país: colorados y nacionales. En 1942, el esfuerzo unitario más importante hasta la fecha dio origen a la Unión General de Trabajadores (UGT), que sin embargo fue hegemonizada por los comunistas y sufrió sucesivos cismas en años posteriores (Alexander, 2005). En 1951, puntualmente, se forma la Confederación Sindical del Uruguay (CSU), vinculada con las redes internacionales del sindicalismo anticomunista (Sosa, 2019). A principios de la década de 1950, en el movimiento laboral uruguayo «actuaban a lo menos ocho tendencias sindicales distintas» (Cores, 1989, p. 127).

A partir de 1956, con la convocatoria de los sindicalistas de la carne, se desencadenan distintos procesos que culminarían en la unificación del movimiento laboral uruguayo, con la convocatoria en 1964 a la formación de una Convención Nacional de Trabajadores (CNT), la cual queda formalmente establecida luego del Congreso de Unificación Sindical en 1966 (Álvarez, 2021). Según Zapirain, Zubillaga y Salsamendi (2016, p. 122), el estatuto «fue prácticamente una obra de ingeniería» para mantener y proyectar la cohesión sindical. En este período también surge el FA como instrumento político de disputa institucional para la amplia unidad de centroizquierda (Aguirre, 2021), mientras se produce una intensificación de las «luchas populares, el crecimiento de la guerrilla urbana de izquierda, de los grupos armados de derecha -estos últimos con connivencia estatal- y el debate en los sindicatos y la CNT sobre los caminos a seguir» (Porrini, 2014, p. 20). Si bien la CNT fue liderada por el socialista José D’Elía, los comunistas ganaron rápidamente influencia en sus estructuras con el ingreso de nuevos sindicatos en los Congresos de 1969 y 1971 (Doglio, Senatore y Yaffé, 2004). Ello acentuaría la hostilidad de la derecha, estigmatizando a los sindicatos como «organizaciones politizadas cuyo objetivo principal no era la defensa de los trabajadores, sino cumplir con los designios del comunismo local e internacional» (Sosa, 2021, p. 138). Hasta el golpe de Estado de 1973, que da inicio a un largo período de represión e ilegalización de las organizaciones sindicales, la corriente mayoritaria de la CNT está integrada por comunistas y aliados, que proponen una estrategia de «acumulación de fuerzas», sin buscar una ruptura inmediata a diferencia de otros sectores más radicales, configurando una dinámica de conflicto interno que, con matices, volvería a replicarse en décadas posteriores.

Primera etapa: reorganización y hegemonía comunista (1983-1992)

Durante la dictadura militar, las organizaciones laborales uruguayas son ilegalizadas y pasan a ser objeto de una intensa represión, que desarticulan el tejido organizacional existente con anterioridad a 1973 y convierte a los remanentes de la proscrita CNT en un «pequeño y clandestino movimiento de resistencia sindical» (Alexander, 2005, p. 74). Sin embargo, la escala de la represión no alcanzó el nivel de las «purgas» efectuadas en otros países (Buchanan, 2008), lo cual permitió una lenta rearticulación apuntalada por dirigentes jóvenes y más bien desconocidos, dado que los principales líderes de la CNT habían sido forzados al exilio. Así, el sindicalismo participa y construye espacios de «resistencia» a través de actividades sociales, culturales y territoriales, entre otras (Chagas y Trullen, 2023). Luego de la derrota de la iniciativa constitucional de la dictadura en 1980, se abriría un «nuevo ciclo político» en el cual la oposición podría ir progresivamente rearticulando sus estructuras ante la luz pública (Zapirain et al., 2016, p. 153), hasta formar en 1983 el Plenario Intersindical de Trabajadores (PIT). Al año siguiente, luego de una huelga general y la consolidación de la apertura democrática, es oficialmente fundado el PIT-CNT y diferentes agrupaciones internas comienzan a disputarse el liderazgo en su conducción.

Luego del ‘84, ya con el advenimiento de la democracia, obviamente, ahí explotó el espacio de libertad y funcionaron corrientes afines al Partido Comunista, corrientes afines al Partido Socialista, corrientes afines a un partido llamado Partido por la Victoria del Pueblo (…) después había gente de la Vertiente Artiguista, gente independiente, había militantes de partidos tradicionales también que tenían su agrupación. (Dirigente de Foeb-PVP, 2023).

Las corrientes en ese momento eran muy parecidas a las de siempre (…) fue muy natural que cada uno se ubicara en su corriente, (e) incluso durante el PIT ya éramos parte de esa discusión de corrientes. (Dirigente de Aute-PCU, 2023).

De acuerdo con Siola (2016), «el gran crecimiento del movimiento sindical en el período de transición y las formas que adquirió la reorganización de los sindicatos agudizó la puja de las diversas corrientes políticas por el control del movimiento sindical, en un contexto de ascenso en la movilización popular». Si bien el PCU emerge mayoritario, otros grupos como los socialistas y los ex-Tupamaros crecen en influencia (Alexander, 2005, p. 77). Muy pronto se fija una línea central de conflicto entre los comunistas y las corrientes «insurgentes», que luchan por «asegurarse una posición mayoritaria en la dirección del movimiento» (D’Elía, 1986, p. 165). En el Congreso de 1985, casi la mitad de los delegados se retiran acusando una actitud autoritaria por parte de los representantes comunistas, quebrando en los hechos la unidad de la cual se preciaba el movimiento laboral uruguayo.

Nosotros, la mélange esa en la que estábamos los que no éramos comunistas, con distintas características, tuvimos la misma desviación vanguardista y hegemónica de la que los acusábamos (…) cada grupo político internamente lo que tenía era el deseo de vanguardizar el proceso (…) y eso facilitó al PCU el recuperar la hegemonía. (Dirigente de Fancap-PSU, citado en Lanza, 2013, p. 50)

No estaba dentro de la directiva del Partido (Comunista) ir a un Congreso de la central a gargantear que nosotros somos los más grandes, los mejores, los importantes, y nos tocan determinados cargos (…) el Partido tuvo un error, ese error puso en tensión la unidad del movimiento sindical y el Congreso (de 1985) no pudo terminar, terminaron volando las sillas. (Dirigente de Suanp-PCU, 2023).

Si bien la unidad del PIT-CNT quedaría restaurada en el Congreso Extraordinario de 1987, luego de concesiones por parte de la corriente comunista -que producen un Secretariado Ejecutivo repartido a partes iguales entre los comunistas y la suma de las demás corrientes- el conflicto entre la mayoría comunista y los demás grupos quedaría instalado (Baumann y Fessler, 2003, p. 128). En estos Congresos se expresa, asimismo, la transformación del sindicalismo uruguayo en términos de la representatividad de «los correspondientes sectores de la fuerza de trabajo» (Errandonea, 1989, p. 135). Empero, predomina la disputa entre corrientes que expresan identidades políticas. La línea de fisura se marca entre los comunistas y los demás grupos, que acusan una posición excesivamente cercana entre el PCU y el gobernante Partido Colorado (Lanza, 2013, p. 50). Así, se observa una dinámica similar a lo que Scully (1992, p. 46) describe como pugna entre «los de adentro» (ins) y «los de afuera» (outs), eje ortogonal respecto al clásico espectro izquierda-derecha, entre los comunistas -que controlan la mayoría de los cargos y detentan una mayor cercanía con el poder político- y los demás. Se trata de una competencia marcada por la hegemonía comunista y la percepción de los otros subgrupos respecto del uso que estos le dan. Esta es la primera estructura de faccionalismo correspondiente al período posdictadura en el movimiento laboral uruguayo, sintetizada en la Figura 1, y se expresa con nitidez variable entre 1985 y 1992.

Figura 1.  Estructura de faccionalismo del PIT-CNT entre 1985 y 1992 

La posición comunista se desgasta en años subsiguientes por una percepción de cercanía con el gobierno del Partido Colorado, aunque principalmente por sus propias tensiones internas, al calor de la «renovación» propugnada por algunos de sus dirigentes, que implica abandonar el ideario marxista-leninista. Desde 1988, el PCU pierde progresivamente el control sobre su dirigencia sindical (Lanza, 2013, p. 101). Los nuevos dirigentes critican el «aparatismo» y el «voto enyesado», es decir, la línea de partido respecto de discusiones propias del movimiento laboral (Harnecker, 1991, p. 201). En el Congreso del PIT-CNT en 1990, se mantiene la paridad en el Secretariado Ejecutivo entre comunistas y no comunistas, aunque muy pronto el PCU se fractura definitivamente entre «históricos» y «renovadores», siendo la mayoría de los dirigentes sindicales afines a esta última facción.

Efectivamente teníamos visiones distintas sobre lo que estaba pasando en el socialismo real que hicieron muy difícil la convivencia política (en el PCU). Yo ponía de ejemplo, en aquellos momentos, (que) llegábamos a discusiones del tipo de estar discutiendo mucho rato, en la previa de una sesión del Comité Central, el orden del día. O sea, no nos poníamos de acuerdo ni en el orden del día. (Dirigente de Aute-PCU-Renovador, 2023).

El éxodo masivo de los «renovadores» del PCU hacia 1992 deja al PIT-CNT en un vacío de poder: el bloque de conducción, luego de resquebrajarse, se había desintegrado en apenas unos pocos meses. Una vez fraccionada la corriente comunista, la mélange de facciones opuestas al PCU se ve obligada a una reconfiguración que necesariamente modifica los clivajes predominantes de la dinámica sindical. Así, «el nuevo ordenamiento interno del FA, conduce a que ninguna de sus fracciones mantenga capacidad de “control” sobre el movimiento sindical. Aumenta la autonomía de éste respecto al FA, llegando incluso a situaciones de confrontación probablemente inimaginables en otros tiempos» (Zurbriggen, Doglio y Senatore, 2003, p. 14). Con la crisis del PCU «la izquierda perdió buena parte de su capacidad de disciplinamiento del movimiento sindical, aquella que los comunistas, responsables de la conducción mayoritaria de la central sindical desde su fundación, ejercieron por décadas» (Doglio et al., 2004). En el Secretariado Ejecutivo, el PCU pasa de tener siete representantes a solo uno, iniciando una travesía por el desierto que abre una nueva etapa y una nueva configuración del conflicto faccional en el PIT-CNT.

Segunda etapa: repliegue y redistribución (1993-2004)

En el Congreso de 1993, los comunistas obtienen apenas dos puestos en el Secretariado Ejecutivo, tras haber sufrido la fuga de centenares de dirigentes. Para Monestier (2007, pp. 68-69), el impacto de esta coyuntura previa «se expresó en una lucha mucho más abierta entre distintas fracciones de la izquierda política por lograr el control del movimiento, sin que ninguna de ellas llegue a consolidar una posición dominante estable». Los comunistas se ven reducidos a su sector «histórico», mientras la mayoría de los excomunistas se organizan en torno al Espacio Paraninfo. Las corrientes moderadas, que incluyen a socialistas, democratacristianos y otros grupos menores, se reúnen en el Grupo Pluna. Estas dos facciones coincidirían en varios debates internos durante el resto de la década, fortaleciendo su alianza hasta difuminar los límites entre ambos grupos.

A la hora de configurar corrientes sindicales y corrientes de pensamiento en un momento de crisis, cada cual se agarró al cabo que podía (…) la caída del socialismo real reconfiguró las corrientes históricas (…) después de los ‘90, los comunistas siguieron con menos peso en la central, pero con un gran peso (…) ahora ya (aparecía) una corriente, como vos decís, que son la suma de múltiples corrientes de ex comunistas, de socialcristianos, socialdemócratas, de socialistas, y la tercera corriente es esta anarcosindicalista que quedó muy minoritaria. (Dirigente de Fumtep-Pluna-Paraninfo, 2023).

El Partido Comunista en el año ‘90 se resfrió y el sindicalista comunista tosía (…) (la caída de) ese muro, llamale de hormigón, pero que también es ideológico, repercutió muchísimo dentro del Partido Comunista. Muchísima gente se fue (…) y eso también fue de la mano, por coincidencia, obviamente, de que acá en Uruguay había ganado un partido tradicional las elecciones en el ‘90, que lo primero que hizo fue cercenar los derechos laborales de la negociación. (…) eso también trajo un debilitamiento de la herramienta sindical. Se dio junto. (Dirigente de Foeb-Pluna-Paraninfo, 2023).

La crisis del PCU no solamente se reflejó en un nuevo equilibrio de fuerzas dentro del PIT-CNT, sino también en un cambio estratégico. Según explica Lanza (2013, p. 101),

la política conciliadora de acumulación de fuerzas impulsada por los comunistas, caracterizada por la “resistencia” a los magros ajustes de sueldos (…) dejó lugar a una lucha más frontal en busca de “revertir” la política salarial del gobierno del presidente Luis Alberto Lacalle.

De esta forma, la fragmentación comunista «fortaleció las posiciones gremiales sobre las políticas y promete propiciar movilizaciones de mayor intensidad ante un fortalecimiento de la Mesa Representativa en la toma de decisiones» (Rodríguez, 1992, p. 6). Sin embargo, este debate no estuvo exento de controversias. Ya en 1992, con ocasión de la aplicación de un mecanismo de democracia directa (MDD) para derogar parcialmente la Ley de Empresas Públicas -que propiciaba el impulso a la privatización-, los sectores moderados se habían impuesto contra los más radicales, que deseaban una derogación total y sin diálogo con fuerzas más allá de la izquierda (Monestier, 2007, p. 27). El resultado favorable de este proceso consolidó los MDD como fórmula de oposición a los ajustes neoliberales, y también validó una posición menos rupturista en el seno del PIT-CNT, la cual se vería confirmada en 1998 con el fracaso de una iniciativa similar impulsada por la Tendencia Clasista y Combativa (Monestier, 2007, p. 39). En el Congreso de 1996, marcado por la atomización de grupos en los espacios de representación de la central, se produce un áspero debate entre las posiciones moderadas, representadas principalmente por el subgrupo Pluna-Paraninfo, y las posiciones radicales, de la TCC con apoyo circunstancial del PCU (Tulbovitz, 1996, p. 22). En este sentido, la estructura de faccionalismo predominante a lo largo de este período -ilustrada en la Figura 2- opone a quienes plantean una oposición intensa, aunque con fines de canalización institucional, contra quienes proponen una actitud más rupturista.

Figura 2.  Estructura de faccionalismo del PIT-CNT entre 1993 y 2004 

En síntesis, el panorama del faccionalismo en el PIT-CNT durante esta etapa debe comprenderse a la luz de dos fenómenos, cada uno de los cuales produce efectos significativos en el actuar de las facciones. Primero, la entropía interna generada por la crisis del PCU, que despoja a la central de su otrora bloque hegemónico, crea nuevos subgrupos y modifica las perspectivas de las corrientes existentes. Segundo, la avanzada del ajuste neoliberal impulsado por el gobierno de Lacalle Herrera -y a grandes rasgos continuada luego por los colorados Sanguinetti y Batlle-, que coloca al movimiento laboral en una posición defensiva y de desgaste interno, pero también de urgencia respecto a la movilización social; ello genera que un clivaje fundamental y ordenador del faccionalismo sea, en esta etapa, hasta qué punto negociar o acatar las directrices institucionales de un Estado y un gobierno que se considera claramente hostil a los trabajadores, no obstante la necesidad de luchar contra este se manifiesta intensamente en la mayoría de las dirigencias.

Hacia el cambio de siglo, conviven todavía en el PIT-CNT algunas corrientes más estrechamente ligadas a partidos políticos con plataformas transversales: el PCU, el MPP (ex-Tupamaros) y el PSU, además de los grupos Pluna y Paraninfo, que ya comienzan a organizarse como una sola corriente. En este contexto estalla una profunda crisis económica en el país, trayendo consigo altos niveles de inflación, desempleo y una caída drástica de los salarios reales (Antía, 2002). La urgencia de los problemas hace que la militancia sindical, aunque mermada, se vuelque a las calles y articule alianzas inéditas con sectores gremiales tradicionalmente refractarios al sindicalismo (Dominzain, 2014, p. 98). Solamente en 2002 se registra un total de 12 paros generales (Olivieri y Zacheo, 2010).

Si bien la crisis económica golpea a los trabajadores uruguayos -y por extensión al sindicalismo- de manera rápida y severa, el debate estratégico dentro del PIT-CNT demora un poco más y termina ordenándose con miras al VII Congreso. Así,

el octavo congreso de la central sindical realizado en octubre del 2003 supone una instancia en donde algunos de los procesos descritos en presencia de una nueva coyuntura política y social del país, estructuran patrones de cambio en la secuencia seguida.

En particular, «el factor contextual más significativo es la percepción del inminente triunfo de la izquierda a fines del 2003» (Alegre, 2006, p. 27). Esta constatación es la que modifica la estructura de faccionalismo y cambia la fisura generativa, constituyéndose como coyuntura crítica con el VIII Congreso como principal expresión formal.

Para algunos la confrontación es y deberá seguir siendo la línea de acción frente al poder, tenga la orientación que tenga. Otros sectores apuestan a la movilización y negociación. En el fondo subyacen las enormes expectativas que genera un gobierno de izquierda y, a la vez, el temor de que dichas expectativas se vean desvirtuadas. (Zurbriggen et al., 2003, p. 9).

Los comunistas y los grupos ligados a Pluna-Paraninfo coinciden en dar una canalización político-institucional al malestar callejero, perfilando una alianza que sostiene el fortalecimiento de los vínculos con el FA, por entonces en pleno auge.

Nos pusimos de acuerdo en cómo generar correlación de fuerzas para que ganara la izquierda, e hicimos algo muy duro, primero cómo se manejó la crisis en Uruguay, que no fue como en Argentina donde terminaron diciendo “que se vayan todos”. Aquí la síntesis de la crisis del 2001-2002 es que es necesario cambiar el gobierno, y nosotros logramos incluso hacer acuerdos con los empresarios para eso. O sea, el PIT-CNT tuvo la capacidad a partir de estas dos corrientes, y con la tercera corriente en contra, de convocar (…) y eso solo fue posible porque teníamos un acuerdo entre (Pluna-Paraninfo) y el Partido Comunista a largo plazo. (Dirigente de Aute-Pluna-Paraninfo, 2023).

Se avizoraba, ya era irremediable, que el próximo gobierno iba a ser de izquierda. Y nosotros evaluamos en el Congreso, y nos decíamos los trabajadores, “¿vamos a hacer de cuenta que no va a ganar? ¿O vamos a prepararnos que si gana, cuál es nuestro rol y qué hacemos? ¿Cuál es nuestra plataforma?”. (…) La independencia de clase de la central sindical no significa prescindencia de clase; independencia es una cosa, prescindencia de lo que pasa socialmente es otra, y no iba a ser la central de trabajadores de Uruguay prescindente de los cambios políticos. Estamos a favor de los cambios políticos para que nos gobierne un partido político que nos respete, que nos otorgue derechos. (Dirigente de Suanp-PCU, 2023).

Esta coyuntura crítica modifica el panorama preexistente en dos sentidos. Por una parte, cristaliza una alianza de largo alcance entre comunistas y Pluna-Paraninfo, que apunta a convertirse en una «nueva fuerza política disciplinadora» del PIT-CNT, tal como lo fuese el PCU en décadas previas (Zurbriggen et al., 2003, p. 14), integrando también a los socialistas y tomando distancia de los ex-Tupamaros y grupos más radicales de izquierda que luego del Congreso entran en un pronunciado declive. El triunfo de la iniciativa popular (MDD) contra la privatización de la industria petroquímica a finales del mismo año resulta también un aliciente para dicha estrategia (Monestier, 2007, p. 48). Por otra parte, el clivaje entre «moderados» y «radicales» (Alegre, 2006, p. 15) comienza a mutar hacia un clivaje fundamental fijado en torno a la actitud respecto del FA, la campaña presidencial y el eventual gobierno de Tabaré Vázquez. Si bien en un inicio existe una gran correspondencia y solapamiento entre ambos clivajes, pronto se vuelve evidente que el rechazo hacia la connivencia entre la dirigencia sindical y el FA puede adquirir diferentes modalidades. En 2004, el FA gana finalmente las elecciones, con el respaldo de una central sindical que ha vuelto a encontrar cohesión en sus dirigencias principales, disciplinadas ante la posibilidad del triunfo con un nuevo pacto de gobernabilidad entre corrientes sindicales.

Tercera etapa: consolidación del bloque orgánico y nuevos conflictos (2004-2023)

El ascenso al gobierno del FA en 2005 trastoca completamente las perspectivas del movimiento laboral uruguayo. Para Zapirain et al. (2016, p. 182), el gobierno frenteamplista

representa una forma de pensar la sociedad que implica colocar al trabajo en el centro de su organización, tanto para construir una equidad social como para dinamizar la producción nacional, oponiéndose de esta manera a aquellas visiones que entienden que la política social debe quedar subordinada a la política económica.

Pese a este cambio epocal, como puede verse, la coyuntura crítica para efectos de la estructura de faccionalismo interna del PIT-CNT es previa a la elección de Tabaré Vázquez. Cuando el gobierno frenteamplista asume, existe ya una alianza entre PCU y Pluna-Paraninfo que controla los espacios representativos de la central y tiene una línea de acción determinada para acompasar los procesos. Dado que la estructura de faccionalismo cambia hacia 2003 y no en 2004-2005, la coyuntura crítica no es el triunfo de Vázquez, sino más bien la reconfiguración interna propulsada por la crisis y la posibilidad eventual de dicho triunfo en meses previos. Para el Congreso de 2006, el nuevo bloque de conducción cuenta con 9 de 14 representantes en el Secretariado Ejecutivo, con el predominio del grupo Pluna-Paraninfo, que cambia su nombre a Articulación, reafirmando su identificación con los sectores moderados del FA.

Articulación termina siendo la síntesis de ese periodo confuso (de los 90), y ahí vas a encontrarte con prácticamente el 90% de los ex comunistas (…) (también) los socialistas, los democratacristianos, sectores de una izquierda que en su momento fue más radical (…) toda esa gente terminó quedando en Articulación, y eso tuvo un particular afianzamiento con el gobierno del Frente Amplio, porque el Frente Amplio entendió que su relación más natural o más confiable era vía Articulación, pero ahí es donde se logra un acuerdo que hasta el día de hoy funciona entre Articulación y el Partido Comunista. (Dirigente de Aute-Articulación, 2023).

Si bien la alianza entre PCU y Articulación se estabiliza, a medida que se expande la base de militancia sindical en la central luego de haberse contraído en la década anterior (véase Figura 3), existen también algunas tensiones entre ambos grupos. Mientras Articulación se liga al «astorismo» (Zapirain et al., 2016, p. 188), los comunistas mantienen una dinámica propia reivindicando con fuerza la «independencia de clase» (Ojeda, 2010, p. 25). Pese a esto, durante los primeros años del FA en el gobierno, el PCU y Articulación ofrecen gobernabilidad en la interna de la central sindical para mantener un movimiento laboral autónomo, aunque proclive al oficialismo. Durante esta etapa, el PIT-CNT mantiene públicamente «un apoyo crítico al gobierno, como mejor manera de sintetizar las correlaciones de fuerzas internas levemente superiores del oficialismo» (Moreira, 2009, p. 229), a la vez que la situación política existente propicia un auge de la militancia sindical (De Armas, 2017, p. 237). En los primeros años desde la reapertura de los Consejos de Salarios por parte del gobierno frenteamplista, el PIT-CNT aumentó su militancia en 100.000 afiliados, y «se registró la creación de 400 nuevas organizaciones sindicales» (Midaglia y Antía, 2007). La hegemonía del PCU y Articulación se extiende luego de los Congresos de 2008 y 2011, absorbiendo además a remanentes del PSU y MPP que terminan integrándose mayoritariamente en la misma dinámica. La hegemonía alcanzada por el bloque es tal que las discusiones comienzan a producirse dentro del mismo, o bien defendiendo periódicamente al FA de los ataques del «autodenominado polo radical», cuya incidencia práctica es de todas formas escasa (Ojeda, 2010, p. 24).

Figura 3. Cantidad de afiliados al PIT-CNT (1985-2017) 

En palabras del presidente José Mujica, el FA y el PIT-CNT son «animales nacidos de la misma placenta» (Padrón y Wachendorfer, 2017, p. 72), con una historia común que se remonta a mediados del siglo anterior. Resulta evidente que las coincidencias históricas y orgánicas entre PIT-CNT y FA llevaron a que la central tuviese una posición indulgente respecto del gobierno. «Pero hasta dónde llega esa “complicidad” (…) es el punto sobre el cual el movimiento sindical no ha tenido una respuesta unívoca» (Zapirain et al., 2016, p. 187). Dicha discusión marca y estructura el faccionalismo del PIT-CNT durante este período. Es importante recordar que, salvo algunos elementos aislados y dispersos de «sindicalismo blanco» (Ojeda, 2010, p. 19) y los trotskistas del Partido de los Trabajadores, hasta 2008 todas las corrientes relevantes representaban diferentes espacios dentro del paraguas del FA. Sin embargo, a medida que se desgasta el proceso frenteamplista, aparecen nuevas expresiones sindicales que tienen una posición al menos ambigua con la coalición, y rechazan de plano lo que entienden como una «burocratización» o «instrumentalización» del movimiento sindical a través de Articulación y el PCU, marcando una nueva línea de fisura entre quienes plantean mayor o menor cercanía al gobierno y al FA. La estructura de faccionalismo predominante, sintetizada en la Figura 4, opone al PCU y Articulación con las nuevas expresiones que emergen, además de los resabios del sindicalismo de centroderecha.

Figura 4.  Estructura de faccionalismo del PIT-CNT entre 2005 y 2023 

En este sentido, es posible distinguir dos vertientes de crítica que aportan focos de tensión al PIT-CNT. Por una parte, gana espacio progresivamente una crítica a la cercanía del PIT-CNT con el FA, que no es la tradicional impugnación de la Tendencia Clasista y Combativa sino que sigue una línea más transversal en su autonomismo. En otras palabras, se definen y agrupan por su rechazo al vínculo estrecho entre el bloque de conducción sindical y el gobierno, más allá de que convivan dentro de esta tendencia diferentes sensibilidades político-ideológicas. Ella se organiza hacia 2012 en torno a la corriente «5 de Marzo», luego denominada En Lucha, encabezada por los dirigentes Richard Read y José López, y con una fuerte presencia en los sindicatos del sector público, más críticos del gobierno frenteamplista «en la medida que a su respecto éste no es un tercero imparcial, sino que opera también como defensor de los intereses del empleador» (Zapirain et al., 2016, p. 188).

Nosotros cuestionábamos. Y cuando ganó el Frente Amplio en el 2005, en las elecciones, ahí se dio con más fuerza. (…) Para los trabajadores municipales de Montevideo, hace 34 años que el gobierno es frenteamplista. Y le hicieron huelga y ocupación. Y había gente que no lo veía con buenos ojos. “Le están haciendo un paro al Frente Amplio”. ¿Qué me importa? En ese momento es mi patrón. (…) (Articulación) estaba muy pegada con el Partido Comunista. Tenían muchas más coincidencias que diferencias. Entonces, obviamente, nos distanciamos. Es eso. Y así funcionaron. Quiero ser respetuoso, pero en muchas cosas funcionaron prácticamente como una sola agrupación. (Dirigente de Foeb-En Lucha, 2023).

Por otra parte, la Tendencia Clasista y Combativa, que hasta la primera década del siglo aún organizaba actos de masas acusando a la dirigencia del PIT-CNT de «burócratas sindicales» (Moreira, 2009, p. 222), prácticamente había desaparecido como fuerza influyente dentro de la central, hasta su recomposición en 2017 bajo el nombre de Coordinación de Sindicatos. Si bien reivindican la unidad de la clase trabajadora en el PIT-CNT -a diferencia de un muy minoritario grupo que se escinde en 2015 con el nombre de Confederación Sindical y Gremial del Uruguay (El Observador, 2018; El País, 2019)-, luchan por redoblar «la protección de las condiciones que hacen posible la unidad del movimiento sindical y desterrar la lógica del desconocimiento de la pluralidad, el aplastamiento de las diferencias y el ejercicio de la sobrerrepresentación política» (Calvelo, 2021). Se oponen al PCU y Articulación por su connivencia con lo que denominan «progresismo», y a En Lucha por sus indefiniciones políticas.

Cuando nosotros ingresamos había tres espacios. El de los comunistas; el de la socialdemocracia; y el de esta otra expresión que yo vinculo más al pragmatismo, sin marco teórico, que es la que expresa (En Lucha). A partir de ahí nosotros decimos ‘bueno, tenemos que reconstruir con lo que hoy existe un espacio para reflotar, acorde a los tiempos que vivimos, la tradición del clasismo, la tradición del anarcosindicalismo o del sindicalismo revolucionario’, que es donde yo me adscribo, digamos, la tradición que yo me adscribo. Y ahí es que empezamos a generar las bases para la formación de la Coordinación de Sindicatos, agrupando sindicatos que no estaban alineados con ninguna de estos tres espacios y que venían actuando de forma muy desarticulada. (Dirigente de Sintep-CDS, 2023).

De esta manera, el panorama hacia 2020 -cuando la emergencia sanitaria congela todo tipo de movilización y actividad social- es el de un bloque consolidado en la conducción del PIT-CNT con dos corrientes minoritarias que lo tensionan, ambas desde una posición autonomista pero con diferencias político-ideológicas no despreciables entre ellas. En el Congreso de 2018, el último de este período, PCU y Articulación integran el Secretariado Ejecutivo con cinco representantes cada uno, mientras que En Lucha obtiene cuatro y la Coordinadora de Sindicatos ingresa por primera vez con un representante. El cierre de este período queda marcado, en el caso uruguayo, no solamente por el advenimiento del covid-19, sino por la primera derrota en 15 años del FA, que en 2020 debió ceder el gobierno al nacional Luis Lacalle Pou, escenario que se mantiene hasta 2023 y en el cual el sindicalismo, aunque se consolida como un actor de gran influencia, sufre una derrota al no lograr derogar los artículos de la Ley de Urgente Consideración (LUC) que había logrado someter a referéndum (Lissidini, 2022). Dado que la estructura de faccionalismo correspondiente a la tercera etapa se constituye específicamente con arreglo a la perspectiva de gobernabilidad por parte de la izquierda, es inevitable no preguntarse si la alternancia en el gobierno haya podido generar nuevas tensiones que modifiquen el panorama hasta entonces existente. Por otro lado, el nivel de consolidación en torno a las organizaciones encargadas de conducir, y la posición más confrontacional y menos articulada de sus adversarios, parecen reducir las alternativas a la continuidad del bloque existente o bien a una modulación de dicho arreglo, por ejemplo integrando ocasionalmente a algunas de las dos corrientes que se plantean como alternativa al PCU y Articulación.

Conclusiones

El estudio sistemático de las dinámicas faccionales al interior de las organizaciones sociales, si bien ha sido esporádicamente abordado por la investigación social, permanece aún como deuda pendiente para comprender de mejor forma la interacción colectiva del ser humano para plegarse a objetivos comunes. En el caso de las organizaciones laborales, que constituyen una de las herramientas de contención más importantes de la población y han demostrado tener un impacto duradero en la conformación de sistemas políticos y sociales, resulta de particular importancia abrir la caja negra del faccionalismo y escudriñar las dinámicas de competencia interna que subyacen a las posiciones y tácticas adoptadas por la organización de cara a su actividad pública en cada momento histórico. Comprender cada organización intermedia como un sistema de interacciones en sí mismo abre un mundo de posibilidades para las ciencias sociales y políticas, aplicando herramientas teóricas como la de Scully (1992) para la adecuada comprensión de casos específicos y la deducción de hipótesis generales. Esta investigación constituye una aproximación pormenorizada al faccionalismo del PIT-CNT, y por su intermedio, al fenómeno del faccionalismo y su desarrollo en organizaciones complejas en un sentido más amplio.

Así, los años que recorren desde el retorno a la democracia hasta el covid-19 («del Consenso de Washington hasta Bolsonaro»; Somma et al., 2023) dan cuenta de tres etapas en el desarrollo del faccionalismo en el PIT-CNT. Primero, una etapa de hegemonía comunista donde el clivaje fundamental es el acceso a los cargos de poder e influencia interna, cuestión que se expresa en la relativa unidad de acción entre corrientes heterogéneas opuestas al comunismo; luego, otra etapa de resistencia derivada del quiebre del PCU, en el cual ninguna corriente puede disciplinar por sí sola al movimiento y donde el clivaje fundamental se da en torno a la estrategia de lucha frente a los ajustes neoliberales, dividiendo a moderados y radicales con el PCU como bisagra; y por último, una etapa de hegemonía por parte del bloque PCU-Articulación, que enarbola una tesis de «independencia sin indiferencia» frente a los gobiernos frenteamplistas, estableciendo como clivaje fundamental la cercanía al oficialismo, siendo dicha hegemonía tensionada progresivamente desde vertientes autonomistas y revolucionarias. Estas etapas, y sus respectivas estructuras de faccionalismo, son protagonizadas por diferentes grupos que mantienen su presencia, aunque de forma cambiante, y también por otros que emergen al calor de las propias dinámicas.

Por último, cabe finalizar el presente artículo resaltando la importancia de estudiar el faccionalismo como un fenómeno dinámico y en constante transformación, cuyas estructuras, aunque suficientemente inteligibles, son siempre contingentes y se encuentran asociadas directamente con las características propias del momento histórico, estímulos externos y condiciones internas. En el caso del movimiento laboral, y otros movimientos sociales comparables, dependerá en gran medida también de la relación que tenga este con su entorno institucional, su composición sociocultural histórica, su fuerza relativa dentro de la sociedad y su relación con el sistema político existente. Será tarea de investigaciones ulteriores profundizar en el desarrollo teórico-conceptual del faccionalismo, así como estudiar pormenorizadamente las dinámicas de esta naturaleza que se producen en organizaciones políticas y sociales de todo orden, tanto en Uruguay como en el resto del continente y el mundo.

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Nota: Cristóbal Karle: Magíster en Sociología por la Pontificia Universidad Católica de Chile. Asistente de Investigación, Laboratorio de Ciencias Sociales Aplicadas de la Universidad de los Andes, Chile.

Contribución de autoría Este trabajo fue realizado en su totalidad por Cristóbal Karle.

Disponibilidad de datos El conjunto de datos que apoya los resultados de este estudio no se encuentra disponible

Editor responsable: Dr. Joaquín Cardeillac

Apéndice 1.

Siglas y acrónimos utilizados en el texto

ASU: Acción Sindical Uruguaya. AUTE: Agrupación de Funcionarios de las Usinas y Transmisiones Eléctricas del Estado. CDS: Coordinación de Sindicatos. CNT: Convención Nacional de Trabajadores. CSGU: Confederación Sindical y Gremial del Uruguay. CSU: Confederación Sindical del Uruguay. FA: Frente Amplio. Fancap: Federación de Sindicatos de la Administración Nacional de Combustibles, Alcohol y Portland. Foeb: Federación de Obreros y Empleados de la Bebida. Foru: Federación Obrera Regional Uruguaya. Fumtep: Federación Uruguaya de Magisterio y Trabajadores de Educación Primaria. IDI: Izquierda Democrática Independiente. MLN-T: Movimiento de Liberación Nacional-Tupamaros. MPP: Movimiento de Participación Popular. PCU: Partido Comunista del Uruguay. PGP: Partido por el Gobierno del Pueblo. PIT: Plenario Intersindical de Trabajadores. PIT-CNT: Plenario Intersindical de Trabajadores-Convención Nacional de Trabajadores. PSU: Partido Socialista del Uruguay. PVP: Partido por la Victoria del Pueblo. Sintep: Sindicato Nacional de Trabajadores de la Enseñanza Privada. Suanp: Sindicato Único de Trabajadores de la Administración Nacional de Puertos. TCC: Tendencia Clasista y Combativa. UGT: Unión General de Trabajadores. VA: Vertiente Artiguista.

Apéndice 2.

Lista de entrevistados

1. Dirigente de Suanp. Militante del PCU en todo el período. Entrevistado en 2023. 2. Dirigente de Aute. Militante del PCU (facción PCU-Renovador) hasta 1992. Luego participante de Pluna-Paraninfo y Articulación. Entrevistado en 2023. 3. Dirigente de Foeb. Militante del PVP hasta 1993, luego participante de Pluna-Paraninfo, Articulación y En Lucha. Entrevistado en 2023. 4. Dirigente de Fumtep. Participante de Pluna-Paraninfo, luego Articulación. Entrevistado en 2023. 5. Dirigente de Sintep. Participante de Coordinación de Sindicatos. Entrevistado en 2023.

Apéndice 3.

Síntesis descriptiva de las corrientes sindicales mencionadas

PCU (Corriente Gerardo Cuesta): Subgrupo que representa al Partido Comunista de Uruguay, fundado en 1920, y sindicalistas asociados. De izquierda e históricamente mayoritario, hasta su quiebre en 1992. Desde entonces mantiene una presencia importante en el PIT-CNT, llegando a encabezarlo en diferentes oportunidades. PSU: Subgrupo que representa al Partido Socialista de Uruguay, fundado en 1910, y sindicalistas asociados. De centroizquierda, mantuvo una posición generalmente secundaria en el movimiento sindical y la mayoría de sus cuadros terminaron integrados en Articulación. MPP: Subgrupo que representa al Movimiento de Participación Popular, fundado en 1989 por exintegrantes del grupo guerrillero Movimiento de Liberación Nacional-Tupamaros (MLN-T), y sindicalistas asociados. De izquierda, mantuvo una posición secundaria. PVP: Subgrupo que representa al Partido por la Victoria del Pueblo (PVP), fundado en 1975, y sindicalistas asociados. De izquierda, representó por algunos años a los sectores más radicales del sindicalismo, en una posición secundaria. Pluna-Paraninfo: Subgrupo creado durante la década de 1990 a partir de la confluencia de exmilitantes comunistas del ala «renovadora» y sectores moderados de la central, ajenos al PCU. Cambia su nombre a Articulación en 2006. Articulación: Subgrupo que representa a los sectores moderados del Frente Amplio dentro del PIT-CNT. De centroizquierda, ha mantenido gran peso en la central. TCC: Subgrupo de la Tendencia Clasista y Combativa, que agrupó por varios años a los sectores más radicales de izquierda en el movimiento sindical, hasta desaparecer a finales de la década del 2000. Vertiente Artiguista: Subgrupo que representa a la Vertiente Artiguista, creada en 1989, y sindicalistas asociados. De centroizquierda, su presencia fue secundaria y sus principales cuadros terminaron integrados en Articulación. PGP: Subgrupo que representa al Partido por el Gobierno del Pueblo, fundado en 1962 como Movimiento por el Gobierno del Pueblo, y sindicalistas asociados. De centroizquierda, mantuvo una posición secundaria hasta declinar en la década de 1990. ASU: Subgrupo que representa a la Acción Sindical Uruguaya, organización de tendencia socialcristiana que mantuvo presencia secundaria dentro de la central, hasta verse muy reducida luego de la década de 1990. En Lucha: Subgrupo formado por sindicatos y sindicalistas provenientes de otros subgrupos, que representa una posición de mayor autonomía respecto del Frente Amplio y sus gobiernos dentro de la central, sin mayores definiciones ideológicas. Alcanzó una presencia importante en la central en la década de 2010. CDS: Subgrupo que representa a la Coordinación de Sindicatos, bloque de tendencia de izquierda radical dentro de la central. Emerge en la década de 2010 como continuador de la tradición rupturista de la TCC.

Recibido: 26 de Marzo de 2025; Aprobado: 09 de Junio de 2025

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